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Ética y Política en Jean Jacques Rousseau

Javier Aldama Pinedo

Resumen
Se presenta un enfoque temático de cómo se vincula en los trabajos de
Jean Jacques Rousseau la ética y la política, el artículo se inicia con la apreciación del hombre moral y continúa con la hipótesis sobre el hombre natural y cómo este sale del estado de naturaleza, el surgimiento de la sociedad civil, el establecimiento del pacto social, la voluntad general como soberana, las leyes y la legislación; finalmente, se trata del tema del gobierno.

Palabras clave
J.J. Rousseau; ética; política; libertad; pacto social


Introducción

Este trabajo pretende hacer una exposición que vaya del aspecto moral al político en el pensamiento de Jean Jacques Rousseau (Ginebra, 1712- Ermenonville, 1778). Como es bien sabido, Rousseau no es un escritor sistemático, lo cual, por cierto, no resta méritos a la agudeza de sus observaciones y críticas, ni a la trascendencia de sus propuestas. Vista esta situación, optamos no por hacer una exposición cronológica, sino, más bien, temática, así empezamos con el tema del hombre como ser moral, expuesto en el Libro IV del Emilio (1762) para luego considerar al hombre natural, la ruptura con la condición natural y la sociedad civil, temas tratados en Discurso sobre el origen y los fundamentos sobre la desigualdad entre los hombres (1753); en tercer lugar, nos referiremos al pacto social, la voluntad general como soberana, las leyes y la legislación, y, finalmente, al gobierno; todos estos temas se tratan en El contrato social (1762).
Podría pensarse que debimos empezar con el tema del hombre natural, pero hacer esto hubiese sido cortar un vínculo que se establece entre el Discurso sobre el origen y los fundamentos sobre la desigualdad entre los hombres y El contrato social, la primera obra trata del antes y el origen de la sociedad civil, la segunda se refiere nuevamente al origen y al problema que plantea la aparición del Estado: cómo preservar esta asociación en sus funciones y ventajas sin que perjudique al individuo en sus bienes y su libertad.
Empezar con el hombre como ser moral, nos permite presentar, específicamente, los principios de los que parte Rousseau en este ámbito, y, a la vez, contrastarlo en alguna medida con el hombre natural y el civilizado: el hombre ya afectado por la propiedad, los sentimientos sociales y, sobretodo, por el amor propio.

1. El hombre como ser moral

Lo moral en el pensamiento de Rousseau presenta como punto de partida tres artículos de fe, se relaciona así lo moral con lo religioso. Estos artículos son los siguientes: (i) la voluntad mueve el universo y anima la materia[1]; (ii) la materia movida demuestra una voluntad, la materia movida —según ciertas leyes— demuestra una inteligencia[2]; (iii) el hombre es libre en sus acciones y como tal está animado por una sustancia inmaterial[3].
El primer y el segundo artículo de fe se refieren a una materia caracterizada por su quietud y que constituye el universo, pero que no le dota de movimiento; por tanto, el movimiento proviene de una voluntad inteligente que gobierna el mundo: Dios.
Dios, además de cumplir la función de ser el ente activo por excelencia, es bueno y justo:
El que lo puede todo, sólo puede querer lo que es bueno. Entonces el ser soberanamente bueno, porque es soberanamente poderoso, también debe ser soberanamente justo, sin lo cual se contradecirá (sic) a sí mismo, porque el amor del orden que da origen al orden se llama “bondad” y el amor del orden que le conserva se llama “justicia”. (Rousseau 2002: 260)

El tercer artículo está referido al hombre, lo presenta constituido de dos sustancias: cuerpo y alma; después de Dios, la especie humana es lo mejor y superior en la naturaleza. Sin embargo, debido a su dualidad inherente, el hombre es activo y pasivo, libre y esclavo; su ser activo proviene de su voluntad que para ser tal tiene que ser libre; su ser pasivo proviene de su constitución material que le hace, si él lo permite, ser esclavo de los sentidos y las pasiones. La libertad del hombre hace posible que él pueda obrar fuera del sistema ordenado por la Providencia. Dios quiere que el hombre use de su libertad y que siga lo que su conciencia le indica; por tanto, el mal moral es totalmente producto del obrar humano.
En el hombre, además, existen dos inclinaciones innatas que convienen a su naturaleza: preferirse a sí mismo y el sentimiento de justicia[4] —o principio innato de justicia y virtud—, a este principio también lo denomina Rousseau: conciencia. Estas dos inclinaciones se presentan en el campo afectivo y se vinculan con otros afectos innatos afines. De tal manera que, el preferirse a sí mismo o amor a sí mismo (afecto relacionado con el individuo) se vincula al miedo al dolor, al horror a la muerte y al deseo de bienestar. Y el sentimiento de justicia o conciencia (afecto relacionado con nuestros semejantes) se vincula con el amor a lo bueno y el odio a lo malo.
Es de observar que Rousseau no parte ni de ideas innatas ni de la razón, pues considera que empezamos a existir como seres que sentimos y que nuestra afectividad es anterior a nuestro entendimiento (o a nuestras ideas).
Como consecuencia de estos afectos innatos, sostiene Rousseau que en todas las naciones del mundo y en todas partes se encuentran las mismas ideas de justicia y honestidad, así como los mismos principios de moral y las mismas nociones del bien y del mal.
La conciencia[5] no se equivoca, pero sí puede su voz ser acallada[6], en cambio, la razón puede proceder de manera correcta o incorrecta; procede correctamente, cuando nos permite conocer el bien (que no es lo mismo que amarlo, pues el amor al bien es innato), pero también puede proceder incorrectamente cuando nos engaña con sus sutilezas para no escuchar a la conciencia.
La diferencia entre el bueno y el malo depende del punto de referencia del individuo. Si el individuo coordina con Dios y el todo, es bueno: “Entonces está coordinando con referencia al centro común, que es Dios, y con referencia a todos los círculos concéntricos, que son las criaturas” (Rousseau 2002: 270)[7]. El malo, en cambio, coordina todo con referencia a sí mismo, se convierte en el centro de todo.

2. El hombre natural

En este tema el punto de partida es un estado hipotético: cómo habría sido el hombre natural, el hombre que ya no puede encontrarse ni siquiera entre los hombres más primitivos[8], pues estos ya han logrado constituir sociedades. Incluso, según la narración bíblica, el primer hombre del que se habla no es ya un hombre natural, pues ha recibido luces y preceptos.
El comportamiento y las obligaciones del hombre natural no se guían por la razón, sino por dos principios previos al desarrollo de esta: (i) el deseo de bienestar y de la propia conservación, y (ii) la repugnancia a ver sufrir o perecer a cualquier ser sensible. Si no hace daño al semejante no es porque se trate de un ser con razón, sino por ser alguien con sensibilidad.
El estado del hombre natural[9] es premoral, no es ni bueno ni malo, no tiene vicios pero tampoco virtudes; el instinto le proporcionaba las facultades que le permitían vivir en el estado natural. El hombre natural no es malo, porque sus pasiones son apacibles e ignora el vicio.
La única virtud natural es la piedad, la misma que es universal y “tan natural que las mismas bestias manifiestan a veces sus signos sensibles” (Rousseau 1970: 61). La piedad tiene tal fuerza propia que incluso a las costumbres más depravadas les resulta difícil destruirla. Además, la piedad es una cualidad de donde dimanan todas las virtudes sociales: la generosidad, la clemencia y la humanidad; también son aplicaciones de la piedad, fijada sobre un objeto particular, la benevolencia y la amistad. Por tanto, es en este sentimiento natural donde hay que buscar “la causa de la repugnancia que cualquier hombre sentirá al hacer el mal, incluso independientemente de las máximas de la educación.” (Rousseau 1970: 63)
El hombre natural ve generalmente a sus semejantes —como lo vería cualquier animal de otra especie— como un igual. Pero, además, Rousseau considera a este hombre natural como un ser solitario, que no llega aún a constituir una familia ni a establecer relaciones constantes con otros hombres; no conoce ni la vanidad, ni la estima, ni el desprecio; ni tiene noción de lo tuyo o lo mío, ni tiene idea de justicia o del deseo de venganza (salvo como respuesta inmediata al daño sufrido). Este hombre vagaba “por los bosques sin industria, sin palabras, sin domicilio, sin guerra y sin relaciones, sin la menor necesidad de sus semejantes como sin ningún deseo de perjudicarles, a lo mejor sin reconocer nunca a ninguno individualmente...” (Rousseau 1970: 67)
Siendo la vida de estos hombres simple y uniforme, nutriéndose de los mismos alimentos, viviendo de la misma manera y haciendo las mismas cosas que los demás, la diferencia natural que existía entre estos hombres era mínima.
Todo lo manifestado, sin embargo, no significa que no haya diferencias entre el hombre natural y el animal, Rousseau establece dos diferencias: (a) el hombre se distingue por su cualidad de agente libre —el animal obedece lo que la naturaleza o el instinto le ordena—, se reconoce como libre de asentir o resistir, en esta libertad es donde se manifiesta, mayormente, la espiritualidad de su alma; (b) el hombre, además, se distingue por la facultad de perfeccionarse, “facultad que con la ayuda de las circunstancias desarrolla sucesivamente todas las demás y reside en nosotros, tanto dentro de la especie como en el individuo” (Rousseau 1970: 47-48). Esta facultad que es tan ventajosa, a la vez, en el tiempo, se convierte en la fuente de las desgracias humanas; pues, lo termina por convertir en tirano de sí mismo y de la naturaleza.

3. La ruptura con la condición natural

La ruptura con nuestra condición natural se debe a una conjunción entre necesidades y el desarrollo de conocimientos, este desarrollo ha sido posible por la segunda cualidad distintiva del hombre: su capacidad para perfeccionarse.
El punto de partida de la moral no es la razón, sino las pasiones, es en la actividad de estas que la razón se perfecciona. Las pasiones se originan en nuestras necesidades y se desarrollan con relación a nuestros conocimientos. Los conocimientos, a su vez, se basan en las ideas (todo animal tiene ideas, pues estas se basan en los sentidos) y muchas de nuestras ideas se deben al uso de la palabra, facultad que no está aún en acto en el hombre natural. No se puede tratar de las ideas generales, sino es con la ayuda de las palabras; el entendimiento sólo capta las ideas generales mediante proposiciones; de tal manera que, los seres puramente abstractos solo se pueden concebir mediante el discurso.
El hombre natural sale del estado de aislamiento, de las puras sensaciones y los simples conocimientos cuando entra en relación con los otros[10]. Esto se produce en la medida que el género se extiende y las penalidades se multiplican. Las diferencias geográficas y de clima pudieron exigirle a aquellos hombres diferencias en sus modos de vida, viéndose impulsados a fabricar sus primeras armas e instrumentos. Junto con estos desarrollos, empiezan a captar ciertas relaciones: grande, pequeño, fuerte, débil, etc., con esto surge la reflexión o prudencia maquinal. Entonces, se produjo, también, la primera mirada sobre sí mismo (surgimiento del orgullo). Distinguiéndose ya los rangos, se hace posible el buscar imponerse como individuo.
En estos tratos y con la experiencia que les mostraba que “el amor del bienestar es el único móvil de las acciones humanas” (Rousseau 1970: 73) se percatan de dos situaciones: la primera, que por interés común debían contar con la asistencia de sus semejantes, entonces se unían en rebaño, en una especie de libre asociación; la segunda, cuando cada quien trataba de sacar ventaja, entonces había que hacer uso de la fuerza, de la destreza o de la sutileza. De esta manera, se fue adquiriendo una idea sobre los compromisos mutuos y la ventaja que conllevaba su cumplimiento.
Se plantea, entonces, una nueva situación al vivir reunidos los maridos y las mujeres, los padres y los hijos, surgen nuevos sentimientos: el amor conyugal y el amor paternal. “Cada familia se convirtió en una pequeña sociedad tanto más unida puesto que el cariño recíproco y la libertad eran sus únicos lazos” (Rousseau 1970: 75). En esta nueva situación, donde el varón se encarga de buscar la común subsistencia y la mujer se torna sedentaria, es que los hombres se empiezan a procurar comodidades antes desconocidas, “y éste fue el primer yugo que se impusieron sin pensarlo y la primera fuente de los males que le prepararon a sus descendientes.” (Ibíd.)
La familia es considerada por Rousseau[11] como la más antigua de las sociedades y la única natural. Si la familia subsiste luego que la necesidad de los hijos cesa es por convención. La familia puede ser considerada como el primer modelo de sociedad política: el padre como el jefe y los hijos como pueblo donde todos nacen libres e iguales, y no enajenan su libertad, sino por utilidad común. Pero, la sociedad civil no sale del poder patriarcal, más bien este poder obtiene de aquella su principal fuerza.
Cuando los hombres tomaron un asentamiento más fijo se fueron reuniendo en varios grupos para constituirse, finalmente, en el territorio de una nación particular; unida por costumbres y caracteres, por el mismo género de vida, de alimentación y bajo los efectos del mismo tipo de clima. En este tiempo, se agudiza la consideración de la existencia de objetos diferentes y se hacen comparaciones, “se adquiere insensiblemente la idea de mérito y de la belleza que producen los sentimientos de preferencia” (Rousseau 1970: 76-77). Surge el sentimiento del amor, desconocido para el hombre natural, pasión dulce e impetuosa, capaz de llevarnos hasta el crimen. Además, al convertirse en costumbre el reunirse, surgen como vástagos del amor y el ocio: el canto y la danza.
Tan pronto como los hombres hubieron empezado a apreciarse mutuamente y la idea de la consideración se hubo formado en su mente, cada uno pretendió tener derecho a ella; y ya no fue posible carecer impunemente de la misma para nadie. De aquí salieron las primeras obligaciones de la civilidad, incluso entre los salvajes, y desde ahí cualquier perjuicio voluntario se volvió en una ofensa porque con el mal resultante de la injuria el ofendido veía en ella el desprecio a su persona, a menudo más insoportable que el propio mal. (Rousseau 1970: 77) [12]

Esta situación es en la que se encuentran la mayoría de los pueblos salvajes conocidos; situación en la que el hombre está a igual distancia de los brutos y del hombre civil, limitado por el instinto y la razón y retenido, aún, por la piedad natural contra el deseo de hacer mal a los otros. Esta época, entre la indolencia del estado primitivo y el dominio del amor propio, debió ser, según Rousseau, la más feliz y puede ser considerada como la juventud de la humanidad. Lo que siguió a esto fue la aparente perfección del individuo, pero la efectiva decrepitud de la especie.
Este segundo nivel en el desarrollo de la humanidad será dejado cuando la necesidad del otro se convierte en una constante y el trabajo deja de ser ocasional para hacerse necesario; entonces la igualdad desapareció y se instauró la propiedad.

4. La sociedad civil

Considera Rousseau como característica del surgimiento de la sociedad civil el derecho que otorga el trabajo sobre la tierra[13], con esto se propició la aparición de la propiedad.
“El primer individuo al que tras haber cercado un terreno, se le ocurrió decir «Esto es mío» y encontró a gentes lo bastante simples como para hacerle caso, fue el verdadero fundador de la Sociedad Civil.” (Rousseau 1970: 71)
Con el desarrollo del trabajo y las especialidades se rompió la anterior igualdad; la desigualdad natural hasta entonces no había marcado una mayor influencia, pero combinada con las diferencias propiciadas por las circunstancias, se generaron diferencias notorias y permanentes entre los individuos. A su vez, este progreso llevó al desarrollo de nuestras facultades: memoria, imaginación y razón. Se estableció rangos no sólo respecto a los bienes materiales y físicos, sino con respecto a lo espiritual[14]: belleza, destrezas y talentos; y debido al reconocimiento que tienen estas cualidades, pronto se tuvo que tenerlas o fingir tenerlas. “Ser y parecer se convirtieron en dos cosas totalmente distintas y de esta distinción salieron el fasto imponente, la malicia engañosa y todos los vicios que los acompañan” (Rousseau 1970: 82-83)[15]. El hombre se volvió más dependiente de la naturaleza; pero, aún, mucho más dependiente de sus semejantes.
Además, hizo su aparición la ambición y con ésta la pasión por incrementar la fortuna, más que como una verdadera necesidad para situarse por encima de los otros; así se propicio, también, la inclinación por perjudicar al otro; “en una palabra, competencia y rivalidad de una parte, y de la otra, oposición de intereses, y siempre el deseo disimulado de aprovecharse en detrimento de los demás. Todos estos males son el primer efecto de la propiedad y el inseparable cortejo de la desigualdad naciente.” (Rousseau 1970: 83)
Con respecto al aspecto moral, la transición del hombre del estado natural al civil, produjo un cambio notable, pues sustituyó en la conducta del hombre la justicia al instinto y dotó a sus acciones de moralidad. El deber sucedió al impulso y el derecho al apetito. Es cuando el hombre empieza a consultar a su razón antes que a sus inclinaciones; se convierte así el hombre en un ser inteligente[16].
Con la herencia se consagró la separación entre ricos y pobres, sin tener los pobres la posibilidad de poder salir de su mala situación. La reacción a esto fue que comenzó a justificarse las propias necesidades como derechos sobre los otros; los pobres recurriendo al bandolerismo, los ricos, al derecho de propiedad. Lo que siguió fue el más espantoso desorden y el silenciamiento de la piedad natural, “las usurpaciones de los ricos, el bandolerismo de los pobres, volvieron a los hombres avaros ambiciosos y malos.” (Rousseau 1970: 84)
Surgió, así, el enfrentamiento entre el derecho del más fuerte y el derecho del primer ocupante. Ante este problema, el rico concibió un proyecto sumamente meditado: instituir unos reglamentos de justicia y de paz, a los cuales todos estuviesen sujetos, uniendo las fuerzas en un poder supremo que gobernase mediante leyes, protegiese y defendiese a todos los miembros de la asociación, rechazase a los enemigos comunes y mantuviese a sus miembros en permanente concordia[17].
Tal fue o pudo ser el origen de la sociedad y de las leyes que le dieron nuevas cadenas al débil y nuevas fuerzas al rico, que destruyeron para siempre la libertad natural, sentaron para siempre la ley de la propiedad y de la desigualdad, que de una hábil usurpación hicieron un derecho irrevocable y que en provecho de algunos ambiciosos sujetaron desde entonces a todo el género humano al trabajo, a la servidumbre y a la miseria. (Rousseau 1970: 86)

En principio, la sociedad no acepta más que convenciones generales[18] que todos se comprometían a observar; la experiencia demostraría la debilidad de esta primera constitución, se tuvo que notar que era frecuentemente eludida y que los inconvenientes y desordenes se multiplicaban para que, finalmente, se considerara confiarle la autoridad pública a unos cuantos individuos. Los pueblos eligieron superiores para defenderse contra la opresión y proteger sus bienes, sus libertades y sus vidas.
Rousseau critica a quienes atribuyen a los hombres una inclinación natural hacia la servidumbre, para contradecir esto señala que el hombre bárbaro no se doblega sin protestar ante el hombre civilizado, y que prefiere una tormentosa libertad a una sujeción tranquila. Los pueblos esclavizados son pueblos envilecidos. Incluso el animal aborrece el cautiverio y los salvajes se enfrentan al hambre, al fuego, al hierro y a la muerte para conservar su independencia[19].
Mientras que el derecho de propiedad es convencional y de institución humana, la vida y la libertad son dones esenciales de la naturaleza, y como tales son inalienables. Aunque, el hombre, a veces, enajene su libertad, esta le pertenece, renunciar a ella es renunciar a su condición de hombre, despojarse de la libertad[20] es despojarse de moralidad[21].
Cuando el hombre perdió su libertad natural ganó a cambio la libertad civil, la libertad natural tiene por límites las fuerzas individuales, la libertad civil se circunscribe a la voluntad general. La libertad moral es la que hace al hombre dueño de sí mismo y acata lo que la ley indica.
La esclavitud es contraria a la naturaleza, por tanto, el derecho de esclavitud es nulo. Las palabras derecho y esclavo son contradictorias entre sí y se excluyen mutuamente[22].
En cuanto a la vida, siendo esta tan inalienable como la libertad, ocurre que una vez constituido el pacto social: el soberano debe poder disponer de la vida de sus asociados, pues el hombre tiene derecho a arriesgar su propia vida para conservarla. El que quiera que los demás cuiden de conservar su vida, debe estar dispuesto a ofrecer su vida por ellos.
La naturaleza del contrato no podía ser irrevocable, pues no existiendo poder por encima de los contratantes, cada parte tenía derecho a renunciar al contrato; pero, las disensiones e innumerables desórdenes mostraron que los gobiernos humanos necesitaban de una base más sólida que la sola razón. Era necesario, además, que la autoridad divina interviniese para dotar de carácter sagrado e inviolable a la autoridad soberana y que privara a los sujetos del derecho de renuncia a su antojo. Aquí es cuando la religión, según Rousseau, muestra su utilidad en lo político.
Las formas diversas de gobierno se debieron a las diferencias entre los individuos en el momento de su institución. Todas las magistraturas fueron al comienzo electivas; pero con la aparición de las dificultades, rivalidades, facciones, guerras civiles, y el sacrificio de los ciudadanos por la supuesta felicidad del Estado; la situación fue aprovechada por los principales para perpetuarse en su cargos. El pueblo, acostumbrado por aquel entonces a la dependencia, al descanso y la comodidad de la vida, aceptó incrementar su servidumbre a cambio de tranquilidad. Fue así como los principales empezaron a considerarse propietarios del Estado, y a los ciudadanos empezaron a tomarlos por esclavos.
En el orden secuencial de la desigualdad humana; primero, fue el establecimiento de la ley sobre el derecho de propiedad; segundo, la institución de la magistratura; y tercero, el cambio del poder legítimo por el arbitrario; “de tal manera que la condición de rico y pobre fue autorizada por la primera Época, la de poderoso y débil por la segunda, y, por la tercera, la de Amo y de Esclavo; que es el último grado de la desigualdad…” (Rousseau 1970: 96)

5. El pacto social

Llegado al punto que el hombre se vio obligado a abandonar su estado natural, no le quedó otro modo de conservación que el sumar fuerzas, agrupándose. Así, los principales instrumentos para su conservación son la fuerza y la libertad de cada hombre. Esto generaba el problema de cómo podrían los hombres comprometerse, sin perjudicarse y sin descuidar las obligaciones para consigo mismos. Expresado esto en otros términos se refiere a como:
“Encontrar una forma de asociación que defienda y proteja con la fuerza común la persona y los bienes de cada asociado, y por la cual cada uno, uniéndose a todos, no obedezca sino a sí mismo y permanezca tan libre como antes” (Rousseau 1999: 37). Este es el problema que el contrato social pretende solucionar[23].
El contrato social tiene, en el fondo, una sola cláusula: “La enajenación total de cada asociado con todos sus derechos a la comunidad entera” (Rousseau 1999: 38).De esta manera, la condición es igual para todos, cada uno pone su persona y poder bajo la dirección de la voluntad general y se hace parte indivisible del todo. Así, la persona particular de cada contratante se constituye como miembro de una asamblea que, a su vez, constituye un cuerpo colectivo, que en el acto de constituirse recibe un yo común, vida y voluntad.
Esta persona pública constituida es la República o cuerpo político o soberano; denominado Estado cuando es activo. Los asociados, en cambio, colectivamente reciben el nombre de pueblo, cada asociado recibe el nombre de ciudadano y de súbdito por estar sometido a las leyes del Estado[24]. Cada individuo como resultado de esta asociación se halla obligado: (a) como miembro del soberano para con los particulares y (b) como miembro del Estado con el soberano.
El pacto fundamental no destruye la igualdad natural, por el contrario, sustituye la desigualdad física que la naturaleza establece entre los hombres, por una igualdad moral y legítima; por la que todos vienen a ser iguales por convención y derecho[25].

6. La voluntad general como soberana

Para Rousseau la base de toda actividad legítima es la convención; de tal manera que, el soberano o cuerpo político debe su existencia únicamente a la legitimidad del contrato.
El soberano no puede enajenar a una parte de sí mismo ni someterse a otro soberano; “la soberanía no tiene necesidad de dar ninguna garantía a los súbditos, porque es imposible que el cuerpo quiera perjudicar a todos sus miembros (...) El soberano, por la sola razón de serlo, es siempre lo que debe ser.” (Rousseau 1999: 41)
…la voluntad general puede únicamente dirigir las fuerzas del Estado de acuerdo con los fines de la institución, que es el bien común, pues si la oposición de los intereses particulares ha hecho necesario el establecimiento de sociedades, la conformidad de esos mismos intereses es lo que ha hecho posible su existencia. Lo que hay de común en sus intereses es lo que constituye el vínculo social (...).
Afirmo, pues, que no siendo la soberanía sino el ejercicio de la voluntad general, jamás deberá enajenarse, y que el soberano que no es más que un ser colectivo no puede ser representado sino por él mismo: el poder se transmite, pero no la voluntad. (Rousseau 1999: 47)

Puesto que la soberanía es inalienable, es indivisible; la voluntad general solamente puede ser general. La declaración de esta voluntad constituye un acto de soberanía y es ley. No debe confundirse este acto soberano con un acto de magistratura, este es particular. No se debe considerar como parte integrante del soberano lo que es sólo una emanación de él; por ejemplo, el acto de declarar la guerra no es una ley sino una aplicación de la ley; así también ocurre con el acto de ordenar la pena de muerte para un criminal, se trata de un acto particular, pero en el que la ley se aplica.
… la voluntad general es siempre recta y tiende constantemente a la utilidad pública; pero no se deduce de ello que las deliberaciones del pueblo tengan siempre la misma rectitud.
Este quiere indefectiblemente su bien, pero no siempre lo comprende. Jamás se corrompe el pueblo, pero a menudo se le engaña, y es entonces cuando parece querer el mal. (Rousseau 1999:50)

No es lo mismo la voluntad general que la voluntad de todos; la primera, vela por el interés común; la segunda, atiende al interés privado y es una suma de voluntades particulares. La voluntad de todos se constituye en el punto de partida de las intrigas y asociaciones parciales, así la voluntad de estos asociados se convierte en general con relación a sus miembros, pero es particular con relación al Estado.
Por cierto, cada individuo puede tener una voluntad contraria a la voluntad general, su interés particular puede aconsejarle de manera distinta a lo que indica el interés común.
Siendo el Estado una persona moral cuya vida consiste en la unión de sus miembros y siendo su mayor cuidado su propia conservación, precisa de una fuerza universal que mueva y disponga de cada una de sus partes, de la manera más conveniente al todo. El pacto social da así al cuerpo político un poder absoluto sobretodo sus miembros[26].
Así, si el soberano lo exige, el ciudadano está en el deber de prestar al Estado sus servicios, pero el ciudadano no puede importunarle con lo que no es útil a la comunidad.
El soberano conoce sólo el cuerpo de la nación, no distingue a los que lo forman; el convenio no es del superior con el inferior, “sino del cuerpo con cada uno de sus miembros, convención legítima, porque tiene por base el contrato social: equitativa, porque es común a todos; útil, porque no puede tener otro que el bien general; y sólida, porque tiene como garantía la fuerza pública y el poder supremo”. (Rousseau 1999: 54)

En tanto que varios hombres reunidos se consideran como un solo cuerpo, no tienen más que una sola voluntad relativa a la común conservación y al bien general. Entonces todos los resortes del Estado son vigorosos y sencillos, sus máximas claras y luminosas, no existe confusión de interés, ni contradicción; el bien común se muestra por todas partes con evidencia, sin exigir más que buen sentido para ser conocido. ( Rousseau 1999: 123)

Pero cuando el Estado sólo subsiste de una forma ilusoria y el lazo social se ha roto, cuando predomina el interés privado y de manera descarada se viste de bien público, la voluntad general enmudece; pero para Rousseau no significa que haya sido destruida, sino que “permanece constante, inalterable y pura, pero está subordinada a otras voluntades más poderosas que ella.” (Rousseau 1999: 124)

7. Las leyes y la legislación
El objeto de las leyes siempre es general, esto es, “consideran los ciudadanos en cuerpo y las acciones en abstracto, jamás el hombre como a individuo ni la acción en particular” (Rousseau 1999: 58). Las leyes son actos que emanan de la voluntad general. Lo que ordena el cuerpo soberano sobre un objeto particular no es ley, sino un decreto, un acto de magistratura. La ley reúne la universalidad de la voluntad y la del objeto. Las leyes son las condiciones de la asociación civil.
El fin que debe perseguir todo sistema de legislación se reduce a la libertad y a la igualdad. “La libertad, porque toda dependencia individual es otra tanta fuerza sustraída al cuerpo del Estado; la igualdad, porque la libertad no puede subsistir sin ella” (Rousseau 1999: 72). La igualdad no significa igual grado de poder y riqueza, sino que el poder está al abrigo de toda violencia y que sólo se ejerza en virtud del rango y de acuerdo con las leyes; en cuanto a la riqueza (significa) que ningún ciudadano sea tan rico como para poder comprar a otro, y ninguno tan pobre como para verse obligado a venderse.
Debido a que la fuerza de las cosas tiende a destruir la igualdad, la fuerza de la legislación debe siempre propender a mantenerla.
La República es el Estado regido por leyes, cualquiera sea la forma de su administración. El gobierno legítimo es el republicano, pues sólo en él gobierna el interés público.
“El Estado no subsiste por las leyes, sino por el poder legislativo. La ley de ayer no es obligatoria hoy, pero del silencio se presume el consentimiento tácito, y el soberano debe confirmar incesantemente las leyes que no abroga pudiendo hacerlo.” (Rousseau 1999: 108-109)
La autoridad soberana tiene como única fuerza la del poder legislativo, de tal manera que el soberano sólo puede proceder cuando el pueblo está reunido, y desde el momento en que este se reúne y se constituye en cuerpo soberano, toda jurisdicción del gobierno cesa.
El legislador no debe redactar leyes buenas en sí, sino en relación al pueblo que las va a soportar.

8. El gobierno

El poder legislativo pertenece al pueblo y sólo debe pertenecer a él, no así el poder ejecutivo, pues este poder consiste en actos particulares.
No es correcto que el que hace las leyes las ejecute, ni tampoco que el cuerpo del pueblo distraiga su atención en objetos particulares, de aquí la necesidad del gobierno.
Es preciso a la fuerza pública un agente propio que centralice esta fuerza y la emplee de acuerdo a la voluntad general. El gobierno es, pues, “un cuerpo intermediario establecido entre los súbditos y el soberano” (Rousseau 1999: 78); el acto por el cual un pueblo se somete a jefes, no es un contrato, sino constituye una comisión.
El gobierno debe poder disponer de fuerza para contener al pueblo, pero el cuerpo soberano debe disponer de fuerza para contener al gobierno.
El gobierno es también una persona moral dotada de ciertas facultades; pero mientras el gobierno existe por el soberano, el Estado existe por sí mismo.
En la persona del príncipe o magistrado se puede distinguir tres voluntades: voluntad propia del individuo, voluntad común de los magistrados o voluntad de corporación (general con respecto al gobierno, pero particular con respecto al Estado), y la voluntad del pueblo o voluntad soberana.
En una legislación perfecta, la voluntad particular o individual debe ser nula; la voluntad del cuerpo, propia del gobierno, muy subordinada, y por consiguiente, la voluntad general, o soberana, siempre dominante y pauta única de todas las demás.
En el orden natural, por el contrario, estas distintas voluntades hácense (sic) más activas a medida que se concentra. (Rousseau 1999: 83)

Es decir, el orden natural es opuesto al que exige el orden social.
Pero, así como la voluntad particular tiende a rebelarse contra la general; el gobierno tiende a ir contra el soberano. De tal manera que si este esfuerzo se mantiene y aumenta, termina rompiendo el contrato social; esto ocurre por dos vías:
(1) Cuando el Estado se concentra, y esto ocurre, a su vez, cuando el gobierno pasa de un gran número a uno pequeño; por ejemplo, cuando se pasa de la democracia a la aristocracia.
(2) Cuando el Estado se disuelve, y esto −a su vez−, ocurre de dos maneras: (a) cuando ya no se administra el Estado por las leyes y se usurpa el poder soberano (despotismo); (b) cuando los miembros del gobierno usurpan por separado el poder que deben ejercer en conjunto.
“El cuerpo político, como el cuerpo humano, comienza a morir desde su nacimiento, llevando en sí los gérmenes de su destrucción.” (Rousseau 1999: 108)
En una ciudad bien gobernada los ciudadanos se apresuran por ir a las asambleas; en un mal gobierno éstas no despiertan mayor interés, pues se comprende que la voluntad general no predominara. “Desde que al tratarse de los negocios del Estado, hay quien diga: ¿qué me importa? El Estado está perdido.” (Rousseau 1999: 113)
Los factores particulares: intereses personales y abusos del gobierno, en especial, han posibilitado la aparición de diputados o representantes del pueblo en las asambleas. Pero la soberanía no puede ser representada por ser inalienable, consiste en la voluntad general y esta no se representa: es o no es; los diputados no son, pues, representantes, sino comisarios.
“La idea de los representantes es moderna; nos viene del gobierno feudal, bajo cuyo sistema la especie humana se degrada y el hombre se deshonra. En las antiguas repúblicas y aun en las monarquías, jamás el pueblo tuvo representantes.” (Rousseau 1999: 114)
“Expongo únicamente las razones por las cuales los pueblos modernos que se creen libres tienen representantes...Sea de ello lo que fuere, tan pronto como un pueblo se da representantes, deja de ser libre y de ser pueblo.” (Rousseau 1999: 116)

Conclusiones

1. Jean Jacques Rousseau parte en su explicación del tema moral de artículos de fe[27] , de esta manera vincula lo moral a lo religioso; esta relación se establece en el tercer artículo que se refiere a la naturaleza dual del hombre. Además, plantea la tesis que el hombre es un ser que siente antes que un ser pensante; por tanto, lo que es la base del comportamiento moral es la afectividad. Así, nacemos con un sentimiento innato de justicia (conciencia), el cual no se equivoca. La conciencia no es igual a la razón, esta es una facultad que requiere desarrollo y a diferencia de la conciencia sí puede equivocarse, cuando va contra lo que la conciencia indica hacer.
2. El hombre natural es premoral, pero dispone de una virtud natural que es la piedad, cualidad de donde dimanan todas las virtudes sociales. El hombre sale de su condición natural cuando entra en relación con los otros, esto trae la aparición de nuevos sentimientos: el amor conyugal, el amor paternal, el amor, el sentimiento de belleza y la preferencia. A medida que deja el hombre de ser natural, su sentimiento de piedad se debilita, pero no desaparece.
3. Con el surgimiento de la sociedad civil aparece la justicia, el deber y el derecho; se afirma la ley de la propiedad y la desigualdad. El género humano queda sujeto al trabajo, la servidumbre y la miseria, al dominio del amor propio.
Al principio la sociedad no acepta más que convenciones generales, se eligen superiores para defenderse contra los opresores y defender sus bienes, libertades y vidas; pero, debido a la inexperiencia y a múltiples problemas que surgen, estas primeras organizaciones devienen en la autoridad de unos pocos que terminan por dominar a los demás.
4. El pacto social tiene como objetivos: defender y proteger a los asociados y a sus bienes, pero sin esclavizarlos; para lograr esto cada asociado debe ceder sus derechos a la comunidad entera, debe poner su persona y poder bajo la dirección de la voluntad general, ser parte del todo. El pacto social establece la igualdad entre sus asociados, por convención y derecho.
5. La voluntad general es la voluntad del pueblo reunido en asamblea, es diferente a la voluntad de todos (voluntad corporativa) y a la voluntad individual, su objetivo es el bien común. Como voluntad soberana es inalienable e indivisible. Las leyes son actos que emanan de la voluntad general y son las condiciones de la asociación civil.
El gobierno es un agente intermediario entre el soberano (la voluntad general) y los súbditos, atiende las situaciones particulares. El gobierno tiende a ir contra el soberano, una consecuencia de esto es la elección de representantes, cuando esto ocurre el pueblo deja de ser libre y de ser pueblo.

Bibliografía
Berlin, Isaiah. La traición de la libertad. Seis enemigos de la libertad. México,
Fondo de Cultura Económica, 2004.
Mondolfo, Rodolfo. Rousseau la conciencia moderna. Buenos Aires,
Eudeba, 1962.
Montemayor, Alfredo, s.j. El concepto del hombre en Rousseau, Lima, Universidad del
Pacífico, 1978.
Moreu, Joseph. Rousseau y la fundamentación de la democracia.
Madrid. Espasa-Calpe, 1977.
Rousseau, Jean-Jacques. Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad
entre los hombres. Madrid, Ediciones Península, 1970.
— El contrato social, Barcelona, Edicomunicación, s.a., 1999.
— Emilio o la educación. Barcelona, Edicomunicación, s.a.,
2002.
— OBRASELECTAS. Madrid, EDIMAT Libros,S.A.,2000.



[1] Cf. Jean Jacques Rousseau, Emilio o la educación, Libro IV, p. 252.
[2] Cf. op. cit., p. 253.
[3] Cf. op. cit., p. 259.
[4] En concordancia con la justicia en Dios, en el alma del hombre está impresa la máxima: Se justo y serás feliz. Pero, la justicia humana es distinta a la divina: “...la justicia humana consiste en dar a cada uno lo que le pertenece y la divina en pedir a todos cuenta de lo que les ha dado”. Op. cit., p. 263.
[5] “¡Conciencia, conciencia, divino instinto; inmortal y celeste voz; guía segura de un ser ignorante y débil pero inteligente y libre, juez infalible de lo bueno y de lo malo, que haces al hombre semejante a Dios. Tú constituyes la excelencia de su naturaleza y la moralidad de sus acciones; sin ti nada siento en mí que me eleve sobre los animales…”. Op. cit., p. 268.
[6] “La conciencia es la voz del alma…”. Op. cit., p. 264.
[7] Afirma, además, Rousseau que sin Dios la acción moral pierde sentido: “Si no existe la Divinidad, entonces sólo discurre el malo, y el bueno no sería más que un insensato.” Ibíd.
[8]“Pues no es tarea fácil la de desentrañar lo que hay de original y de artificial dentro de la actual Naturaleza del hombre, y de conocer un estado que ya no existe, que a lo mejor nunca existió.” J. J. Rousseau. Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres, p. 28.
“Los tiempos que voy a mentar son muy lejanos: ¡Cuanto has cambiado de lo que eres! Es por así decirlo la vida de tu Especie la que voy a descubrir según las cualidades que recibiste, que tu educación y tus hábitos han podido depravar más que no lograron destruir.” Ibíd., p. 37.
[9] “El estado de naturaleza es socialmente, para la colectividad, un estado puramente hipotético; pero psicológicamente, para el individuo, puede y debe ser una realidad efectiva, porque es el estado del sentimiento inmediato, de la espontaneidad activa, de la libertad interior.” Rodolfo Mondolfo. Rousseau y la conciencia moderna, p. 38.
“El estado natural es anterior a la historia, y así ha podido prolongarse durante largo tiempo en la humanidad sin dejar rastro. Es, pues, inaccesible a la historia, hasta el punto que ni siquiera puede asegurarse que haya existido nunca. Pero, ¡qué importa!, no por ello deja de ser concebible; además, el concepto del hombre natural resulta indispensable para toda especulación sobre el hombre. Incluso si el estado natural no ha existido jamás, y si desde su aparición en el mundo el hombre ha tenido vida social, sólo partiendo de la noción del hombre natural se puede dar razón de la variedad de los aspectos del hombre histórico y social, reconstituir idealmente la genealogía del hombre actual, comprender su mentalidad y su comportamiento. El método de Rousseau para determinar el estado de naturaleza no es, pues, histórico, sino ideológico.” Joseph Moreu. Rousseau y la fundamentación de la democracia, p. 25.
[10] “Esto manifiesta cuán contradictorias resultan las interpretaciones que pretenden hacer a Rousseau pedir que volvamos a las cavernas. El hombre históricamente primitivo es un hombre solo, y lo hace todo únicamente para sí mismo. Él es la única unidad que conoce, y por tanto es el absoluto. Pero tal absoluto se rompe para siempre una vez que entra en sociedad, en la cual el hombre es no la unidad sino el común denominador, y en ello encuentra todo su valor. Por lo mismo deduce Juan Jacobo que la mejor institución social será aquella que mejor desbestialice al hombre; o sea, que lo “desnaturalice” (en el sentido de arrancarlo de su situación natural primitiva), y que pueda transformar el yo en nosotros, y por tanto convertir el amor propio en amor de sí. La adoración del individuo es para Rousseau el signo más claro de la vida salvaje, aún con el refinamiento de quienes lo buscan en las mal llamadas “sociedades civilizadas”. Esto es, a mi parecer, la mejor refutación de quienes interpretan a Rousseau como el padre del individualismo.” Alfredo Montemayor. El concepto del hombre en Rousseau, p. 127. Discrepamos de la interpretación de Montemayor del “hombre natural”, pues el mismo no es sino un concepto que sirve de punto de partida y no es “históricamente primitivo”, además, tal como lo presenta, el hombre natural sería un egoísta; por el contrario, “el amor propio” (vid. n.12) se desarrolla cuando entramos en relación a otros, cuando nos comparamos con otros.
[11] Vid. Jean-Jacques Rousseau. El contrato social, p. 29.
[12] Es de observar que en la nota final 15 [p.152] de la edición que empleamos, nota correspondiente a la p.60 en la que Rousseau critica a Hobbes, se distingue con claridad entre el amor a sí mismo y el amor propio:
“No hay que confundir el amor propio con el amor a sí mismo, pues son dos pasiones sumamente diferentes por su naturaleza y por sus efectos. El amor a sí mismo es un sentimiento natural que conduce a cualquier animal a velar por su propia conservación y el cual, guiado en el hombre por la razón y modificado por la conmiseración, produce la humanidad y la virtud. El amor propio no es más que un sentimiento relativo, ficticio, y nacido dentro de la sociedad y que lleva a cada individuo a hacer más caso de sí mismo que de cualquier otro, que inspira a los hombres todos los males que se infieren mutuamente y que constituye la verdadera fuente del honor.”
[13] “El derecho del primer ocupante, aunque es más real que el de la fuerza, no es verdadero derecho sino después de establecido el de propiedad. El hombre tiene naturalmente derecho a todo cuanto le es necesario; pero el acto positivo que lo convierte en propietario de un bien cualquiera, le excluye el derecho a los demás. Adquirida su parte debe considerarse a ella sin derecho a la comunidad. He allí la razón por la cual el derecho de primer ocupante, tan débil en el estado natural, es respetable en el estado civil.” El contrato social, p.43.
[14] “El espíritu, como el cuerpo, tiene sus necesidades. Éstas hacen los fundamentos de la sociedad, las otras hacen su atractivo. Mientras que el gobierno y las leyes subvienen a la seguridad y al bienestar de los hombres congregados, las ciencias, las letras y las artes, menos despóticas y más poderosas quizá, extienden guirnaldas de flores sobre las cadenas de hierro de que están cargadas, ahogan en ellos el sentimiento de esa libertad original para la que parecían haber nacido, les hacia amar su esclavitud y así forman lo que se denominan pueblos civilizados. La necesidad alzó los tronos; las ciencias y las artes los han afirmado.” Jean Jacques Rousseau. “Discurso sobre las ciencias y las artes” en ObraSelectas, pp. 177-178.
[15] El progreso, ciertamente, propició la aparición de las ciencias y las artes, pero el trasfondo que ve en estas Rousseau es, en gran medida, el amor propio: “La astronomía ha nacido de la superstición; la elocuencia, de la ambición, del odio, de la adulación, de la mentira; la geometría, de la avaricia; la física, de una vana curiosidad, todas, la moral incluso, del orgullo humano. Ciencias y artes deben, pues, su nacimiento a nuestros vicios; menos dudosos estaríamos de sus ventajas si lo debieran a nuestras virtudes.” Jean Jacques Rousseau. “Discurso sobre las ciencias y las artes” en ObraSelectas, pp.189-190.
[16] Vid. El contrato social, p. 42.
[17] Vid. Rousseau 1970: 86.
[18] El orden social es base de todos los demás, pero no es un derecho natural, se funda sobre convenciones. Vid. El contrato social, p. 28.
[19] Vid. Rousseau 1970: 90.
[20] “Rousseau es el verdadero fundador del moderno principio de libertad, entendido como exigencia de dignidad humana. En la libertad de los utilitarios la personalidad se reduce a mero instrumento de provecho social, en cuyo nombre podría también ser negada o reprimida; en la libertad de Rousseau se eleva a su valor de fin en sí; y en cuanto es y debe ser fin, se proclama su irreductibilidad a la posición de medio para la consecución de finalidades exteriores.” Mondolfo, op.cit., pp. 54-55.
[21] Vid. El contrato social, p.33.
[22] Vid. op.cit. , p. 36.
[23] ¿Cómo conciliar la libertad con la autoridad? Según Isaiah Berlin, Rousseau propiamente no es un contractualista, pues considera que en su pensamiento la libertad no es negociable, es un valor absoluto, igualmente, considera que en Rousseau la pregunta ¿cómo debo vivir? es muy importante. La respuesta la ofrece por el lado de las reglas de vida que tampoco son convenciones, sino algo inherente al hombre, “reglas sagradas que no son obra del hombre, sino que son eternas, universales y absolutas”. Luego, la solución que encuentra Rousseau es: “Libertad y autoridad no pueden entrar en conflicto pues son sólo una; coinciden, son el anverso y el reverso de una misma medalla. Hay una libertad que es idéntica a la autoridad, y es posible tener una libertad personal que es la misma como un completo dominio por parte de la autoridad. Cuánto más libre sé es, más autoridad se tiene y también más se obedece; cuanta más libertad, más dominio.
¿Cómo puede alcanzarse este misterioso punto de intersección? La solución de Rousseau es que, a fin de cuentas, la libertad simplemente consiste en que los hombres deseen ciertas cosas y no se les impida conseguirlas. Entonces, ¿qué desean? Lo que yo necesariamente deseo es aquello que es bueno para mí: lo único que satisfará mi naturaleza. Desde luego, si yo no sé lo que es bueno para mí, entonces cuando consigo lo que deseo, sufro, porque resulta que no es lo que en realidad había yo deseado. Por consiguiente, sólo son libres aquellos que no sólo desean ciertas cosas sino que también conocen lo que, en realidad, es lo único que los satisfará.” Cf. Isaiah Berlin. La traición de la libertad, pp. 50-63. El punto de vista de Berlin postula la libertad negativa o libertad del agente con respecto a las restricciones que le impongan o le puedan imponer otras personas; por el contrario, considera a Rousseau como un peligroso representante de la libertad positiva o romántica , de la libertad para, de la autonomia del gobierno independiente de los individuos o del acuerdo al cual estos puedan llegar como tales, pues para Rousseau lo importante es que el individuo se comporte como ciudadano, como miembro de una comunidad política. Consideramos que en ambas perspectivas hay puntos oscuros. Desde la perspectiva de Berlin ¿podría llegarse a un acuerdo favorable para el conjunto en una sociedad carcomida por la corrupción?, ¿se podría siquiera llegar a un acuerdo legítimo y efectivo en una sociedad anómica? Desde la perspectiva de Rousseau se sabe que la voluntad general puede devenir de manera realista en la voluntad de un dictador o de un grupo de iluminados; aunque este tipo de tergiversaciones no estuviese en el ánimo del pensador ginebrino. De todas maneras y nadando contra la corriente occidental individualista, consideramos que las ideas que presenta Rousseau mantienen su calidad de fuente de inspiración para un cambio efectivo de sociedades en crisis.
[24] Vid. op. cit., p. 40.
[25] El pacto social “establece entre los ciudadanos una igualdad tal que todos se obligan bajo las mismas condiciones y todos gozan de idénticos derechos.”Op.cit., p. 54.
[26] Vid. op. cit., p. 51.
[27] Nos estamos refiriendo a los tres artículos de fe del “vicario saboyano” (Cap. IV del Emilio).

Ética y tradición

Javier Aldama Pinedo*

Resumen

Este trabajo se ocupa de la importancia que asigna Alasdair MacIntyre a la tradición en la historia de la ética. El estudio de este tema se inicia con la sociedad heroica griega, se pasa luego a ver el surgimiento de la filosofía moral y la constitución de la moral clásica tradicional, la misma que establece una línea de continuidad con otras tradiciones. Esta secuencia queda interrumpida por el proyecto de la Ilustración.

Palabras clave: Crítica a la Ilustración, moral tradicional, aristotelismo, ética, tomismo.

Introducción

En su propuesta ética, Alasdair MacIntyre asigna un lugar privilegiado a lo que denomina “tradición”. La palabra que nos indica que uno es parte de lo que ha heredado y de un pasado específico, aquello que está presente en alguna medida en cada hombre y por lo que se es parte de una historia. “Es central que el pasado no sea algo nunca rechazable, sino más bien que el presente sea inteligible como comentario y respuesta al pasado, en el cual el pasado, si es necesario y posible, se corrija y trascienda, pero de tal modo que se deje abierto el presente para que sea a su vez corregido y trascendido por algún futuro punto de vista más adecuado” (MacIntyre, 1987: 185 [s.n.]). Habría que advertir, sin embargo, que con esto MacIntyre no considera que toda cosa presente sea susceptible de ser superada en el futuro.
La tradición se vincula a la práctica
[1] y ésta siempre tiene historia, lo que sea una práctica dependerá de la manera como se transmite; de igual modo, el razonamiento se produce en el contexto de un modo de pensar. Las tradiciones vivas incorporan continuidades en conflicto, conllevan discusiones históricamente desarrolladas y socialmente incorporadas; parte de esta discusión se refiere a los bienes que constituyen esa tradición y ésta es una búsqueda generacional; el esfuerzo individual se circunscribe a un contexto determinado. Lo que mantiene y hace fuerte a las tradiciones es el ejercicio de las virtudes pertinentes; en cambio, lo que las hace caer y desintegrarse es la carencia de estas virtudes. Las tradiciones vivas, como narraciones aún no completadas, nos enfrentan al futuro, cuyo carácter determinable, a su vez, se deriva del pasado[2].


1. Tradición

La tradición a la que nos vamos a referir es específicamente la de la investigación intelectual vinculada al plano moral. Toda investigación para comenzar, valorar, aceptar y rechazar argumentos requiere partir de una tradición y cada tradición en sus estados de desarrollo puede brindar una justificación racional de sus tesis centrales. No hay racionalidad en cuanto tal, sino una racionalidad vinculada a un cierto contexto. Las tradiciones comparten criterios entre sí, en algunos puntos se oponen radicalmente y también puede haber temas que existen en una tradición, pero no en otra.
MacIntyre reconoce que esta propuesta se enfrenta a dos retos: el relativismo, que niega la posibilidad del debate y la opción racional entre tradiciones rivales, y el perspectivismo, que cuestiona la posibilidad de validez para aceptar la verdad de algunas proposiciones desde una tradición. Ambos retos comparten algunas premisas e incluso se presentan juntos como partes de un mismo argumento; se trata de posturas posilustradas, contrarias a las concepciones ilustradas de verdad y racionalidad. En parte esto se vincula al prejuicio que interpreta a la tradición como algo oscurantista.
La racionalidad de una tradición, como investigación, se constituye por un tipo de progreso que se logra en una secuencia de estados. Primero, la investigación parte de alguna condición de pura contingencia histórica “desde las creencias, las instituciones y las prácticas de alguna comunidad particular que constituyen algo dado. Dentro de semejante comunidad, la autoridad habría sido conferida sobre ciertos textos y ciertas voces…Todas estas comunidades, en mayor o menor grado, siempre están en estado de cambio”. (MacIntyre, 1994b: 337)
El primer estado es acrítico. El segundo estado se encuentra con incoherencias en el sistema de creencias y, se enfrenta a nuevas situaciones que plantean nuevas interrogantes, que pueden revelar la falta de recursos en las prácticas y creencias establecidas.
El tercer estado se presenta como un conjunto de reformulaciones y revaloraciones para responder a lo inadecuado y superar las limitaciones. En este tercer estado, se da la contrastación entre creencias antiguas y nuevas, y se descubre la falta de correspondencia. Las creencias y juicios falsos no son un fracaso de los objetos (de la realidad), sino de la mente, es ella la que necesita corregirse.
Sin embargo, en cualquier tema de investigación constituido por la tradición puede cesar el progreso y tornarse los métodos estériles, no pudiendo ya las respuestas rivales contestarse aceptablemente; cuando esta disolución de certezas se presenta, se está frente a una crisis epistemológica. La solución a ésta exige una teoría que cumpla con tres condiciones: ser un modo radicalmente nuevo y enriquecido de explicación, ser una explicación de lo que está causando la esterilidad o incoherencia de la anterior teoría, y tener alguna continuidad fundamental con lo definido hasta el presente.
Consideramos que en el planteamiento de MacIntyre se postula la forja de una “gran tradición”, a la que también se podría denominar “la gran tradición occidental” (expresión que sospechamos no sería de su aceptación). La misma tendría su punto de partida en la sociedad heroica griega y se extendería hasta los siglos XIII y XIV; posteriormente, se iría produciendo el descuido y el olvido de los fundamentos que legitiman una postura ética; esta crisis, aún no resuelta, se manifestaría a partir de la Ilustración. Todo esto sugiere un retomar la “gran tradición”, un volver la mirada hacia atrás; pero no para repetirlo, sino para reinterpretar desde la gran tradición el quehacer del presente.


2. De la sociedad heroica a la aparición de la filosofía moral

En las sociedades heroicas, cada individuo tiene un papel dado y un rango en un sistema bien definido de roles. El hombre es lo que hace, juzgar a un hombre es juzgar sus acciones, y las virtudes son las cualidades que mantiene un hombre libre en su rol. El valor importa no sólo para el individuo, sino como cualidad necesaria para mantener una estirpe y una comunidad; además, una virtud enlaza con otras, por ejemplo, la valentía con la astucia; pero también el valiente es alguien en quien se puede confiar y esto es importante para la amistad. Interpretar las virtudes en las sociedades heroicas sólo es adecuado si se hace la interpretación en el contexto de su estructura social.
El contraste más notorio entre el yo moderno y el yo heroico es que este último no puede apartarse de su identidad, de su posición, se es responsable hasta la muerte de lo que el lugar y el rol que tiene en su sociedad le exige.
A diferencia de la sociedad heroica, en la sociedad clásica ya no hay coherencia en el lenguaje valorativo, por ejemplo, en el Filoctetes de Sófocles, la astucia de Odisea es puesta en cuestión por Neoptólemo: hay un enfrentamiento entre dos concepciones incompatibles de lo que es una conducta honorable, o en Antígona donde chocan las demandas de la familia y las de la polis. Y es que el punto de referencia ya no es el grupo de parentesco, sino la ciudad-estado y la democracia ateniense en particular. En el caso ateniense, el problema moral se ha vuelto complejo, tocar el tema de las virtudes es encontrarse con modelos con los que se puede cuestionar la misma existencia de la comunidad, y se puede preguntar si esta o aquella práctica es justa; la cuestión sobre la relación entre ser un buen ciudadano y ser un buen hombre se convierte en decisiva.
En la colección de poemas atribuidos a Teognis de Megara (s. VI a.C.) se encuentran cambios en el sentido de •γαθός y κακός “parecen significar noble de nacimiento y plebeyo o algún equivalente semejante” (MacIntyre, 1994a: 19). La •ρετή de un hombre se refiere ahora a un elemento personal, los predicados valorativos empiezan a referirse a disposiciones independientes de la función social, ahora cualquiera puede ser •γαθός practicando la δικαισύνη (la justicia), a la vez, no sólo el significado de •γαθός sino de la misma δικαιοσύνη se ha vuelto inestable. Esto revela el derrumbe de un orden moral único, que habría estado establecido desde los tiempos homéricos hasta incluso el mismo siglo VI a.C.
El divorcio entre νόμος (la convención) y la φύσυς (la naturaleza) ya es tema de debate en el s. V a.C. El intento de asignar un conjunto coherente de significados al vocabulario valorativo y el de explicar cómo vivir bien en una ciudad-estado es asumido por los sofistas. La interpretación sofista del hombre es que detrás de cada hombre convencional (aceptante de la convención: νόμος) hay un hombre natural (regido por la naturaleza: φύσυς), este último hombre carece de normas morales, es premoral y no moral. La •ρετή para el sofista se ha convertido en éxito a obtener mediante el arte (τέχνη) de la retórica.
Sócrates se vio enfrentado a estas innovaciones, pero también a los conservadores en moral, cuyo vocabulario moral había perdido coherencia. Sócrates plantearía que la virtud es conocimiento.
La tesis de MacIntyre es que el carácter moral de la vida griega se había convertido en problemático en el s. V a.C., debido a que el empleo de los términos morales ya no era claro ni consistente. Esta situación exigía una investigación para describir los conceptos morales ambiguos, pero útiles en la práctica. Esta tarea será asumida por los sucesores de Sócrates.

3. Aristóteles y la constitución de la tradición moral clásica

Aristóteles con su interpretación de las virtudes constituye la tradición clásica del pensamiento moral occidental. La Ética a Nicómaco busca ser la voz racional de los mejores ciudadanos de la mejor polis. Empieza refiriéndose al «bien», cada práctica apunta a algo bueno, «lo bueno» es aquello a lo que el ser humano característicamente tiende. El hombre, como miembro de una especie, tiene una naturaleza específica y ésta tiene, a su vez, ciertos propósitos y fines que tienden hacia un télos determinado. Se define así al bien en términos de características específicas. La ética aristotélica presupone, de esta manera, su biología metafísica.
El bien humano es local, se relaciona a una polis, pero, también es cósmico y universal. Lo que resulta ser el bien para el hombre es la eudaimonía: el estado de estar bien y hacer el bien.
“Las virtudes son precisamente las cualidades cuya posesión hará al individuo capaz de alcanzar la eudaimonía y cuya falta frustrará su movimiento hacia ese telos (sic)” (MacIntyre, 1987: 188). Sin embargo, si bien el ejercicio de las virtudes es necesario para lograr la vida feliz, no la asegura.
Lo inmediato a la práctica de la virtud es una elección, a la que sigue la acción buena; actuar virtuosamente es actuar desde una inclinación formada en el cultivo de las virtudes. Además, el auténtico virtuoso actúa sobre la base de un juicio verdadero y racional. Todo esto supone la capacidad de juzgar y hacer lo correcto en el lugar, en el momento y en la forma correcta: adoptar un juicio no es una aplicación mecánica de ciertas normas.
Las leyes son generales, la acción moral es particular; esto significa que hay casos en los que ninguna fórmula es válida por adelantado. En tales situaciones, procede actuar kata ton orthon logon (de acuerdo con la recta razón), lo cual supone juzgar sobre el más o el menos, usar la noción del punto medio.
La virtud central es la de la phrónesis. “Phrónesis, como sophrosyne, es originariamente un término aristocrático de alabanza. Caracteriza a quien sabe lo que es debido, y que tiene orgullo el reclamar lo que se le debe. De modo más general, viene a significar alguien que sabe cómo ejercer el juicio en casos particulares. La phrónesis es una virtud intelectual; pero es la virtud intelectual sin la cual no puede ejercerse ninguna de las virtudes de carácter. La distinción de Aristóteles entre esas dos clases de virtud se realiza en principio contrastando las maneras en que se adquieren; las virtudes intelectuales se adquieren por medio de la enseñanza, las virtudes de carácter por medio del ejercicio habitual” (MacIntyre, 1987: 194-195). En Aristóteles, la inteligencia y la excelencia de carácter no pueden separarse, como Platón, Aristóteles cree en la unidad de las virtudes. El gozo es algo que acompaña —como un efecto— al logro de la excelencia en una actividad, pero no es lo central.
En el razonamiento práctico, se usa de un silogismo práctico cuya conclusión es una clase concreta de acción, de tal manera que este silogismo “puede servir para declarar las condiciones necesarias de la acción humana inteligible y hacerlo de modo tal que valga reconocidamente para cualquier cultura humana” (MacIntyre, 1987: 203).
El razonamiento práctico presenta cuatro elementos esenciales: (1)
los deseos y metas del agente, supuestos en el razonamiento, sin estos no hay contexto para el razonamiento; (2) la premisa mayor, un aserto que pretende hacer o buscar lo bueno; (3) la premisa menor, afirmación de que este es un caso de la clase requerida; y (4) la conclusión, que es la acción.
Finalmente, la educación moral en Aristóteles supone la educación de las pasiones, según la persecución de lo que la razón teorética identifica como télos, mientras que lo que corresponde al razonamiento práctico es la acción correcta en un momento y lugar determinado.

4. Agustín y los textos clave

MacIntyre plantea en el caso de la cultura agustiniana una relación biunívoca entre los textos clave y sus lectores: (1) solo aprendiendo lo que los textos tienen que enseñar se puede llegar a leerlos correctamente y (2) solo leyendo correctamente se puede aprender lo que los textos tienen que enseñar. Para esto se requiere de un maestro y de la confianza obediente en la interpretación del maestro. El lector tiene que haber desarrollado ciertas actitudes y disposiciones, ciertas virtudes antes de saber por qué son virtudes; el ordenamiento interno requiere confianza obediente en la autoridad del maestro y en la tradición del comentario interpretativo.
Los textos clave son los de la Sagrada Escritura, la lectura de estos textos “es parte de la historia de la que hablan esos mismos textos. El lector, de este modo, se descubre a sí mismo dentro de las Escrituras. El documento paradigmático de semejante descubrimiento fueron las Confesiones de Agustín, y ha sido, por cierto, Agustín quien ha formulado de forma clásica la doctrina de la comprensión que llego a impregnar la tradición medieval, concepción platónica a la que Agustín dio forma cristiana”. (MacIntyre, 1992: 116)
Agustín es un neoplatónico, pero se diferencia de Plotino en que no considera que el entendimiento y los deseos se muevan de modo natural hacia el Bien, fundamento del conocimiento y del cual manan los bienes inferiores. La voluntad que los dirige al principio es perversa, por tanto, requiere de una nueva dirección que la haga confiar obedientemente en un maestro, de tal modo que la mente sea guiada hacia el descubrimiento de sus propios recursos y de lo que está más allá de ella. Entonces, la fe en la autoridad debe preceder a la comprensión racional y la voluntad requiere, a su vez, de humildad para la educación o auto educación. “…Al aprender nos movemos, pues, hacia los primeros principios, y no partimos de ellos; y sólo descubrimos la verdad en la medida en que descubrimos la conformidad de los particulares con las formas en relación con las cuales se hacen inteligibles estos particulares, relación que sólo aprehende la mente iluminada por Dios. La justificación racional es, pues, esencialmente retrospectiva”. (MacIntyre, 1992: 118)
A causa de la dificultad para entender los textos, se hizo necesario el desarrollo de una tradición de interpretación y comentario, que toma como modelos los comentarios que hicieron Agustín y Jerónimo de la Escritura, de esta manera ciertos temas adquieren el carácter de quaestiones, “todo pasaje de un texto podría tener más de un sentido: un sentido puramente histórico, un sentido moral o tropológico, un sentido alegórico o místico y, en algunos escritores, un cuarto sentido, un sentido anagógico o espiritualmente educativo. Diversos escritores articularon de modos distintos esta doctrina de los tres o de los cuatro sentidos. Pero el núcleo de la doctrina impuso un amplio acuerdo”. (Ibíd.)
El sentido en los escritores medievales no tiene que ver con expresiones individuales aisladas de contexto, ni con frases como tales, sino con unidades de discurso que se pueden caracterizar en función de los géneros literarios, y que se dirigen a auditorios que comparten creencias fundamentales, así como una visión compartida del universo.
De todas maneras, la multiplicidad de sentidos generó desacuerdos interpretativos y controversias, problema que va a ser afrontado por la investigación doctrinal del s. XII. La heterogeneidad de las fuentes filosóficas de la Antigüedad que se descubren en este siglo , así como la multiplicación de las quaestiones y del nuevo género surgido debido a las contribuciones de los gramáticos y los comentadores: las distinctiones, propició la posibilidad de una radical disensión intelectual aún dentro del marco impuesto por el agustinismo. Esto en alguna medida se dio con Abelardo, quien intentó poner el platonismo del s. XII en el marco agustiniano, y desafió la autoridad establecida.
Abelardo en polémica contra Guillermo de Champeaux hace una distinción nítida “entre el intellectus universalis, la captación cotidiana por parte de la mente de las propiedades comunes de esos objetos que agrupa un nomen universale, y la aprehensión de las naturalezas esenciales de las cosas presentes en la mente de Dios. El perfeccionamiento de la comprensión de la mente consiste en un movimiento hacia la comprensión de lo auténticamente universal, pero no depara de suyo un conocimiento de las esencias verdaderas”. (MacIntyre, 1992: 124-125)
De un modo directo, considera MacIntyre que la narración de la Escritura refleja la narración de la historia bíblica y que Dios es autor de ambas; por tanto, Dios es el intérprete autorizado de sus significados. La mente humana llega a captar las cosas que ya son inteligibles (antes que una mente las capte); si la mente puede captar las cosas es por la luz que Dios le procura.
Hacia el s. XII, el agustinismo se vio apremiado a proporcionar la base y el marco intelectual para un tipo de educación dirigido a los seglares como a nuevos tipos de clero; lo que se va a ver realizado en la Universidad de París. Pero, a la vez, se enfrenta al reto del redescubrimiento de la filosofía de Aristóteles, de pronto quedó en cuestión si al esquema agustiniano podía integrarse todo tipo de conocimiento secular nuevo o antiguo. La ciencia aristotélica expuesta por los comentadores islámicos trata como parte de su corpus textos científicos que atribuían a las ciencias naturales un contenido y una importancia ajena a la formulada por el agustinismo; además “Aristóteles proporcionaba explicaciones de lo que es una ciencia, de lo que es la investigación y del telos (sic) de toda investigación, que estaban notablemente reñidas con la versión agustiniana del platonismo, sobre todo por no dejar sitio ni tener necesidad, en su explicación de la génesis del conocimiento, de la iluminación divina. De modo que, en ciertos aspectos, parecía darse el caso de que el esquema agustiniano sólo podía ser verdadero si era falso el aristotélico, y viceversa”. (MacIntyre, 1992: 139 [s.n.])


5. El tomismo como síntesis y superación de tradiciones

El mérito que MacIntyre reconoce al Aquinate es haber conseguido sintetizar las tradiciones aristotélica y agustiniana y, además, haber logrado superarlas.
En los siglos XI y XII, las investigaciones filosóficas eran asistemáticas y los estudios teológicos afilosóficos; en el sg. XIII, en las universidades recién fundadas, se hacen disponibles los textos de Aristóteles, acompañados de interpretaciones y comentarios islámicos. Algunos de estos textos parecen irreconciliables con la doctrina cristiana y, en especial, con temas de la teología agustiniana (como la eternidad del universo y la inmortalidad del alma). Tomás de Aquino tuvo la fortuna de ser alumno de Alberto Magno, quien reaviva la teología agustiniana, recuperando su contenido filosófico, además optó Alberto por presentar a Aristóteles en sus propios términos sin distorsionarlo desde el comienzo con algún comentario interpretativo, reservándose sus opiniones para un momento posterior.
Agustín había puesto de relieve la voluntad o más exactamente la mala voluntas en la explicación de las acciones morales. En el vocabulario moral del latín medieval, se usa de tres términos claves: intentio, synderesis, y conscientia. Abelardo influenciado por Agustín “argumentaba que las acciones en sí mismas son moralmente indiferentes y que han de llamarse buenas o malas en virtud de si la intentio del agente se conforma o no a la ley divina” (MacIntyre, 1994b:187 [s.n.]). Las discusiones en el s. XII acerca de cómo la voluntad puede ser mala a menudo llevaban a la discusión sobre la synderesis y la conscientia, este término era la traducción latina de syneidesis. La distinción entre conscientia y synderesis surge de los comentarios de San Jerónimo con respecto a la conducta de Caín, en quien considera que al efectuar sus obras malas seguía teniendo conciencia, es decir, sabía que obraba mal (synderesis), aquí se presenta una capacidad inextinguible; esto tenía que diferenciarse del conocimiento del bien y del mal que sí puede extinguirse (conscientia). Es decir, se trata del caso de los que obran mal y que con el tiempo se habitúan a efectuar este tipo de acciones, estos, en cierta forma, anulan en sus mentes la captación del bien y el mal.
El Aquinate, habiendo aceptado de Aristóteles su versión de la razón práctica y de Agustín su desarrollo de la doctrina paulina de la voluntad humana deficiente, considera la synderesis como la disposición natural que nos permite la aprehensión más básica de los preceptos morales, esta es infalible. No se apela así a ninguna cualidad psicológica de evidencia o a intuición alguna, pero la aplicación de los principios fundamentales a una situación particular requiere de otras capacidades. Al conjunto de capacidades que nos permite actuar moralmente aquí y ahora o en ciertas circunstancias determinadas lo denomina el Aquinate: conscientia, esta sí es falible; sin embargo, hay casos en que no puede errar: cuando deduce inmediatamente de un principio verdadero afirmado por la synderesis y donde no hay lugar para el error al pasar de la premisa a la conclusión. La inferencia que MacIntyre presenta como ejemplo es: Si «Dios ha de ser amado por todo el mundo», entonces «Dios ha de ser amado por mí».
El Aquinate acepta de Aristóteles (1) la relación teórica y práctica de los bienes subordinados al bien supremo, (2) el proceso de deliberación y (3) la organización del razonamiento. De Grosseteste y Alberto toma el Aquinate el término electio, como traducción de prohaieris de Aristóteles, término que nombra lo que resulta de la deliberación y expresa la conclusión del agente con respecto al bien. Lo caracteriza como Aristóteles: un deseo racional, pero toma el componente de la acción como un acto de la voluntad —de una voluntad libre en cuanto actúa sobre la base de juicios contingentes con respecto al bien o al mal— que siempre está abierta a algún juicio contingente alternativo y no siempre a un juicio ponderado de la razón.
“Así se introduce la voluntas de Agustín en el esquema de Aristóteles, y no sólo en el punto de la prohairesis. La voluntad es siempre movida a la acción por el intelecto” (MacIntyre, 1994b: 192). Cuando el intelecto juzga un fin como bueno, un acto de la voluntad se dirige hacia ese fin, a este acto el Aquinate lo denomina «intentio». Éste puede dirigirse hacia aquello que está por elegirse de inmediato como fin o hacia una variedad de fines; gracias a la presencia de la intentio se distingue un verdadero acto de voluntad de lo que es un mero deseo. Además, la voluntad también tiene que consentir en los medios que toma como apropiados el intelecto en el proceso de deliberación. El usus de la voluntad se presenta, en cambio, cuando la voluntad echa mano de los recursos de la razón para hacerse eficaz en relación a sus fines. Mientras Aristóteles advierte que una variedad de bienes particulares no pueden ser por alguna razón u otras el télos humano; el Aquinate no sólo se queda aquí, sino advierte que el fin último no puede lograrse en la vida presente o en el poder mundano. Incluso, la investigación teórica ofrece un conocimiento inadecuado de nuestro fin último; la vida práctica es una vida de investigación de cada uno de nosotros y de nuestro bien y en cada fase tiene un conocimiento de aquello que es nuestro bien adecuado para ir hacia delante. Entonces, lo que al comienzo nos proporcionan la synderesis y la conscientia son principios necesarios “cuyo contenido y aplicación se entienden cada vez más adecuadamente en el curso de nuestra educación y auto-educación en las virtudes” (MacIntyre, 1994b: 195). De esta manera, la vida moral se inicia con reglas estructuradas para orientar la voluntad y los deseos hacia un bien que proporcionan un criterio de dirección correcta (rectitudo).
La práctica de las virtudes morales es básica para la adquisición de su conocimiento; por cierto, existe un conocimiento que se adquiere no por investigación racional, sino por experiencia, al haber dirigido nuestra voluntad por esa virtud.
En cuanto a la ley natural, obedecer sus preceptos es algo más que simplemente evitar hacer lo que se prohíbe o lo que se manda; además, nos proporciona una razón para vencer las razones motivacionales que se opongan, y lo hace en un contexto en que más de un aspecto de nuestro bien está en juego. Para que una acción sea buena necesita adecuarse a cuatro consideraciones: (1) la actividad se juzga como buena en relación a un tipo de actividad, (2) la persona tiene que usar lo que le es propio, (3) de la acción no puede seguirse una consecuencia dañina per accidens, (4) la acción es buena en la medida que su causa sea del tipo de bien relevante para el individuo o los individuos ejecutores, para que una acción sea mala basta que falle una de las consideraciones.
Los preceptos de la ley natural están divididos en los primeros principios genuinamente universales que no admiten excepción alguna y las conclusiones secundarias que se siguen de ellos. No existen reglas para aplicar las reglas, los factores en los casos individuales son indeterminados y variables.
El juicio referente a los casos individuales ha de dejarse a la prudentia de cada quien y, aunque la prudentia tiene como campo lo particular, puede educarse por la reflexión general. Es la prudentia (phronesis) la virtud sin la cual el juicio y la acción en ciertas ocasiones carecerían de recursos más allá de lo básico que le brinda la synderesis; por la prudentia, comprendemos la relevancia de los preceptos de la ley natural en situaciones particulares y nos orientamos hacia la acción correcta con respecto a todos los demás aspectos de lo que sea bueno o malo.
El Aquinate también sigue a Aristóteles cuando clasifica la prudencia en: (1) aquello que concierne al propio bien, (2) lo que concierne a los bienes de la casa y, (3) lo que concierne al bien común de la comunidad política y social; pero, se diferencia de Aristóteles en que la prudentia tiene una dimensión teológica, incluso cuando se ejerce como virtud natural.
Aristóteles advertía que la virtud corregía la prohairesis y que es la prudentia la que dirige bien la electio, “pero la prudentia junto con las demás virtudes y reforzadas por ellas. El Aquinate, curiosamente, sigue a Platón y a Cicerón en lugar de Aristóteles al utilizar el esquema de las cuatro virtudes cardinales como clave para las relaciones de las virtudes morales entre sí, y esto es mucho más llamativo puesto que adoptó la definición de virtud de Aristóteles (Comentario a la Ética II, lec. 7), integrándola con la de San Agustín en un relato singular (S.T. I-IIae, 55, 1, 2 y 6). El Aquinate expone y explica el esquema de las cuatro virtudes fundamentales considerando cómo las virtudes pueden clasificarse primero en términos del principio formal de cada una, lo que cada de una de ellas es, y en segundo lugar en términos del objeto del que trata cada una. Resulta que las dos clasificaciones coinciden. La prudencia es un ejercicio de la razón y a la vez tiene que ver con cómo la razón tiene que obrar en la práctica. La justicia es una aplicación de la razón a la conducta y concierne con cómo la voluntad puede dirigirse racionalmente hacia la conducta correcta. La templanza es el freno de las pasiones contrarias a la razón, y su objeto es «el apetito concupiscible» que nos urge a actuar contrariamente a la razón, mientras que la valentía es la firmeza en las pasiones para lo que la razón requiere, cuando el miedo al peligro o a las dificultades nos urgen del modo contrario, y su objeto es «el apetito irascible» que así surge (S.T. Ia-IIae, 61, 2)”. (MacIntyre, 1994b: 198)


6. El fracaso del proyecto ilustrado

Las argumentaciones de ilustrados como Hume, Smith, Kant y otros fracasan porque comparten características derivadas de un trasfondo común histórico, de un esquema de creencias morales que se había hecho incoherente. Estas creencias compartidas provenían de su pasado cristiano, estaban además de acuerdo con el carácter de la moral y que debía haber una justificación racional de la misma. Sus premisas se refieren a un rasgo o a rasgos de la naturaleza humana y a las reglas, a su vez, estas se refieren a la naturaleza humana; para Hume, por ejemplo, lo relevante de la naturaleza humana son las pasiones. La argumentación iría así de las premisas referidas a la naturaleza humana a las conclusiones acerca de la autoridad de las reglas y preceptos morales.
La forma general del esquema moral que es el antepasado de estas concepciones es el que llegó a dominar en Europa desde el s. XII, aproximadamente, la estructura de este esquema es la que Aristóteles analizó en la Ética a Nicómaco, el esquema tiene tres elementos: (1) la concepción de una naturaleza ineducada, (2) los preceptos de una ética racional y (3) cómo sería la naturaleza humana si realizará su télos. La ética es la ciencia que nos hace capaces de pasar de ser naturaleza ineducada a naturaleza realizada, el esquema fue ampliado, enriquecido, pero no alterado, al ser colocado en el marco de creencias teístas como la del Aquinate; entonces los preceptos ya no sólo fueron entendidos como mandatos teleológicos, sino como expresiones de una ley divinamente ordenada, la tabla de virtudes y vicios también fue modificado y el concepto de pecado se añadió al concepto aristotélico de error; mientras la versión teísta de la moral clásica predominó: “Decir lo que alguien debe hacer es también y al mismo tiempo decir que curso de acción, en las circunstancias dadas, guiará eficazmente hacia el verdadero fin del hombre y decir lo que exige la ley, ordenada por Dios, y comprendida por la razón. Las sentencias morales se usan entonces dentro de este marco para sustentar pretensiones verdaderas o falsas”. (MacIntyre, 1987:77)
La moral clásica tuvo su punto de quiebre con el ingreso en escena del protestantismo y el catolicismo janseanista, entonces se presenta una nueva concepción de la razón, ya esta no puede dar ninguna auténtica comprensión del verdadero fin del hombre, ahora la razón es incapaz de corregir nuestras pasiones
[3]. Pero, se conserva la oposición entre el cómo es el hombre y el cómo podría ser (si realizara su télos).
Es Pascal, quien se percata que la concepción de la razón protestante-jansenista coincide en buena medida con la concepción de la nueva ciencia y de la nueva filosofía del s. XVII; la razón no comprende esencias o pasos de la potencia al acto. “La razón es cálculo; puede asentar verdades de hecho y relaciones matemáticas pero nada más. En el dominio de la práctica puede hablar solamente de medios. Debe callar acerca de los fines”. (Ibíd.)
Los filósofos de la Ilustración se oponen a cualquier visión teleológica de la naturaleza humana, a cualquier visión esencialista del hombre que defina su propio fin. Ésta es la razón para MacIntyre del porqué del fracaso de la Ilustración en su proyecto de encontrar una base para la moral.
La ética, teórica o práctica, para MacIntyre consiste, como ya hemos visto, en llevar al hombre de un estadio ineducado hacia su verdadero fin; al eliminarse la noción de una naturaleza esencial humana y con esto la noción del télos humano, quedan los otros dos elementos en una relación que se torna oscura, queda una visión de una naturaleza humana ineducada y un conjunto de mandatos desvinculados de su contexto teleológico. Entendidos de esta manera, los mandatos de la moral y la naturaleza humana, se presenta por parte de la naturaleza mencionada una fuerte tendencia a desobedecer, por esto se intentó encontrar una base racional para las creencias morales. Así los ilustrados heredaron “fragmentos incoherentes de lo que una vez fue un esquema coherente de pensamiento y acción y, cómo no se daban cuenta de su peculiar situación histórica y cultural, no pudieron reconocer el carácter imposible y quijotesco de la tarea a la que se obligaban” (MacIntyre, 1987: 79). Aunque, páginas más adelante, MacIntyre rectifica en algo esta primera afirmación, es decir, acepta que sí pudieron reconocer en algo esta imposibilidad, en especial Kant, quien en el segundo libro de la Crítica de la razón práctica reconoce que sin un segmento teleológico el proyecto total de la moral se vuelve ininteligible y esto lo presenta como «un supuesto previo de la razón práctica pura».
Separar la moral de este trasfondo teleológico es ya no tener moral, o es cambiar radicalmente su carácter; y esto se deja notar en los escritos de los filósofos morales del s. XVIII, “en sus argumentaciones negativas se acercaban cada vez más a una versión no restringida del argumento de que no existe razonamiento válido que partiendo de premisas enteramente fácticas permita llegar a conclusiones valorativas o morales. Es decir, que se aproximan a un principio que, una vez aceptado, se constituye en el epitafio de todo su proyecto. Hume todavía expresa este argumento más en forma de duda que de aserto positivo” (MacIntyre, 1987: 80). Cuando observa que en los sistemas morales (del pasado) se hace una transición de sentencias referidas a Dios y a la naturaleza humana hacia juicios morales. “El mismo principio general, no expresado ya como una pregunta, sino como afirmación, aparece en la insistencia de Kant en cuanto a que los mandatos de la ley moral no pueden ser derivados de ningún conjunto de proposiciones acerca de la felicidad humana o la voluntad de Dios”. (Ibíd.)
Posteriormente, se llega “a formular la tesis de que ninguna conclusión moral se sigue válidamente de un conjunto de premisas factuales como «verdad lógica»” (Ibíd.). MacIntyre se opone especialmente a esta tesis, observando que hay varios tipos de razonamiento válido en cuya conclusión puede aparecer algún elemento no presente en las premisas, como ocurre en el ejemplo de A.N. Prior: “De «él es un capitán de barco» se infiere válidamente que «él debe hacer todo aquello que un capitán de barco debe hacer»”. Esto muestra que la tesis en cuestión postula un principio lógico general, sin restricciones, del cual se hace depender todo, lo que es incorrecto, y que como mínimo es una verdad gramatical el que de una premisa «es» puede, a veces, llegarse a una conclusión «debe».
La propuesta que plantea MacIntyre es que “se puede afirmar un principio cuya validez deriva, no de un principio lógico general, sino del significado de los términos clave empleados” (MacIntyre, 1987: 81). Así de premisas factuales como «este reloj es impreciso marcando el tiempo», o «es demasiado pesado para llevarlo» se sigue la conclusión valorativa «éste es un mal reloj»; o de «él consigue una cosecha mejor por acre que cualquier otro granjero», o «él gana todos los primeros premios en las ferias de agricultura» se sigue la conclusión válida «él es un buen granjero». En estos casos, se hace uso de conceptos funcionales, «reloj» y «granjero» se refieren al propósito y función que característicamente se espera cumpla un reloj o un granjero. “Por ello cualquier razonamiento basado en premisas que afirman que se satisfacen los criterios adecuados a una conclusión que afirma que «esto es un buen tal y tal», donde «tal y tal» recae sobre un sujeto definido mediante un concepto funcional, será una argumentación válida que lleva de premisas factuales a una conclusión valorativa”. (MacIntyre, 1987: 82)
La argumentación tradicional clásica aristotélica, en cualquiera de sus versiones, comprende como mínimo el concepto de hombre “entendido como poseedor de una naturaleza esencial y de un propósito o función esenciales” (MacIntyre, 1987: 83); hombre se refiere a buen hombre, así como reloj se refiere a un buen reloj; pero “el uso de «hombre» como concepto funcional es más antiguo que Aristóteles y no deriva inicialmente de la biología metafísica de Aristóteles. Radica en las formas de vida social a que prestan expresión los teóricos de la tradición clásica. Con arreglo a esta tradición, ser un hombre es desempeñar una serie de papeles,...Sólo cuando el hombre se piensa como individuo previo y separado de todo papel, «hombre» deja de ser un concepto funcional”. (Ibíd.)
Todo esto supone cambios en el significado de algunos términos morales clave, así como en sus relaciones de encadenamiento y sobretodo en los modismos morales; el principio «ninguna conclusión debe de premisas es» se convierte en “una verdad sin fisuras para filósofos cuya cultura sólo posee el vocabulario moral empobrecido”, resultante de lo ocurrido desde el s. XVIII. Lo que ha sido tomado como una verdad lógica es signo de una deficiencia profunda de conciencia histórica que informaba y que aún ahora afecta a la filosofía moral. “Por ello su proclamación inicial fue en sí misma un acontecimiento histórico crucial. Señala la ruptura final con la tradición clásica y el fracaso decisivo del proyecto dieciochesco de justificar la moral dentro del contexto formado por fragmentos heredados, pero ya incoherentes, sacados fuera de su tradición”. (Ibíd.)

Conclusiones

1. MacIntyre presenta una explicación ética de orden histórico y conceptual, dentro del orden histórico está comprendido lo sociológico. Su punto de partida es la sociedad heroica, en esta los conceptos morales se refieren no a cualidades abstractas o impersonales, sino se trata de conceptos funcionales referidos a roles bien definidos, asumidos tanto por los individuos como exigidos por el contexto social; pero esta sociedad cambia y al cambiar cambian los conceptos, volviéndose imprecisos y ambiguos. Esto es lo que se nota, por ejemplo, en los siglos VI y V a.C. en el mundo griego. El nuevo contexto es la polis, en relación a esta se produce el planteamiento clásico y tradicional del pensamiento moral: la ética aristotélica. Con el cristianismo se hace parte del pensamiento moral las enseñanzas bíblicas, pero estas, a su vez, requieren de un intérprete autorizado, esta nueva tradición se inicia con Agustín. En el s. XII, sin embargo, y con motivo del redescubrimiento de Aristóteles, hay un choque de dos tradiciones, quien logra superar este conflicto, integrando ambas tradiciones en una sola es el Aquinate; el planteamiento tradicional en la moral se mantiene con total dominio sobre la mentalidad occidental hasta que el protestantismo y el catolicismo janseanista plantean un rumbo diferente.
2. Un nuevo rumbo para la ética viene con el proyecto ilustrado, que pretende fundamentar la ética basándose en una razón que solo se fija en los medios o en el cálculo, y que solo toma dos elementos de la ética aristotélica: una naturaleza humana ineducada y los preceptos o normas morales, dejando de lado el télos y la naturaleza esencial del hombre; esto hace que todos los intentos de este tipo hayan sido infructuosos, generando un debate interminable, y un predominio de lo subjetivo o lo emotivo en las éticas modernas. MacIntyre es especialmente contrario a la tesis de la ética moderna de que no se puede inferir válidamente un debe de un es, es decir, que no se puede inferir una conclusión valorativa de premisas fácticas, su propuesta es un tipo de inferencia basada en conceptos funcionales.
3. La posición filosófica político-moral de MacIntyre es la de un ultra conservador, en cuyo discurso se muestra una fuerte añoranza por las sociedades estamentales y una defensa cerrada y muy bien documentada del catolicismo tradicional, por esto no es de extrañar su apología de la autoridad eclesiástica y su firme creencia de que es dispuesta por Dios. El aspecto más destacable de su propuesta es que advierte que cualquier interpretación filosófica, sociológica o ética es incorrecta, si está descontextualizada.

* Este artículo es publicado con autorización del autor


Notas

[1] “…MacIntyre no define las virtudes, como lo hace Aristóteles y toda la tradición que le sigue, como aquellas disposiciones que nos capacitan para realizar en comunidad de manera excelente al ser-humano en cuanto tal, sino como las disposiciones que nos capacitan para realizar excelentemente determinadas actividades, que llama “prácticas”. Entiende por “práctica” una actividad cooperativa que no está dirigida instrumentalmente a un bien exterior a ella, sino que se efectúa por ella misma (…).
MacIntyre resalta sin duda el hecho de que el concepto de las “prácticas” (que no ha sido definido de modo particularmente claro) no es en y por sí suficiente, sino que es preciso añadir dos dimensiones más,(…): primero, las “prácticas” deben acomodarse a un todo de la vida, y segundo, se debe vigilar que las instituciones en las que se ejercitan sean portadoras de tradiciones”. (Tugendhat, 1997: 211-212)

[2] Jean Porter observa que After Virtue establece un programa para futuros trabajos (Whose Justice? Which Rationality?, Three Rival Versions of Moral Enquiry) , aunque este programa no permanecerá inalterable en su desarrollo. En el planteamiento de After Virtue es de notar que el núcleo conceptual de la virtud que unifica la tradición de las virtudes éticas se construye en tres etapas: a) un trasfondo al que denomina MacIntyre “práctica”, b) un relato al que denomina “orden narrativo de una simple vida humana” y c) la tradición moral. Cada etapa supone la anterior, pero no ocurre lo contrario. Lo que caracteriza a la práctica es su orientación a bienes intrínsecos, pero las prácticas en sí mismas no son virtudes. La segunda etapa supone concebir la vida humana como una totalidad unificada, entonces nuestras vidas como una totalidad se mantienen juntas por una unidad narrativa, lo cual es central para la identidad del individuo; además, la unidad narrativa de una vida individual es teleológica. En cuanto a las tradiciones, estas proveen la etapa final necesaria para el desarrollo del concepto de virtud, porque comprenden a comunidades de indagación que, a su vez, requieren virtudes para continuar existiendo. Cf. Porter, Jean “Tradition in the Recent Work of Alasdair MacIntyre” en Murphy, 2003: 39-41.

[3] “Curiosamente, tanto los neoconservadores como los viejos conservadores á la MacIntyre contemplan nuestros momentos como la etapa última de una historia, que empezó en una época dorada y nos condujo más tarde, por un «pecado», a una situación apocalíptica como la caída del Imperio romano. Sólo que en el bosquejo veteranoconservador de MacIntyre la Edad de Oro lo es de un lenguaje moral pleno de sentido, ya que los deberes morales vienen racionalmente exigidos por un télos a que el hombre aspira y el individuo sabe que virtudes debe incorporar para mantener viva la comunidad en la que cobra su propia identidad. La «caída» se produce a lo largo de la Modernidad, cuando la razón deja de percibir los fines, desde los que era racional exigir deberes, y cuando el individuo cambia su identidad concreta comunitaria, por esa «identidad abstracta» que le presta el universalismo moderno: ser sujeto de deberes y derechos, ciudadano del mundo”. (Cortina, 1990:130)

Referencias bibliográficas

CORTINA, Adela (1990): Ética sin moral. Editorial Tecnos, Madrid.
MACINTYRE, Alasdair (1994a): Historia de la ética. Ediciones Paidós Ibérica,
S.A., Barcelona, título original: A Short History of

Ethics (1966), traducción de Roberto Juan Walton.
— (1994b): Justicia y racionalidad. Ediciones Internacionales
Universitarias, Eiunsa, S.A., Barcelona, título original:
Whose justice? Which rationality? (1988), traducción
de Alejo G. Sisón.
— (1987): Tras la virtud. Editorial Crítica, Barcelona, título
original: After Virtue (1984), traducción de Amelia
Valcárcel.
— (1992): Tres versiones rivales de la ética. Ediciones RIALP,
S.A., Madrid, título original: Three Rival Versions of
Moral Enquiry (1990), traducción de Rogelio Rovira.
MURPHY, Mark C. [Editor] (2003): Alasdair MacIntyre, Cambridge University Press,
New York.
TUGENDHAT, Ernst (1997): Lecciones de ética. Barcelona. Gedisa, título
original: Vorlesungen über Ethik (1993), traducción de
Luis Román Rabanaque