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Para una evaluación de la justicia en "Desarrollo como libertad" de Amartya Sen


Paul Gamarra Yáñez *

Para una evaluación de las acciones tomadas por una institución sea esta la que fuere, pero especialmente para evaluar las acciones del gobierno de un estado, es preciso considerar el nivel de información con el que se cuenta. La evaluación es de alguna manera un registro de los efectos, de los logros, de los impactos, etc. Pero siempre se parte de una base de información que permite precisamente determinar su objeto con las notas que indiquen el nivel alcanzado por tal o cual política. Si esta base de información adolece de agudeza en la fijación de sus parámetros, si por esta base de información limitada, nos hallamos en la posibilidad de cometer más acciones injustas que justas, entonces es un deber, un acto responsable, pensar en esa base de información – lo que nos lleva a considerar críticamente algunos de los sistemas de evaluación de la gestión, aquellos que Amartya Sen considera en el tercer capítulo de “Development as Freedom”[1].

El Profesor Sen es reconocido por haber introducido el concepto de Capacidades a la hora de evaluar las políticas sociales o públicas, y en general, para evaluar el desarrollo de un pueblo. Pero, en el señalado capítulo presenta dicho concepto en la trama crítica que le suscita el Utilitarismo, la sociedad del Bienestar, Rawls y el libertarismo. De modo que nosotros seguiremos la ruta que su pensamiento traza en dicho capítulo, describiendo el drama que las teorías adversas ocasionan.

En primer lugar, el utilitarismo. Diremos que para evaluar las acciones tanto individuales como institucionales los utilitaristas recurren como base de información sólo a las utilidades, de modo que el patrón de evaluación sería algo así: tanto más exitosa la acción cuanto más utilidades pueda generar. Que las utilidades se midan monetariamente es un asunto secundario, pues se trata de lo que uno, el utilitarista, considera como útil.

Sin embargo, existe como una coordenada común para los utilitaristas, esta es el placer, de modo que lo útil es lo que genera placer. Diremos entonces, que por este carácter individual del utilitarismo, que tiene su antecedente en Bentham, el carácter normativo del utilitarismo se recoge en la experiencia mental del placer de cada quien. Cada quien da la norma sobre lo útil.

Siendo lo útil por otro lado, aquello que se espera tener por el placer que pueda causar, ya no es precisamente lo útil el criterio normativo para hacer la evaluación, sino el deseo, pero no el deseo en abstracto, sino el deseo y la búsqueda de satisfacción de ese deseo por parte de esa persona particular.

Y finalmente, al utilitarismo no le interesa la distribución real de la utilidad, porque eso seria remitirse a cada una de las personas sobre quien habría que hacer un cálculo para ser justamente tratada. El utilitarismo se eleva por encima de los plurales deseos, aunque parte de cada uno de esos deseos - he ahí su carácter individual - sin embargo, renuncia a esa individualidad porque en la medida en que el criterio no es la persona sino la utilidad, será la utilidad del todo y no de la parte la que lo motiva. En ese sentido, al utilitarista le es indiferente si hay inequidad o desigualdad a la hora de repartir los bienes logrados, las utilidades, pues desde la medida de la realización del deseo del conjunto desaparece el individuo.

La visión de la sociedad por parte del utilitarista es la de ver en la sociedad un cuerpo. Un cuerpo donde cada parte realiza una función pero el bien logrado es para el todo y no para la parte, así por ejemplo el escribir es algo que tiene que ver más con mi cerebro y mis manos que con mis pies, pero gracias a esto mis pies estarán en mejores condiciones que si no tuviera las manos y el cerebro. Vemos en ello algo de la cooperación solidaria de las partes entre si. Sin embargo, de acuerdo al pensamiento utilitario la parte deja de ser importante por el todo precisamente. Si una parte tiene que ser sacrificada por el bien del resto, el pensamiento utilitario no dudará en buscar lo mejor para el todo; en ese sentido el todo absorbe la utilidad individual, y los individuos son diluidos si el todo lo amerita. Cómo puede renunciar el utilitario a su individualidad, y a su utilidad individual por el beneficio del todo. Ello se debe a que los utilitaristas tienen como principio la realización del deseo individual no quedando claro a qué denominan lo que da placer.

En definitiva el utilitarista a la hora de evaluar las acciones procederá del siguiente modo.
Primero: juzgará las decisiones tomadas en función de las consecuencias, del logro de utilidad alcanzado. De este modo, si ya habíamos mencionado que le es indiferente la idea de una justicia universal que se expresara en la distribución equitativa, ahora queda más claro que al utilitarista no le interesa que lo que consideró importante hoy deje de serlo mañana, pues lo que importa es el buen resultado, la utilidad de la decisión. Y finalmente, y como continuación de lo anterior, al utilitarista no le interesa el que algunos principios normativos dejen de serlo. Por ejemplo, el utilitarista sacrificaría la libertad si ella es un impedimento para el logro de la felicidad de la mayoría, del todo, sin importar tal persona en particular- y la libertad de tal persona en particular. El utilitarista podríamos concluir, no hace el bien- si el bien es algo que siempre habría que hacer- , sino lo que le conviene.

En segundo lugar, la evaluación realizada por el utilitarista siempre tomará en cuenta lo que es el caso, es decir, el ámbito en el cual se tomó la decisión y medirá las utilidades logradas en tal circunstancia. La focalización de la evaluación es coherente con el espíritu de indiferencia respecto de principios universales. Se trata de una consideración moral que se guía no por principios morales, sino por lo que es el caso, respecto de las buenas consecuencias para lo que es el caso y la utilidad que puede reportar. No hay unas buenas consecuencias esperadas por sí. Las buenas consecuencias son las consideradas de acuerdo a la idea de placer y de satisfacción de placer que lleva consigo esta idea. Y que varían de persona a persona, y de grupo humano a grupo humano. Como de tiempo en tiempo también.

Sen destaca el hecho que el enfoque basado en el bienestar halla en este aspecto del utilitarismo una de sus raíces, pues si bien el enfoque consecuencialista del utilitarismo nos lleva a actuar y elegir de acuerdo a la consecuencia esperada, es por tener a la utilidad como consecuencia esperada que el utilitarismo ha ido construyendo la sociedad del bienestar, y esta será realmente de bienestar si otorga al hombre la utilidad esperada.

Y finalmente, el enfoque utilitarista suma los resultados – utilidades – de las acciones de las diferentes personas sin pensar en su futura distribución.

Así, tenemos como regla general del utilitarismo: “Juzgar cada elección en función de la suma total de las utilidades generadas por esa decisión” De modo que, una sociedad será injusta cuando “sus miembros considerados en su conjunto[2] son significativamente menos felices de lo que podrían ser (o pueden realizar menos sus deseos)”

Pero ¿cómo medir la felicidad?, y ¿cómo medirla sin hacer comparaciones interpersonales? Este es, a juicio de Sen, el principal punto frágil del enfoque utilitarista. No existe un método científico que nos ayude a discriminar propiamente quien es más feliz que otro, o quién ha satisfecho más que otro sus deseos. Como el criterio es finalmente personal, es imposible tomar distancia del plano individual y juzgar desde un criterio “superior”. ¿Cómo afirmar que son infelices los miembros de la familia que ríe fuera del supermercado mientras comen los restos que vienen del restaurante, y son observados por una familia que no ha ido a pasear sino que realiza la rutina aburrida de siempre de salir a comer? Y es que para Sen, como los utilitaristas han sometido el criterio más importante al dominio del puro individuo, el del placer, resulta imposible hallar un criterio que nos ayude a definir la felicidad, el placer, y más aún la felicidad o el placer de la mayoría.

Sen, con ello, señala como una de las principales debilidades del enfoque utilitarista el que los utilitaristas no habrían visto que los seres humanos no tienen claro el ámbito de sus propias valoraciones, es más cuanto mayor sea la pobreza que vivan, tanto más oscuro será el camino que conduzca a una valoración siempre verdadera y adecuada de su felicidad. Por el contrario, “Las personas desvalidas tienden a aceptar sus privaciones debido a su mera necesidad de sobrevivir, por lo que pueden carecer del coraje necesario para exigir un cambio radical e incluso… pueden adaptar sus deseos y sus expectativas a lo que consideran factible”. Sen cree que “Nuestros deseos y capacidades para experimentar placer se adaptan a las circunstancias”.

En segundo lugar cuestiona Sen el hecho que los utilitaristas sean indiferentes a la distribución, pues al contar sólo la suma total de las utilidades se puede cometer injusticia con los que no han recibido el equivalente que les corresponde por el logro total de la utilidad, mientras otros pocos se queden con la mayor parte de las mismas utilidades, que se supone son el fruto del esfuerzo conjunto.

Y una de las críticas más duras que se les puede hacer a los utilitaristas es que éstos al pensar sólo en las consecuencias útiles de las elecciones individuales permiten que cosas tan importantes como los derechos fundamentales de las personas queden relegados a la consideración de su valoración si y sólo sí tal valoración social de los mismos reporte alguna utilidad para el todo. En otras palabras, si la riqueza esta asegurada a costa de renunciar a nuestra libertad, un utilitarista no lo pensaría dos veces en considerar esta como la mejor decisión.

No obstante la crítica, Sen reconoce en el utilitarismo dos virtudes:
En principio: “La importancia de tener en cuenta los resultados de las instituciones sociales a la hora de juzgarlas.” Y “La necesidad de prestar atención al bienestar de las personas afectadas cuando se juzgan las instituciones sociales y sus resultados”.

Estos criterios con los que valora el enfoque utilitarista le sirven a Sen de plataforma para realizar la crítica del enfoque libertario de Nozik.

Nozik se ubica dentro de los pensadores conocidos como libertarios, o que extremaron los postulados liberales pues reclama la prioridad absoluta de derechos. (Incluidos los derechos de propiedad)… “estos derechos deben respetarse no importando los resultados, por muy horribles que sean estos.”

Una de las razones para pensar así es por ejemplo el valor que para el desarrollo ha tenido la propiedad privada. “Se dice que la propiedad privada ha demostrado ser, en lo que ha resultados se refiere, un poderoso motor de expansión económica y de prosperidad general.”

Este punto de vista en el otro extremo del pensamiento utilitarista es también sometido a crítica por Sen. Y la crítica se puede hacer desde lo valioso del enfoque utilitarista: “el uso ilimitado de la propiedad privada – sin restricciones e impuestos – puede contribuir a consolidar la pobreza y a dificultar la existencia de ayuda social para los que se quedan rezagados por razones que escapan a su control (incapacidad, edad, enfermedad, desgracias económicas y sociales.)” De modo que como hemos visto en el pensamiento utilitarista, es necesario mantener la idea de evaluar las elecciones pensando en las consecuencias buenas o malas de las mismas, no teniendo por bueno precisamente lo placentero para mí.

O como dirá Sen “Necesitamos una base de información de la justicia más amplia, no se puede estar de acuerdo en aceptar las simples reglas de procedimiento independientemente de sus consecuencias.[3]

Quien habría construido un punto medio entre estos extremos, el utilitarismo y el libertarismo- que en realidad surge como respuesta la teoría de la Justicia de Rawls, y la cuestiona por ser insuficientemente liberal- es justamente John Rawls.

Rawls también se mantiene en el discurso basado en principios, se conoce su posición como la de un nuevo contractualismo liberal, enmarcándose con ello en los esfuerzos de quienes imaginaron a la sociedad como fruto de un pacto social. En este caso Rawls considera que el principio absoluto tendría que ser la libertad, la libertad tendría la prioridad de principio. Para él, no es la libertad un derecho que surja como mejor en relación con los otros porque la libertad junto con algunos otros derechos tiene prioridad absoluta.

Lo que origina el debate con Sen es que para Rawls, esta prioridad de principio de la libertad no se subordina frente a las necesidades económicas. Ya antes que Sen Herbert Hart había realizado la siguiente pregunta y que cita Sen para señalar su punto discordante con Rawls: ¿Por qué van a ser menos importantes las necesidades económicas vitales, que pueden ser cuestiones de vida o muerte, que las libertades personales?[4]
Rawls en cambio considera que la libertad es un principio que debería respetarse y considerarse en el mismo nivel en que se consideran los otros criterios que sirven para medir las posibilidades personales tales como la renta y las utilidades.

Pero Sen cuestiona esta defensa principista y los derechos y las libertades individuales. De lo que se trata no es tanto de la defensa del principio por el principio, que de hecho tiene que respetarse en una sociedad democrática e igualitaria, sino de lo que se trata es saber si el tener tales beneficios a aumentado la ventaja personal del individuo. Definitivamente, el utilitarismo condicionaría la presencia de tales principios a la de su utilidad, no es el caso de Sen.

La importancia del respeto de tales derechos individuales por parte de los ciudadanos como por parte del estado, está en relación también con el conjunto de intereses que se hallan en juego en una comunidad. Estos intereses son de importancia pues la prosecución de los mismos pone en acto las libertades individuales, de modo que el ir contra la libertad de otro sería sencillamente el ir contra el “procedimiento” que se debe respetar, tal como Rawls quisiera, para asegurar el desarrollo del individuo.

Sin embargo, Sen quiere hacer hincapié en un aspecto diferencial que varía de individuo a individuo, y que al parecer Rawls no habría considerado. De tener libertad todos por igual, y de respetarse este principio a priori, de modo que todos pueden elegir por igual, en el fondo, no todos pueden elegir por igual. Aunque todos puedan elegir, no todos pueden elegir lo mismo, de modo que en ello hallamos una limitación de la libertad individual a pesar de invocar el respeto de la libertad individual. En los términos de Sen: tener la misma función de demanda – igualdad para elegir – no es lo mismo que tener el mismo nivel de utilidad, o “el hecho que coincidan las elecciones no significa necesariamente que coincidan las utilidades”. Observemos esto en el ejemplo ya clásico de Sen. Si dos personas tienen la misma función de demanda, y pueden elegir por ejemplo comer arroz, es preciso notar que el estar enferma una de ellas, condiciona sustantivamente su elección, de modo que aunque una y otra coman dos kilos de arroz, por estar con una enfermedad parasitaria una de ellas, la utilidad de la posibilidad de elegir varía, de modo que no podríamos que son igualmente libres, si antes no se ha resuelto el problema de salud de una de ellas.

Las enfermedades no son las únicas variables que hacen diferentes a las personas a la hora de elegir, pues de hecho habría que contar con por ejemplo, la diferencia de sexo, de edad, el nivel educativo, etc. Sen ha identificado estas variables y las ha agrupado del siguiente modo:
i. Heterogeneidad personal
ii. Diversidad relacionada con el medio ambiente
iii. Diferencias de clima social (sistema de enseñanza publica, presencia o ausencia de delincuencia, violencia, clima social, el “capital social”)
iv. Diferencias entre las perspectivas relacionales (diferencia entre sociedades, mas que entre personas)
v. Distribución dentro de la familia.

Ya para terminar con esta presentación es preciso señalar la alternativa que presenta Sen para la evaluación de las decisiones y evitar el utilitarismo que podría llevarnos a conculcar los derechos fundamentales de las personas, como evitar el defender estos derechos sin ser capaces de medir las consecuencias y logros reales de las decisiones tomadas.

Se podría decir, que partir de la consideración de ciertos “bienes primarios”, tal como Rawls quería, aseguraría que las personas consiguieran sus fines, siendo ellas mismas las responsables de lo que eligieron cuando pudieron elegir. Así, no resultaría justo por ejemplo labores de solidaridad con aquellos que no fueron sensatos a la hora de ejercer su libertad. Cada quien sería responsable de lo que eligió, y tendría que asumir las consecuencias de sus opciones libres. Pero, no podemos medir a todos por igual, pues esta en cuestión el que todos hallan tenido las mismas condiciones para hacer sus elecciones.

Es por ello que Sen, en lugar de partir de un sujeto abstracto, como parecería el de Rawls, y así caer en el formalismo del que parece padecer, opta por lo que llama vida real de los individuos, de la libertad en las condiciones reales de su ejercicio. En ese sentido Sen considera que la libertad no es un fin en sí mismo, porque eso es precisamente lo que conduce a una consideración formal de la libertad. La libertad humana es sin duda un fin, uno de los fines más nobles a los que los seres humanos aspiramos, pero, es también, según Sen, un medio. Un medio que genere a su vez las condiciones para un mejor ejercicio de la propia libertad. Sin un ejercicio real de la libertad, que supone condiciones concretas como educación y salud por ejemplo, la libertad que tienen, como para elegir sus autoridades, quedaría por tanto en el plano de la mera abstracción.

Así, teniendo en cuenta el respeto formal a las libertades individuales, a los derechos fundamentales de las personas, las oportunidades sociales, las rentas, la riqueza y las condiciones sociales por las que uno es reconocido en la sociedad como persona, habría que tener en cuenta también aquellas características personales relevantes que hacen que la persona sea capaz de convertir esos “bienes primarios” en la “capacidad” para alcanzar sus fines.

Para entender lo que Sen denota con el concepto de “capacidad”, es preciso considerar que el concepto de hombre que maneja en un aspecto es de Aristóteles, que afirma que el hombre es un ser que tiene una determinada “función”. Así, por ejemplo, la función de pensar. Sen amplia el concepto de función para las diversas cosas que una persona puede hacer o ser. Así, una persona tiene la función de comer o ser arquitecto, pues, podría ambas cosas, si tuviese tales funciones obviamente.
Para el ejercicio de su libertad, para el logro de su desarrollo y de la justicia por tanto, las funciones mas valiosas serán las que van de poder alimentarse bien, poder evitar enfermedades – es decir, aquellas que tienen que ver con la vida y el sostenimiento de la vida – hasta participar en la vida pública de su comunidad.
De este modo, la “capacidad” – que no es sino la combinación de las diversas funciones humanas – es un tipo de libertad, la libertad para poder conseguir las funciones esperadas o queridas por la persona. La capacidad es la libertad que tiene la persona para elegir su propio estilo de vida. Y es sobre estos logros sobre los que se tendrían que hacer las evaluaciones para juzgar las decisiones tomadas. Como si el patrón para evaluar una conducta individual o institucional fuera este: ¿tal decisión ha permitido a la persona tal realizar el estilo de vida esperado o querido por ella? ¿Posibilita la misma decisión el futuro ejercicio de libertad de la persona? O, tal decisión, es el resultado del ejercicio que ha hecho la persona de su propia libertad? Con esto Sen nos permite evaluar críticamente, por ejemplo, a las autoridades públicas, especialmente a aquellas que construyen y desarrollan políticas públicas a espaldas de las verdaderas necesidades de las personas, como también parece darnos la clave para una verdadera inclusión de las personas en la construcción de su desarrollo: la “participación” en la definición de su destino común, por un real ejercicio de sus libertades.
*Este artículo es publicado con autorización del autor.

Bibliografía
Iguiñiz Echeverría, Javier; “Desarrollo, libertad y liberación : en Amartya Sen y Gustavo Gutierrez” Lima, PUCP, 2003.Nussbaum, Martha Craven, “La calidad de vida” Mexico, D.F., Fondo de Cultura Economica, 1996
Sen, Amartya Kumar; “Desarrollo y libertad”, Buenos Aires, Planeta, 2000.
Sen, Amartya ed.; Utilitarianism and beyond, Cambridge, Cambridge University Press, 1999
Sen, Amartya Kumar; “Nuevo exámen de la desigualdad”, Madrid, Alianza Editorial, 1995
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Notas
[1] Y de donde proceden todas las citas que aparecen en el presente texto.
[2] El subrayado es mío.
[3] No podemos dejar de notar en esta frase una posible crítica al modelo económico que brota del consenso de Washington y es conocido como modelo económico neoliberal que pretendió dejar a las solas fuerzas del mercado la resolución del problema mundial de la pobreza, de modo que el procedimiento quedara intacto, libre de interferencias, por ejemplo, estatales.
[4] La respuesta que da Sen a esta interrogante la hallamos en su “Liberalismo Político”

GLOBALIZACIÓN Y SOCIEDAD CIVIL


Paul Gamarra Yáñez

Un tema pendiente en la agenda del presente gobierno debería ser el fortalecimiento de la democracia a través de la gestión de la sociedad civil. El presente texto es un acercamiento a la naturaleza de la sociedad civil, su función y posibilidades en el marco de las oportunidades y los riesgos que ofrece la globalización.

Globalización

La globalización es, en primer lugar, una circunstancia nueva y decisiva para la humanidad, como lo fue el salto de la época preindustrial a otra industrial. Su definición, por lo tanto, es problemática. Sin embargo, puede concordarse en que el signo distintivo de la globalización es la nueva estructuración económica del mundo.
Ya el avance científico y técnico había llevado al hombre a experimentar un temblor en las estructuras de su mundo. La revolución industrial deparó, para decirlo brevemente, el inicio de un mundo de ricos y desempleados. Pero a fines del siglo XX, y por el empuje de la tecnología comunicacional, podemos decir que arribamos a un nuevo estado de cosas. Podría llamarse era post-industrial.
El auge de la tecnología comunicacional redefinió casi por completo el escenario para el hombre de estos tiempos. Un solo mundo, una sola realidad. Sin embargo, no llegó a ser un solo destino, pues el desarrollo de las comunicaciones globalizó también la economía, que hasta ahora ha significado la postergación del desarrollo de las economías de los países y regiones más pobres del mundo.
Por otro lado, no sólo se ha globalizado la economía, también lo ha hecho políticamente el “fin de las ideologías” o el “fin de la historia”. Salvo el caso de China y de algunos países de oriente, donde la historia parece seguir su propio curso en general, desde la Perestroika y la caída del muro de Berlín el mundo occidental está en manos de tecnócratas antes que en las de los ideólogos, quienes interpretan la realidad bajo un ideal de sociedad. La ideología ha sido absorbida por el discurso economicista.
Como consecuencia de lo anterior, podemos decir que el hombre está desapareciendo cada vez más como hacedor de su propio destino. Si en la visión homérica el hombre está sometido al hado divino y no puede ir contra su destino como ocurre con Edipo, el hombre contemporáneo parece más sometido a las constantes del mercado. Se trataría del totalitarismo ya no de una ideología, sino de la “mano invisible”.
Sin embargo, los especialistas concuerdan en que la realidad económica global actual no es fruto de la naturaleza, sino, por el contrario, de decisiones tomadas por hombres que dirigen a países más ricos o instituciones importantes como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y la Organización Mundial de Comercio, ante situaciones de riesgo que experimentan en sus respectivas economías, fruto también de la globalización o apertura de los mercados.
Como algunos no creen que esto se deba a una “mano invisible”, se llevan adelante campañas contra estos pocos que deciden por todos. Surgen así los movimientos antiglobalización, que se han manifestado no siempre pacíficamente.
El problema entonces es el siguiente: ¿Hay marcha atrás respecto de la globalización? Y si no la hay, ¿podemos hacer de la globalización un mecanismo que favorezca a los hombres? ¿Es posible hablar todavía desde el hombre y para él en este nuevo contexto?
La globalización, al parecer, es una circunstancia inevitable. Las perillas movidas en el ámbito de la tecnología, especialmente el mundo de las comunicaciones, desencadenaron un proceso irreversible. Para bien o para mal, en el mundo se derrumbaron para siempre las barreras espacio-temporales.
En segundo lugar, la globalización debe ser una oportunidad para todos los hombres. Nos ha tocado vivir el inicio de una nueva era en que la apertura de los mercados supone la posibilidad de desarrollo de los pueblos. Asimismo, el acceso a los medios de comunicación democratiza el acceso al conocimiento y desarrollo humanos. En ese sentido, los Estados más poderosos son más concientes de la necesidad de ser solidarios con los necesitados, en virtud de que el desarrollo de sus economías no es un hecho aislado.
La defensa de los derechos humanos no es asunto que involucre sólo a un grupo o colectivo social, sino que gracias a los medios es un tema universal. En la llamada “sociedad de la información”, la posibilidad de que sean más respetados los derechos fundamentales del ser humano es mayor que en la pasada “sociedad industrial”.
Pero aún falta mucho por hacer. Y es más: la globalización comporta riesgos importantes, como el aparente descontrol del flujo de capitales y su efecto político y social por parte de los gobiernos, sobre todo de los Estados de economías débiles. Esto se aúna al impulso privatizador que socava la idea de nación. La globalización, pues, uniformiza virtualmente el mundo, pero el efecto económico de ello pasa de ser virtual a real. La economía es cada vez más desterritorializante.
Lo que no marcha bien en la globalización es el proceso que considera al hombre una pieza más. Se habla de la globalización como un proceso ciego contra el cual nadie puede hacer nada. Es más, el hombre desaparecerá y sólo quedarán los procesos. En ese sentido, la Iglesia, “maestra en humanidad” nos recuerda algunos puntos muy importantes, los cuales servirán para reflexionar sobre la oportunidad que ofrece la globalización.

Papel de la Iglesia

En principio, la persona es un ser social por creación de Dios. Es importante destacar esto, pues el hombre no es social por naturaleza, ya que entonces sólo veríamos en las sociedades humanas un reflejo de “sociedades” animales; ni tampoco la sociedad es una creación del hombre como quieren los teóricos modernos del “pacto social”, ya que así como un día crea la sociedad sobre una imagen suya, otro día la desaparecerá, pues la imagen que tiene de sí se ha vuelto borrosa.
Podemos leer en el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia: “La naturaleza del hombre se manifiesta, en efecto, como naturaleza de un ser que responde a sus propias necesidades sobre la base de una subjetividad relacional, es decir, como un ser libre y responsable, que reconoce la necesidad de integrarse y colaborar con sus semejantes, y que es capaz de comunión con ellos en el orden del conocimiento y del amor”.[1]
La globalización no es algo de temer, es un momento ocasionado por los hombres en virtud de su propio ser social. Y por los hombres para la mejor vida de los hombres. De ahí que es responsabilidad de éstos entender su naturaleza y saber qué hacer en tal contexto para su bien y el de su comunidad: “Es por amor al bien propio y al de los demás que el hombre se une en grupos estables, que tienen como fin la consecución de un bien común”.[2]
Si afirmamos que la globalización corresponde a un acto humano para lograr una mejor convivencia, es preciso destacar que hay otras asociaciones mas naturales: “Algunas sociedades, como la familia, la comunidad civil y la comunidad religiosa corresponden más inmediatamente a la íntima naturaleza del hombre, otras proceden más bien de la libre voluntad”.[3] Si la globalización implica riesgos, y no supone una inmediata ni equitativa distribución de la riqueza, y peor aún, si está suponiendo por el contrario un aumento de riqueza y oportunidades en desmedro de los más débiles, parece corresponder a estas sociedades un rol importante en la consecución de justicia. La persona humana es el fin supremo de la sociedad, y a su bienestar tienden y deben tender las organizaciones o estructuras sociales: “La extensión de la globalización debe estar acompañada de una toma de conciencia más madura, por parte de las organizaciones de la sociedad civil, de las nuevas tareas a las que están llamadas a nivel mundial.
Gracias también a una acción decidida por parte de estas organizaciones, será posible colocar el actual proceso de crecimiento de la economía y de las finanzas a escala planetaria en un horizonte que garantice un efectivo respeto de los derechos del hombre y de los pueblos, además de una justa distribución de los recursos dentro de cada país, y entre los diversos países.”[4]
Bajo estos presupuestos, y en el contexto descrito, creo necesario destacar en este texto la naturaleza y función de la sociedad civil.

Sociedad civil

En primer lugar, a modo de definición, será preciso hacer una pequeña historia del concepto[5]: En Aristóteles, lo que era “comunidad política” no se distinguía de “sociedad civil”: se trataba de la entidad política en la cual el ciudadano libre era parte del gobierno de la polis. Los modernos (Hobbes y Kant, por ejemplo) entenderán la sociedad civil como el Estado, aquel al cual se accede tras el pacto social. Así, como en el caso especial de Hobbes, la sociedad civil, guiada por normas y bajo el amparo del Estado, es contraria del estado natural en el cual el “hombre es lobo del hombre”.
Fue Hegel quien por primera vez distingue Estado, sociedad civil y familia. Pero en su caso, la sociedad civil todavía no se distinguía del mercado. Podemos decir que quizás para Hegel esto era así porque en su tiempo los procesos económicos todavía no se habían independizado socialmente.
Sin embargo, el concepto de “sociedad civil” en uso de la Filosofía Política contemporánea procede de Tocqueville: “Se llama ‘sociedad civil’ al conjunto de instituciones cívicas y asociaciones voluntarias que median entre los individuos y el Estado. Se trata de organizaciones que se configuran en torno a prácticas de interacción y debate relacionadas con la participación política ciudadana, la investigación, el trabajo y la fe; constituyen por tanto espacios de actuación claramente diferenciados respecto del aparato estatal y del mercado. Las universidades, los colegios profesionales, las organizaciones no gubernamentales, las comunidades religiosas… Son instituciones de la sociedad civil”[6].
Pero si bien ésta no se confunde con la comunidad política, adquiriendo así un espacio político diferenciado del Estado como de los partidos políticos, también es cierto que esta última está llamada a fomentar la existencia de la sociedad civil e inclusive, bajo el principio de subsidiaridad, a desarrollar políticas públicas que impliquen la participación ciudadana vía las instituciones de la propia sociedad civil: “La comunidad política se constituye para servir a la sociedad civil, de la cual deriva”[7]. O dicho de otra manera: “El Estado debe aportar un marco jurídico adecuado para el libre ejercicio de las actividades de los sujetos sociales y estar preparado a intervenir, cuando sea necesario y respetando el principio de subsidiaridad”.[8]
De esta manera, por iniciativa estatal la sociedad civil legitimaría con su actividad la acción del poder central, más aún, la democracia alcanzaría un mejor nivel de aceptación y participación, lo cual conllevaría a la posibilidad de hacer real la ansiada justicia social: “Las actividades de la sociedad civil -sobre todo de voluntariado y cooperación en el ámbito privado-social, sintéticamente definido “tercer sector”, para distinguirlo de los ámbitos del Estado y del mercado– constituyen las modalidades más adecuadas para desarrollar la dimensión social de la persona, que en tales actividades puede encontrar espacio para su plena manifestación. La progresiva expansión de las iniciativas sociales fuera de la esfera estatal crea nuevos espacios para la presencia activas y para la acción directa de los ciudadanos, integrando las funciones desarrolladas por el Estado”.[9]
En una democracia como la nuestra resulta por lo demás muy difícil hallar un estrato como la sociedad civil desarrollándose de acuerdo a su función social. Se puede decir que apareció propiamente en los medios de comunicación cuando los movimientos contrarios al régimen fujimorista pretendían canalizar el hartazgo popular de las estrategias manipuladoras que fueron evidentes hacia finales de la década de 1990. Pero también adquirieron poder pues supieron capitalizar el descontento popular con medidas económicas infructuosas, situación económica agravada por la recesión que empezó en 1997 y la crisis asiática de entonces.
Para entonces surgió el debate de a quiénes representaban los miembros de la misma. Se cuestionó que algunos ciudadanos reivindicaran ciertos derechos conculcados en nombre de los ciudadanos; colectivos sociales e instituciones fueron cuestionados porque aparentemente nadie los había elegido. Pero como bien lo mencionó Gamio Gehri en el artículo ya citado, la sociedad civil no responde a la lógica de los partidos. O como se manifiesta en el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia: “La cooperación, incluso en sus formas menos estructuradas, se delinea como una de las respuestas más fuertes a la lógica del conflicto y la competencia sin límites que hoy aparece como predominante”.[10]
Es decir, cuando un ciudadano se halla inconforme respecto de una decisión política y su sentir es compartido por otros, o cuando por el contrario percibe como provechosa determinada política pública, pero necesita de la cooperación de otros ciudadanos, entonces estos, organizados, cooperando unos con otros, no deben esperar a que la comunidad política reoriente sus decisiones como por arte de magia o sea quien los reúna para fines sociales. Las instituciones de la sociedad civil no deben esperar a convertirse en partidos políticos para llevar adelante cambios sociales, es su deber organizar campañas sociales que impliquen la reflexión de la comunidad política. Por ello decimos que la sociedad civil es el puente que vincula al ciudadano con el Estado. Y realiza esa labor generando medios de comunicación alternativos, recogiendo la opinión ciudadana, generando presión pública en orden a nuevas y mejores políticas sociales, promocionando políticas sociales ya existentes, desarrollando talleres educativos que fortalezcan la conciencia ciudadana a fin de modificar conductas sociales contrarias al logro del Bien Común.
En otras palabras, podemos decir que su función en concreto supone la reivindicación de los derechos humanos, el control del poder político y de la gestión de políticas públicas, todo ello afirmado en el diálogo, la cooperación y la solidaridad.
Si en el país nuestra democracia adolece de falta de representatividad, es porque, por un lado, los propios partidos políticos no practican la democracia interna, pero, fundamentalmente, porque la sociedad civil prácticamente no existe.[11] Los canales de participación ciudadana son escasos y provienen de políticas públicas con gestión económica cuestionable.
De este modo, el Estado no ha podido hacer mucho en materia de gestión de la sociedad civil. La consecuencia política la vivimos en el actual proceso electoral: muchos “partidos políticos” y escaso nivel de representación. Tal y como van las cosas el próximo congreso podría ser más de lo mismo: una “clase política” ajena al pueblo, ignorante de sus preocupaciones y necesidades. Y, por otro lado, un pueblo indiferente al deterioro cada vez más palpable de la democracia.
Nos parece que en la mejora de la calidad del gasto público, sin olvidar la “austeridad” que proyecta el gobierno, debería contemplarse el subsidio de la sociedad civil, que no significa repartir dinero, sino promover imaginativamente y desde el ejecutivo o legislativo, la emergencia de asociaciones civiles que organizada y responsablemente implique la crítica al ejercicio de la autoridad y la participación en las decisiones públicas.
No hay democracia si no hay diálogo. Y es preciso que cada uno de los ciudadanos y el mismo Estado cooperen en la construcción del “otro” civil necesario para el desarrollo. La definición de la agenda para el desarrollo debería darse en el diálogo con este “otro”, así como la construcción de la propia identidad -tan importante en el contexto global que vivimos-, que sería el soporte de una política económica verdaderamente nacional. El nacionalismo no se desarrolla de arriba hacia abajo, sino desde las comunidades hacia la dirección del poder. Sólo en semejante diálogo entre comunidad política y sociedad civil, será posible una real transparencia y recuperación de la confianza en las instituciones, como credibilidad respecto del manejo económico de la cosa pública.
Será función del Estado entonces asegurar una mayor participación ciudadana, promoviendo la inversión, cambiando las reglas de juego que permitan crear empresas como cooperativas de desarrollo donde, por ejemplo, las comunidades o sociedades civiles participen de fondos concursables. Esto es, reorientar las políticas públicas de modo que impliquen de suyo la construcción de canales de participación ciudadana.
Pero como no todo puede estar en manos del Estado, es este el momento para que las instituciones existentes de la sociedad civil se incorporen a la acción política recuperando su función social.
En este sentido, es preciso reflexionar sobre el rol de la Universidad en el marco global. En principio tendría que ser una institución ligada estructuralmente al plan de desarrollo regional o local, lo que lleva entonces a que dicho plan sea elaborado por la sociedad civil en diálogo con la autoridad, desde la Universidad. No es la Universidad precisamente la que deba capacitar al trabajador. La reconversión de la mano de obra es tarea del Estado como de la empresa, pero debería de existir un proyecto universitario que signifique para el trabajador oportunidades de actualización técnica y científica. La Universidad debe formar especialmente personas capaces de pensar y elaborar juicios, que puedan manejarse en la sociedad con una visión de conjunto. Personas sobre todo aptas para construir el bien común en un mundo global y globalizante.



[1] Cf. “Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia”, 149.
[2] Ibíd. 150.
[3] Ibíd. 151.
[4] Ibíd. 366
[5] Para lo que sigue Cf. GAMIO GEHRI, Gonzalo “Qué es la Sociedad Civil”, en La Cuestión Social. Año 13. n. 1, (enero-marzo) de 2005, Págs. 45-51
[6] Ibíd. Pág. 46
[7] Compendio. 417.
[8] Ibíd. 418.
[9] Ibíd. 419.
[10] Ibíd. 420.
[11] Recientemente el cobro por parte de Ivcher de una importante suma por indemnización y la ausencia de reacción social frente a ello demuestra la no existencia de la sociedad civil; lo que es más grave, demuestra que todo el tiempo y dinero invertidos en la Comisión de la Verdad parece haberse perdido, o fue un movimiento manipulado por la izquierda peruana para recuperar posiciones y nada tuvo que ver la sociedad civil en ello.