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Rousseau, guerra y paz

J. M. Bermudo, Universitat de Barcelona*

Hay algo paradójico en los escritos rousseaunianos sobre la paz y la guerra, cuyo desciframiento nos parece imprescindible para conocer la posición del filósofo ginebrino. La temática, importante por su dimensión práctica, especialmente en la Europa de su tiempo, asolada por las guerras de religión y de constitución de los estados modernos, era de obligado tratamiento para un autor como Rousseau, que ocupa un lugar de honor en la historia del pensamiento político. Sin embargo, los escritos referidos a la paz y la guerra son real e impropiamente escasos, apenas unas decenas de páginas juntando las ideas dispersas en sus libros y los fragmentos inacabados de proyectos que abandonó, reflexiones provisionales que no llegó a publicar, como si hubiera perdido el interés por el tema. Sorprende, pues, la escasez de estos textos y sus dudas finales sobre los mismos, como si renegara de ellos, pues no faltan algunas referencias en sus obras o en su correspondencia que expresan cierta desautorización o rechazo de esas reflexiones, que hacen sospechar que nuestro autor no se sentía especialmente orgulloso de esos apuntes. ^
Este escaso tratamiento del tema de la guerra y la paz no es contextualmente sorprendente. Como dice Touchard, el siglo XVIII no es una época pacifista, pues la guerra se acepta como algo natural, “son poco mortíferas”, “no se consideran como catástrofes”, son “operaciones limitadas que no interesan al conjunto de la nación”. Aunque “un cierto número de pensadores buscaban los medios de suprimir las guerras y de instaurar la paz perpetua (…) el pacifismo del siglo XVIII no es un sentimiento popular”[1]. El derecho a la guerra parecía intrínseco a los estados, tal que la misma no necesitaba justificación. La tradición escolástica había centrado su reflexión en la definición de “guerra justa”, más orientada a la fundamentación moral y al control de la crueldad innecesaria que a un pacifismo radical. La idea de “paz perpetua”, genuinamente ilustrada, tampoco responde a un ideal pacifista radical. La propuesta de Leibnitz, que puede ser considerada referente de este movimiento, responde más a una conciencia cristiano-europeísta que un universalismo pacifista consecuente, pues busca la paz entre los estados europeos, pero no duda en legitimar la conquista de oriente. La célebre obra de W. Penn, Ensayo sobre la paz presente y futura de Europa (1693), es más un rechazo de la violencia por motivos religiosos que una reflexión política sobre la guerra y la paz. No hay pues una preocupación realmente pacifista en los orígenes de la modernidad, por lo cual se comprendería que Rousseau no hubiera abordado el tema con detenimiento y extensión.
Pero si contextualmente no es sorprendente la escasa relevancia cuantitativa de sus reflexiones sobre la paz y la guerra, lo es en cambio en el marco de su biografía y su pensamiento. Por razones que enseguida describiremos, Rousseau asume con apasionamiento su proyecto de escribir unas “Institutions politiques”, en líneas generales concebido al modo convencional de los grandes tratados de los jurisconsultos según el cual un tratado de política debía contener, junto a la reflexión sobre el Estado (su origen, sus fundamentos, sus relaciones, etc.) la no menos importante reflexión sobre las relaciones entre Estados, en cuyo marco la guerra y la paz, referentes básicos del derecho de gentes, debía ocupar un lugar de honor. Rousseau manifestó en varias ocasiones su pretensión de abordar esa temática. Y también sabemos que en varias ocasiones confesó haber abandonado la idea, unas veces lamentándolo, excusándose en que el tiempo se le había echado encima y ya era una empresa excesivamente pesada para sus fuerzas, pero otras veces parece renegar de su conveniencia o posibilidad. Es decir, por un lado insistía en el reconocimiento del interés teórico y político del tema, pero al mismo tiempo le dedicaba insuficiente atención, lo aplazaba reiteradamente y acababa por abandonarlo.
El estudioso del pensamiento de Rousseau difícilmente puede escapar a la perplejidad que le produce esta inconsistencia existencial. Sabiendo como sabemos que la potencia creadora de su pensamiento pivotaba sobre las paradojas, que sus más fundas ideas surgen en la descripción de los enigmas del ser humano y del orden social, nos vemos llevado a pensar que en este caso, la paradoja existencial de su actitud ante la guerra y la paz encierra un enigmático mensaje que debemos desvelar si queremos llegar al fondo de su pensamiento.
Rousseau ha pasado a la historia del pensamiento filosófico político no por su precisión analítica ni su potencia sistemática, sino por su mirada lúcida y sus intuiciones brillantes, definiendo al mismo tiempo una posición política republicana radical de fecundo recorrido y una posición filosófica vertebrada en torno al principio de la prioridad de la emancipación sobre la verdad; es decir, que el pensamiento y la razón para ser legítimos han de subordinarse sin concesiones a la emancipación de los seres humanos y los pueblos[2]. En consecuencia, al abordar su tratamiento del tema de la guerra y la paz debemos buscar cómo en los mismos aparece y se expresa esa prioridad de la emancipación sobre la verdad o, si se prefiere, prioridad de la moral del corazón, que hace de la piedad y la libertad sus dos referentes absolutos, sobre la moral de la razón, que suele ser dictada por el poder. Pero, como hemos sugerido, no llegaremos al fondo de su pensamiento sin descifrar la extraña genealogía de su proyecto sobre la guerra y la paz. El desvelamiento de este enigma nos parece condición de posibilidad de una comprensión ajustada de las brillantes ideas e intuiciones que, sin duda, aparecen en esos textos escasos, inacabados y fragmentados, incluso escritos con prisa y desorden, con estilo lejano a la bella literatura a la que el ginebrino nos tiene acostumbrado; incluso en esa precaria expresión las ideas de Rousseau son fascinantes, y ello le convierte, junto a Kant, en referente moderno del debate sobre la paz.

1. El giro político rousseauniano en filosofía.
Tal vez no sea anecdótico el hecho de que Rousseau, cuya aspiración juvenil era la de triunfar en el mundo literario, se vio metido en un proyecto filosófico político por pura contingencia; o, si se prefiere, por necesidades de la vida. Del mismo modo que copiaba partituras musicales y enseñaba matemáticas con escasos conocimientos sobre estas disciplinas, simplemente para ganarse la vida, la fortuna le brindó una ocasión semejante en el campo del pensamiento filosófico político. También en este caso el azar y la necesidad se aliaron para abrir un camino al ginebrino.
Efectivamente, Rousseau se inicia como escritor político de forma casual, gracias a un inesperado encargo editorial. No nos costa que la mirada de Rousseau se hubiera sentido anteriormente atraída hacia la problemática filosófica del derecho, del estado, de la guerra y la paz, hasta que surgió esa ocasión de ganarse la vida recuperando y reelaborando los textos de otro, del abate de Saint-Pierre (1658-1743). En simbiosis fecunda, los libros del abate permitieron a Rousseau sobrevivir unos años y el trabajo del ginebrino sobre los mismos proporcionó al abate la eternidad, pues no ocuparía un lugar en la historia sin la oportuna mediación del trabajo de nuestro autor.
El abate de Saint-Pierre había publicado entre 1712 y 1717 los tres volúmenes de su Projet por rendre la paix perpétuelle en France, y en 1719 su Discurs sur la Polysynodie, que concretaba y daba forma política a la filosofía del Proyecto. La escasa belleza literaria de los escritos del abate, y tal vez el hecho de que en algunos aspectos se adelantaba a la historia, se confabularon para que sus obras tuvieran escaso éxito[3]. No obstante, había en ellas cierta originalidad, pues anunciaban el fin de la época de los compactos “de iure naturae et gentium”[4], tratados políticos convencionales que a lo largo del XVII ya habían disputado y ganado la posición a los doctos y escolásticos tratados del tipo “de legibus” y “de iustitia et iure”de la escuela de Salamanca[5]. Como ha señalado A. Truyol, estos tratados pretendían ser una summa, exposiciones de conjunto “del derecho natural, político, eclesiástico y de gentes, entendiéndose éste por lo general, en el sentido más amplio, no limitado al derecho internacional”[6]. Las obras de Saint-Pierre vislumbraban un nuevo género literario, adecuado a nuevas preocupaciones y llevado a capo por un nuevo estilo de intelectuales, los philosophes, perfectamente distinguibles de los severos jurisconsultos del XVII. Estos rasgos novedosos, y la coyuntura política que volvía a poner en el foro público el ya viejo problema de la paz y la unidad europea, cuyos orígenes se remontan como mínimo a Dante y su anacrónico ideal de monarquía cristiana[7], determinaron que algunas miradas ilustradas volvieran a las obras de Saint-Pierre. De este modo, casi medio siglo después de su publicación, ya a mediado del XVIII, el fino olfato del mundo ilustrado detectó el interés de las obras enterradas y se propuso su recuperación.
La fortuna, o los dados del Hacedor, hicieron confluir al abate y a nuestro autor, ligando para siempre sus destinos. El filósofo ginebrino asistía de cuándo en cuándo a la tertulia de Mme. Dupin, en cuyo salón surgió la idea, que la mecenas y sus asesores convirtieron en el proyecto de recuperar el pensamiento del abate elaborando y editando un buen resumen de sus textos. Por sugerencia del abate Mably, Mme. Dupin ofreció el encargo a Rousseau, a quien vino como agua de mayo. Sin la menor duda asumió este compromiso el año 1754 y, conforme al mismo, en cuatro o cinco años preparó un “extracto” y un “juicio” sobre cada una de las dos principales obras, la Polysynodie y el Projet de paix perpétuelle. Por razones que ignoramos, pero que podemos intuir, sólo se publicaría el extracto del Proyecto, en 1961; los otros tres textos se publicarán sólo tras su muerte, en la edición póstuma de sus obras. Aunque los dos “juicios” son los escritos que expresan con fidelidad la posición de nuestro autor, y por tanto los que debemos tener como referencia, no podemos olvidar los “extractos”, ya que el ginebrino mezcla el resumen con la paráfrasis, la redescripción con la valoración, de tal modo que en la reelaboración del texto las ideas del abate se contaminan en exceso de los aromas de nuestro autor; o sea, también los “extractos” son lugares donde buscar el pensamiento de Rousseau.
El encargo de Mme. Dupin no sólo propiciaría estos cuatro escritos de Rousseau. Motivado por el tema, y sintiendo la necesidad de decir mucho más de lo que los límites de aquel proyecto editorial le permitía, el ginebrino iba recogiendo reflexiones y concibiendo un proyecto propio más ambicioso. Es decir, al hilo de sus trabajos sobre el abate fue madurando su proyecto ““Institutions politiques””, tratado convencional a la manera de los jurisconsultos, con una parte dedicada al derecho civil y al orden interior del estado y otra al derecho de gentes y las relaciones entres estados. Si tenemos en cuenta que el “segundo discurso”, es decir, el Discurso sobre el origen y fundamentos de las desigualdades entre los hombres es de 1755, redactado por tanto simultáneamente a sus trabajos en el proyecto Saint-Pierre, y cuyo contenido es coincidente con las notas y fragmentos que nos quedan de ese periodo; si tenemos en cuenta que Del contrato social (1767) es considerado por el mismo Rousseau como primera parte de las “Institutions”; y, en fin, si no olvidamos que, como reiteradamente nos dice, las notas y reflexiones sueltas que nos han llegado (como las recogidas en el texto “El estado de guerra”, junto a otros fragmentos menores, que se conocen como “Fragmentos sobre la guerra”[8]) eran elementos y esbozos de la segunda parte…; si tomamos todo esto en consideración podemos afirmar que la contingencia del proyecto Saint-Pierre llevó a Rousseau a la filosofía política.
Pero esa misma contingencia, la precipitación con la que el ginebrino se entregó al proyecto de fundar el derecho, la inmediatez con que su reflexión entra en conflicto con la de los jurisconsultos más nombrados, el radical posicionamiento crítico frente a las ideas y los métodos de los mismos, todo ello nos hace sospechar que la misma ocasión que le llevó a concebir el proyecto de las “Institutions politiques” encierra ya la necesidad de abandonarlo y de renegar de él. Parece que, desde el origen, estaba condenado al fracaso, pero con la peculiaridad de que ese fracaso de la idea que regía el proyecto era la condición necesaria para la aparición de una nueva idea de la política y del derecho; el fracaso ocasional de Rousseau, pues, era la condición de su triunfo como pensador original. No nos dejó el “tratado imposible”, para dejarnos ideas revolucionarias.
Todo nos revela que Rousseau se apasionó por el tema, cosa que contrasta con el hecho de que nunca lo abordara con detenimiento y rigor, que siempre aplazara su desarrollo. Podríamos atribuir este retraso a los avatares de la vida, a mil urgencias que interrumpían sus proyectos y condenaban una y otra vez al aplazamiento a la reflexión sobre la guerra y la paz; y tal vez sea ésta una razonable explicación. No obstante, desde la imagen que nos hemos creado a través de la lectura de Rousseau y desde el conocimiento de su biografía, nos resulta difícil aceptar que el motivo, el único motivo, de ese reiterado aplazamiento, fuera unas meras limitaciones existenciales.
Hemos de tener en cuenta que Rousseau en más de una ocasión explicita su voluntad de escribir en serio sobre el tema. En su correspondencia indica su proyecto de escribir un libro sobre Principes du droit de la guerre[9]; y en el Emilio también manifiesta esta voluntad de escribir un libro sobre los “verdaderos principios del derecho de la guerra”[10]. Manifestación nada sorprendente, exigida como ya hemos dicho por la misma idea de esa obra magna sobre las “Institutions politiques”, de la cual el mismo texto Del contrato social debe considerarse la primera parte (obra muy esquemática y en mchos aspectos también inacabada). Efectivamente, este formidable texto rousseauniano, referente del pensamiento republicano moderno y contemporáneo, es sólo una parte del ambicioso proyecto de un tratado político convencional, como él mismo nos dice: “Después de haber sentado los verdaderos principios del derecho político y haber procurado fundar el Estado sobre esta base, había que sustentarlo mediante sus relaciones externas, lo cual comprendería el derecho de gentes, el comercio, el derecho de guerra y conquistas, el derecho público, las alianzas, las negociaciones, los tratados, etc..”[11]. Tal proyecto magno, como marcaban las convenciones de la época, debía ser un grueso tratado que cubriera tanto el derecho político[12] o interior, como el “derecho público” o exterior, dedicado a las relaciones entre estados, y en especial a la paz y la guerra entre ellos, o sea, el derecho de gentes y el derecho internacional[13]. Un tratado político completo, como pretendía el ginebrino, debía incluir el derecho internacional; y dentro de éste, la paz y la guerra habían de ocupar un lugar de privilegio. Así lo ve Rousseau y así lo reconoce en sus reiteradas expresiones de abordar su reflexión sistemática.
La verdad es que sólo formalmente y de forma vaga la idea rousseauniana podía ajustarse al género de los tratados de los jurisconsultos. Basta abrir el libro para constatar que es otra cosa, otro discurso; a pesar de la fragmentación e in acabamiento que pesan sobre el texto, se puede apreciar un léxico nuevo, no sólo con ideas originales y diferentes, no sólo con valores alternativos, sino con otro criterio de verdad y otra manera de entender el compromiso del filósofo con los hombre y con las ideas. El posicionamiento del ginebrino era de abierta crítica con los autores más relevantes del momento, siendo consciente de la novedad de sus ideas y otorgándose a sí mismo el mérito de haber sentado nuevas bases del derecho político. Sus críticas a Grocio, a quien considera simple aficionado y de mala fe, son especialmente elocuentes. Rechaza de plano “su forma más constante de razonar” que consiste en “establecer siempre el derecho por el hecho”. Es decir, critica ese método positivista dominante en la tradición de los juristas, que en lugar de negar lo existente persiguen legitimarlo, que hace que “las doctas indagaciones sobre el derecho público no sean, a menudo, sino la historia de los antiguos abusos”. Y concluye con una crítica feroz: “Podría emplearse un método más consecuente, pero no más favorable a los tiranos”[14].
Rousseau es consciente de haber abierto en el pensamiento político, y en especial en la teoría del “derecho público”, un nuevo punto de vista, una nueva manera de pensar. Y esa conciencia de innovación teórica tiene la peculiaridad de hacer visible la complicidad de la teoría del derecho con la práctica política. Rompe con el disfraz de neutralidad teórica, refugio de la sumisión de la razón al poder, para retar al pensamiento filosófico a que acepte su destino de elegir entre aliarse con el poder o apostar por la emancipación, de elegir sin disfraces entre alinearse con la sumisión y la injusticia o con la libertad y la igualdad. Aunque con esa visión tan ingenua como atractiva que tiene el ginebrino de las clases sociales, pensadas en términos de ricos y pobres, de poderosos y débiles, Rousseau sospecha, o simplemente sabe, que la teoría del derecho, incluso el método de la misma, no son inocentes. Y de este modo, intuyendo que el derecho positivo es aliado del poder, que es una forma sofisticada de opresión, ¿cómo escribir un tratado de derecho internacional?[15]. ¿No parece inevitable que relegara una y otra vez su realización hasta acabar por abandonarlo?. Sabiendo como sabía que en la teoría del derecho se daba una fuerte batalla política (la que él mismo sostiene sin tregua ni concesión alguna con filósofos y jurisconsultos, de Hobbes a Grocio, de Montesquieu a Pufendorf), ¿cómo entender que no tuviera absoluta primacía en su agenda?.
Todo nos hace pensar que Rousseau tenía una clara consciencia de la importancia del debate de su tiempo sobre el derecho de gentes; y todo nos hace creer en su convencimiento de que su posición, desacralizando los hechos y atendiendo a lo que debe ser, asumiendo el compromiso político de la filosofía como pensamiento negador, era revolucionaria y justa. De ahí la paradoja de que no concediera tiempo a estos problemas, dejando sin redactar la segunda parte de las “Institutions politiques”, que debería abordar esas cuestiones, y dejándonos simplemente unos textos fragmentados, provisionales y claramente insuficientes. Dado su reconocimiento reiterado del interés del tema, y dado el orgullo de su autoconciencia de creador del verdadero derecho político, no podemos aceptar sus razones existenciales, como su repetida explicación de la complejidad y dureza de tal proyecto, de que es “un trabajo excesivamente extenso para mi corta vida”[16].
No deja de ser sospechoso que ya en el Del contrato social nos señale su renuncia a seguir, precisamente en un texto que aparece como realización parcial de ese proyecto. En una “advertencia” preliminar antes de llevarlo a imprenta decía: “Este breve tratado es el extracto de una obra más extensa que acometí un día sin haber consultado mis fuerzas y que hace ya tiempo abandoné. De los diversos fragmentos aprovechables de lo ya concluido, éste es el más importante y me ha parecido el menos indigno de ser ofrecido al público. Lo demás ya no existe”[17]. Del proyecto de las “Institutions politiques” sólo salva el texto del contrato social, fragmentado e inacabado, sólo el “menos indigno”; el resto es claramente rechazado y menospreciado. Además, cosa realmente sorprendente, ya confiesa su impotencia para acabar el proyecto, en el año 1767. Las palabras finales que cierran el Del contrato social, tras relatar explícitamente que el proyecto completo debería incluir el derecho de gentes, son contundentes: “Pero todo esto constituye un nuevo tema, demasiado vasto para mi corto alcance; debería haberme ceñido siempre a un ámbito más inmediato”[18]. Palabras que revelan el abandono definitivo del proyecto, pero que dejan abierta la sospecha de si la causa es existencial, especialmente la condición de proscrito que se ve obligado a vivir, o si el obstáculo era la inviabilidad teórica de un proyecto filosófico político que, en tanto que tal, debía ser fundamentador y normativo, posición que el ginebrino fue abandonando progresiva y casi inadvertidamente, arrastrado por la fuerza de sus ideas.
Y para completar esta lista de motivos de sospecha, dos últimos comentarios. En el libro V del Emilio insiste en su impotencia para llevar a cabo el proyecto. Pero en Las confesiones nos sorprende al afirmar que del proyecto de las “Institutions politiques” se queda sólo con el libro Del contrato social, legando a la hoguera el resto. A la hoguera o a los cajones del olvido, que para el caso es lo mismo; lo relevante es que el ginebrino, que tantas veces ha alimentado la voluntad de llevar a cabo el proyecto de fundamentación del derecho civil y público, que otras tantas ha lamentado su dificultad y complejidad que desbordaba sus fuerzas, ahora cambia de registro y reniega precisamente de esos escasos escritos sobre la guerra y la paz, y muestra su desinterés definitivo por el proyecto.
A nuestro entender, esta inconsistencia existencial, este enigma, puede explicarse como efecto subjetivo de la ruptura teórica que lleva a cabo Rousseau sin proponérselo, al pretender encajar una crítica radical, que responde a intuiciones revolucionarias, en un género filosófico como el tratado, que en última instancia responde a una finalidad de fundamentación. El ginebrino no sólo ponía en escena ideas políticas nuevas, subversivas, sino también una nueva manera de posicionarse filosóficamente, conforme a la cual la función de la filosofía no es tanto la búsqueda de la verdad mediante la organización racional del saber cuanto la emancipación de los hombres mediante la crítica de lo existente. Esa nueva posición política en filosofía, vehiculaba al mismo tiempo ideas y propuestas políticas que no cabían en el orden existente, como puso de relieve la Revolución Francesa, y un discurso filosófico que no podía ejercerse en los géneros literarios usuales, lo que se expresaría en la renuncia a su proyecto.
De sus textos políticos sólo el segundo Discurso parece una pieza completa, redonda y acabada; pero con la peculiaridad de que no es encajable en una tratado, pues lejos de responder a una función sistemática y fundamentadora de un orden político ideal pone en escena la sospecha de la imposibilidad de reconciliar el orden político y la justicia, de compatibilizar la virtud y la vida social. De ahí que los estudiosos hayan visto incoherencias entre las propuestas políticas de Rousseau en esta obra con las que aparecen en Del contrato social. Si en este texto, ya se ven las dificultades del proyecto de las “Institutions”, y de ahí su fragmentación e inacabamiento, en el “segundo discurso” se pone en escena el léxico alternativo
Pensamos que es fácil de observar que Del contrato social es una obra acabada, que está hecha a impulsos, sin conseguir la unidad y fluidez propia de la bella literatura del ginebrino, que posiblemente lo entregó a la imprenta sin estar satisfecho del resultado. Interpretamos que a lo largo de su redacción Rousseau se fue convenciendo de que, para salir de la trágica alternativa entre una posición positivista, cómplice del poder, que eleva el hecho a derecho, que sacraliza lo existente, y otra moralista, que niega vanamente en idea el mundo real, que salva el alma humana pero entrega el cuerpo…; para salir de esa alternativa trágica en que se retuerce el teórico del derecho político hay que cambiar de registro. No le basta con oponer nuevas ideas a las viejas, con defender la libertad frente a la sumisión y la igualdad frente a la explotación; Rousseau siente la necesidad de subvertir el tablero filosófico, abandonando el ámbito de la fundamentación por el de la crítica radical, sin límites, es decir, por la crítica ejercida incluso sobre aquello que parece sagrado, como el derecho, la paz o la representación política.
Ese cambio teórico, ese anticipado giro político de la filosofía, exigido por la subjetividad de nuestro autor, era complejo y difícil, tal vez excesivo para un escritor como Rousseau, más dotado para las intuiciones brillantes y los denuncias del mal que para la argumentación sostenida y los análisis exhaustivos; se comprende, en consecuencia, que lo fuera sucesivamente aplazando y posponiendo, que no se sintiera a gusto en la tarea, que acabara por abandonarla. Seguramente no comprendió que este acto de abandono del proyecto fue la mejor lección que nos ha dejado, al entregarnos las claves para descifrar el sentido preciso de sus ideas que, ahora lo sabemos, sólo son dispersas, fragmentadas e inacabadas en tanto que referidas a un proyecto teórico político convencional, pero que recuperan su identidad, su sentido y su función una vez hemos comprendido que son huellas y directrices de otra manera de pensar la filosofía que permite a su vez una nueva mirada sobre la política.

2. El giro antropológico en el discurso político.
Como hemos dicho, Rousseau escribió poco sobre la paz, y menos aún sobre la guerra. Pero, como es propio del ginebrino, en esos escasos textos nos ha legado ideas brillantes, auténticos retos que el pensamiento contemporáneo no puede soslayar. Las mismas se encuentran dispersas en sus obras políticas, tanto en las acabadas y publicadas en vida, como en sus fragmentos póstumos, que abordamos sucesivamente.
2.1. Las dos textos políticos rousseaunianos de más calidad teórica y mayor incidencia práctica son, sin duda, el Discurso sobre el origen y fundamentos de la desigualdad entre los hombres y el Del contrato social, dos textos de problemática concordancia. En ambos textos la guerra y la paz no son tratadas en extenso ni de forma sistemática; aparecen ocasionalmente, más aludidas que tematizadas, más valoradas que argumentadas; no obstante, esas esporádicas reflexiones son de un gran valor tanto para la comprensión de la posición rousseauniana como para conseguir esa mirada desde el otro lado del espejo, sin la cual la filosofía deviene canción de cuna, discurso reconciliado y sumiso.
Situarse en el otro lado del espejo significa aquí situar la reflexión sobre la guerra y de la paz en una representación antropológica (por tanto, ontológica), frente al tratamiento ético o jurídico habitual. El ginebrino piensa la guerra y la paz como formas de existencia inscritas en la vida social y política, como formas del ser humano y social, y no como relaciones exteriores, contingentes y arbitrarias entre ellos, susceptibles de ser valoradas en claves morales. Con radicalismo conceptual y belleza literaria nos dibuja un fascinante escenario de reflexión donde la bella figura del hombre pacífico por naturaleza se contrapone a la inquietante figura del hombre social inevitablemente agresivo, condenado a la guerra de todos contra todos. La paz y la guerra, de este modo, se juegan en un discurso trágico, donde no solamente está en juego el bien y el mal, sino la existencia “humana”; donde no sólo se juega la posibilidad de la sociedad justa, sino el sentido y la legitimidad de la sociedad política.
Ese cambio de enfoque o de tablero le permite a Rousseau ver lo que en el discurso filosófico dominante quedaba invisibilizado. Hobbes, interlocutor omnipresente del ginebrino, con habilidad y radicalismo había sacado la guerra del orden civil, relegándola al estado de naturaleza; según el filósofo inglés, la guerra era impensable en el orden civil, pues su mera presencia implicaría la ausencia del orden, el regreso a las relaciones del estado de naturaleza. En consecuencia, desde la mirada del pensador inglés una y la misma cosa era optar por la paz y por el estado hobbesiano, basado en el pacto de renuncia a los derechos naturales, en el pacto de sumisión al soberano. Es comprensible que el ginebrino viera el monstruo en semejante discurso. La identificación ontológica del orden natural con la guerra y del orden civil con la paz llevaba, según Rousseau, a renunciar a la libertad, a amar la sumisión, a tomar por bien la existencia inhumana; en nombre de la seguridad y la paz, virtudes relativizables, se renunciaba a la especificidad del ser humano. O sea, se tiraba al niño con el agua de la bañera.
El liberalismo siempre ha guardado el pensamiento de Hobbes entre bastidores, como ídolo venerado e inconfesable, prefiriendo aparecer vestido con el discurso lockeano, más dulzón y menos inquietante, más conciliable con la tradición cristiana moderna. El éxito ideológico de Locke radicó en imponer un escenario de representación que abandonaba el enfoque ontológico y lo sustituía por el moral. Es decir, abandonaba la posición hobbesiana y la sustituía por otra en la que la paz y la guerra aparecen como opciones posibles en el seno de la ciudad, como modalidades de la vida civil. Para Locke la paz y la guerra eran alternativas, moralmente cualificables, en el seno del estado; pensaba la sociedad política como lugar neutro donde pueden tener lugar la guerra y la paz, donde negocian y se enfrentan el ser moral y el ser político, el bien y el mal. La paz y la guerra, pues, respondían a decisiones de los hombres, con lo cual quedaban desdramatizadas y, en todo caso, sometidas al control moral. Desde esta perspectiva la paz es propia del orden justo, que se identifica con el estado liberal, y la guerra se piensa consustancial al estado injusto y desordenado, derivado del despotismo. En este enfoque genuinamente liberal la sociedad política no garantiza la paz, pero un orden político apropiado es la mejor, si no la única, vía hacia la paz.
Esta perspectiva lockeana, que pasaría a vertebrar el liberalismo hasta nuestros días, implica la desontologización del discurso político sobre la paz y la guerra y su correspondiente moralización. Desde su mirada la guerra y la paz son opciones libres de los estados y, por tanto, moralmente responsables de ellas. La guerra es el mal moral por excelencia, aunque a veces sea legítima o justa; la paz es el ideal político a conquistar y conservar, pues incluso la legitimación del estado, el pacto social, se fundamenta en la necesidad de evitar la guerra, riesgo inexorable al aplicar la justicia cuando, como ocurre en el estado de naturaleza, se es juez y parte.
Pues bien, frente a Hobbes y a Locke, caras respectivamente oculta y oficial del discurso liberal; por tanto, frente a los dos rostros o fuentes del liberalismo clásico, Rousseau cambia el tablero de representación al pensar la guerra y la paz, en un movimiento de doble quiebro, tal que al mismo tiempo invierte la identificación ontológica hobbesiana de guerra y paz, que implica la sacralización el orden civil, y desmitifica la deriva moralista lockeana, abierta por su tesis de la neutralidad del marco civil y que implica la sacralización del orden civil liberal. El ginebrino concentra sus esfuerzos retóricos en invertir las identidades hobbesianas entre paz y estado civil y entre guerra y estado natural, de fuerte arraigo cultural, defendiendo sin fisuras ni condiciones que la paz es externa e incompatible con la vida social y, lo que es más inquietante, que la guerra es propia e intrínseca del orden político, del estado. Invierte a Hobbes, pero manteniendo su enfoque ontológico. Al mismo tiempo, y en tanto que mantiene ese enfoque, desmitifica el sueño liberal posibilitado por Locke de poner la guerra y la paz como relaciones contingentes entre los individuos y los estados y, por tanto, como opciones políticas libres susceptibles de ser valoradas moralmente.
Este desplazamiento en el enfoque de la guerra y de la paz, rompe con los dos sueños o ideales afianzados en los orígenes de la modernidad: el de la “guerra justa”, tan loada en el siglo anterior, y el de la “paz perpetua”, que dominaría el imaginario ilustrado; rompe con las dos esperanzas en el bien político. Al desmitificar la paz del orden social y al revelar la inevitable complicidad entre el estado y la guerra, Rousseau retaba a la filosofía a bajar a la caverna y enfrentarse a las sombras, a pensar la posibilidad de que la guerra fuera inevitable e inherente al orden civil, a sospechar que al mal es el estado.
2.2. Si queremos resaltar los efectos de este giro antropológico del pensamiento político rousseauniano, frente al ético jurídico dominante, hemos de poner de relieve los cambios en la concepción del hombre que configuran ese enfoque. El mito del pecado original, del hombre caído, incapaz del bien, determinado por las pasiones y abocado a los conflictos, acababa justificando la instauración del poder como vía de salvación, mitificando la ciudad como lugar de redención. La idea de una naturaleza humana caída, degradada en la animalidad, favorecía la credibilidad de una estado de naturaleza dominado por el miedo, el egoísmo y la guerra, y justificaba la necesidad (para sobrevivir) y la bondad (para vivir virtuosamente) del orden político jurídico. Rousseau, al liberar a la naturaleza humana de su pecado y devolverle la inocencia, limpiaba el estado natural de la necesidad e incluso de la posibilidad de la guerra (del egoísmo, de la violencia gratuita, de la insolidaridad intrínseca); al devolver al individuo la belleza y la bondad (benevolencia, piedad, altruismo), presentaba el estado natural atractivo y deseable y reconquistaba la esperanza de vida en paz. Y, al contrario, al poner la guerra como determinación social, en el horizonte de nuestra incapacidad para regresar al paraíso natural, que el mismo Rousseau reconoce, rompe con las utopías y pone al pensamiento ante el reto de afrontar el pesimismo derivado de la imposibilidad de cualquier proyecto de sociedad pacificada. Si la tradición liberal pone la guerra en el estado de naturaleza y la esperanza de la paz en el orden civil a construir, Rousseau pone la paz en el orden natural irremediablemente perdido y la guerra en el orden civil inevitable. El ginebrino nos enfrenta a la insoslayable necesidad de decidir entre la esperanza, con riesgo de vivir en la ficción, y la lucidez asediada por al desesperación; lo que ya no podemos hacer, sin desertar de la filosofía, es pasar de largo y obviar esta alternativa. El pacifismo rousseauniano, por tanto, no es una propuesta política, sino un referente crítico del hombre condenado a vivir en el orden civil, siempre escenario de guerra.
Es bien cierto que este tratamiento de la idea de guerra y paz inspira y contamina desigualmente los dos textos rousseaunianos referidos, desigualmente sensibles a este giro antropológico. El enfoque aparece rotundo y coherente en el segundo Discurso, texto orientado a revelar los males derivados de la instauración del orden social; y está presente, aunque más disimulado y no exento de incoherencias, en Del contrato social, texto donde con insuficiente convicción el ginebrino se propone salvar los trastos y proponer al hombre, que ya ha perdido irremisiblemente la inocencia, un sistema de relaciones en las que al menos pueda cultivar la virtud, lo que implica aceptar la inevitabilidad del mal y pensar la posibilidad de un orden político que lo minimice. Es decir, la paz perpetua desaparece del horizonte de posibilidad política, y sólo que da un remedo de la misma, la sociedad pacificada, objetivo de su propuesta de contrato social.
Pero en la medida en que, como hemos dicho, el desplazamiento teórico implementado en el discurso rousseauniano es ontológico, y no meramente ético, Rousseau no puede salir sin incoherencias de su propia red de representación. Al orden político le es intrínseca la sumisión y la guerra, como enseguida veremos; por tanto, no puede volver a la esperanza liberal del estado como espacio neutral donde se enfrentan y deciden la sumisión y la emancipación, la paz y la guerra; el “contrato social” no puede dejar de ser la máscara embellecedora del mal, a no ser que impongamos unas exigencias o límites ontológicos al sujeto político, al pueblo, tal que la propuesta de estado sea sólo legítima al nivel de las ciudades o pequeñas comunidades. Es lo que Rousseau intentó, pero tal límite vaciaría de sentido a su propuesta, ante el inconmovible factum de los grandes estrados.
2.3. Ilustremos con algunos textos esta idea de la paz y la guerra del ginebrino que venimos formulando, ajustada a su giro antropológico. Por ejemplo, en muchas páginas del Discurso sobre la desigualdad describe con gran fuerza retórica la aparición de la guerra de todos contra todos, argumentando que tal situación no corresponde al origen, al estado de naturaleza, como pensara Hobbes, sino a un momento en la génesis de la vida social, momento trágico en el que “la sociedad naciente dio paso al más horrible estado de guerra”[19]. En ese estado de guerra consecuencia de la aparición de la vida social, aparece la desigualdad, la apropiación particular de los bienes y la división espontánea del trabajo; y precisamente en ese contexto, con el orden natural ya lejano y la guerra presente o en el horizonte, sitúa Rousseau el origen y necesidad del estado, de la sociedad política, del derecho, que viene a consolidar y legitimar las desigualdades y relaciones de poder generadas en ese momento del estado de naturaleza, de tal modo que la violencia y la dominación dejan de ser precarias y extinguibles para fijarse como relaciones sociales inamovibles. Esa paz ligada a la instauración del estado, a la hegemonía del derecho (que es fundamentalmente derecho de propiedad), resulta sospechosa para el ginebrino, que enfatiza el terrible tributo pagado por ella: nada menos que la libertad. Nos dice que “todos corrieron hacia sus prisiones creyendo asegurar su libertad, pues con razón bastante para intuir las ventajas de una institución política, no tenía experiencia suficiente para prever sus peligros”[20].
Todo el discurso está protagonizado por una brillante idea que merece atención, a saber, la diferencia entre guerra y violencia. Desde el pacifismo dominante en nuestros días se tiende a identificar guerra con violencia; el principio esencial del pacifismo contemporáneo es el rechazo de la violencia, de cuanto genere dolor; la guerra queda incluida en ese rechazo y es vista como la forma máxima y, por tanto, más execrable, de la violencia. Rousseau veía las cosas de otro modo. Pensaba que la violencia era intrínseca a la naturaleza humana; anticipándose siglos a Foucault, viene a decirnos que donde hay seres humanos hay violencia. Pero, precisamente por ser la violencia una determinación ontológica, no es susceptible de valoración moral, no es ni buena ni mala desde el punto de vista moral. Otra cosa es la guerra, que es una forma de violencia peculiar y propia del estado civil; es una violencia organizada, estructurada, reflexionada, institucionalizada, ritualizada, racionalizada, es decir, un tipo de violencia no natural, superflua, prescindible. Y, por ello, susceptible de una valoración moral.
Para el pensador ginebrino la violencia y la dominación, como la desigualdad y cualquier otra relación del estado de naturaleza, además de ser inevitable, tienen la ventaja de ser efímeras, circunstanciales y condenadas a desaparecer; de este modo el “mal natural” pierde sustancialidad, como mera anomalía que el propio orden natural corrige. El fuerte envejecerá y se volverá débil, nos dice; la apropiación de bienes en el orden natural tiene límites, pues, la capacidad de consumo y de placer del individuo son limitadas: la naturaleza se encarga, poniendo límites y finitud, de quitar perversidad a la violencia propia del estado de naturaleza. En cambio, en el orden civil esas relaciones se fijan y eternizan, se reproducen y amplían, deviniendo un mal absoluto, pues deja de ser accidental y precario para devenir esencial y sacralizado.
Baste un ejemplo de esta perversión, que constituye el corazón mismo del segundo discurso. Ya había descrito Rousseau el paso del pacífico estado de naturaleza originario a un incipiente modo de vida social, donde aparecieron las pasiones y la desigualdad y, con ellas, la lucha de todos contra todos, que ponía en riesgo el disfrute de los bienes conseguidos por la propia fuerza y la vida misma. Pues bien, en ese contexto sitúa Rousseau el momento del pacto, cuya iniciativa, claro está, se otorga a los ricos, que son quienes tienen que perder y quienes están interesados en mantener lo que tienen: “Desprovisto de razones válidas para justificarse y de fuerzas suficientes para defenderse contra todos; apto para aplastar fácilmente a un particular, pero aplastado a su vez por las hordas de bandidos, solo contra todos, y sin poder a causa de las envidias mutuas unirse con sus iguales contra unos enemigos unidos por la esperanza común del pillaje, el rico, apremiado por la necesidad, concibió finalmente el proyecto más meditado que jamás haya cabido en mente humana: el de emplear en su favor las fuerzas mismas de los que le atacaban, trocar en defensores a sus adversarios, inspirarles otras máximas y darles otras instituciones que le fuesen tan favorables como el derecho natural le era contrario”[21].
Siempre nos ha parecido genuinamente rousseauniano esta descripción imaginaria del contexto del pacto constitutivo del orden político, donde pone de relieve el sentido último del mismo: mantener por el derecho, con el reconocimiento de todos, lo que se ha conseguido por la fuerza, contra la voluntad de cada uno. De ahí que Rousseau piense que la paz, que es la gran promesa del pacto, esconde el triunfo de la guerra, sanciona el triunfo de la fuerza; de ahí que la paz civil aparezca a costa de la esencia humana, a costa de la alienación de su libertad. El ginebrino recurre al discurso imaginario que sanciona el pacto social con tal habilidad retórica que resulta verosímil, familiar, incuestionable. Esta es su versión del discurso que argumenta la bondad de la instauración del orden político: “Unámonos a fin de proteger de la opresión a los débiles, poner freno a los ambiciosos y asegurar a cada uno la posesión de lo que le pertenece. Instituyamos normas de justicia y de paz a cuyo acatamiento se obliguen todos, sin exención de nadie, y que reparen de algún modo los caprichos de la fortuna sometiendo por igual al poderoso y al débil a unos deberes mutuos. En una palabra, en vez de volver nuestras fuerzas contra nosotros mismos, reunámoslas en un poder supremo que nos gobierne con arreglo a unas leyes prudentes…”[22]. Como dice el ginebrino, “bastaba con mucho menos del equivalente de ese discurso para arrastrar a unos hombres incultos, fáciles de seducir… Todos corrieron hacia sus prisiones creyendo asegurar su libertad…. Y ya no fue posible encontrar un sólo rincón en el universo donde poder estar a salvo del yugo y sustraer la cabeza a la espada”[23]. Esa denuncia, según la cual el orden civil, desde su origen, en su propia esencia, incluye la opresión, legitima la fuerza y salva con el derecho lo que es fruto de la violencia, está en la base de sus ideas de la guerra y la paz; o, en otras palabras, las ideas Rousseau de guerra y de paz están impregnadas de, y subordinadas a, esa idea de fondo. De ahí que, a pesar de haber introducido la paz como determinación esencial de la existencia humana, no pueda ser políticamente pacifista, no pueda clamar sin condiciones por la paz, por cualquier paz; de ahí que denuncie la “paz de los cementerios” o dominación que consigue el estado en su interior con la misma fuerza que la guerra inevitable que su desarrollo impone en el exterior; de ahí que no pueda confiar en ningún proyecto de paz perpetua protagonizado por los monarcas o los Estados, reservando esa eventualidad a los pueblos, ligando de forma lúcida la conquista de la paz posible a la emancipación de los pueblos. Rousseau no es pacifista; su rechazo de la guerra no es pacifismo, pues no la condena englobada en la condena universal de la violencia; la denuncia como la forma de violencia propia de los estados, violencia no necesaria, ilimitada, planificada y, en definitiva, perversa.
De modo semejante, en Del contrato social, el tema de la guerra surge al hablar de la esclavitud[24]. Contestando a Hobbes y Grocio y, en general, a la idea de paz como “tranquilidad civil”, Rousseau contesta en bella retórica: “¿Qué ganan (los hombres) si esta tranquilidad misma es una de sus miserias?. También se vive tranquilo en las mazmorras; ¿basta con esto para encontrarse bien en ellas?. Los griegos encerrados en la cueva del cíclope vivían en paz, esperando su turno de ser devorados”[25]. Con frecuencia Rousseau contrapone paz y libertad; y sin excepción rechaza la paz, la seguridad, el bienestar, que impliquen renuncia, sumisión, entrega, enajenación de los derechos que hacen del hombre un ser humano.
En el mismo capítulo, enfrentándose directamente a “Grocio y los demás”, sin duda Hobbes y Pufendorf entre ellos, argumenta contra la tesis de que la guerra sea fuente de derechos, como del derecho de esclavitud, o el de matar a los vencidos o cobrar por su liberación. El ginebrino aprovecha para, de forma rápida y sintética, exponer dos ideas centrales, sobre las que volverá en otros textos. Primera, que la guerra no existía en el estado de naturaleza, es un mal derivado del orden civil: “los hombres que viven en su independencia primitiva no tienen entre sí una relación asaz constante para constituir ni el estado de paz ni el estado de guerra, y no son por naturaleza enemigos”[26]. Segunda, que la guerra no se da entre particulares, sino entre Estados, y que el enemigo ha de ser público, un ente público: “No es la relación entre los hombres, sino la de las cosas la que constituye la guerra, y como el estado de guerra no puede surgir de las simples relaciones personales, sino de las patrimoniales, la guerra privada o de hombre a hombre no puede darse, ni en el estado de naturaleza, en que no existe ninguna propiedad constante, ni en el estado social, en que todo está bajo la autoridad de las leyes… La guerra no es por tanto una relación de hombre a hombre, sino una relación de Estado a Estado, en la que los particulares sólo son enemigos accidentalmente, no como hombres y ni siquiera como ciudadanos, sino como soldados; no como miembros de la patria, sino como sus defensores. En una palabra, cada Estado no puede tener como enemigo enemigos sino otros Estados, y no hombres, toda vez que entre cosas de diversa naturaleza no puede establecerse ninguna relación verdadera”[27]. El mal según el ginebrino, como venimos poniendo de relieve, no es la violencia natural, sino esa otra violencia indisolublemente ligada a la existencia del estado, violencia que los hombres sufren sin ser sujetos de la misma, figurando en ellas sólo a título de fantasmas, meros instrumentos de otros, pues no están allí como hombres ni como ciudadanos, sino como “soldados”, figura de la máxima alienación del ser humano[28].

3. Crítica de la paz y de la guerra.
Aunque no haya hecho un tratamiento sistemático de estos temas, nos ha dejado unas brillantes intuiciones y algunos apuntes realmente revolucionarios, que en conjunto abren una nueva perspectiva de crítica “deconstructiva” y desmitificadora de las ideas de guerra y paz. Esa perspectiva es especialmente relevante en nuestros días, en los que la debilidad crítica del pensamiento filosófico y político, su ausencia relevante del espacio público, levanta la fe en ingenuas estrategias de paz y en efímeras proclamas de pacifismo universal.
3.1. La reflexión más directa y sostenida de Rousseau sobre la paz nos la ofrece en el ya citado “Juicio” sobre el Proyecto de paz perpetua, del abate Saint-Pierre, texto apropiado para precisar el “pacifismo” del ginebrino. Recordemos que en este texto la “paz perpetua” se funda en una supuesta fraternidad de fondo entre los pueblos europeos, derivada de sus vínculos culturales e históricos que favorecen su unidad y alianza frente a lo exterior, a los “bárbaros”. Esa fraternidad se daba enturbiada por rencillas y conflictos ocasionales, frutos del apasionamiento y de la ignorancia de los verdaderos intereses de los monarcas, tal que si se corrigieran estos malos entendidos los príncipes no podrían tener objeción alguna, sino todo lo contrario, a esa unidad política entre los estados europeos que garantizara la paz perpetua (entre ellos). La “paz perpetua”, pensada como efecto de un pacto entre príncipes que diera lugar a una liga o federación de estados, no era sólo un bello ideal moral (paz entre los hermanos) sino un auténtico ideal político, en cuanto sería la garantía del comercio, de la riqueza y de la gloria de todos los miembros, objetivo de los monarcas. Pero, no deberíamos olvidarlo, se trata de un ideal político más europeísta que universalista, explícitamente limitado a los estados hermanos en religión y cultura.
Comentando el Proyecto en cuanto a su eficacia práctica para conseguir la paz, nuestro autor reconoce que a simple vista la obra del abate parece “inútil para producirla y superflua para conservarla”; es decir, denuncia la ingenuidad y el “celo misionero” del abate, que cree que si los monarcas europeos, cuyo pacto constituiría la condición necesaria y suficiente para la realización de la paz perpetua, no lo llevan a cabo es simplemente por ignorancia de sus verdaderos intereses, que bastaría que leyeran su libro para que entendieran que sus deseos de riqueza, gloria y poder bien entendidos pasan por conseguir la paz perpetua entre ellos. El ginebrino sospecha que atribuir a los monarcas la misma sensatez que ambición, es una lamentable ingenuidad, que deslegitima estratégicamente el texto del abate; pensar que la paz es objetivamente aliada de los príncipes es ignorar la naturaleza misma del poder político. Pero, no obstante, nuestro autor considera que ese ingenuo idealismo del proyecto no daña su verdad de fondo, a saber el interés sustantivo, práctico, de la paz para los pueblos. Dice que si distingamos “en política y en moral el interés real del aparente, el primero se encontraría en la paz perpetua, como se ha demostrado en el proyecto”[29]; por eso lo defiende como “un libro sólido y meditado, y es muy importante que exista”[30]. Es importante en tanto que señala que el bien político para los pueblos se identifica con la paz civil. A pesar de ello, es un mal libro para guiar la política, porque presupone el interés objetivo del monarca por la paz, con lo cual identifica y confunde el interés del pueblo y el interés del monarca, y porque ofrece como estrategia hacia la paz perpetua un pacto entre príncipes conscientes de sus intereses. Por eso Rousseau realiza un crítica severa del proyecto, pero salvando su verdad de fondo.
La ingenuidad del abate radica en que cree que la paz interesa realmente a los reyes, aunque aparentemente no lo entiendan así. Enlaza Saint-Pierre de este modo con la larga tradición que, desde Platón, siente la tentación de explicar el mal como efecto de la ignorancia o de la ilusión. Rousseau romperá con esta tradición, aunque mantenga que la verdad de la política está en la paz. El ginebrino, con sutileza, vendrá a decir que la paz es la verdad de la política desde el punto de vista del pueblo; es buena para el pueblo, es el bien político del pueblo; pero no lo es para los reyes, no lo es para los gobernantes déspotas. Aspirar al despotismo y a la paz es contradictorio: “Los reyes, o quienes ocupan sus funciones, sólo se ocupan de dos objetivos: extender su dominio hacia el exterior y hacerlo más absoluto en el interior. Toda otra meta, o se orienta a una de aquellas dos, o únicamente les sirve de pretexto. Tales son los objetivos del bien público, felicidad de los súbditos, gloria de la nación, palabras proscritas para siempre en los gabinetes, pero tan abundantemente empleadas en los edictos públicos que no anuncian más que órdenes funestas y que el pueblo giman de antemano cuando sus amos les hablan de sus cuidados paternales”[31].
Para Rousseau es consustancial a la idea de monarquía esa doble ambición: poder absoluto y despótico hacia el interior, dominación y expolio hacia el exterior. Y desde esa atalaya la liga de naciones del abate Saint-Pierre es ingenua y estéril, pues, como lúcidamente reflexiona el ginebrino, la entrada en la Dieta europea contradice ambos objetivos determinantes: pone límites al monarca en sus pretensiones de expansión exterior y de dominio despótico hacia el interior, pues “no se podría garantizar a los príncipes contra la revuelta de los súbditos sin garantizar al mismo tiempo a los súbditos contra la tiranía de los príncipes, ya que de otro modo no podría subsistir la institución”[32]. En otras palabras, la Dieta es intrínsecamente contraria a la monarquía porque limita el ilimitado deseo de dominación de los príncipes. En consecuencia, y así extrae Rousseau una tesis de hondo calado filosófico y político, la posibilidad de la paz perpetua no puede ser pensada como alianza de los reyes, de los estados, sino de los pueblos. Lo que implica que la posibilidad de la paz perpetua está subordinada a la emancipación política de los pueblos, al fin del despotismo. Sólo los pueblos libres pueden y quieren esa alianza que dé forma a la paz; la lucha por la paz, por tanto, ha de ir unida a la lucha por la democratización política.
No le faltan al ginebrino argumentos con carga empírica. Nos dice que “es fácil entender también que la guerra, por un lado, y el despotismo, por el otro, se potencian mutuamente”[33]. La guerra sirve para introducir medidas de excepción, impuestos y cargas adicionales; y para enmascarar con el chovinismo las cadenas de la opresión y la miseria[34]. La guerra, en fin, siembre favorece a los príncipes, y nunca a los pueblos. Aunque el ginebrino deja la puerta abierta a pensar que un estado no despótico, un estado democrático, en tanto que reconoce la soberanía popular, podría ser compatible con el ideal de paz; es decir, deja la puerta abierta a pensar con Kant que la paz perpetua se construye a partir del pacto entre estados democráticos de pueblos libres, en el pensamiento de nuestro autor siempre está presente la sospecha sobre la posibilidad de identificar estado y pueblo libre. En todo caso, no deja de ser interesante constatar que en todos los textos filosófico políticos modernos, así como también en las constituciones democráticas, el poder de decidir la guerra y la paz es un privilegio del ejecutivo. Nuestro tiempo testimonia que aún hoy el gobernante puede llevar a su pueblo a la guerra sin someterse a un referéndum legitimador de la misma; y esto no lo aceptaría nunca el ginebrino.
No son éstas las únicas ideas que contiene el “Juicio” de Rousseau; incluso no faltan argumentos contra la guerra que resultan contradictorios con sus ideas de fondo, como al aludir a la problemática de construir la liga europea recurriendo a la violencia, que da pie a un sorprendente Rousseau de rostro pacifista: “Nunca se organizan ligas federativas más que por medio de revoluciones, y sobre esta base ¿quién de nosotros se atreve a decir que tal Liga Europea es deseable o temible?. Quizás cause de un golpe más males que los que podría prevenir durante siglos”[35]. Pero estas ambigüedades responden a la circunstancialidad del texto; la idea de fondo que a nuestro juicio debe ser destacada es esta: la paz exterior sólo puede realizarse, y sólo tiene sentido realizarla, sobre la base de la liberación del despotismo en el interior. Porque la paz, para Rousseau, no interesa ni a los reyes ni a los Estados; interesa a los hombres y a los pueblos; y esos intereses no coinciden, excepto tal vez en comunidades políticas realmente democráticas.
3.2. Poco después de acabar su encargo sobre los textos de Saint Pierre, el filósofo ginebrino concibió la idea de unos “Principes du droit de la guerre”[36], que seguramente es sólo otra manera de nombrar a su magno proyecto de las ““Institutions politiques””, o bien a una parte del mismo. De ese proyecto nos ha dejado poco más de unos cuantos apuntes breves, que se conocen como “Fragmentos sobre la guerra”, y una reflexión un poco más extensa, denominada “El estado de guerra”, igualmente inacabada y fragmentaria. Poca cosa, sin duda, pero suficiente para dejarnos un par de brillantes intuiciones que merecen nuestra consideración.
Los estudiosos de estos textos coinciden en resaltar como elemento de originalidad la introducción de la piedad como referente normativo del análisis. El contenido del texto permite esa interpretación y la propia filosofía general de Rousseau, con esa moral del sentimiento descrita en el Emilio, entronizando las verdades del corazón, apuntan en su favor. Ahora bien, si la aportación teórica del ginebrino a la reflexión sobre la guerra se redujera al radicalismo especial con que se sitúa en la moral de la compasión, con ser atractivo sería poco novedoso. La preocupación por poner límites a la crueldad de la guerra estaba presente en los jurisconsultos europeos en la aurora de la modernidad, y no es difícil rastrear esta preocupación a lo largo de la cultura cristiana. No es la condena moralista lo genuino del pensamiento rousseauniano sobre la guerra, sino el referente antropológico de esta moralidad, lejana a cualquier contagio religioso y racionalista y enunciada desde una idea de naturaleza humana llamada al éxito histórico. Lo relevante del recurso a la piedad en estos textos es que se hace desde una consecuente “moral del corazón”, que supone una ruptura con el mito de la indigencia humana derivada del pecado original.
En estos fragmentos domina la argumentación de la naturaleza pacífica del ser humano, en abierta y explícita polémica con Hobbes, por su identificación de la guerra con el estado de naturaleza. Así dirá: “El hombre es por naturaleza pacífico y temeroso; al menor peligro, su primer impulso es el de huir. No se hace aguerrido más que a fuera de costumbre y de experiencia. El honor, el interés, los prejuicios, la venganza, todas las pasiones que pueden hacerle afrontar los peligros y la muerte, están totalmente ausentes en el estado de naturaleza. Sólo después de haberse asociado con un hombre es capaz de decidirse a atacar a otro. Se hace soldado sólo después de hacerse ciudadano”[37]. La agresividad, la “propensión a hacer la guerra”, dice el ginebrino, es extraña a la naturaleza humana: “en el estado de naturaleza no se da, pues, en absoluto la guerra general de todos los hombres entre sí…”[38]. Al contrario, lo propio de la naturaleza es la concordia y la paz, pues hay una ley natural, no sólo inscrita en la razón “sino también grabada en el corazón del hombre en caracteres indelebles”, que llama al hombre a la paz con más fuerza que los preceptos y máximas de los filósofos: “Es allí (en el corazón) donde le grita que no le está permitido sacrificar la vida de sus semejantes excepto en defensa propia, e incluso entonces le inspira horror el matar a sangre fría, aun cuando se vea obligado a hacerlo”[39]. En consecuencia, se debe condenar la guerra desde esa naturaleza humana y sus dos determinaciones esenciales, la libertad y la piedad, que hacen que sea intolerable la sumisión a otro y el dolor en los otros. La fuerza de la condena rousseauniana de la guerra proviene de ese fundamento ontológico, conforme al cual la pérdida del amor sin fisuras a la libertad y el rechazo sin condiciones del dolor en los otros son dos preceptos absolutos, sin los cuales la existencia del hombre no es humana. El sentimiento de compasión y el amor a la libertad son las dos virtudes específicamente humanas, hasta el punto de que la presencia o ausencia de una y otra determina la humanidad o no humanidad del hombre.
Esta concepción de la piedad es políticamente muy importante en cuanto abre una perspectiva teórica desde la que Rousseau puede argumentar la idea de que no hay guerra entre particulares dado que los seres humanos, qua humanos, no pueden ser enemigos unos de otros; y, en consecuencia, que los individuos o los grupos no pueden ser tratados como enemigos por un estado, ya que sólo pueden llamarse enemigos entre sí las personas públicas[40]. Y si es así, si “la guerra no se produce entre los hombres, sino solamente entre los estados”[41], la enemistad no puede nunca justificar la crueldad, que siempre se ejerce sobre los individuos, sobre su cuerpo, su persona o sus propiedades. De ahí que considere bárbara la costumbre de hacer esclavos, exigir rescates, imponer un precio a la derrota, es decir, todo expolio y dominación del estado vencedor sobre los individuos, como si estos fueran sus enemigos.
La eliminación de la violencia innecesaria de la guerra es importante y elogiable por cuanto acabamos de decir; no obstante, no es este rechazo de la guerra afectado de moralismo la aportación filosófica más relevante del ginebrino en este campo. Queremos decir que, sin menospreciarlo, el rechazo moral de la guerra ni es una posición particular rousseauniana ni expresa bien su posición real. Ésta queda mejor definida como condena política de la guerra en tanto que violencia gratuita y propia de los estados, innecesaria desde el punto de vista del pueblo, que como rechazo genérico de la violencia, lo que no sólo sería estéril sino políticamente cuestionable, en tanto que el ginebrino defiende su uso para la emancipación de los pueblos y defensa de su libertad.
Además de la crítica de la guerra desde la idea de la piedad, en estos fragmentos encontramos otras ideas de mayor profundidad y originalidad. Nada más comenzar el fragmento sobre “El estadio de guerra” nos enfrenta Rousseau a uno de los grandes retos del pensamiento moderno, el de pensar el orden civil como fuente del mal: “Abro los libros de derecho y de moral, escucho a los sabios y jurisconsultos y, perpetrado por sus sugestivos discursos, deploro las miserias de la naturaleza, admiro la paz y la justicia establecidas por el orden civil, bendigo la sabiduría de las instituciones públicas y me consuelo de ser hombre viéndome ciudadano. Bien instruido sobre mis deberes y mi felicidad, cierro el libro, salgo de mi estudio y miro alrededor. Veo pueblos desgraciados gimiendo bajo un yugo de hierro, al género humano aplastado por un puñado de opresores, una multitud depauperada postrada por el dolor y el hambre, cuya sangre y cuyas lágrimas bebe el rico tranquilamente, y por doquier el fuerte está armado contra el débil por el formidable poder del derecho”[42].
En el pasaje citado, que describe con brillantez la fenomenología de la consciencia rousseauniana ante la guerra, la espléndida expresión “me consuelo de ser hombre viéndome ciudadano” expresa un primer momento de la misma, la imagen de sí del individuo en el espejo de los discursos filosófico político, en el espejo de las razones, en el que la belleza moral de su rostro proviene del orden civil. Tras esa primera figura, con efecto de rápida compensación, enseguida aparece otra imagen, que entra por los sentidos, por los poros de la piel, al cerrar los libros y mirar alrededor. Desde esta otra ventana, desde la que se ve el mundo exterior del discurso, las sombras del espacio racional del orden civil, desde la cual la existencia real de los individuos aparece teñida de sangre, dominada por la de la explotación y la dominación en sus formas más bárbaras y groseras. Este espectáculo de la doble mirada, que contempla o crea una doble realidad, genera una nueva consciencia, realmente subversiva e inquietante: la evidencia de que la segunda realidad es fruto de la primera, de que los hechos son efecto del derecho.
En el primer espejo, cualquier desorden o injusticia queda representados como violación del derecho, por tanto, como anomalías fácticas, como carencias de la extensión y el poder del derecho; de ahí el consuelo que se siente al saberse protegido por el orden jurídico; aunque ocasionalmente se pudiera estar amenazado por debilidades coyunturales del mismo, queda la esperanza de su completo reinado. En el segundo espejo, el del revés, el que muestra la imagen del otro lado del espejo, introduce el desasosiego y la sospecha al descubrir la complicidad del derecho con la dominación, la identidad del orden civil con el conflicto y la guerra, la alianza de la razón con el mal político, que no es tanto la guerra como la ausencia de libertad. Es esa identidad del derecho con el poder, esa visión del derecho como forma sofisticada y eficaz de dominación, lo que pone de relieve la mirada rousseauniana al descubrir que las armas del rico que bebe la sangre y las lágrimas del pobre no es otra que la del “formidable poder del derecho”.
Se ha roto la ilusión, al mismo tiempo que el consuelo; se ha roto la ilusión de paz y la esperanza de la misma en el orden civil; se ha roto la ficción y el simulacro de la misma. Porque, nos viene a decir Rousseau, la paz que se disfruta en la sumisión al estado despótico es la paz de los cementerios: “Todo esto es hace tranquilamente y sin oposición; es la tranquilidad de los compañeros de Ulises, encerrados en la cueva del Cíclope, esperando pasivamente a ser devorados. Hay que gemir y callarse. Corramos un velo eterno sobre tales horrores”[43]. Además, ese simulacro de paz ni siquiera libra a los hombres de los efectos más bárbaros de la guerra, pues la paz interior no impide al soberano la entrega a la guerra exterior, es decir, cuanto más sumisos estén los súbditos, mejores condiciones para que el soberano se dedique a la conquista y expoliación de otros estados; la sumisión para conseguir la paz sólo lleva a otro escenario de guerra.
Para Rousseau no hay salida a la guerra en el estado despótico; la guerra en sentido preciso, como forma organizada, pautada, ritualizada, de las relaciones de violencia entre los estados, es un producto genuinamente político, fijado por el derecho. Y esta consciencia de la identidad entre guerra y orden civil absorbe su atención y le lleva a un discurso desgarrador: “Levanto la vista y miro en lontananza. Veo fuegos y llamas, campos desiertos y ciudades saqueadas. Hombres salvajes, ¿adónde arrastráis a esos desgraciados?. Oigo un ruido espantoso, ¡qué tumulto, qué gritos!. Me acerco: veo un lacerante espectáculo de crímenes, diez mil hombres degollados, los muertos apilados a montones, los moribundos arrojados a los pies de los caballos, por doquier la imagen de la muerte y de la agonía. ¡Éste es, pues, el resultado de aquellas instituciones pacíficas?”[44]. La situación creada por el estado moderno no puede ser más trágica: “como individuos vivimos en el estado civil y sometidos a las leyes, pero como naciones cada cual goza de la libertad natural, lo que en el fondo empeora nuestra situación más que si tales distinciones nos fueran desconocidas”[45]. Para conseguir la seguridad y la vida, y podríamos añadir la vida moral, renunciamos a la libertad natural para devenir ciudadanos de un estado, y he aquí que la inexistencia del “derecho de gentes…, sus leyes no son más que quimeras” nos pone de nuevo ante la guerra. Con la particularidad, según el ginebrino, de que en el estado natural los hombres no eran enemigos y la violencia nunca devenía guerra, mientras que en el nuevo estado natural internacional los estados son enemigos en “estado de guerra” permanente. Los hombres, concluye, huyendo de la ficción hobbesiana, la de la guerra de todos contra todos, han perdido su libertad y han sido conducidos al verdadero lugar de la guerra, la lucha entre los estados por las riquezas del mundo; una guerra de la que el individuo no es titular, sino simple número de una máquina de matar, del mismo modo que en los tiempos de paz forma parte de la máquina de producir. En consecuencia, nos viene a decir Rousseau, el simulacro de la paz como vida humana está en la base de las desgracias del género humano; la verdadera paz, subordinada siempre a la emancipación y la libertad, exige romper ese simulacro y comprender que su conquista y defensa no pasa por los pactos entre los estados, sino por la educación de los pueblos.
No deja de entristecernos ver cómo las dos vías actuales hacia la “paz perpetua” ya fuera cuestionadas por nuestro autor. En la primera, la construcción de la Unión Europea, mediante la estrategia de pactos entre estados, se observa la dificultad, incluso tratándose de estados democráticos, de conciliar sus intereses con los del pueblo. Además, se aprecia el carácter selectivo, “europeísta”, que conlleva que la unión se haga acentuando la exclusión, con lo cual la “paz perpetua” si acaso tiene sentido en su interior, pero a costa de actualizar y vigorizar la guerra en el exterior de ese orden político. En la segunda vía, que toma cuerpo en el pacifismo humanitarista, que hace de la paz un bien absoluto, del rechazo de la violencia y el dolor un principio moral incuestionable, se puede observar, como sospechaba Rousseau, no sólo su esterilidad sino su enmascarada complicidad con el statu quo vigente. La paz sin condiciones, sin exigencia previa de la igualdad y la justicia, puede ser cómplice del poder, a pesar de la buena fe de quienes alzan su bandera. Este era, si lo hemos interpretado bien, el mensaje del ginebrino.
* Este artículo es publicado con autorización del autor
Notas
[1] Jean Touchard, Historia de las ideas políticas. Madrid,. Tecnos, 1969, 236-237.
[2] Entre la inmensa bibliografía sobre el autor ginebrino hay algunos libros que no deben olvidarse, entre los que citamos: R. Polin, La politique de la solitude. París, Seuil, 1971; S. Goyard-Fabre, Politique et philosophie dans l’oeuvre de J-J. Rousseau. París, PUF, 2001; R. Édrate, Rousseau et la science politique de son temps. París, Vrin, 1950. De los trabajos de autores españoles, merece especial consideración para el tema que nos ocupa el de J. Rubio Cariacedo, ¿Democracia o representación?: poder y legitimidad en Rousseau. Madrid, CEC, 1990.
[3] En 1729 publicó un Abrégé del Projet, y en 1733 un Supplément, pero en ningún caso con éxito.
[4] Recordemos el De iure belli ac pacis (1625), de H. Grocio; el De iure naturae et gentium (1672), de S. Pufendorf; los Principes du droit natural (1647) y Principes du droit politique (1651), de J-J. Burlamaqui ; los Fundamenta iuris naturae et gentium (1705), de J. Thomasius, etc.
[5] Citemos, por ejemplo, el De potestate civili (1528) y el De Jure belli Hispanorum in barbaros (1532) de F. de Vitoria; el De iustitia et iure (1553) de Domingo de Soto y el De legibus (1612) de F. Suárez. Ver al respecto el trabajo de J. Barrientos García, “Los Tratados De Legibus y De Iustitia et Iure en la Escuela de Salamanca de los siglos XVI y XVII”, en Salamanca: revista de estudios, 47 (2001): 371-415
[6] A. Truyol, “Prológo” a J. J. Rousseau, Escritos sobre la paz y la guerra. Madrid, CEC, 1982, vii.
[7] Dante De monarquia (1309). Edición castellana en Madrid, Tecno, 1992.
[8] Estos fragmentos son asequibles en castellano en las ediciones de A. Truyol, J-J. Rousseau, Escritos sobre la paz y la guerra. Madrid, CEC, 1982, vii; y de J. Rubio Carracedo, Jean-Jacques Rousseau, Escritos políticos. Madrid, Trotta, 2006, 79-110. Las introducciones y notas de ambas ediciones ayudan a clarificar la historia de los mismos, sus variantes e interpretaciones, problemas que desbordan los límites de esta exposición. Cuando no indiquemos lo contrario, citaremos sobre esta última edición del Prof. Carracedo.
[9] Así lo comunica a su editor, M. M. Rey, el 28 de marzo de 1758. Cif. J. Rubio Cariacedo, ed. cit., 79.
[10] J-J. Rousseau, Emilio. IV, 849 (Ed. Carracedo****)
[11] J-J. Rousseau, Del contrato social ( CS), IX, 526. Seguimos la traducción de S. Masó en Escritos de combate. Madrid, Alfagüara, 1979, 192.
[12] Recuérdese que el subtítulo de Del contrato social es, precisamente, “Principios del derecho político.
[13] Aunque en la evolución histórica el derecho de gentes acabaría disuelto en el internacional, originariamente no era así. Para Rousseau, al menos, el derecho de gentes es algo así como el derecho natural de las naciones (correlativo al derecho de los individuos en estado de naturaleza); el derecho internacional, en cambio, es para el ginebrino el derecho internacional positivo, los pactos entre naciones (a semejanza del contracto social en el interior del estado).
[14] CS, II, 403.
[15] Podría objetarse, con razón, que el mismo argumento podría esgrimirse respecto a Del contrato social. Y hay buenas razones para cuestionar la coherencia de este texto con las tesis radicales del Rousseau del Discurso sobre el origen y fundamentos de la desigualdad entre los hombres, por ejemplo. Sin ahondar en este complejo debate, digamos que la sombra de la coherencia se ve al menos matizada si se tiene en cuenta que el ginebrino pensaba el “contrato” sólo posible en comunidades políticas pequeñas, sospechando siempre de los modernos estados monárquicos europeos que se estaban constituyendo.
[16] III, 349 Carracedo-80**? Ver también III, 370)
[17] CS, “Advertencia”, 397
[18] CS, IX, “Conclusión”, 526.
[19] Ibíd.., 192.
[20] Ibíd., 193-4.
[21] Ibíd., 193.
[22] Ibíd., 193.
[23] Ibíd., 193-4.
[24] Ibíd., IV,“De la esclavitud”, 405 ss.
[25] Ibíd., IV, 405.
[26] Ibíd., IV, 406-407.
[27] Ibíd., IV, 407.
[28] Dice J. Touchard que hasta la Revolución francesa los militares (mercenarios, aventureros) eran tan poco considerados que en muchos edificios figuraba el rótulo: “Ni perros, ni lacayos ni soldados” (Op. cit., 336)
[29] Juicio, ed. cit., 42.
[30] Ibíd., 42.
[31] Ibíd., 43.
[32] Ibíd., 43.
[33] Ibíd., 42.
[34] “en ocasiones le resulta útil en el interior para purgar malos humores, para debilitar a súbditos indóciles, para aprovechar incluso los reveses, pues el político hábil sabe sacar ventajas de sus propias derrotas” (Juicio, ed. cit., 44).
[35] Juicio, Ibíd., 49.
[36] Así lo comunica a su editor, M. M. Rey, el 28 de marzo de 1958(J-J- Rousseau, Correspondance complète. Gallimard ¿?*…., 50-51 (Edición de R. A. Leigh).
[37] “El estado de guerra”, en Escritos políticos, ed. cit., 95-96.
[38] Ibíd., 96.
[39] Ibíd., 96.
[40] Ibíd., 106.
[41] Ibíd., 98.
[42] Ibíd., 91.
[43] Ibíd., 91.
[44] Ibíd., 91-92.
[45] Ibíd., 92.

Pacifismo ético, pacifismo estético.

José Manuel Bermudo *
Universitat de Barcelona

1. Figuras del pacifismo.
El deseo de paz hemos de imaginarlo tan viejo como la existencia humana; el ideal de vivir en paz, al menos por quienes nada esperan de las guerras, es tal vez el más compartido de los ideales. En cambio, los movimientos por la paz, la organización y movilización contra la guerra, han surgido recientemente, en el seno de las democracias occidentales –me atrevería a decir de los países ricos-, como lucha política de emancipación de los pueblos contra el más insoportable elemento de su existencia, la violencia. El pacifismo ético, así entendido, expresado en el discurso contra la guerra (antibelicismo), contra sus instituciones (antimilitarismo) y contra sus instrumentos (antiarmamentismo), tomó fuerza tras las dos guerras mundiales y se articuló en torno a la negación de la idea de “guerra justa”, que había servido durante siglos para legitimar moralmente la barbarie.
Este discurso del pacifismo ético, y los movimientos por la paz que lo vehiculan, con su triple denuncia de la guerra como mecanismo de dominación de los pueblos, como estrategia del capital y como rostro bárbaro de la irracionalidad humana, se han revitalizado en las últimas décadas en nuestro mundo globalizado, ganando en poder de convocatoria y en capacidad de agitación. Aunque la eficacia de los movimientos por la paz haya sido limitada, y aunque coyunturalmente puedan entrar en conflicto con otras vías de lucha por la emancipación e incluso con otras políticas de paz, el pacifismo ético nos parece conveniente y legitimado, y en todo caso tan asentado en nuestra cultura que forma parte del paisaje de la vida política democrática de nuestro tiempo.
Ahora bien, a caballo del cambio de milenio ha hecho acto de presencia otro tipo de pacifismo, con otro discurso, otra actitud y otros objetivos, con una función práctica bien diferenciada. Se trata de lo que llamaremos sin ánimo peyorativo pacifismo estético. No deseamos radicalizar el conflicto ético/estético en esta esfera del pacifismo; no pretendemos forzar su incompatibilidad; al contrario, pensamos que la conciencia propia del pacifismo estético no tiene por qué excluir todo contenido moral. Además, entendemos que esta “no-incompatibilidad” teórica queda especialmente reforzada en nuestros días en que la moral dominante es obstinada y genuinamente esteticista. Por tanto, al llamar a este pacifismo “estético” apuntamos más allá de una simple devaluación académica, centrando la mirada en una problemática más honda y esencial de nuestra época, a saber, la distinción entre un pacifismo humanista, que responde a las prescripciones de la moral ilustrada, prima facie kantiana, del deber, y un pacifismo humanitarista, concordante con el discurso de la moral indolora o la ética sin deber, tan del gusto postmoderno.
En nuestra dilucidación sobre estas dos formas de pacifismo, el ético y el estético, estamos abordando, de forma particular y concreta, el debate más amplio y complejo, presente en nuestros días, sobre la crisis o metamorfosis del humanismo. Y dado que entendemos el humanismo como el proyecto de vida humana configurador de la modernidad, ropaje ideológico del capitalismo burgués, resulta que estamos metidos de lleno en la tarea de comprender la esencia de nuestra época, cuya manifestación fenomenológica se aprecia en el hundimiento de la civilización del capitalismo productivo y nacional desplazada por la del capitalismo global y del consumo.
No plantearé la cuestión, en sí atractiva, de la dependencia y comunicación entre los dos discursos del pacifismo señalados; al contrario, a pesar de reconocer el contagio de facto, nos contentamos aquí con llamar la atención sobre su inconmensurabilidad de iure. Nos interesa, eso sí, revelar la ingenuidad filosófica y los riesgos políticos de confundir sus conceptos, tentación nada ingenua potenciada en nuestra sociedad mass-mediática. Los movimientos del pacifismo ético, casi siempre minoritarios y de izquierdas[1], se ven hoy envueltos en esta nueva ilusión que recorre el mundo, ilusión del pacifismo universalizado, estetizante y confesionalmente apolítico. Este nuevo pacifismo, más estético que moral, más sentimental que racional, más fenómeno de superficie que compromiso existencial, sean cualesquiera los efectos que tenga en los movimientos por la paz (pacifismo ético), e incluso coyunturalmente en las estrategias políticas de paz (que provisionalmente llamaremos pacifismo político), tiene su propio sentido y su propia función, y debe aislarse conceptualmente. Confundir estas diversas formas de reivindicar y actuar por la paz, aunque compartan el manto trivial del rechazo radical a la guerra, no sólo imposibilita la comprensión de la subjetividad de nuestro tiempo, sino que conlleva efectos políticos y éticos perversos.

2. Pacifismo político.
No estoy seguro, como acabo de sugerir, de poder hablar con rigor de un pacifismo político; tal vez sería más apropiado limitarnos a hablar simplemente de políticas pacificadoras o estrategias políticas por la paz. No obstante la presencia de esa duda, y aunque sea con carácter provisional, usaremos esta expresión para describir ciertos tratamientos de la paz en la lucha política que deben diferenciarse, aunque no sea una tarea fácil, de los meramente éticos o estéticos. En esta dirección, hace veinte años Manuel Sacristán constataba con buenos ojos la irrupción en la escena política de los movimientos por la paz. El objetivo inmediato de los mismos, en opinión del filósofo español, no era tanto el rechazo inmediato y espontáneo de la guerra, sino algo más sutil y políticamente mediatizado, lo que ha llegado a ser en nuestros días el símbolo contemporáneo de la presencia de la misma en el horizonte: la OTAN. Aunque el artículo que comentamos, “El fundamentalismo y los movimientos por la paz”[2], es un texto de modestas pretensiones teóricas, y cuyo contenido estaba fuertemente mediatizado por la coyuntura, particularmente por la cuestión de la entrada de España en este organismo militar, que se decidiría en el ya mítico “referéndum sobre la OTAN”, nos sirve para ilustrar un momento histórico de la conciencia pacifista, una figura de su fenomenología, la que no sin reservas hemos llamado pacifismo político.
En su artículo Sacristán distinguía dos posiciones diferenciadas en el seno de los movimientos pacifistas, que según nuestro autor no vendrían determinadas tanto por la peculiaridad contextual (nacionalidad, tradición, información, herencia histórica) cuanto por el fondo filosófico sobre el que se apoyan: “La principal (diferencia) –nos dice- es otra, a propósito de la cual cuentan menos las fronteras de los Estados o los bloques que las de las tradiciones políticas, culturales y filosóficas: es la diferencia entre quienes creen que la lucha por la paz se tiene que plantear desde los fundamentos y los que piensan que se puede empezar atacando el mal por donde el síntoma es más visible; se podría llamar fundamentalistas a los primeros y pragmáticos a los segundos”[3].
En el contexto de reflexión del artículo esta distinción entre dos figuras del pacifismo, el fundamentalista y el pragmático, confrontaba dos posiciones políticas en el seno mismo del comunismo. Conviene recordar al respecto que los partidos comunistas europeos, y en particular el PCE[4], en esa fechas ya se había liberado formalmente de la confesionalidad marxista-leninista y centraban su debate estratégico y de objetivos en la “vía pacífica al socialismo democrático”, popularmente conocido como debate sobre el “eurocomunismo”. O sea, el desplazamiento doctrinal respecto a la ortodoxia marxista, que incluía la renuncia a la lucha de clases, había de tener en la cuestión del pacifismo una de sus confrontaciones más decisivas. En el fondo, la decisión sobre el pacifismo afectaba tanto a la estrategia (“vía democrática” versus lucha de clases), cuanto al orden social a construir (“socialismo democrático” versus comunismo).
En este contexto, la reflexión de Sacristán sobre el pacifismo aborda tanto el tipo de ideal social (ideal pacifista) a construir como a la estrategia política (estrategia pacifista) para conseguirlo. Efectivamente, su distinción analítica entre pacifismo fundamentalista y pacifismo pragmático pone en escena, diferenciados y contrapuestos, dos auténticos ideales de paz, dos propuestas finales de vida social, que a nuestro entender se corresponden respectivamente con las aspiraciones a la paz perpetua y a la sociedad pacificada. Correspondencia que nos parece razonable, pues no es necesario forzar los conceptos para relacionar el pacifismo “fundamentalista” con el ideal clásico kantiano de paz perpetua y el pacifismo “pragmático” con la propuesta hobbesiana más contingente y modesta de sociedad pacificada, que mantiene el ruido de la barbarie en su más o menos lejano horizonte. El propio M. Sacristán nos ha facilitado los argumentos definitivos para establecer esta correlación al insistir, por un lado, en que “para los fundamentalistas sólo tiene sentido luchar por lo que podríamos llamar paz esencial, auténtica, basada en la supresión de las causas de una guerra posible”[5], lo que a todas luces se ajusta perfectamente a la definición del ideal kantiano de paz perpetua; y al explicar, por otro lado, que los pragmáticos sospechan “que la causa de la búsqueda y abolición del Mal puede ser cosa larga, y breve el tiempo disponible”, y que en esa perspectiva vale la pena “la esperanza de que sea posible hacer algo útil combatiendo síntomas particularmente peligrosos ellos mismos por su capacidad de realimentar positivamente el proceso que conduce al desastre, la esperanza de que sea útil intentar frenar la enfermedad aunque todavía no se sepa curarla”[6]. Dos ideales que en Sacristán, como en Kant, no se excluyen; pero dos ideales que, a la luz de la seductora metáfora médica, que permite desear a un tiempo la curación final y definitiva y, mientras tanto, las intervenciones paliativas o de choque, no logran silenciar del todo la sospechosa oportunidad ocasional de defensa de la “paz armada”, de los “ejércitos de paz”, y otras inquietantes expresiones que hacen mal incluso al lenguaje.
En cualquier caso, las dos figuras, la fundamentalista y la pragmática, lo son de lo que hemos llamado pacifismo político; no se circunscriben al discurso moral, sino que tejen su sentido en la confrontación política. Por eso la comparación y valoración de ambas figuras se hace en claves de estrategia y de objetivos políticos, no meramente con referentes éticos y mucho menos estéticos. Las dos opciones se diferencian en sus respectivas ideas de paz social, una ligada a la sociedad sin clases y otra a la democracia real, que implican sendas ideas estratégicas bien diferenciadas. El fundamentalista, que aspira a la paz perpetua, ha de montar su estrategia directa e inmediatamente dirigida a eliminar las condiciones de la misma (que, en el seno del pensamiento comunista, se concreta en las relaciones capitalistas de producción); el pragmático (que referencia al eurocomunista), que se resigna – a menos en un plazo sine die- al ideal de la sociedad pacificada, se contenta con eliminar en lo posible los instrumentos de guerra más inquietantes.
Conforme al discurso del pacifismo político pragmático, que hace suyo Sacristán, lo importante en aquel contexto era la lucha contra la OTAN, y de ahí su propuesta de generar un amplio movimiento social por la paz que tuviera efectos políticos inmediatos: la movilización contra la OTAN y, en especial, la no entrada de España en dicha organización militar, de guerra. Además, esa llamada al pacifismo, que pasa por eliminar sus principales obstáculos –las principales armas de la guerra- debía articularse en una estrategia “pacífica”. Sería a todas luces una estrategia perversa –piensa Sacristán- denunciar a la OTAN como maquinaria de guerra esgrimiendo las armas o movilizando la violencia. La lucha política por (el objetivo de) la paz imponía, según nuestro autor, el posicionamiento (estratégico) pacifista, en su forma de “pragmatismo sensato”. Sacristán enfatizaba la estrategia pacifista en cuanto entendía que en ello se juega la credibilidad del pacifismo: la sinceridad y honestidad de la lucha debía avalarse con las credenciales de la estrategia; en coherencia, creía que en la estrategia pacifista se juega la eficacia de la lucha contra la OTAN. Encontramos en Sacristán, por tanto, una defensa del pacifismo subordinado a una estrategia política. Tal vez algunos acentos del texto, que no podía dejar de reflejar el viejo y eternizado problema interno al marxismo de decidir entre la lucha armada revolucionaria y la democracia como vías alternativas al socialismo, pueden forzar una lectura del mismo que exalte la universalización de la estrategia pacifista; pero una lectura contextualizada del mismo revela que el recurso de Sacristán al pacifismo es estratégico y contextual; es decir, no es una opción meramente ética, pues se argumenta desde una exigencia de la lucha política y no desde una prescripción ética universal.
El discurso de Sacristán, por tanto, nos sirve para caracterizar lo que hemos llamado pacifismo político. Como en el fondo se trata de un uso estratégico del pacifismo, subordinando el mismo a una política bien definida que, si bien incluye el trivial objetivo de la paz va más allá y lo concreta en la emancipación económica y social, su posición difícilmente puede ser considerada como pacifismo genuino, que arropado en el manto sagrado de la paz, elevada a bien absoluto, no se compromete con las formas reales de existencia; el pacifismo esbozado por Sacristán nada tiene que ver con el pacifismo ético tout court, que hace de la neutralidad ante los órdenes políticos y económico su principio sagrado, nueva formulación del “mi reino no es de este mundo”. Por eso he manifestado mis reservas a la hora de hablar de pacifismo político, pues tal vez fuera preferible hablar de políticas por la paz, que usan el pacifismo como algo instrumental.
Sea como fuera, pacifismo político o política por la paz, lo cierto es que la posición de Sacristán pone la lucha política en el puesto de mando. Esto se aprecia en el radicalismo con que distingue y fija la contraposición entre ambos tipos de pacifismo, manifiestamente forzada. Su radical rechazo del pacifismo fundamentalista parece intempestivo, e incomprensible sin la perspectiva estrictamente política del conflicto interno entre eurocomunismo y marxismo-leninismo[7]. Es perfectamente imaginable (y pensable) compartir, con Sacristán, una posición pragmática de lucha por una sociedad pacificada, al mismo tiempo que se mantiene la firme convicción de que la paz será frágil sin profundas transformaciones económicas y sociales, si se quiere, sin revolución, que eliminen las condiciones de posibilidad de la guerra; y tampoco es extravagante, sino todo lo contrario, militar en ese fustigado “pacifismo fundamentalista” y, al mismo tiempo, ser lo suficientemente razonable para comprender la conveniencia estratégica de luchar por objetivos parciales, por la paz finita, por la pacificación precaria, e incluso por las simples treguas. Al fin y al cabo, lo que queremos decir es que, caricaturas aparte, el pacifismos fundamentalista al que alude Sacristán responde a la idea, de recio raigambre marxista, según la cual la reconciliación entre los hombres requiere negar las condiciones materiales de existencia que los enfrentan, -idea ésta que tan bellamente expresara el propio Marx en su metáfora de la violencia como partera de la historia-, y que no es una impostura ser radicales en los principios e inamovibles en los objetivos finales al tiempo que se rinde culto a la flexibilidad, la concreción y la adecuación a las condiciones objetivas en el momento de definir las estrategias.
En cualquier caso, en el texto que comentamos la política determina el tratamiento del pacifismo, sin que en ningún momento se caiga en su sacralización. Las exigencias políticas de aquella mítica coyuntura del referéndum impulsaban la conveniencia de la acumulación de fuerzas y voluntades contra la definitiva consolidación de la OTAN; este debía ser el objetivo prioritario para lo que Sacristán llama el “pacifismo sensato”. Y con esa voluntad de generar un movimiento amplio por la paz apreciaba como obstáculo, o como enemigos, a aquellos “fundamentalistas” que querían ligar la lucha contra la OTAN a la realización de la paz perpetua, es decir, que querían unir la conquista de la paz con la revolución.

3. Pacifismo ético.
Si hemos traído a examen el texto de Sacristán no es para enjuiciarlo, sino en tanto que nos sirve para fijar una idea del pacifismo político o tratamiento político del pacifismo, y así acercarnos a la topografía de esta idea, cuyo uso desenfadado y maleable, al gusto de nuestro tiempo, tiene como resultado un concepto proteico que sirve para cualquier menester. Con esta pretensión, al hilo de su reflexión, hemos distinguidos los dos lugares esenciales del pacifismo: el del ideal social y el de la estrategia política. Esta distinción nos permite, a su vez, diferenciar los conceptos de “movimientos por la paz” y “movimientos pacifistas”, conveniente en nuestra argumentación. El primero alude a posicionamientos políticos que, surgidos como defensa inmediata de la paz, no asumen como principio la naturaleza intrínsecamente pacifista de la estrategia, aunque coyunturalmente puedan recurrir a una estrategia política que haga de su carácter pacífico su rasgo determinante; el segundo concepto, el de movimiento pacifista, designa una actitud ética, tenga o no una proyección política; es decir, no responden a posiciones necesariamente políticas, aunque pueden tener relevantes efectos políticos. Si los movimientos por la paz pueden –y suelen- tener una fuerte componente ética, y los movimientos pacifista pueden –y suelen tener- relevantes efectos político, se comprende las dificultades para su conceptualización bien diferenciada. Dificultades que se acentúan por la ambigüedad añadida por la figuras históricas, que en otros muchos casos ayudan en la clarificación conceptual. Un caso paradigmático es el pacifismo de Gandhi, referente de todo pacifismo ético, en el que la no violencia es elevada a principio moral absoluto que determina cualquier estrategia legítima de acción política, pero que al mismo tiempo –y así acabaría siendo interpretado- en su existencia real no era ni podía ser políticamente neutral. Ciertamente, el pacifismo ético cuando transciende la posición personal y deviene un movimiento social se sitúa siempre en la frontera de la política, tanto por el ideal de sociedad pacífica que postula cuanto por la estrategia pacífica de reivindicación que impone.
Las dificultades de conceptualización diferenciada no han de ser un argumento para la confusión, sino todo lo contrario, han de verse como un reto para un análisis más sutil. Efectivamente, este pacifismo ético propone un ideal de sociedad al cual le es intrínseco la paz perpetua, menospreciando la mera “ausencia de guerra”, la pacificación social o tregua; como ideal moral, es absoluto e irrenunciable, por lo cual es ajeno a toda transacción pragmática e indiferente a toda forma política. De hecho, el pacifismo ético no piensa la paz perpetua de la sociedad como construcción política, sino como mero resultado del cumplimiento de una norma moral individual de no violencia, de tratar a los otros como fines y no como medios; de ahí su carácter absoluto e innegociable; de ahí la no relevancia de la sociedad meramente pacificada; de ahí su neutralidad institucional y social. Y de ahí también que la estrategia sea intrínsecamente pacifista, pues la exigencia deriva de la moral individual y no del ideal social.
Conviene prestar alguna atención a esta doble caracterización del pacifismo. El pacifismo ético incluye tanto el ideal de paz perpetua kantiano como la estrategia de no violencia, norma moral que se prescribe a cada individuo (Recordemos que Kant estaba convencido de que la paz perpetua tenia su realización en la historia, es decir, se construía con recurso a la violencia). No puede confundirse con el genérico deseo de paz universal, mucho más amplio y mucho menos sagrado, que recoge tanto el genérico y ennoblecido amor (cultural) a la paz, en el que confiaba Kant, cuanto el pregnante e instintivo deseo (natural) de paz, contaminado de deseo de vivir, de mera sobrevivencia, en el que insistía Hobbes. Deseo o amor que parecen presentes a lo largo de la historia, del majestuoso proyecto de Pax romana a la más banal pero igualmente reveladora propuesta del mayo parisino de “Hacer el amor y no la guerra”. Sacralizado o naturalizado, el deseo de paz está incluido en todos los movimientos políticos por la paz, sean o no pacifistas; aunque parezca una burla, creo que en cierto sentido hasta los dictadores lo incluyen oficialmente en su proyecto, aunque se trate de la “paz de los cementerios”, imagen que, no lo olvidemos, inspiró el texto programático del pacifismo, el manifiesto “A la paz perpetua”, de Kant.
Lo que intento enfatizar es que el genérico deseo de paz no es un componente esencial de la conciencia “pacifista”; aunque acompañe y esté presente en alguna lucha de los movimientos pacifistas, no es lo esencial al concepto, no es determinante de su acción. El mero deseo de paz no cuestiona la guerra: en pos de la paz en Sarajevo los intelectuales y los pueblos europeos clamaban la intervención armada, aunque fuera, como así fue, como no podía ser de otra manera, la intervención de los norteamericanos. En el caso del pacifismo político, que diferenciamos de la mera voluntad de paz, y que supone la apuesta por una estrategia de lucha pacífica, lo característico es que la voluntad de luchar por la paz se determina circunstancialmente como voluntad de luchar pacíficamente por la paz. Aquí lo relevante es el carácter circunstancial, contextual, del recurso a la estrategia pacifista, pues no es pensable una política que haga del pacifismo un principio eterno. El pacifismo político, pues, sólo es genuinamente pacifista de forma aparente y condicional. El recurso a la estrategia pacífica es “estratégico”, no programático..
En cambio, el pacifismo ético asume como principio sagrado el pacifismo de la estrategia, corolario de la norma moral de la no violencia sobre los otros. El pacifismo ético es genuino pacifismo, pues lo que define a los movimientos pacifistas es la voluntad de buscar la paz, de comprometerse en la construcción de la paz social, sin recurrir a la violencia en ninguna circunstancia. El pacifista ético no sólo prefiere la propia muerte antes de matar a otro sino, lo que es más importante y heroico, renunciando absolutamente a que otros maten por salvarnos. Posición que, como vemos, incluye la idea de que hay en la existencia humana cosas por las que vale la pena morir, si fuere necesario. El pacifismo ético incluye –y exige- la convicción de la absoluta bondad de la estrategia pacifista: sea porque se sublima la no violencia como un valor absoluto, religioso o místico, sea porque se está persuadido de que el menosprecio al dolor y a la vida que incluye una estrategia pacifista acaba siendo un arma más eficaz contra la voluntad de dominio de quienes ejercen el poder que su sofisticado armamento.
Por eso decíamos que el “pacifismo sensato” y “pragmático” de Sacristán no era pacifista en este sentido. Nada tiene que ver con la apuesta genuinamente ética de la opción de Gandhi, elevada a canon del pacifismo ético. En éste la dimensión política de la lucha, que sin duda hace su aparición contaminando la acción, está al menos idealmente subordinada a la toma de posición pacifista, a la sacralización de la no violencia.
Ahora bien, no me parece trivial señalar que la consolidación de esta sacralización del pacifismo ético o de la estrategia de no-violencia, y su recorrido ciertamente exitoso, se ha debido en gran medida a sus efectos políticos, es decir, a que de facto ha podido ser interpretada como una estrategia que triunfó políticamente, lo que está a medio paso de su interpretación como una estrategia política exitosa. Curiosamente, también la estrategia política de la violencia de masas, de la lucha armada, fue en gran parte sacralizada por el éxito del leninismo en la revolución bolchevique. No obstante, creo que la simetría entre ambos casos no es total. En el caso de Lenin (o de Mao, o de Castro…) si no hubiera triunfado habría pasado a la historia como ejemplo paradigmático de que, contra la idea básica de Maquiavelo, del mal no puede derivarse el bien; en cambio, sospecho que si la estrategia de Gandhi no hubiera triunfado sería dominante la creencia de que, simplemente, el mal es muy poderoso y se necesitan nuevos intentos.
Ahora bien, en contra de la idea comúnmente aceptada, ¿tuvo realmente éxito la estrategia pacifista de Gandhi?. La pregunta no es retórica, ni expresa deseos de rizar el rizo. Para ver su sentido deberíamos plantearnos: ¿Qué se entiende por “tener éxito” cuando hablamos del pacifismo de Gandhi?. Lo lógico es que tal éxito refiriera a los objetivos, a los fines. Ahora bien, ¿Cuáles eran estos fines?. Si suponemos que el objetivo del movimiento pacifista de Gandhi era una India justa y pacificada, es difícil cerrar los ojos y no reconocer el fracaso; y, claro está, este fracaso es más obvio y previsible si perseguía, lo que parece ser intrínseco a un movimiento pacifista, el ideal de paz perpetua para su país (o para el mundo). Si, en cambio, suponemos que el objetivo de Gandhi era una India independiente y emancipada del dominio político británico, entonces sí que hay argumentos para aceptar la validez de su estrategia pacifista, aunque en este supuesto su pacifismo formaría parte de la lucha política, sería un “pacifismo político”.
Tal vez Gandhi perseguía ambas cosas. Pero, de facto, consiguió la liberación nacional, y no así la paz interna. Lo cual parece llevarnos a la siguiente paradoja: la estrategia pacifista de Gandhi puede considerarse exitosa si la aislamos del objetivo (ético) de paz y la valoramos (políticamente) con referencia a la liberación nacional; en cambio, es un fracaso si incluimos la paz como objetivo esencial y valoramos la liberación nacional como objetivo político secundario. Lo que nos lleva a concluir que, en rigor, el pacifismo sólo se define desde la estrategia de no violencia, y no desde el objetivo de paz. Podemos afirmar que la estrategia pacifista de Gandhi tuvo éxito, y de ahí su sacralización canónica del pacifismo, sólo en cuanto la aislamos de los objetivos de paz, tanto del ideal de paz perpetua, como del ideal más humano de una India pacificada; tuvo éxito porque sirvió para la emancipación política de la India, no para su pacificación.
Esto nos muestra la dificultad de caracterizar el pacifismo de Gandhi como simplemente ético; y también la dificultad igualmente de pensar la estrategia de no violencia orientada simplemente a la paz. El problema filosófico y político del pacifismo es, a nuestro entender, el problema de la estrategia pacifista; o, para formularlo de forma más general, el problema del recurso político a la violencia y a las armas. La guerra, tal como nos la representamos en nuestro imaginario colectivo, no es lo otro de la paz, no agota el objeto a batir por el pacifismo; el pacifismo extiende su rechazo y enfrentamiento a cualquier forma de presencia de la violencia en política, en cualquiera de sus escenarios, incluso en aquél en que se gesta la lucha contra la violencia.
Este desplazamiento de la reflexión sobre el pacifismo desde el horizonte de la guerra al de la violencia no es trivial. Desde la aparición de los Estados, y salvando las situaciones de guerra civil, la paz quedó garantizada en su interior y la guerra continuó en el horizonte exterior, legitimada por el derecho de gentes. En esta perspectiva, el pacifismo quedó proyectado a las relaciones entre estados, perdiendo definitivamente los lugares interiores como campo para su intervención, excepto cuando, en una crisis interna con fraccionamiento y guerra civil, toma sentido el pacifismo intraestatal. Este desenfoque, aunque comprensible, no es favorable para la autoconciencia. Por eso queremos enfatizar nuestra idea de que el pacifismo es el rechazo de toda estrategia de violencia en política, siendo su actual dimensión internacional y focalizada en la guerra una mera contingencia. En otras palabras, creo que la problemática del pacifismo es una variante del problema maquiaveliano de recurrir al mal (estratégico, fuera del control ético) para garantizar el bien (la comunidad civil y ética). Este es, en el fondo, el único problema filosófico en relación con el pacifismo.

4. Pacifismo estético.
Hace un par de años Gustavo Bueno publicó, en plena campaña contra la guerra de Irak, su artículo “Síndrome del Pacifismo Fundamentalista”[8]. Quien sea capaz de leer el texto olvidándose de su autor, cosa nada fácil, posiblemente llegue a la conclusión de que es un fino paño para un burdo sayo. Con ello quiero decir que me parece una crítica lúcida, brillante, que inicia la apertura de un nuevo campo a la reflexión filosófico política; pero que, al mismo tiempo, cosa sólo comprensible por las obsesiones personales del autor, dilapida su potencial analítico y crítico convirtiendo el texto, paradójicamente, en un repetido gesto de rechazo de “las izquierdas” (como él mismo dice, la dispersa, la divagante y la extravagante) y en una defensa de algo tan indecente e indefendible como la decisión bélica de las Azores.
La tesis de G. Bueno articula diversas ideas que en conjunto describen lo que llama el SPF, el “síndrome del pacifismo fundamentalista”. Una de ellas es la específica novedad del fenómeno, que supone un verdadero salto cualitativo respecto al tópico deseo de paz. Viene a decir que, si bien al culto a la paz es tan antiguo como la existencia política de la especie humana, cual proyección ideal negadora de lo eterna e intrínsecamente presente en la sociedad, nunca ha adquirido una relevancia como en los tiempos actuales, en que asistimos a un salto cualitativo en la génesis del sentimiento por la paz. Salto cualitativo por la intensidad con que se vive: “Pero nunca ha habido una serie de manifestaciones públicas a favor de la Paz y con el No a la Guerra, tan intensas, masivas, continuadas y extendidas por las más diversas ciudades del planeta como las que se están produciendo en los meses del invierno y primavera del año 2003. Se trata por sus características de un fenómeno nuevo, sin perjuicio de los “brotes precursores”, suscitado por la guerra del Irak, y que se hace presente durante algunas horas del día (a veces también del anochecer), y con gran riqueza de sintomatología fija y variante”[9]. Y salto cualitativo por la “heterogeneidad de los sujetos afectados”, uniendo a profesiones, sexos, edades, partidos políticos, opciones religiosas, presentándose por tanto como un fenómeno por encima de las diferencias sociales, políticas y de clase.
Creo que esta mirada incisiva es un buen punto de partida desde el que preguntarnos cómo y por qué se ha llegado a esta espontánea y universal adhesión al “no a la guerra” que se filtra por el tejido social, a esta evidencia de la bondad absoluta de la paz, de toda paz, de cualquier paz, de la paz perpetua. Y así lo hace Bueno, que se pregunta: “¿Cómo se ha llegado a la situación, que consideramos característica de SPF, según la cual el no a la guerra concreta del Irak se identifica, por parte de millones y millones de personas, con un no a la guerra en general y, por tanto, con un sí a la Paz, a una paz perpetua universal y transcendental, que se justifica, al modo fundamentalista, en nombre de la Humanidad, es decir, con una exigencia que dice proceder de las mismas entrañas del Género Humano?”. La pregunta tiene tanto más oportunidad y sentido si, como indica G. Bueno, recordamos que el síndrome arraiga especialmente en sociedades de tradición secular belicista, todas ellas con ejércitos permanentes, lanzadas a una voraz carrera armamentística que no excluye las armas atómicas, organizadas en eficaces alianzas militares (OTAN). Y podemos añadir, para incrementar la perplejidad ante este síndrome pacifista, que estamos en sociedades que han hecho bandera de la crítica, del antidogmatismo, del antifundamentalismo, de la duda escéptica contra “todo tipo de evidencias axiomáticas o de revelaciones arcangélicas”. Esta doble vía de perplejidad, es decir, que el nuevo fundamentalismo pacifista surja y crezca en sociedades a la vez belicistas y escépticas, contribuye a dar relevancia y atractivo a la pregunta. Porque, en definitiva, nos invita a dirigir la mirada filosófica a la aparición de una nueva conciencia social, mejor aún, de una nueva ética que pugna por hegemonizar la existencia humana del inaugurado milenio; nueva conciencia que presumimos generada por nuestras sociedades pero que, al menos aparentemente, parece rebelarse contra sus propios principios.
Lamentablemente para nosotros, la reflexión de G. Bueno toma el derrotero de caracterizar este pacifismo como “falsa consciencia” y denunciarlo “conciencia culpable”, en vez de afrontar la tarea de pensar qué cambios sociales, culturales y representacionales se están dando, hacia adonde van y a quienes sirven. De ahí que le preocupe más “plantear el problema de la génesis y rápida cristalización, al menos aparente, durante estos meses, de ese nuevo consenso universal en torno a la paz perpetua, en la medida en que es vivido precisamente como una evidencia inmediata e indiscutible por todo aquel que cree representar los intereses mismos del Género Humano”[10], que pensar la universalización y absolutización de la consciencia pacifista como un proceso histórico estructural de más calado, que responde a procesos sociales y culturales más complejos y constantes, irreductibles a coyunturas políticas por relevantes que éstas hayan sido para nosotros. Nos parece que poner la guerra de Irak, incluso las teleguerras de las últimas décadas, como causa determinante del cambio de consciencia ética, es una ilusión inmediatista; del mismo modo que denunciar la nueva posición ética porque se hace a costa de sacrificar la consciencia política equivale a quedarse en la mera constatación del fenómeno, como si las fugas éticas no pudieran ser formas sofisticadas de la dominación. Nuestra tarea como filósofos –que Bueno abandona para servir, ignoro las razones pero no creo que sean mercenarias, a Aznar y a Bush- ha de consistir en pensar los movimientos de fondo que posibilitan que, efectos de superficie como Irak, simbolicen la aparición de una nueva época; la tarea que a mi entender hoy compete a la filosofía es, precisamente, comprender por qué la política, el sistema de dominación y reproducción del capitalismo contemporáneo, determina que sea lo ético (y, con más rigor, un determinado tipo de ética, estetizante y sin moral) la expresión de los posicionamientos políticos, y las implicaciones de esos desplazamientos para quienes soportan sobre sus hombros los efectos de la estructura. Si no se hace así, si se elige el camino de G. Bueno, se llega al sitio maldito de donde se pretendía huir, al ojo de Dios, condenando a la realidad, a los seres humanos, porque no van por donde deberían ir. Y eso es así aunque se cite a Indalecio Prieto, a su afortunada idea durante la guerra franquista: “Nada puede hacerse ante un batallón de requetés recién comulgado”. Y es así aunque G. Bueno añada con sutiliza y gracia: “Nada puede argumentarse ante una procesión de artistas, cristianos, comunistas, socialistas, estudiantes, “recién comulgados” con la evidencia de la paz perpetua de la humanidad. Sólo puede esperarse a que la fase aguda del síndrome comience a calmarse, a que los manifestantes y los políticos dejen de gritar “¡Paremos la guerra!” incluso después de la toma de Bagdad”[11].
Creemos que Bueno comete un lamentable doble error, al caracterizar este pacifismo contemporáneo simultáneamente de fundamentalista y de efecto de coyuntura. Que no es fundamentalista, y por tanto necesita de otra interpretación, lo prueba el hecho de que ya está olvidado, de que en Irak sigue la guerra, hoy más cruel y destructiva que antes, y los gestos se han retirado; más que fundamentalista, que supondría responder a una concepción ideológico política fuerte, cerrada, de base ontológica esencialista, es un sentimiento efímero, fragmentado, ocasional, que se esconde y reaparece con efectos y ritmos que hay que describir e interpretar con sutileza. Y que no es mero efecto de coyuntura lo muestran, precisamente, sus frecuentes reapariciones ante distintos escenarios, su diseminación por el dominio de las prácticas, su presencia en formas metamorfoseadas en los vericuetos del espacio público, lo que invita a pensarlo como acontecimientos que si bien no responden a una esencia, sí expresan una nueva forma de ser en el mundo. Es decir, necesitan ser pensados desde otra ontología del ser social, no de la esencia sino de la contingencia, no de la regla sino de la voluntad, no del deber sino del sentimiento.

5. Pacifismo contemporáneo.
Las reflexiones anteriores nos permiten extraer algunas ideas favorables a esta tentativa de pensar el pacifismo en el nuevo contexto del capitalismo del consumo. Parece obvio que hoy la oposición a la OTAN, que al menos formalmente mantiene el pacifismo político remanente, tiene poco o nada que ver con los presupuestos y los sentimientos del pacifismo contemporáneo. No es, ciertamente, una prueba definitiva, pero es un argumento empírico fuerte el hecho de que hoy la OTAN aparece más aceptada e incuestionada que nunca. Como es un argumento fuerte que la guerra de Irak, que tantas movilizaciones en contra suscitara, continúa con tanta muerte y destrucción como en los días de “guerra clásica”, en los momentos de la invasión, mientras que el pacifismo del “no a la guerra” ha perdido presencia en la escena pública, mutándose en reapariciones fragmentadas y diseminadas en que la espontaneidad y discontinuidad en lugar de expresar su miseria expresa su esencia.
Esto nos lleva a pensar que el pacifismo de hoy en día no es político (aunque pueda tener ocasionalmente efectos políticos) no responde a una estrategia política pacifista, que implicara posiciones antibelicistas, antimilitaristas, anti-armamentistas, anti-OTAN, y con la mirada puesta en una sociedad alternativa. También consideramos que este pacifismo no responde a la idea antes descrita del pacifismo genuinamente ético, aunque contenga elementos de una conciencia moral cuya ontología deberíamos descifrar con más precisión. Por último, pensamos que no puede reducirse simplistamente a ese pacifismo del “síndrome” que el profesor Bueno describiera, aunque parece innegable la presencia en el mismo de huellas de banalidad. El pacifismo de hoy es otra cosa, tiene otra etiología y otra función, le gusta verse apolítico, no responde a estrategia ni a fines bien definidos, se comporta con valores y exigencias éticas muy peculiares, es discontinuo y fragmentado... En definitiva, precisa de una caracterización actual.
En esta perspectiva, más allá de la oportunidad política, y para realmente comprender el juego político del pacifismo contemporáneo, creo que es necesario situarlo como una manifestación más, muy significativa y relevante, del desplazamiento de la consciencia ética que anuncia y culmina la crisis del humanismo. Creo que conviene situar la reflexión sobre el pacifismo en el peculiar contexto ético- político y cultural contemporáneo, resultado del progresivo e implacable declive del humanismo moderno, moralista y ascético (proyecto ilustrado del capitalismo productivista, burgués), ante el auge de una ética estetizante que toma forma social en el humanitarismo, (forma de consciencia del capitalismo del consumo, postburgués, de nuestros días). Aparición, por tanto, de una nueva conciencia ética, que abandona su dimensión moralizante y se metamorfosea en figuras estéticas; que renuncia a las reglas y se viste de sentimientos. Una nueva consciencia que, al mismo tiempo, con su atavío apoliticista escenifica el simulacro de primacía de lo ético sobre lo político, enmascarando así el necesario realismo político, ayer defendido y hoy insoportable, de un orden socioeconómico que no puede existir sin la dominación, la exclusión y, en definitiva, la violencia.
Si precisamos la mirada, hoy el pacifismo es menos rechazo de la violencia (aunque sea su eslogan habitual) que rechazo del dolor. Nuestra sociedad soporta bien la violencia, que ejerce insensible como lógica de supervivencia; lo que nuestra conciencia no soporta es el dolor, ni en nosotros mismos ni en los otros. Si rechaza la violencia es sólo en tanto que genera dolor; y como el dolor es visible o no es, la única violencia que se rechaza es la que está en la base del dolor visible. El dolor que produce la guerra es más visible que el de la exclusión; el de la violencia doméstica más visible que el de la silenciada desigualdad en la familia.
Rorty expresa toda la actualidad del momento cultural al proponer una ética basada en un solo principio: el rechazo del dolor, que entiende natural al ser humano, que por tanto es espontáneo y no necesita ser prescrito como deber, cosa hoy inaceptable, según el norteamericano, en una filosofía desepistemologizada y definitivamente contextual. El pacifismo contemporáneo se funda en el rechazo universal del dolor, en su expulsión de nuestro espacio de consciencia, es decir, especialmente del espejo mass-mediático donde lo visualizamos, sea en imágenes de Afganistán, Irak o Txetxenia, sea en pateras naufragadas o trópicos desbaratados por el seismo. ¿Muros de exclusión? ¡Ni en Berlín ni en Palestina!. Y menos las alambradas de Ceuta y Melilla, que irritan nuestra alma humanitarias, pero que siguen allí, creciendo, multiplicándose, legitimadas con el ritual de rechazos emocionales ocasionales.
No me propongo aquí, al menos como objetivo explícito, argumentar un juicio de valor sobre esta apuesta general por el pacifismo como rechazo del dolor; de todas formas no cesaré de ejercer mi derecho a la sospecha sobre el imperativo pacifista que domina la escena, sobre la elevación de la paz y la no violencia a valor ético evidente, inmediato y absoluto, preguntándome si su aureola de santidad no es la máscara de una forma de consciencia histórica, contextual, como toda moral dictada desde fuera, que pinta el espejo que no queremos ver. La intensidad con que se viven los imperativos pacifistas, la indiscutibilidad con que se asume su certeza, incluso la universalidad de la heterogénea audiencia que los comparte, lejos de ser avales inefables de su verdad pueden ser meras figuras del valor de cambio que esconden la finitud y la particularidad a que sirven.
Para mostrar la pertenencia del pacifismo a la nueva ética y, por tanto, para presentarlo en el contexto del humanismo argumentaré dos tesis. Con la primera defenderé que el humanismo moderno no fue pacifista, no excluyó de la estrategia política la violencia y el dolor; su amor a la paz, su apuesta decidida por ella, no conlleva la asunción de una estrategia pacifista, del mismo modo que el espacio que su ética reserva a la caridad, la piedad o la compasión, contenidos genuinamente humanitaristas, no afectan la esencia de su humanismo. Con la segunda tesis defenderé que el pacifismo es el componente esencial del humanitarismo, en el sentido de que expresa con más intensidad su contenido ético y su función política.

6. Humanismo no pacifista.
Puesta la esencia del pacifismo en la estrategia política, creo que podemos argumentar que el humanismo moderno, ilustrado, no fue pacifista. Es innecesario insistir en que no es incompatible con el ideal de paz; pero el rechazo absolutode la violencia no forma parte de sus principios. Ilustraremos esta tesis al hilo de la reflexión de algunos autores.
6.1. (Rousseau: el humanismo del hombre emancipado). Las idea de Rousseau sobre la paz y la guerra están bellamente sintetizadas en un capítulo de su obra Del contrato social, que no arbitrariamente trata “De la esclavitud”[12], es decir, de la situación de máxima violencia ejercida por unos hombres sobre otros. Comentando aquella curiosa idea de Grocio según la cual si un particular puede enajenar su libertad y hacerse esclavo de un señor, del mismo modo puede ocurrir con un pueblo entero, el ginebrino se pregunta: “un hombre que se hace esclavo de otro no se da, se vende, se vende al menos por su subsistencia; pero un pueblo, ¿a cambio de qué se vende?”. La paz, viene a decirnos, puede ser la paz de los cementerios, ¿y qué valor tendría?. “También se vive tranquilo en las mazmorras: ¿basta para sentirse feliz en ellas?. Los griegos encerrados en la cueva del Cíclope vivían en paz, esperando el turno de ser devorados”.
Textos como estos aparecen con abundancia en las páginas de sus escritos. Todos ellos sirven para ilustrar que Rousseau no apuesta de forma incondicional por la sociedad pacificada; hay cosas más importantes que la vida, parece decirnos: la vida digna, la vida humana, la vida en libertad. Ni siquiera manifiesta entusiasmo alguno por la paz perpetua. Para sospechar de ella no necesitaba el ginebrino nuestro contexto actual de la ingeniería genética, en el que A. Huxley sitúa su “mundo feliz”, en el que de forma efectiva pueden eliminarse las condiciones de posibilidad de todo conflicto, de toda lucha, de toda guerra, convirtiendo a los individuos en seres condenados a la paz. Son suficientes sus sospechas del papel seductor de la razón, capaz de “tender guirnaldas de flores sobre las cadenas de hierro” que atan a los hombres, capaz de conseguir el prodigio de que, nacidos para la libertad, se acostumbren y acaben amando su servidumbre. Le basta al filósofo ginebrino la imaginación para no soñar con un orden político en el que la guerra sea imposible y para aspirar, en cambio, al ideal de sociedad justa, reino de la libertad y la igualdad, aunque la aventura se tome su precio en dolor y sangre; una sociedad en la que la paz, ¡qué duda cabe!, tiene reservado un lugar de privilegio, pero a la que el pacifismo no le es intrínseco, ni en su génesis (estrategia) ni en su propia esencia (derecho a la guerra como derecho de gentes).
Bien mirado, el estado definido por el contrato social hace las veces de sociedad pacificada, y se caracteriza porque ha desaparecido la guerra, aunque no la posibilidad de la misma siempre amenazante en el horizonte. Aunque el estado que instaura el contrato social, eliminando la dominación de los seres humanos por otras voluntades particulares, supone la expulsión de la guerra del seno de la comunidad política, la violencia no desaparece de su horizonte. Por un lado, porque el riesgo de violencia interior, e incluso de guerra civil, está siempre abierto, porque la esencia misma del estado, la voluntad de imponer la voluntad general sobre voluntades particulares, nunca se consolida definitivamente; por otro lado, porque resta la perspectiva de la guerra entre estados, auténtica forma de la guerra moderna, pues “la guerra no es una relación de hombre a hombre, sino una relación de Estado a Estado, en la que los particulares sólo son enemigos accidentalmente, no como hombres y ni siquiera como ciudadanos, sino como soldados”.
No sabemos qué pensaría el ginebrino de esta guerra contra Bin Laden o contra Al-Qaeda, ya que pensaba que “cada Estado no puede tener como enemigos sino otros Estados, y nunca a hombres, nunca a particulares”. Lo que sí sabemos es que el pacifismo fundamentalista, como principio ético absoluto, universal y evidente, no forma parte de su ideario. Y como la propuesta rousseauniana de hombre emancipado, política y económicamente liberado, dueño de su destino de la única forma que puede serlo, como ciudadano de una república independiente, es una propuesta genuinamente humanista, parece que podemos concluir que al humanismo, al menos al de Rousseau, no le es intrínseco el pacifismo.

6.2. (Kant, historia y guerra). Tampoco Kant, que tuvo la fortuna de teorizar el ideal de paz perpetua, y a quien se le reconoce con justicia haber definido el humanismo moderno, el ideal ilustrado de hombre que piensa por sí mismo y que autodetermina su voluntad autónoma de acuerdo con el deber, fue un pacifista en el sentido estricto que hemos definido. De hecho el título de su folleto, como es bien sabido, tiene su cara irónica, pues está inspirado en la inscripción “A la paz perpetua” que figuraba bajo una representación pictórica de un cementerio. Bien podríamos tomar esta anécdota como referencia a que tal vez ese sea el lugar natural de la paz perpetua. De hecho Kant, comentando la inscripción, deja en el aire la respuesta de si la misma se dirigía provocadoramente a los gobernantes, “nunca hartos de guerras”, ajenos a esa diosa seductora, o a los filósofos, “entretenidos en soñar el dulce sueño de la paz”[13], proclamando una eterna profesión de fe a un fantasma. Seguramente no falta ironía en esa doble referencia: al cinismo de los gobernantes, recurriendo a la guerra en nombre de la paz, y a la tentación angélica de la filosofía, refractaria a asumir la legitimidad de recurrir al mal (y el mal político es la guerra y la violencia) para conseguir y defender el bien (y el bien político es la comunidad ética de hombres libres). En cualquier caso, lo que aquí queremos resaltar es que el folleto de Kant, aunque incluya una declaración de amor a la paz perpetua, lo relevante es que incluye una estrategia nada pacifista para conseguirla, y una situación final de paz perpetua que, tal vez a su pesar, sólo es pensable manteniendo el conflicto y la violencia en su horizonte, cosa que empaña el ideal.
Ya en los artículos preliminares, que tratan “de una paz perpetua entre los Estados”, concretamente en el 3º, tras afirmar que “los ejércitos permanentes –miles perpetuus- deben desaparecer por completo con el tiempo”, por ser una incesante amenaza de guerra y por ser inmoral “tener a gente a sueldo para que mueran o maten”, nos dice: “Muy otra consideración merecen, en cambio, los ejercicios militares que periódicamente realizan los ciudadanos por su propia voluntad, para prepararse a defender su patria contra los ataques del enemigo exterior”. Lo que quiere decir, en definitiva, que mientras exista el horizonte de guerra, el pacifismo está excluido de la propuesta kantiana. ¿Puede pensarse el pacifismo como conciencia propia de la paz perpetua?. Pensamos que no, y enseguida lo argumentaremos.
Kant acepta que, mientras la historia llega a su final, el estado de guerra es intrínseco a la relación entre estados; y ya sabemos que la historia es el lugar donde se realizan, por la fuerza, la violencia y la sangre, los preceptos de la razón práctica que los hombres no escuchan y, cuando lo hacen, no obedecen. Por tanto la guerra no sólo es inevitable, sino que en la dimensión histórica de la existencia humana es necesaria. Tan necesaria y útil que Kant la pone como origen de las instituciones políticas más sagradas para él, como el derecho y el Estado. En el fondo es la guerra la que hace realmente necesaria la organización política del mundo conforme a la paz perpetua.
Tanto es así que buena parte de su reflexión se orienta no a deslegitimar la guerra, sino a poner límites a su barbarie; límites que, contra lo que cabría esperar, no responden a una conciencia moral pacifista, sino que vienen exigidos por la necesidad de posteriormente construir la paz. Así nos dirá que, en la guerra entre estados, éstos no deben hacer “uso de hostilidades que imposibiliten la recíproca confianza en la paz futura” (Art. 6). Es decir, no deben recurrir a estrategias de crueldad o indignidad que hagan imposible la confianza necesaria mañana para la paz. Kant aspira a que no se vea en la guerra un simple acto conforme al derecho de gente, sino que se la interprete como mecanismo de la historia para llevar a los hombres hacia una vida racional. Desde este punto de vista se justifica su consejo de intentar conseguir la victoria sin recurrir a medios que nieguen su sentido histórico y la conviertan en simple e intrascendente acto de fuerza.
Que la paz perpetua incluye una estrategia (y, como vemos, una estrategia que no excluye la violencia, sino que la exige) se revela de forma iluminadora en los “Artículos definitivos de la paz perpetua entre Estados”. En el artículo primero se postula que “la constitución política debe ser en todo los Estados republicana”[14]. Una constitución, como Kant dice, que añade “la pureza de su origen, que brota de la clara fuente del concepto de derecho”. El papel que otorga a los estados es la clave de su pensamiento respecto a la paz. De hecho la paz perpetua es una estrategia de instauración de un nuevo orden internacional, basado en la “federación de Estados libres”. Kant recalca que sería “una Sociedad de naciones, la cual sin embargo no debería ser un Estado de naciones”. Tesis muy importante, que merecería especiales consideraciones, y que nos llevaría a ver sus múltiples implicaciones, muchas de ellas con resonancias actuales en nuestro país. Seguramente si el objetivo final fuera la paz absoluta y definitiva, es decir, si Kant fuera consecuente con su propia idea de paz perpetua, habría de haber sacrificado el estado nacional en un estado mundial en vez de salvarlo en la figura de una federación de naciones, como acertadamente le reprocharía Hegel.
La idea kantiana de federación muestra muchos puntos frágiles. La federación, en tanto que propuesta estratégica de paz, pues está llamada a garantizar el derecho y la paz entre los Estados como estos hacen respecto a sus particulares, no puede eludir cierta similitud funcional con el estado. Si estos son puestos como la forma política de la paz interior, parece razonable que la forma política de la paz exterior fuera similar. Pero, para salvar la soberanía del estado, cuestión teórica y prácticamente irrenunciable en Kant, ha de definir dicha federación de forma ambigua. Por un lado, es una autoridad supraestatal, exterior, que determina a los estados; pero, por otro, ha de ser distinta en esencia y fundamento a la autoridad del estado en el interior, pues éste no reserva soberanías para sus partes y aquella ha de respetarla de forma absoluta. La eficacia pacificadora de la federación parece que le vendría de su dimensión de estado, es decir, de aquello que en ella es semejante al estado; pero, al tratar de salvar la absoluta soberanía de los estados que integran la federación, perpetuando la posibilidad del conflicto entre ellos, se acentúan las sombras de su eficacia pacificadora.
Este problema no es una laguna de su teoría; es su teoría. La arquitectura de su federación no es, ni puede ser, un estado universal o mundial; es una Federación de estados libres y soberanos, que tienen en su derecho su fundamento y su legitimación, tal que en el lazo federativo sólo buscan una estrategia útil para dirimir los conflictos sin violencia. Kant al menos no elude los problemas, y dice coherentemente que “la manera que tienen los Estados de procurar su derecho no puede ser nunca un proceso o pleito, como los que se plantean ante los tribunales; ha de ser la guerra” (Art. 2º). Además, a diferencia de los individuos, sometidos a la “máxima de derecho natural” de salir del estado de guerra y anarquía, los estados no están sometidos a una máxima semejante. Las naciones no están obligadas por derecho natural a buscar la paz: “los Estados poseen ya una constitución jurídica interna y, por tanto, no tienen por qué someterse a la presión de otros que quieran rededucirlos a una constitución común y más amplia, conforme a sus conceptos del derecho”. O sea, no hay una prescripción del derecho de gentes de formar un estado universal; la voluntad de paz, por tanto, tomará la forma de alianzas y pactos en la dirección de una federación de naciones.
Kant insiste, tal vez consciente de que es un punto débil, en que esta federación no es un mero tratado de paz, en cuyo caso sólo aplazaría las hostilidades; la federación, nos dice, las disuelve, las hace imposibles. Pero, a pesar de esta insistencia, y tal vez por ella, no desaparece nuestra sospecha de que la paz no puede derivarse del concepto mismo de federación tal como lo define. Porque, como él mismo dice, “esta federación no se propone recabar ningún poder del Estado”; pretende sólo “mantener y asegurar la libertad de un Estado en sí mismo, y también la de los demás estados federados, sin que éstos hayan de someterse por ello… a leyes políticas y a una coacción legal”. Con esa reserva de soberanía estatal, ¿cómo convencernos de la desaparición de la posibilidad de guerra?. Aunque Kant sitúa esta federación en un proceso acumulativo, creciente, por convencimiento de las ventajas de la misma, la guerra no parece desaparecer del horizonte ni siquiera acabado y universalizado el proceso: la autonomía de los Estados, la ausencia de un poder exterior a los mismos, principio sagrado de la propuesta kantiana de federación, hace que la paz se asiente en terreno inestable.
Por tanto, y cerramos este comentario, Kant no es pacifista en el sentido de pacifismo que hemos acotado, es decir, no defiende una estrategia pacifista, sino todo lo contrario; además, la paz perpetua, casi más que un ideal final es una estrategia política de construcción de una federación, proceso que en sí mismo no es pacifista. Por último, la federación no borra del horizonte la guerra, lo que implica que, en coherencia, no puede asumir estrategias absolutas de desarme.

6.3. (Hegel: el Estado universal). Acabaremos este recorrido con un breve comentario sobre Hegel, mostrando igualmente su indiferencia hacia el pacifismo. Podría objetarse esta inclusión en cuanto no es pertinente para la argumentación general de este capítulo, pues Hegel no es un humanista y nuestra reflexión estaba destinada a mostrar cómo el humanismo moderno no incluye el pacifismo como uno de sus principios éticos. Valga. No obstante, la propuesta hegeliana de un estado universal, que corrige a la federación kantiana, nos sirve para completar y dar relieve a la posición de Kant que hemos descrito.
Hegel entendía la guerra como un procedimiento para dirimir los conflictos ajeno a cualquier regulación moral o jurídica. Su teoría, expuesta en sus Principios de Filosofía del Derecho, deriva de su concepción del derecho internacional, que en lo que aquí nos interesa es coincidente con Hobbes, Rousseau o Kant. Entiende que puesto que la relación entre los Estados “tiene como principio su soberanía, los Estados están entre sí en estado de naturaleza, y sus derechos no tienen su realidad efectiva en una voluntad universal que se constituye como poder por encima de ellos, sino sólo en su voluntad particular. Aquella determinación universal permanece por lo tanto como un deber ser, y la situación real será una sucesión de relaciones conforme a los tratados y de aboliciones de los mismos”[15]. La ausencia de ese poder supraestatal hace que los Estados estén entre sí como en “estado de naturaleza”. La idea kantiana de paz perpetua, sustentada en el orden de una federación de Estados, que actuaría de árbitro en las disputas, previniendo de este modo la guerra, presupone un acuerdo de los Estados, o sea, presupone la soberanía de la voluntad particular de cada Estado. Por tanto, sentencia Hegel, sería una paz afectada siempre por la contingencia. Y tiene toda la razón del mundo.
O sea, en la medida en que no haya acuerdos, “las disputas entre Estados sólo pueden decidirse por la guerra”[16]. Y los motivos de conflicto serán múltiples, variados y relativos a la individualidad de cada Estado. Como dice Hegel, en cuanto “entidad espiritual”, un Estado “no puede contentarse con considerar meramente la realidad de la lesión, sino que como causa de sus desavenencias se agrega la representación de un peligro que amenaza desde otro Estado, con la evaluación de la mayor o menor verosimilitud, las suposiciones acerca de los fines que se persiguen, etc.”[17]. Es decir, será cada Estado quien valore y decida la conveniencia de la agresión o la respuesta, sin que haya tribunal moral o jurídico desde donde legitimar o deslegitimar su acción; en estado de naturaleza, como dijera Hobbes, se está por definición fuera del escenario de la moralidad, la justicia o la legitimidad. Hegel lo dice con contundencia: “El bienestar sustancial del Estado es su bienestar en cuanto Estado particular, con su situación y sus intereses determinados y en las peculiares circunstancias exteriores… El gobierno es, por tanto, una sabiduría particular y no la providencia universal; y el fin en la relación con otros Estados y el principio para determinar la justicia de la guerra y los tratados no es un pensamiento universal (filantrópico), sino el bienestar efectivamente afectado o amenazado en su particularidad determinada”[18].
No estamos obligados, sin duda, a asumir el punto de vista hegeliano como criterio de autoridad; pero sí lo estamos, qua filósofos, a pensar el reto que nos ha lanzado. Desde un mundo como el nuestro, que ha renunciado felizmente a la trascendencia, y en que no cuestionamos de forma suficiente la soberanía de los estados, la guerra no puede ser pensada como ilegítima; puede pensarse como indeseable, pero no como ilegítima. La ilegitimidad sólo sería pensable desde un estado universal, (o, al menos, desde una idea de derecho universal transcendente) en cuyo escenario la guerra entre estados particulares sería una guerra civil, y tan ilegítima como en el derecho particular de un estado. Ese estado universal, lejano e indeseable, deja el “derecho universal transcendente” como única esperanza. Ahora bien, ni la filosofía contemporánea, confesionalmente autoreferencial e inmanentista, ni los procesos reales de construcción de la Federación (valgan los ejemplos de la ONU o la UE), parecen favorables a esa sumisión del Estado a un orden político internacional que, asumiendo la legitimidad del monopolio del uso de la fuerza, diera un paso a la paz perpetua. Decimos “un paso”, pues en ese Orden Internacional, como en el estado actual, el ejercicio del poder no excluye la violencia.

7. La deriva humanitarista.
Argumentada la tesis de que el pacifismo político no es intrínseco al humanismo moderno ilustrado, se trata ahora de valorar si el nuevo pacifismo se corresponde con el humanitarismo, forma de conciencia ética de nuestro tiempo que brota entre las piedras del antihumanismo teórico y práctico. Para situar la reflexión, permítanme relatar una experiencia reciente, cuando reflexionaba en una clase de Filosofía Política sobre la crisis del proyecto humanista. Intentaba hacer comprender a mis alumnos que el proyecto sartreano de un “humanismo sin esencia” fue el último intento para salvar lo insalvable del naufragio, el último gesto de resistencia antes de que el antihumanismo se instalara en el palacio de invierno de la filosofía. Y trataba de explicarles que la imposibilidad de pensar el proyecto humanista una vez se abandonaba la ontología de la esencia simplemente anunciaba la imposibilidad de una consciencia empírica humanista en las nuevas condiciones de vida que impone el capitalismo contemporáneo. Entre preguntas y matizaciones recurrí a una imagen, que se me ocurrió espontáneamente, y que a pesar de su tosquedad sirvió al menos para ordenar el escenario de reflexión. Vine a decir: “La moral humanista puede representarse por la figura de las Brigadas Internacionales; la ética humanitarista por la del telemaratón solidario”.
No ignoro la componente retórica de la imagen, pero debidamente matizada la sigo considerando propedéuticamente adecuada para situar el problema y estratégicamente útil para reflexionarlo. Las dos figuras de la imagen sirven para escenificar la tensión entre dos formas de consciencia que pugnan por la primacía práctica. El gesto del militante de las Brigadas Internacionales ejemplifica bien la moral humanista, ilustrada, kantiana, del deber con uno mismo y con los demás, con la propia excelencia, con la del prójimo y con la de los otros (distantes en la diferencia); responde a una nítida consciencia de compromiso con una idea del ser humano, de su libertad, igualdad e independencia. Se trata de un gesto que incluye la consciencia de que el deber moral es una forma de autodeterminarse (la única humana) y una forma de existir (la única digna): y por ello justifica que se ponga en riesgo la propia vida por una idea y, sobre todo, que uno esté dispuesto a matar por ella. La moral del brigadista implica una idea de autoconstrucción del sí mismo comprometida con los otros; implica la certeza de que el acceso a la humanidad se juega en una amplia, compleja, ilimitada partida en la que sólo hay victorias y derrotas colectivas, universales, en las que no cabe la salvación personal. Por eso la paz perpetua sólo es pensable en un mundo articulado en federación universal de estados; por eso el internacionalismo era un principio estratégico esencial del socialismo, cuya existencia sólo podía ser pensada en su forma universalizada.
El gesto, por el contrario, del participante en el telemaratón solidario (como el de quien ejerce la solidaridad consumiendo en tiendas de “comercio justo” o mediante el consumo de Coca-Cola, un céntimo de solidaridad por cada unidad, un céntimo de alivio del dolor del otro mientras se disfrutan unos minutos de placer, ¿quién da mas?), sea enviando algún dinero a una cuenta corriente, sea, si se es famoso, enviando una corbata, un bastón o cualquier atavío personal subastable, responde sin duda a otra conciencia del compromiso con las ideas y con los hombres, consigo mismo y con los otros. Se trata de una nueva consciencia que, se explicite o no, presupone a los seres humanos como individuos sin deberes, ni para consigo mismo ni para con los otros (y mucho menos, lo veremos, para con la patria o con la humanidad); sin deberes con la propia excelencia ni con la de los demás. Se trata de una representación de la vida humana sin destino que cumplir ni esencia que realizar, sin compromiso con las personas o con las ideas, más allá de los libremente asumidos en los pactos mercantiles, sin cuyo respeto se quebraría el sistema productivo. Se trata, por tanto, de una representación de lo social en la que se interpreta el gesto solidario como una donación gratuita, ocasional, espontánea, que no está motivada por una regla moral, y mucho menos por el reconocimiento del derecho de los otros a vivir dignamente, sino por un sentimiento de amor (sinónimo de compasión, piedad, misericordia) que, ya se sabe, se tiene o no se tiene, pero no puede exigirse; un sentimiento que se alaba, que la nueva consciencia ética elogia y estimula, pero sin prescribirlo como deber, sin exigirlo; un sentimiento cuya posesión puede considerarse incluso gratificante, por lo cual vale la pena cuidarlo y evitar la sequía del alma, pero cuya ausencia no implica mala consciencia, remordimiento, culpa. Se trata, en fin, de una nueva consciencia ética emancipadora, liberadora de los últimos fantasmas de la sumisión y el resentimiento.
Yo creo que estos dos modelos, el del brigadista y el del telemarathoniano, están en el fondo del debate actual sobre la crisis del humanismo, uno en ocaso y otro en ascenso. Los textos de G. Lipovetsky describen ese proceso de nuestra cultura hacia una ética sin deber y sin dolor, dos rostros de la misma figura[19]. Y dentro de su descripción incluye como componente de la nueva ética precisamente “la escalada del pacificación”. Entiende que los sentimientos pacifistas van de la mano de la creciente individualización, del retraimiento del individuo, de su ruptura con la comunidad y de su indiferencia por los otros. Así dirá que “es la inversión de la relación inmemorial del hombre con la comunidad lo que funcionará como el agente por excelencia de pacificación de los comportamientos. En cuanto la prioridad del conjunto social se diluye en provecho de los intereses y las voluntades de las partes individuales, los códigos sociales que ligaban a los hombres a las solidaridades de grupo ya no pueden subsistir: cada vez más independiente en relación a las sujeciones colectivas, el individuo ya no reconoce como deber sagrado la venganza de sangre…”[20].
Entendemos que la ruptura con la comunidad intrínseca al proceso de individualización y personalización se traduzca en una indiferencia esencial ante los otros. Esto se manifiesta, según Lipovetsky, en la quiebra de los códigos de honor, que para nosotros tiene interés en tanto que plantea un rasgo que nos parece esencial de la nueva consciencia ética, a saber, la neta superioridad del valor de la vida sobre el de la dignidad: “La vida se convierte en valor supremo, se debilita la obligación de no perder la dignidad”[21]. La vida digna es un ideal que sólo tiene sentido en el seno de consciencias comunitarias y fuertemente republicanas, y que no excluye el conflicto ni la guerra; la personalización implica un distanciamiento de la preocupación por la dignidad, sustituida por una sublimación de la dimensión hedonista de la existencia, de la cual la paz deviene el contexto necesario. Puede haber vida digna tanto en la paz como en la guerra, pero los valores del consumo requieren de la paz. Por eso nos parece acertada la descripción que hace Lipovetsky de la nueva individualidad avocada al rechazo de todo deber, todo dolor y toda inquietud: “cada vez más absortos en preocupaciones privadas, los individuos se pacifican no por ética sino por hiper-absorción individualista: en sociedades que impulsan el bienestar y la realización personal, los individuos están más deseosos de encontrarse consigo mismos, de auscultarse, de relajarse en viajes, música, deportes, espectáculos, antes que enfrentarse físicamente. La repulsión profunda, general, de nuestros contemporáneos por las conductas violentas es función de esa diseminación hedonista e informacional del cuerpo social realizada por el reino del automóvil, de los mass media, del ocio”[22]. Por tanto, Lipovetsky viene a derivar el pacifismo de la consciencia personalista y hedonista que impone la sociedad de consumo; y no cae en la tentación de interpretar la consciencia pacifista contemporánea como efecto de sentimientos de amor hacia el otro, sino como efectos secundarios del narcisismo y de la absoluta indiferencia hacia los demás: “Esa es la paradoja de la relación interpersonal en la sociedad narcisista: cada vez menos interés y atención hacia el otro y, al mismo tiempo, un mayor deseo de comunicar, de no ser agresivo, de comprender al otro. Deseo de convivencia psi e indiferencia a los otros se desarrollan a la vez, ¿cómo en esas condiciones no iba a disminuir la violencia?”[23].
Ese contexto de desplazamiento hacia una ética sin deber ni dolor, que en el límite incluye la indiferencia hacia los otros, aunque Lipovetsky la denomine “un nuevo humanismo” que culmina y supera el humanismo clásico ilustrado[24], a nuestro entender es un síntoma más de la liquidación del humanismo y el surgimiento del humanitarismo como nueva consciencia ética. Una ética que, aunque de entrada pudiera resultar paradójico, excluye la moral; es una ética sin moral, o de moral mínima. No voy aquí a entrar en los esfuerzos actuales para distinguir la ética de la moral, en el sentido de circunscribir sus respectivos campos a los problemas relacionados con las dos siguientes preguntas kantianas: “¿Qué debo hacer?” y “¿Qué me es dado esperar?”. La primera referiría a la moral, como disciplina inevitablemente trascendental, y apuntaría a esa “vida buena” como ideal a seguir, al que sacrificarnos en espera de la beatitudo o, simplemente, porque sí, porque seguir el deber es lo esencialmente humano; la segunda referiría a la ética, como reflexión sobre la salvación, que en los tiempos actuales, desteologizados, sería una salvación en este mundo, es decir, una “buena vida” como plenitud de sentimientos y satisfacción de necesidades o deseo[25].
No nos meteremos, pues, en esta problemática filosófica. Pero sí queremos enfatizar que la aparición de la misma, del esfuerzo por conceptualizar la ética y la moral como territorios del saber diferenciados, discontinuos, revela ella misma, como síntoma, el desplazamiento de la consciencia del humanismo hacia el humanitarismo, al que nos estamos refiriendo. Y es en ese contexto, en ese desplazamiento de la moral a la ética (o de una ética con moral a otra sin ella, o de una ética moralizante a una ética estétizante), en el que debemos situar la aparición del pacifismo apolítico contemporáneo. Pacifismo que no se estructura en movimientos, en estrategias y en objetivos, sino que se expresa como figura relevante de esa forma de conciencia humanitaria, que rechaza toda violencia y todo mal físico, que se aparece como gestos de compasión o caridad, que no exige su desaparición sino sólo su ausencia. Conciencia superficial, sin duda, pues no hace tanto tiempo que asistimos al simulacro de guerra de las Malvinas, que hinchó de celo patriótico a los británicos; no está tan lejos la barbarie de Sarajevo, cuando toda Europa clamaba por una intervención bélica que diera fin a la violencia genocida de las armas serbias y croatas. Y, como hemos dicho, ahí está Irak, con una guerra que sólo esporádicamente logra convulsiones estériles y dispersas; y ahí sigue la OTAN, con la que convivimos en paz y sin amor.
Este pacifismo humanitario, solidario, compasivo, narcisista, merece más atención de la que hasta ahora le ha prestado la filosofía. Comprender su “lógica borrosa”, su esencia dispersa y contingente, su complicidad con las ausencias, en fin, su función política bajo su expresión estetizante, su juego en el dominio y la seducción en la sociedad de consumo, nos parece que es hoy una forma de practicar la pasión -¿el deber?- filosófica de pensar nuestro presente.

Barcelona, Septiembre de 2008.

* Este artículo es publicado con autorización del autor.
José Manuel Bermudo Ávila, Doctor en Filosofía y docente de filosofía política en la Universidad de Barcelona. Ha publicado obras sobre Marx, Engels, Vico, Hume, Rousseau, Diderot y el pensamiento ilustrado en general. Cabe destacar entre sus obras las siguientes: Eficacia y justicia (1992), Maquiavelo, consejero de príncipes (1996). Sus actuales líneas de investigación versan en torno a la crisis de la racionalidad práctica, el pluralismo, los derechos humanos y el derecho a la ciudadanía.

[1] Gandhi es un caso excepcional.
[2] Publicado vez en el Journal of European Nuclear Disarmement, nº 19 (1986): 21 ss., y antes en Mientras tanto, 22 (1986) 43-48. Recogido en M. Sacristán, Pacifismo, ecología y política alternativa. Barcelona, Icaria, 1987, 169-175 (Citamos sobre esta edición)
[3] Ibid., 171.
[4] Y el PSUC, indiferenciado a los efectos que tratamos.
[5] Ibid., 171
[6] Ibid., 173.
[7] Ver también, en el mismo texto, su artículo “Los partidos marxistas y el movimiento por la paz” (Ibid., 179-184).
[8] G. Bueno, “Síndrome de Pacifismo Fundamentalista”, en El Catoblepas. Revista crítica del presente, 14 (abril 2003): 2-18.
[9] Ibid., 2.
[10] Ibid., 6.
[11] Ibid., 7.
[12] J-J. Rousseau, Du contrat social. Libro I, cap. iv.
[13] I. Kant, Lo bello y lo sublime y La paz perpetua. Madrid, Espasa Calpe, 1984, 89.
[14] Pasemos por alto la distinción kantiana entre republicanismo y democracia, que aquí no es relevante.
[15] Hegel, Principios de Filosofía del derecho, $ 333.
[16] Ibid.,, $ 334.
[17] Ibid., $ 345.
[18] Ibid., $ 337.
[19] G. Lipovetsky, La era del vacío. Barcelona, Anagrama. 1986; El crepúsculo del deber. Barcelona, Anagrama, 1994.
[20] G. Lipovetsky, La era del vacío. Ed. cit., 193.
[21] Ibid., 193.
[22] Ibid., 199.
[23] Ibid., 200.
[24] Hemos abordado la crítica de esta tesis en J.M. Bermudo, Asaltos a la razón política. Barcelona, Ed. del Serbal, 2005. Cap. XIII: “Del humanismo al humanitarismo”, 487-524.
[25] Remito al diálogo que sorbe el tema mantienen André Comte-Sponville y J-L. Ferry en su libro conjunto La sagesse des Modernes París, Ed. Robert Laffont, 1998. Ver la 2ª Parte, especialmente el Capítulo 4º, 257- 346.