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Eritis sicut dii

Una narrativa cristiana frente a la modernidad como proyecto inacabado

Víctor Samuel Rivera
Universidad Nacional Federico Villarreal

Aperturas

Primera apertura. Un viejo cultivador del saber, rodeado de sus instrumentos de investigación, recibe la dulce esperanza de la dicha de las promesas del Demonio. Un conocido relato cultural cristiano del carácter arriesgado de las promesas cuando éstas no tienen un fundamento fiable. Estamos ante el Fausto de Goethe. “Sapere aude!”, parece indicar el Demonio, cuyas promesas en el universo cultural aún cristiano del siglo XVIII involucran una atmósfera que rodea la idea de libertad, de una libertad peculiar, sin embargo[1]: Es una libertad cuya definición consiste en saltar el límite que circunda lo posible. En una narrativa cristiana es la voluntad de desobedecer a Dios. En efecto, como es fácil notar, en la imaginación cristiana la libertad está cercada, tiene límites, y hay un más allá desconocido al que estamos impedidos. Dentro del ámbito donde Dios reina, el hombre es feliz. Pero un ansia de conocer lo impele a emanciparse del Cielo al que toma, antes que por un límite, por una limitación. El temor al límite se transforma en rebeldía contra éste. Y es así que, ante la sugestiva tentación de Satanás, el Fausto de Goethe descubre el prístino concepto de la autonomía de Kant. Hacia la época de la Gran Revolución, Kant había definido el ámbito de la ética como el horizonte de la autonomía, esto es, del acontecer del hombre como la huella de su voluntad. Allí donde esa huella no era posible, estaríamos ante un mal que, a ojos del filósofo ilustrado, aparecía como más terrible incluso que el mal moral, a saber, la libertad humana definida en sus condiciones respecto de otro, que Kant tomaba por el otro de una relación de dominación. La condición humana finita parece requerir de un Señor, esto es, de un límite. El propio Kant lo admite[2]. Éste puede ser la naturaleza, un Dios, tal vez, lo santo, la historia, la herencia cultural. Sapere aude era el lema kantiano, sin embargo: Sé autónomo. ¡Tienes la ciencia de tu parte!

¿Por qué la felicidad habría de tener límites? ¿No es posible acaso para el hombre sobrepasar y trazar límites nuevos? El límite es, en condiciones ordinarias, la ontología del acontecer. Se manifiesta en el no de la experiencia. Pero –pregunta el ilustrado-, ¿no puede acaso el hombre diseñar su frontera? ¿Por qué no negar los “no”? Es posible, pues ha acontecido. La entera filosofía de la modernidad es su atrevimiento; el despliegue de la técnica y la democratización del mundo, desde el siglo XVIII hasta hoy, es su realidad[3]. ¿No es mejor aún carecer de límites? “Eritis sicut dii”, susurra entonces a Fausto el Demonio, el Diablo, Satanás, la Serpiente antigua[4]. El Fausto fue redactado en medio del contexto de asumir culturalmente, a partir de las narrativas cristianas, ideas recientes de la Ilustración. Ser autónomo frente a obedecer, a Dios, a la historia, a las exigencias éticas de los compromisos sociales y, con ello, una reflexión sobre sus riesgos, sobre su alcance y su sentido. La modernidad política era joven aún, y las atrocidades de la revolución universal se debatían entre la adhesión militante ante el mundo viejo que se desmoronaba y un nuevo orden de libertad que aparecía lleno de significado ante los ojos del filósofo lector del provocador y entonces fresco Rousseau, fuera éste Kant[5] o Fausto, que es aquí su figura. Pero eso fue en los albores de la comprensión ilustrada de la ética moderna. Todo lo porvenir parecía para entonces ofrecer una sanción moral a la empresa del Demonio. Si el dios del cristianismo era el que caracterizaban los teólogos, bueno y misericordioso, debía compadecerse del sabio que quería ser libre.

Segunda apertura. El hielo del Ártico está desapareciendo y este año, por primera vez en los últimos 125 mil años, es posible circunnavegarlo sin obstáculo alguno. Huracanes interminables y asesinos son asoladoras experiencias cotidianas para los habitantes del Caribe. La Bolsa de Nueva York se está desplomando. Los bancos del mundo tardomoderno quiebran uno tras otro en el ámbito marcado de las democracias, esto es, en Estados Unidos y Europa: La banca del mundo político liberal, el mismo mundo de las leyes del mercado y la libre competencia, va camino a ser propiedad del Estado intervencionista. Mientras tanto, Venezuela está llevando a cabo maniobras militares con bombarderos nucleares rusos en el Caribe, en el contexto de la expansión militar rusa en el Cáucaso y el hecho de que los veedores de derechos humanos y el embajador de Norteamérica han sido expulsados ruidosamente de Caracas. Irak lleva ya más de un lustro ocupado por fuerzas militares extranjeras en afán de expandir allí los “derechos humanos”, un millón de cadáveres tras de la empresa. Las Bolsas de los Estados canallas, en Caracas o la Teocracia del Irán aparecen imbatibles frente a la crisis. “Signa tempora”, diría Gianni Vattimo. El sueño tan recientemente feliz de una aldea global o un pensamiento políticamente único sin conflictos parece desvanecerse. El planeta va en vías de su extinción. Éste es nuestra experiencia del saldo de las promesas incumplidas de la modernidad y la tentación que Fausto sufriera.

El evento de la caída de la Bolsa de Nueva York y sus secuelas es parte de un horizonte más vasto de la experiencia de las consecuencias de la modernidad. Las consecuencias en el sentido del acontecer histórico dentro de una narrativa más general que, en los últimos años, y a través de sociólogos como Albercht Wellmer o Anthony Giddens, o filósofos como Jürgen Habermas o Richard Rorty, sugería lo que podemos llamar la necesidad de perpetuación de un triunfo, la huella normativa (esto es, permanente y obligatoria) de lo que se llamaba hace una década con entusiasmo “el pensamiento único”. El argumento central, para el que podemos citar al liberal español Carlos Thiebaut, era (y es) que las creencias morales que sostienen la modernidad son irrenunciables[6]. Pero he aquí que la urgencia de la solicitud se estrella contra el evento. Lo que acontece es incompatible con el sentido de la verdad de ese relato “normativo” de adhesiones irrenunciables. ¿No se trata acaso de un motivo intrínseco para una actitud filosófica de alerta? Hablamos de “vigilancia” en el sentido de Gadamer, esto es, de observación cuidadosa respecto de las consecuencias de nuestras creencias tal y como las estamos experimentando[7]. Desde la filosofía hermenéutica, la lectura de la actualidad hace necesario reflexionar sobre las razones que hacen irrenunciables las creencias que llevan a la existencia humana a la ruina.

Podríamos citar más ejemplos de prensa internacional reciente, de las últimas seis semanas, de un fenómeno manifiesto, con el que vamos a orientar esta reflexión. El centro referencial es la libertad, la ciencia y el relato cristiano de la expiación y el pecado. Hay una crisis planetaria, pero no es una crisis del planeta. Es la Ilustración y el mundo tecnológico en el que Fausto alcanzaba su autonomía los que están en crisis. Una crisis que es a la vez política, económica, militar y ecológica, pero más profundamente ética, en el sentido de una crisis de la opción más originaria de la comprensión del mundo respecto de la libertad y la ciencia en el contexto de una narrativa de creencias irrenunciables, pero que la realidad nos arroja como a la mosca que se adentra en los límites de la botella. Es la experiencia de la contradicción, del pesar de unos conceptos que han dibujado el perfil y son la huella de la definición moderna del mundo. Contradicción de conceptos apolíticos y emocionales con los que los publicistas nos aburren, el neoliberalismo, el progreso indefinido, la aldea global, el pensamiento único, la democracia y los derechos humanos. No debe escapar que, aunque algunos conceptos puedan ser menos desagradables que otros, todos forman de un entramado metafísico, la red conceptual que hace posible pensar al hombre en el desafío del límite e incluso, en su extremo, en el triunfo sobre el límite. La caída de la Bolsa de Nueva York parece apenas la crisis del “neoliberalismo”, pero es en realidad también la crisis del liberalismo político, y su crisis es también la crisis del orden hermenéutico imperante, que cobija tanto a uno como al otro. No son formalmente lo mismo[8], pero atienden a una herencia hermenéutica común, pregnada del pathos revolucionario y centrada en el ideal moral de la libertad individual. Es frecuente divorciar la racionalidad práctica del conocimiento científico, pero la crisis de la economía no es un problema científico, es un problema de racionalidad práctica, vinculado por tanto con la cuestión más vasta de los criterios de justicia, la convivencia y el reconocimiento. Es un lugar común que su punto de partida es la antropología metafísica de una praxis fundada en una epistemología de la subjetividad[9] y –por ende- un sentido fáustico del individuo, un individuo libre (de –por ejemplo- invertir su dinero, enriquecerse y, por cierto, quebrar) cercado por los márgenes de sus derechos inalienables.

Estamos ante la crisis de una fiesta, la fiesta de la utopía ilustrada. Aún es frecuente encontrar ebrios de verdades a sus convidados, los que en algún sentido son los pobladores centrales de sus promesas. Haremos, en adelante, sobre la base de la apertura cristiana de una narrativa del saber y la libertad, y de una hermenéutica de los hechos presentes que dan fe de las consecuencias catastróficas del mundo moderno, lo que Gianni Vattimo llama una “ontología de la actualidad”[10], esto es, un ensayo de sociología filosófica desde las coordenadas de la hermenéutica como koiné de nuestro tiempo[11]. En la sombra del evento, mientras tanto, un ser enroscado y sibilino parece indicar, señalando la autonomía, “Sapere aude!”. Lleva el globo del mundo como promesa, tiene como horizonte ilimitado la libertad pero, ¡ah, cómo se estrellan las palabras de la Serpiente! No podemos más con una narrativa que nos constriña a resignarnos con lo inevitable en calidad de obligación, entre otras cosas, porque las consecuencias pragmáticas del evento son también, antes que su negación, la experiencia de su repudio. La autonomía nos quiere hacer obedecer. Sapere aude! nos susurran aún extraviados los modernos.



El melón de Descartes

En el Fausto hay expresada una precomprensión cristiana del carácter paradójico y temible de las promesas de la modernidad. En el siglo XVIII la historia era una advertencia de que si todo parecía salir mal, no había que ser tan pesimistas, que el problema de cualquier inconveniente no era a la larga tan grave, pues las promesas de la Ilustración y su ideal de autonomía podían interpretarse como la gesta de un proyecto por hacer, de un trabajo incompleto, de un “proyecto inacabado”, como se recuerda en fórmula de Jürgen Habermas. Al inicio del proyecto Descartes se preguntó seriamente si la empresa no quebraba ciertos límites luego de los cuales, en un sentido razonable, podemos decir que andaríamos fuera de nuestro dominio. No del dominio del Señor, sino del nuestro. Era la experiencia de libertad frente al límite, que se presenta como temor. En una narrativa cristiana estos límites se describen como llamados de Dios a rechazar el pecado. Renato Descartes soñó en 1619, mientras creía descubrir lo que consideraba la clave de las ciencias, que alguien se le acercaba para darle en la mano un melón, una fruta exótica traída del Perú[12], una fruta prohibida que llegaba a sus manos[13]. Ego dabo tibi claves[14], parecía alguien decirle. Se ha hecho notar ya que tener un melón en una mano, en la sociedad cristiano imperial tardía cuyo fin tocó a Descartes entrever, significaba manifiestamente el orbe, el globo del mundo, un símbolo del poder, en particular del poder político que tenían los emperadores del Sacro Imperio Romano Germánico y que recaía en adelante en la responsabilidad moral del sabio. El melón era el poder de las claves secretas de la ciencia; la ciencia, el pensamiento prístino de un relato para la autonomía[15]. Era un símbolo teológico que un desconocido similar al que traficaba con Fausto travestía en el orbe de los reyes[16]. La noche de este sueño Descartes rezó incansablemente para ser preservado de la tentación y, al final, sintió el consuelo del Espíritu Santo. “Sapere aude!” debe haber pensado. El proyecto de un mundo cuyos límites no fueran los heredados por la ciencia gestada en el cristianismo era entonces comenzado, sus promesas eran jóvenes, el melón presentaba intacto su dulce carácter de cosa extraña, nueva y apetecible.

Es sabido que la filosofía ha contribuido de diversas maneras a gestar el mundo que nos ocupa con la tendencia a comprenderse como un acontecimiento festivo, como la preparación y la apoteosis de un estado general de satisfacción a través de la riqueza y la libertad. La autonomía era pues el camino dichoso hacia una fiesta. Para un lector del siglo XVII esa fiesta era la fiesta del Padre, el Reino de los Cielos, el retorno al límite que se había vulnerado con la desobediencia del hijo pródigo. Era el banquete del Reino. Es así como aparece, por ejemplo, en la Nueva Atlántida de Francis Bacon, lectura apreciada por Descartes, en el que el Reino Celestial se había trastocado en una república de iguales regida por la tecnología. No hay nada de sorprendente que su modelo de habitante hubiera sido precisamente el ciudadano fáustico[17]. Los relatos modernos de la modernidad, desde la Ilustración hasta hoy, aclaran que este aporte de la filosofía sólo es posible en el acontecer del bienestar, esto es, cuando la ciencia comienza a poder ser interpretada, no sólo como una utopía, sino como la lectura esperanzada de consecuencias sociales apreciables. No es sólo un sueño. Es una realidad que se muestra en consecuencias, que a su vez la orientan. Los sueños de Descartes y Bacon son posteriores en tres cuartos de siglo al calendario de Copérnico.

La filosofía moderna respecto de la racionalidad práctica en particular (pensamos en Adam Smith, John Stuart Mill o Augusto Comte) lleva en su trasfondo un conjunto de prácticas exitosas relativas a las condiciones de la vida humana, es la traducción de eventos auténticos de transformación del mundo por la ciencia. En este sentido, se hacen el discurso cumplido del Bacon que escribe en El Progreso del Conocimiento o el Descartes de la parte final del Discurso del Método, éste último la exaltación a convertirnos en “maîtres et possesseurs de la nature”[18]. La modernidad tal y como nosotros la conocemos, o como Mill o Comte lo hicieron, es la experiencia de la fiesta que el progreso del bienestar y la riqueza significaban, pues eran la expresión de que las promesas de la autonomía iban paralelas a una hermenéutica del reino del hombre. Fausto conoció también esta fiesta. Va de la mano con nociones optimistas, excesivamente optimistas respecto de la esencia de la libertad humana. Son optimistas en la medida en que contrarían e invierten el significado cristiano del pecado, la desobediencia y, por ende, el sentido del límite del hombre. En un origen estas ideas, que pueden ubicarse en la filosofía de Rousseau, significan la negación hermenéutica del pecado, esto es, la emancipación del sabio y el asalto que éste se licencia –por su bondad- de hacer con los límites, que deviene así un acto de bondad radical[19]. Significa que el hombre es intrínsecamente bueno, esto es, que los límites que trace están garantizados porque su libertad es buena. En esto Rousseau traducía la máxima del libertinismo político de fines del siglo XVIII, la ideología que pronto el hombre bueno convertiría en la justificación de la ruptura de todos los límites de la vida humana, la Gran Revolución[20]. Esta visión rousseauniana narrativizaba cualquier asalto como parte de la fiesta, incluso como un acontecer de la fiesta misma. Este optimismo intemporal se suelda pronto con una historia laica de la salvación humana, con un relato ilustrado de la construcción del Reino de los Cielos, pronto la República de la Tierra. Esto es relativo a una idea matriz en relación con el concepto del tiempo histórico que nos hace suponer que las cosas van siempre para bien, que siempre lo que hay por delante es mejor, que lo que podemos esperar para el futuro es aseguradamente mejor que lo que ahora nos es accesible[21]. El futuro aparece pletórico de esperanzas. Hay un escrito de Kant al respecto, que nos asegura que la historia que describe la Gran Revolución es en realidad una “historia a priori”, esto es, que conocemos por la anticipación de su futuro[22]. Pero esto está lejos de ser una idea solitaria de Kant, pues entonces sería sólo una idea del siglo XVIII. Es parte del lenguaje común, de la political correctness considerar esta concepción como vigente y es en realidad de la elaboración y la incorporación social de esta historia a priori que surge el discurso del proyecto inacabado. Estamos ante un concepto matriz del pensamiento político y el discurso ético que ha habido que tomar por “correctos” desde el final de la Guerra Fría. Lo recuerda siempre en los estantes gestados hacia el fin de la Guerra Fría Stephen Holmes[23]. Por desgracia para los partidarios de la corrección política, no todo lo correcto es razonable. Lo correcto, en general, está siendo acometido por el evento.

De un lado, el carácter irrenunciable e inevitable de las instituciones, prácticas y creencias de la Ilustración, de otro, su solidaridad con una sociedad condenada a un bienestar perpetuo, a un crecimiento de la riqueza y la prosperidad. La democracia y los derechos humanos son, en narrativas simplificadas y apuradas, compactados en un relato conjunto de construcción humana del paraíso en la Tierra. ¡Cómo no se le preguntó antes a la Tierra misma! Habermas, hace tan sólo unos lustros, solía responder a los objetores del pensamiento de la fiesta que la modernidad no había terminado, sino que era un “proyecto inconcluso”, un “proyecto inacabado”, esto es, que si había males que vienen de la mano con la modernidad, como la bomba atómica o la desigualdad económica, era necesario recordar que estos males eran pasajeros, eventualidades menores en un relato más largo de pequeños impasses[24]. Como adecuadamente respondieron en su tiempo Jean-François Lyotard y Gianni Vattimo[25], este argumento reposa siempre en el horizonte dado por cierto, por evidente, de que podemos “atestiguar”, por decirlo con lenguaje de Paul Ricoeur, que atravesamos la experiencia epocal de una historia festiva cuyo final nosotros mismos entrevemos siempre como mejor y nunca como peor. El lema que resume esto es como sigue: La modernidad es irrenunciable, debemos, pues, pensar sobre su éxito, incluso si el acontecer nos sugiere sospechar de su fracaso.

Habermas está lejos de ser un solitario en insistir en el carácter irrenunciable de los conceptos éticos modernos como herencia de la Ilustración[26]. Sólo por citar un ejemplo de un origen diferente en el cuadro conceptual de los filósofos contemporáneos, acudamos a Charles Taylor. Taylor es un conocido filósofo hermeneuta canadiense, rival por tanto en la teoría de la concepción ilustrada y metafísica de Habermas. Es famoso sin embargo porque planteó el mismo asunto hace unos años con la idea de que se trata de un “malestar”, de una incomodidad. Su libro, que en su primera versión se llamaba “El malestar de la modernidad” es conocido por su título posterior, “La ética de la autenticidad”[27]. Este malestar sería debido, fundamentalmente, a que hay una resistencia cultural y social a comprender adecuadamente el contenido normativo de la cultura moderna. Podemos imaginarnos a conservadores empedernidos o radicales de izquierda que tienen dificultades para entender de una manera positiva las exigencias éticas de la modernidad. Pero, por esto mismo, hay que suponer que el proyecto no estaría entonces aún lo suficientemente cumplido y acabado, entre otras razones, por el ruido social de los descontentos, incapaces de comprender lo que les espera si se hacen más colaboradores. El malestar de la modernidad sería, bien una suerte de neurosis de los desadaptados, de los pobres que no gozan como quisieran del bienestar de la civilización tecnológica, o un problema de los hombres religiosos, preferentemente unos fanáticos, obtusos y fundamentalistas, parte de la agenda moderna de los obstáculos culturales de desencuentro social de la historia a priori.

Habermas, Taylor o Thiebaut nos piden paciencia si las cosas van mal. Preguntamos ahora: ¿No encontramos una y otra vez la idea del trabajo pendiente de una modernidad cuyas promesas aún no se han realizado, pero que ya se realizarían después algún día? ¿No es lo mismo dicho en Taylor que en Habermas? En realidad esta concepción de resolver los reclamos de los disconformes postergándolos hasta el momento en que se hallen conformes con la realidad es un género de pensamiento apologético que podemos llamar –para seguir en la narración bíblica- “contención de la tragedia”. Los contenedores de la tragedia son la figura invertida del contenedor del Anticristo bíblico, citado en la II Carta de San Pablo a los Tesalonicenses, versículo 6. Se trata de un texto apocalíptico de San Pablo en que la figura del contenedor es como el adelanto del triunfo final frente al desaliento de los progresos del Maldito[28]. No nos extrañe ver aquí la versión secular (y por ende, invertida) de la narrativa cristiana del pecado y la Salvación[29]. Por alguna razón extraordinaria, que es del orden del evento, nunca en toda la última centuria la filosofía política ha sido más popular que desde la década de 1990, esto es, desde la caída del muro de Berlín. ¿Y a qué se ha dedicado la corriente principal del pensamiento político de este periodo? Podemos adivinarlo. Casi sin contendores, ha estado obsesionada esta literatura con la defensa del proyecto inacabado, en un tono general de repudio por cualquier cosa adversa, la idea de posmodernidad por ejemplo, en una reafirmación maniática del carácter irrenunciable de lo que Thiebaut llama –en el libro citado- el “programa normativo de la Ilustración”[30]. Los contenedores de la tragedia impelen, dichosos, a la fiesta: Tratan de amortiguar en el pensamiento el impacto a la vez moral y social del evento que les es adverso y hace implausible su relato. Pero he aquí que algunos, atentos al evento, comenzamos a ver la fiesta que celebra el acontecer triunfal de la autonomía y su “proyecto inacabado” como el interponerse obtuso de un mensaje que está en directa contradicción con lo que podemos aceptar como la realidad que se nos aparece, y que –sea permitido el juego de palabras- no aparece como una mera apariencia. Eso nos es más claro en la medida en que el evento se impone de la mano, no de la sospecha del filósofo, sino de la violencia efectual liberal misma, que termina, así, aliada con el evento que desea contener.

En un relato cristiano del evento de la catástrofe del mundo, el devenir inhabitable de la Tierra, desde la raíz de la historia a priori se desata una extraordinaria política policíaca, de sometimiento de la disidencia política como una experiencia militar. Hay que recordar las invasiones humanitarias de las democracias en Yugoslavia, el Emirato de Afganistán o el Irak[31]. Desde el punto de vista narrativo, son la realización de la contención invertida del Anticristo. Esta violencia que es de las consecuencias de lo liberal, de la autonomía puesta en obra y experimentada históricamente. Pero, ¿a quién pertenece esa experiencia? Justamente es la experiencia de la modernidad por el otro, por el extraño, por los desadaptados y los pobres, por los religiosos que no toleran más el fundamentalismo del pensamiento único y se ven absorbidos en la apertura de lo violento. Es el otro del liberal fáustico quien padece las consecuencias del proyecto inacabado, el pensar de nuestra narrativa, pues, no puede sino ser el pensar de ese otro. Ha escrito Gianni Vattimo, por ejemplo, que cuando ocurre la aproximación al otro –agreguemos: Al carácter otro del otro, a su encaramiento- “el otro no tiene un derecho, tiene una cara”[32]. En el trasfondo conocido de la filosofía del otro de Lévinas[33] esto quiere decir: la violencia de la modernidad, que es la expresión del proyecto del libre que se autonomiza a través de la ciencia, adquiere los rasgos del que sufre, se plasma en el rostro sufriente, es plenamente su sufrimiento mismo. Para este sufrimiento del rostro la filosofía del proyecto inacabado pide calma; en su traducción metafísica el sufrimiento tiene una interpretación en la filosofía democrática y las filosofías del individuo libre y el lenguaje de los “derechos”; éstos dicen: “Aunque sufras, pobre, en este sufrimiento se afirman tus derechos, no tu rostro. Tenemos pena por ti en la medida en que tienes unos derechos. Estáte, pues, tranquilo”. No debe extrañarnos entonces que las denuncias académicas de la filosofía de la contención invertida procedan del entorno geográfico del otro mismo que sufre las consecuencias de la modernidad como experiencia histórica y política, el la filosofía de la liberación latinoamericana, por ejemplo[34]. Éste es el caso notorio en Gianni Vattimo, cuyas obras de filosofía política, en particular Nihilismo y Emancipación (2003) y Ecce Comu (2006), están condicionadas por un horizonte hermenéutico que es de la geografía del otro: el evento militar de la invasión de las democracias a Irak o la hostilidad de las mismas democracias a los regímenes alternativos del mundo[35].

El que sufre, curiosamente, es un aliado del evento. A diferencia del filósofo que lo oculta en su carácter de experiencia dramática, la víctima lo exhibe. Y aliados al evento, esto es, al mensaje que la violencia de su acontecer significa, permitimos al evento que nos diga algo. En lugar de oponerle un discurso de derechos, los pobres reclaman al evento desde las huellas del sufrimiento que llevan en su rostro, un rostro para el que no hay otro lenguaje que el acontecer del sufrimiento –digamos-, del acontecer de la amenaza como ontología de la actualidad. Un resultado de esto es recuperar las narraciones que hagan posible un discurrir armónico entre nuestras herramientas culturales y la magnitud (y el sentido) del evento, del evento catastrófico de los signa tempora que el pobre sufre y cuyo rostro el lenguaje de “derechos” no puede ni denunciar ni ocultar. Sapere aude! como mensaje de reapropiación, de anámnesis del Apocalipsis[36]. Ver el melón de Descartes desde el fin del evo de la ciencia, con horror, con el espanto que una ontología de la actualidad debía indicarnos.


Nuestros primeros padres

En la comprensión que el hombres tiene de su existencia, los periodos de crisis son especialmente relevantes como tarea del pensar, pues suscitan al pensamiento un motivo que atiende al límite para lo que es posible hacer frente. Bien lo ha notado Thomas Kuhn hace ya largo tiempo respecto de la historia de la ciencia y los cambios de paradigma en la investigación científica[37]. En situaciones normales hacer frente a los problemas de la existencia humana descansa en el trasfondo de una imagen estable del mundo, y da la impresión de que no hay que hacer frente a nada más. Aunque para Fausto y Descartes la modernidad era una crisis, lo era en el mismo sentido de la tentación bíblica: A nuestros primeros padres, literalmente, les quedaba la historia entera de la Tierra por delante, había chances por jugar, aventuras por recorrer, y la apuesta por la autonomía parecía plausible para un hombre cuya comprensión de sí mismo Rousseau revelaría sin pecado, abierta por tanto a un horizonte donde no había ya noción del límite. Hay un sentido conceptual en que el pensamiento del mundo moderno se configura desde la estabilidad, incluso teniendo su origen en una crisis. Es por esencia el mundo sin crisis. Pretende hacer la descripción de un mundo en el que no hay cambios que sean significativos en un sentido relevante. Este mundo corresponde en las narrativas modernas a una sociología sin dificultades, donde el Estado de excepción no puede ser una excepción[38]. El ilustrado nos dice: El hombre es libre, todos somos individuos esencialmente iguales, estamos concernidos sólo por nuestros derechos, que son derechos iguales; nos regala así una imagen de mundo donde nuestros derechos y nuestra dignidad hacen irrelevante nuestro entorno, sea éste el Jardín del Edén o el tercer planeta del sistema solar. Hace irrelevante la hermenéutica de nuestro entorno: Nuestro entorno no es capaz de decir nada.

Podemos preguntarnos qué hizo que el pensar de la modernidad adquiera sentido desde una imagen estable de la sociología política, esto es, del mundo donde las acciones humanas tienen significado. Regresemos a nuestro punto: El origen de la autonomía. La filosofía moderna en general se caracteriza, respecto del pensamiento de lo ético, como un proyecto de fundamentación. Una fundamentación, esto es, una estrategia racional epistemológica. Ésa es la idea del melón de Descartes: representa, junto al poder político sobre los límites, la idea del fundamento sujeto al poder del hombre, que acude a él para controlar sus consecuencias y –por lo mismo- para cancelar el pensamiento de sus resultados. Desde este ángulo la filosofía del fundamento era también una filosofía de la libertad, de la libertad respecto de los resultados de las acciones. Los filósofos políticos modernos, con acento especial en los liberales, piensan lo específicamente moderno de la racionalidad práctica en el proyecto inconcluso en la medida de la libertad que se hace plena más allá de cualquier resultado, pues el resultado es un límite. Pero el precio de esto es una racionalidad práctica que se ha hecho una sucursal de la epistemología, y ancla con ella su destino. Adquiere las características estables de su propia representación de la actividad científica. El hombre garantiza así su libertad, que aparece fundamentada, pero no es ya una libertad humana, pues hace impensable el carácter contingente y variable del acontecer, cuyo sentido se transfiere en un ideal: El no acontecer, lo que podríamos llamar el sentido inefectual de la experiencia humana. Ésta es la idea central del Heidegger, por ejemplo, de la Carta sobre el humanismo de 1946, una incomprendida denuncia del carácter inhumano del humanitarismo ilustrado, el mismo que, ante el rostro del que sufre, sólo ve sus derechos proyectados en una agenda por cumplir. Esto en Heidegger es la explicación de por qué el humanismo de los demócratas y la historia a priori de los emancipadores del género humano es en realidad la trampa de un proyecto de dominio que surge y se hace pleno en el alcance de la tecnología, a costa, justamente, del hombre[39]. La ética de la libertad ilimitada está sobrepasada en sus pretensiones por los alcances de la ciencia, cuya traducción hermenéutica es la soberanía del saber y la aplicación tecnológicos. Y todo esto no sería problema, ciertamente, si no pasara nada, si el acontecer fuera inefectual y viviéramos en la aldea global, con recursos naturales eternos y un pensamiento único. Pero acontece, justamente, que todo eso es falso.

El pensamiento inefectual es posible por la supremacía de la epistemología sobre la ética, de la teoría sobre la práctica, del ideal sobre la realidad de sus efectos. Esto es muy sugerente cuando se recuerda que la modernidad ética está transida por una obsesión epistemológica sobre lo “cierto”, la “certeza”, el dominio a través del conocimiento, que es marca del pensar de la civilización técnica moderna, en contraposición a lo incierto, lo dudoso, lo oscuro, que es propio de las actividades humanas fuera de la civilización tecnológica. Hay una marca de distinción muy poderosa entre lo claro y lo oscuro, que apela también a una concepción autosuficiente de la racionalidad metaforizada en la luz. En este sentido, la libertad está sometida a las condiciones que en general permiten el pensar de la ciencia y lo científico, y su seguridad depende de la suerte de esas condiciones en la experiencia histórica[40]. Como ya hemos anotado, la filosofía moderna tenía como punto de partida la antropología optimista rousseauniana. Muy optimista. A este respecto, la concepción liberal de la racionalidad práctica, como ética moderna, está pensada para un mundo donde no hay ni puede haber crisis, entre otras cosas, porque el hombre es bueno, y tenemos la certeza de esto que viene infundida y confirmada por el carácter fuerte de la verdad de la ciencia, de cuyo modelo nos fiamos y bajo cuyo amparo es enunciada. En este contexto, la idea del pensamiento de una crisis no tiene lugar. No existe un espacio conceptual para la crisis, el evento de la crisis no puede singularmente ser elaborado como una posibilidad fáctica. Por eso se hace más dramático cuando es el caso que hay una crisis. En una concepción liberal Fausto no tiene dilemas y Descartes no tiene por qué atormentarse por su soberbia. Desde el punto de vista de los conceptos, parte de un hecho factual: De que está presupuesto que en el mundo sociológico que describe no es posible la crisis.

Escapa por lo regular el pensamiento ilustrado relativo a la racionalidad práctica fue originalmente, hacia el siglo XVIII, signado por la utopía. Como ya hemos visto en la idea de una historia a priori kantiana, el pensamiento práctico moderno tenía sus consecuencias fiadas –sobre la base de la certeza y el fundamento- a un futuro. De alguna manera, ese futuro es su sustancia[41]. Toda la eficacia histórica del liberalismo a lo largo de los siglos revolucionarios, desde 1789 hasta la caída del muro de Berlín, apuntaba a un horizonte de idealidad proyectado en un futuro que se consideraba siempre como más o menos remoto y, por lo mismo, iba de la mano con una prospectiva de la razón, de un pensamiento adelantado en el pensamiento del tiempo, y por ello también “progresivo”, “emancipatorio”, “liberador” o “revolucionario”[42]. Las consecuencias, pues, no formaban parte, estaban desintegradas de las acciones presentes, que se veían como incorporadas a un proceso de sentido amplio y por ello –fácil es sospecharlo- siempre “inacabado”. Este razonamiento protege moralmente la acción revolucionaria de sus atrocidades, pero hace algo más espantoso: Las presenta a las víctimas como parte del costo de su salvación futura, en términos de promesas y proyectos por acabar. Hace ya tiempo hizo notar Carl Becker el carácter ideológico de la utopía moderna e ilustrada, que tenía una estrategia para despojar sus acciones de toda responsabilidad moral, que era desalojada del presente para perderse en los evos por venir del progreso[43]. Con dictamen invertido procedían los ilustrados contra los reyes, los estamentos, la Iglesia y las culturas locales, contra las razas no europeas, cuya responsabilidad recaía en el pasado, pero más todavía en el presente, del cual aparecían en una hermenéutica de la barbarie, el atraso, la irracionalidad o la imbecilidad biológica. El presente era siempre el presente de la agenda de la victoria futura, y era también la justificación del carácter ilimitado de la crueldad que merecía su combate. El problema central que manifiesta la ontología de la actualidad es el carácter inviable de esta prospectiva de la razón, dado el hecho manifiesto de que, luego de la caída del muro de Berlín, la modernidad es una realidad cumplida, a la que, fácticamente, el otro se encuentra en capacidad de exigir los términos de las promesas..

El núcleo de verdad de la ética moderna era la utopía, no la realidad factual, no el acontecer. No olvidemos uno de las más fascinantes ensayos de Kant al respecto, un alegato que se titula Reiteración de la pregunta de si el género humano se halla en constante progreso hacia lo mejor[44]. Es por esta razón que la sociología subyacente a la concepción autonómica de la racionalidad práctica no era ni puede ser problemática, pues hacía referencia a un mundo social existente sólo de manera proyectiva, en “el porvenir”. Volviendo al tema del pensamiento normal y los resultados, el pensamiento de la racionalidad práctica, asegurado por la fundamentación, sólo contaba como resultados relevantes de la acción “emancipatoria” o “ilustrada” los del fin final de la revolución, no los de su historia intermedia. Kant, en el Canon de la Crítica de la Razón Pura, caracterizaba esta sociología utópica como un ideal de la razón práctica, esto es, como una orientación teleológica, como una consideración de sentido para la actividad racional del hombre. De hecho, es así como aún la toman Taylor o Habermas cuando defienden un “proyecto inacabado” cuyas promesas, después de todo, deben ser disponibles para cumplirse en un día remoto del futuro. El problema que asoma en estos años –en estas semanas, incluso- es que nuestra percepción factual de la historia política y sus exigencias éticas derivan de una apertura de significado cuyo asiento es la inviabilidad de la sociología liberal. Su falsedad ha acontecido: Luego de la caída del muro de Berlín debíamos esperar una aldea global, o sea, un lugar idílico de comunicación e intercambio planetarios, pero no la hay; un éxito imparable de la economía de libre mercado, pero ésta ha fracasado; la sostenibilidad de nuestra existencia planetaria a través de la técnica, garante de la libertad y la autonomía, pero es un factum hermenéutico que el planeta Tierra va a su colapso. ¿No es esto consecuencia, justamente, del dominio de la técnica y la libertad como un todo? Lo que es más grave, sin duda, es que, porque el significado del proyecto aparece como falso, sabemos también que es irrealizable. Es el fin de la utopía y, con ello, el fin del fundamento de la autonomía.

Veamos sobre la óptica de lo anterior cómo aparece ahora el lenguaje festivo de la modernidad como utopía. Escribía hace pocos años uno de los más entusiastas contenedores de la mitología liberal, Albrecht Wellmer: “El proyecto de la modernidad queda íntimamente ligado a una idea universalista de libertad. Pero la libertad –agrega el contenedor- pertenece a esa clase de cosas que nunca pueden realizarse en un sentido definitivo”. No es difícil verlo concluir que “la modernidad no es, por tanto, un proyecto que alguna vez pudiera “consumarse” o “acabarse”[45]. Más adelante, aceptando la circunstancia de que bien pudiera ser que algún día (por ejemplo, hoy) llegara el “fin de la utopía” como un factum histórico Wellmer advierte que “El final de la utopía tendría que entenderse más bien como principio de una nueva autorreflexión de la modernidad” pues “se refiere a un horizonte normativo”[46]. O sea que la razón de fondo, el fundamento, ¡es que estamos obligados a los resultados! Dejemos aparte, sin embargo, la obvia autorreferencialidad conceptual entre lo “normativo” y la “utopía”, pues en un sentido que ahora debe aparecer más claramente, los contenedores razonan sobre una petición de principio, que llaman nuestra “intuición” como habitantes de sociedades democráticas. Lo “normativo” radica en obligar con una promesa. Dicho por los contenedores: ¿No significa esto pensar por apelación a la amenaza, esto es, un pensar a la vez irracional y violento, un pensar que es de los argumentos de los dominadores respecto de sus víctimas? Hasta aquí una versión del diagnóstico del terror y la irracionalidad de la Ilustración que compartimos en una línea que parte de Horkheimer y Adorno[47] y llega hasta Lyotard y Vattimo[48] y –por conocida- no merece la pena de ser ahondada. El problema aquí es la patencia, bajo el criterio del factum hermenéutico del fracaso de la utopía, del carácter efectual perverso de la continuidad del proyecto ilustrado, cosa que ocurre en el discurso de los contenedores de la tragedia, pero también en la violencia factual de las democracias contra las víctimas del pensamiento único.

Hay que diferenciar la apelación de la promesa. El que apela a la utopía da por sentado que ésta es un ideal y, por ende, que ésta parece y puede justificarse por sí misma, independientemente de las consecuencias efectuales de la apelación. Esto revela su fuente marcadamente metafísica y, por ello mismo, su violencia. La apelación es un fenómeno histórico y la utopía no y por ello es, en ese sentido, metafísica. Es el carácter metafísico de la utopía lo que les permite a los contenedores de la tragedia extender indefinidamente el alcance de los reclamos de las víctimas a pesar de la magnitud del evento que ellas mismas significan, disminuyendo la carga del factum histórico. Es así como procedió (malgré soi même) Rorty en sus últimos años[49], tratando de librar a la utopía de las cargas propias de la epistemología, en atención a que, con o sin esas cargas, igual no nos va tan mal. Vattimo mismo, mientras fue un suscriptor de las consecuencias de la Ilustración como ideal, como “normatividad”, hizo lo propio, dando por inapelables los criterios ilustrados más allá de la historia ilustrada disuelta en el fin de la historia[50]. Thiebaut –ejemplo de los razonamientos “políticamente correctos”- apela a nuestra “intuición”; a pesar de todo lo que ocurre en contrario -parece insistir este filósofo español- el proyecto nos conviene; nos conviene desde el punto de vista de la utopía. Sin duda una petición de principio a nuestra presunta “intuición como suscriptores de tradiciones democráticas” [51]. La conciencia de los victimarios, a no dudarlo, está dispuesta a cerrar los ojos ante el colapso planetario. Como sea, el criterio para administrar la hermenéutica de las víctimas, la intuición, es una amiga bastante traicionera[52]. En todo caso, parece que nunca pensó Wellmer (como sí Rorty) que el horizonte “normativo” de la Ilustración está históricamente ligado a la vigencia de la utopía, a la vigencia violenta de la utopía sobre la realidad de los rostros a los que se les solicita soñar en el futuro. Pero hay sueños que se vuelven pesadillas y prometedores que mienten. En realidad, la crisis cuyas consecuencias se dibujan en la cara del pobre es el factum de la inaceptablidad de la utopía, sino para Wellmer o Thiebaut, sí para los pobres mismos.


Reacción hermenéutica

Para concluir, habría que dedicar una pequeña reflexión al rol de la hermenéutica en el colapso de la civilización de la autonomía. Como hemos visto, la filosofía anclada en la certeza del fundamento puede resistir retóricamente, pero esto es solamente a condición de que sea posible prestar el crédito a un futuro razonablemente amable para el hombre que sufre, para el descontento, para el perseguido, para el “otro”, como se suele decir ahora en la jerga de los publicistas. Es posible, incluso, creer que los pobres pueden interiorizar la idea de que son víctimas necesarias, que un religioso islámico, por ejemplo, debía secularizarse para no ofrecer obstáculos al mundo tecnológico, que los países periféricos debían ser más permeables a las políticas de intervención militar o económica de las “democracias”, para su propio bien, y es una realidad que suele ocurrir así algunas veces[53]. Como hemos visto, cuando es el hecho hermenéutico de que va mal, el núcleo de verdad de la argumentación en base a un fundamento epistemológico puede apelar al futuro. El problema es que desde el fin de la Guerra Fría el futuro es también el presente. Y los utopistas del mundo moderno y del proyecto inacabado se vieron ante el evento de que debían afirmar que las promesas ya se estaban cumpliendo de alguna manera, pero no se cumplían como era esperable en base a la utopía. Entonces había que apelar después de todo a algún razonamiento nuevo. Éste no podía ser el carácter normativo de la agenda ilustrada, pero tampoco la dimensión utópica del mundo liberal, pues la naturaleza del horizonte hermenéutico para la recepción de esos argumentos está en directa contradicción con el evento de lo que debiera ser su apoteosis. ¿Puede la estrategia de apelar a un futuro indefinido subsistir ante los eventos catastróficos que pone delante de nosotros la ontología de la actualidad? ¿Cuánto se puede apelar a la utopía delante del Apocalipsis? Puede, tal vez, insistirse en la “normatividad” irrenunciable de la Ilustración, pero será ya sin el fundamento tomado de la epistemología y con la evidencia factual de lo contrario.

La hermenéutica es una filosofía del siglo XX cuyo origen está en Martin Heidegger y Hans-Georg Gadamer y es de alguna manera –desde estos autores- la lectura de una catástrofe del pensamiento progresivo de los ilustrados[54]. Curiosamente, aunque es lo contrario de un pensamiento gestado en una época de tranquilidad y optimismo, no emerge de la experiencia, de la eficacia histórica de la crisis presente, sino que es resultado del reconocimiento conceptual de la insolvencia de la filosofía fundacional y de la prioridad ontológica de la epistemología sobre la racionalidad práctica en condiciones normales, esto es, en el contexto de la sociología inefectual de los liberales[55]. La hermenéutica filosófica no surgió de los hechos catastróficos que atiborran los mensajes de prensa de las últimas semanas sino, más bien, por el agotamiento conceptual del entramado de razones que debió elaborarse desde la época de Descartes y Bacon hasta el siglo XIX para proyectar de manera afortunada la comprensión filosófica de la experiencia del mundo tecnológico. Esto, como acontecer histórico, es peculiarmente cierto para el periodo posterior a la caída del muro de Berlín, que es propiamente el inicio de la fiesta del proyecto inacabado tal y como éste ha venido siendo descrito por los contenedores de los últimos años. Esto quiere decir: El pensamiento de la insolvencia de la modernidad, de la modernidad como proyecto, precedió a la catástrofe de la utopía y, por lo mismo, ha demostrado su propia capacidad racional incluso a pesar de la evidencia contrafáctica ahora tan reciente del discurso de la apoteosis ilustrada (de los “derechos”, por ejemplo) sobre la experiencia histórica de las víctimas.

Volvamos a la autonomía de la ciencia, a la eliminación de sus límites. En los relatos ilustrados y posilustrados de su origen la eliminación de los límites en provecho de la autonomía fue pareja con la idea de la realización del proyecto como la interpretación de los fenómenos históricos en una epopeya única, en consonancia con una concepción largamente científica a la vez que teológica de la civilización ilustrada, como ha notado Karl Löwith. Kant la llamó la “historia a priori”. Sus víctimas fueron la tradición, toda tradición precedente, esto es, los obstáculos morales y religiosos, culturales y de otro tipo que la experiencia humana puede ofrecer ante la realidad del despliegue del saber sibilino. Para el moderno se trata de meros prejuicios heredados, de lastres del mundo de la oscuridad, de opacidades incómodas que hay que ir suprimiendo con el avance imparable del progreso. Se trata de desapegarse metódicamente de las ataduras tradicionales para que la razón pueda, justamente, ser autónoma y obrar por su cuenta, bajo la idea de que la razón es más pura, que obra con menos dificultad de esa manera. Ésta es la idea que atormentaba a Descartes con el melón en la mano, y es la justificación del Fausto de Goethe como una pieza literaria en una narrativa cristiana. Pero esta idea de una razón que prescinde de cualquier lazo con la realidad para ser autónoma es conceptualmente insostenible incluso así no fuera el evento el mentís de su utopía. Durante los últimos cien años hemos procesado culturalmente los aportes de Heidegger, Wittgenstein, William James y Nietzsche, de Feyerabend y Kuhn, de Strawson y Popper, y podemos decir sin temor que sabemos, como un rasgo de la cultura filosófica actual, que la racionalidad práctica moderna e ilustrada es inviable. Es de esta evidencia, que no es histórica sino conceptual, que la hermenéutica es posible y se ha instaurado como nueva koiné, como bien recordamos en nuestro primer epígrafe, citando a Vattimo. Hoy la hermenéutica es más el resultado consensual de lo que la destrucción de las creencias en el fundamentalismo moderno debemos a estos autores que su propia positividad como discurso. Sabemos que después de estos autores no es posible volver seriamente a los discursos de la ética basados en el esquema general de la epistemología. Pero hasta hace unas semanas subsistía el monumento social de su credibilidad, a través de las democracias poderosas y prósperas. Hoy ese monumento ha caído. El evento impele desde las huellas del dolor del otro a emanciparse de la emancipación, a hacerse autónomo de la autonomía y –por lo mismo- a reconsiderar las condiciones de comprensión del mundo anteriores a la modernidad.

Ya hemos señalado que la fuente del proyecto inacabado parte, entre otros factores, de una concepción excesivamente optimista del hombre, cuyo ser se identifica con la racionalidad autónoma y libre de trabas. Sólo es comprensible el significado epocal de la hermenéutica desde la mirada triste y perdida de su predecesora inmediata, que es la pesimista antropología cristiana. En realidad sólo la antropología cristiana puede reorientar los conceptos ilustrados que se basaron en su rechazo efectual. Esto nos remite a la antropología escéptica de los reaccionarios del siglo XIX que autores como Joseph de Maistre o Louis de Bonald consideraron fundamental para diagnosticar, desde el punto de vista cristiano, unos efectos de la Ilustración cuya magnitud espantosa sólo hoy, que el mundo colapsa, son patentes realmente. Hace pocos años estos autores eran aún objeto de ironía entre los liberales, como Holmes o Isaiah Berlin[56]. ¿Quién ironiza ahora que la Tierra sucumbe? ¿Los maestros del “proyecto inacabado”? Y si lo hacen, ¿desde dónde es su ironía? ¿Desde la sede de los victoriosos? ¡Ah, Babilonia!, ¡ahora tus víctimas ven en ti también la ironía![57] Ya ironizaba tiempo ha el Apocalipsis, en vista de la ciudad de las promesas[58]. Recordemos que en el cristianismo ortodoxo, esto es, el del gran relato de la Iglesia de Roma, el hombre es libre, pero es a la vez un ser muy malo, que tiene una relación conflictiva y atormentada con el conocimiento. Es el dogma del pecado original, cuya huella hemos de recuperar para la memoria en el fin de los tiempos liberales. Uno de los motivos de la reacción filosófica del siglo XIX contra la Ilustración fue, precisamente, el reconocimiento del carácter defectivo del hombre, que mal puede ser así autónomo, dejado a sus propios atrevimientos. Es posiblemente más vigente hoy que en 1796 este mensaje de De Maistre: “No hay más que violencia en el universo; pero estamos mimados por la filosofía moderna, que ha dicho que todo está bien, mientras que el mal ha manchado todo”[59]. En lugar de Sapere aude! habría que, tomando al otro como alguien que no sólo reclama por la lástima, repetir con el libro de los Proverbios: Initium Sapientiae Timor Domini[60]. Fausto sólo se alentó con la complicidad de Mefistófeles y Descartes, mientras gestaba el proyecto de la ciencia moderna y se atrevía a ser libre, pasaba noches de insomnio rezando a la Virgen María[61].

Terminemos esta narrativa cristiana, cuyo inicio fue el relato de la tentación de Fausto y la recuperación del evento de la catástrofe terrestre, consecuencias de la modernidad, aquélla que susurró las promesas de Fausto. Hagámoslo de manera laica, que es la preferida de los últimos del mundo moderno. Promesas las del origen en que se nos hace a todos iguales a Dios, no es su misericordia, sino la libertad de ser autónomas frente al poder sobre Cielo y Tierra, a los que gracias a la tecnología hemos destruido en lugar de creado. ¡Ah promesas! Si éstas no son satánicas, son al menos las de un loco. Al menos eso dicen Horkheimer y Adorno: “Es como si la serpiente que dijo a los primeros hombres eritis sicut deus hubiese cumplido su promesa en el paranoico. Éste crea a todos a su imagen y semejanza: Parece no tener necesidad de ningún ser viviente y no obstante exige que todos le sirvan. Su voluntad invade todo”. No nos extrañe que, “como filósofo, hace de la historia universal -agregan los autores- la ejecutora de catástrofes y ocasos inevitables”; es así como “tiene éxito” el loco descrito por Adorno y Horkheimer. ¿Quién es ese loco? El contenedor de la tragedia ilustrada[62]. Y tendrá el éxito en la utopía, sin duda, mientras los pobres, los excluidos, las víctimas del horror no sean capaces de aliarse con el evento, que deviene imperativo de distorsión y reapropiación desde la tradición de todo lo viviente, de eso viviente desde cuyo olvido la Ilustración ha susurrado sus promesas. Pero he aquí que el evento –vemos- se adelanta a los pobres y toma la iniciativa, toca a la puerta y llama a los humildes contra toda expectativa del que se creía el conocedor del mejor de sus propios futuros. Sedeo Regina, “me siento como una reina”, dices, luctum non videbo[63]. Pero he aquí Babylon, que el evento te impele a ti, que lo niegas, a ponerte de pie, a llorar perpleja ante los tiestos de lo que alguna vez fuera el centro floreciente de tus promesas y –bueno recordártelo- de los principios metafísicos de la violencia de los que en torno de ti eran víctimas de tu proyecto, ¡oh Babilonia!, del que decías “inacabado” invocando tu grandeza. Y es que, aunque ellos, los contenedores, digan que todo está bien, sin duda, como ya notaba de Maistre en 1796, Serpiente sibilina, no lo está, y tú lo sabes.
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[1] “¡Sapere aude! ¡Ten valor de servirte de tu propio entendimiento! He aquí la divisa de la Ilustración”. Cf. Kant, Inmanuel, “Respuesta a la pregunta ¿Qué es la Ilustración?”, en Filosofía de la historia. Buenos Aires, Nova, s/f, p. 58. He abordado por primera vez este tópico en “Traditionem prosequi aude! (¡Atrévete a seguir la tradición!)”, en Giusti, Miguel (comp.), La filosofía del siglo XX, Balance y perspectivas. Lima, PUCP, 2000, pp. 67-76.
[2] Cf. Kant, Inmanuel, “Idea de una historia universal desde el punto de vista cosmopolita”, en op. cit., pp. 46 y ss.
[3] Suscribimos aquí sin más la interpretación heideggeriana del significado destinal de la técnica. Cf. Meyer, Hermann, La tecnificación del mundo. Origen, esencia, peligros (versión española de Rafael de la Vega). Madrid, Gredos, 1966 (1961), cap. I.
[4] “Seréis como dioses”. Concluye la frase: “Tendréis la ciencia del bien y del mal”. Genesis, III, 5.
[5] Sobre Kant como lector de Rousseau, cf. Gómez Caffarena, José, El teísmo moral de Kant. Madrid, Ediciones Cristiandad, 1983, 247 pp.
[6] Cf. Por ejemplo Thiebaut, Carlos, Los límites de la comunidad. Madrid, Centro de Estudios Políticos Constitucionales, 1990, cap. 1, especialmente pp. 13 y ss.
[7] Cf. Connill Sancho, Jesús, Ética hermenéutica. Crítica desde la facticidad. Madrid, Tecnos, 2006, pp. 160 y ss. Hemos adaptado la definición directa de Gadamer de Verdad y Método. Salamanca, Sígueme, 1993 (1960), p. 377.
[8] Para una introducción sencilla sobre la relación entre economía de mercado y libertades políticas liberales cf. Gray, John, Liberalismo. Madrid, Alianza, 1992 (1986), cap. 8.
[9] En el ámbito de la filosofía y la teoría política podemos tomar un par de referencias conocidas en los debates de racionalidad práctica de los últimos 30 años, el célebre Sandel, Michael, Liberalism and the Limits of Justice. Cambridge, Cambridge University Press, 1995 (1982), 190 pp. Y, para la cuestión del vínculo entre epistemología y racionalidad práctica el conocido artículo de Charles Taylor, “Overcoming Epistemology”, en Philosophical Arguments. Harvard, Harvard University Press, 1997 (1995), pp. 1-19.
[10] Cf. “Ontologia de l´attualità”, compilado en Vattimo, Gianni (comp.), Filosofia, 1987. Bari, Laterza, 1988.
[11] Cf. Vattimo, Gianni, Ética de la interpretación. Barcelona, Paidós, 1992, pp. 55 y ss.
[12] En realidad era un melón “de Indias”, o sea que podía haber sido también de México, el otro gran reino americano de la época. Déjesenos el melón al gusto.
[13] Cf. el relato del biógrafo Baillet, en Descartes, René, Oeuvres de Descartes (Publiées par Charles Adam & Paul Tannery). Paris, Vrin, 1996, t. X, p. 185 (en adelante citaremos como se acostumbra, con abreviatura de los editores, tomo en romanos y página en arábigos).
[14] “Te daré las llaves”, “Ego dabo tibi claves Regni Caelorum”. Promesa de Cristo a San Pedro que la tradición interpreta a la vez como la instauración del primado de San Pedro sobre los otros obispos y el anticipo del Reino de los Cielos en la Iglesia. Cf. Mat. XVI, 19.
[15] Cf. Turró, Salvio, Descartes. Del hermetismo a la nueva ciencia. Barcelona, Anthropos, 1985, pp. 230 y ss.
[16] Cf. la más exhaustiva interpretación de madame Geneviève Rodis-Lewis en su L’Oeuvre de Descartes. Paris, Vrin, 1971, t. I, pp. 52-55.
[17] Cf. Howard White, “Francis Bacon (1561-1626)”, en Strauss, Leo y Joseph Cropsey (comps.), Historia de la filosofía política. México, FCE, 2001 (1963), especialmente pp. 359 y ss.
[18] AT, VI, p. 62, l. 7-8. Sobre su relación con Bacon, cf. Étienne Gilson, René Descartes. Discours de la Méthode. Texte et Commentaire. Paris, Vrin, 1939, p. 446.
[19] Cf. Groethuysen, Bernard, Filosofía de la Revolución Francesa. México, FCE, 1993 (1956), pp. 58 y ss.
[20] Este texto tiene el objeto de ser lectura para el hombre culto, por lo que remitimos siempre que es posible a obras señeras en los puntos que tocamos nosotros de pasada. En este caso cf. Koselleck, Reinhart, Crítica y crisis del mundo burgués. Madrid, Rialp, 1965 (1959), 351 pp. Para el origen de “libertinismo” y “libertino” en la configuración moral y epistemológica de la modernidad política en general, cf. Baumer, Franklin, El pensamiento europeo moderno. Cambio y continuidad en las ideas, 1650-1950. México, FCE, 1985 (1977), p. 70,
[21] Cf. Por ejemplo Baumer, op. cit., pp. 298 y ss.
[22] Cf. Kant, Inmanuel, “Reiteración de la pregunta de si el género humano se halla en constante progreso hacia lo mejor”. Incluido en la obra citada.
[23] Holmes, Stephen, Anatomía del antiliberalismo. Madrid, Alianza, 1999 (1993), 343 pp.
[24] Cf. Berciano, Modesto, Debate en torno a la modernidad. Madrid, Síntesis, 1998, cap. III, pp. 63 y ss.
[25] Como referencia general, Vattimo lo hace en su El fin de la modernidad. Madrid, Gedisa, 1991, cap. 1 y Lyotard en sus famosas denuncias sobre la experiencia del fin de los metarrelatos, que no hace falta citar.
[26] Cf. Wellmer, Albercht, “La dialéctica de modernidad y postmodernidad”, en Joseph Picon (comp.), Modernidad y posmodernidad. Madrid, Alianza Editorial, 1992 (1988), pp. 103-140.
[27] Taylor, Charles, La ética de la autenticidad (Introducción de Carlos Thiebaut). Barcelona, Paidós, 2002 (1991), 146 pp.
[28] Sobre el Katechon, la figura paulina del contenedor del Anticristo, cf. Schmitt, Carl, El Nomos de la Tierra, en Carl Schmitt, teólogo de la política (Prólogo y selección de textos de Héctor Orestes Aguilar). México, FCE, 2001, pp. 478 y ss.
[29] Como ha sido ya afortunadamente expuesto por Kart Löwith en su El sentido de la Historia. Implicaciones teológicas de la filosofía de la historia. Madrid, Aguilar, 1973 (1949), 256 pp.
[30] Un caso especialmente patético en lengua española es el folleto varias veces reimpreso de Jesús Ballesteros, Postmodernidad: Decadencia o resistencia. Madrid, Tecnos, 1994 (1989).
[31] Cf. Duque, Félix, ¿Hacia la paz perpetua o hacia el terrorismo perpetuo? Madrid, Círculo de Bellas Artes, 2006, 53 pp.
[32] Segafredo, Gaspar, Vivir en un mundo sin “una” sola verdad: Gianni Vattimo (Entrevista de Gaspar Segafredo a Gianni Vattimo, 2006), www.myriades1.com/vernotas.php?id=194&lang=es.
[33] “La epifanía del Otro implica una significancia propia (...). El Otro no nos sale al paso sólo a partir del contexto, sino que, sin esa mediación, significa por sí mismo”. Lévinas, E., Humanismo del otro hombre. México, Siglo Veintiuno Editores, 1974, p. 58.
[34] Cf. Por ejemplo Saumur, Héctor, “Posmodernidad y filosofía de la liberación”, en A Parte Rei, Núm 54, Nov. 2007, especialmente pp. 7 y 13. Cf. también, por citar otro ejemplo, Arenas, Héctor, “Memoriando, co-inspirando y re-existiendo”, en Vattimo, Gianni et alii, El mito del Uno. Horizontes de Latinidad. Madrid, Dickinson, 2008, pp. 389-411.
[35] Santiago Zabala (comp.), Gianni Vattimo, Nihilismo y emancipación, Barcelona, Paidós, 2004 (2003), pp. 19 y ss.
[36] Dice Gianni Vattimo que “No hay que avergonzarse” en esta manifiesta paradoja del conflicto entre el evento y las narrativas liberales de “considerar nuestra situación en términos apocalípticos”. ¿Podría haber acaso otros términos? Cf. Ecce Comu. La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 2006, p. 53.
[37] Cf. La estructura de las revoluciones científicas. México, FCE, 1985 (1962), 319 pp.; también Kuhn, Thomas, La revolución copernicana. México, Orbis, 1978 (1959), 2 t.
[38] Cf. Del Lago, Alessandro y Pier Aldo Rovatti, Elogio del pudor. Barcelona, Paidós, 1991 (1989), pp. 118 y ss.
[39] Cito de compromiso el texto de Heidegger, Martin, Carta sobre el “Humanismo”, en Hitos (Versión de Helena Cortés y Arturo Leyte). Madrid, Alianza Editorial, 2000, pp. 259-298. Cf. Grassi, Ernesto, Heidegger y el problema del humanismo. Madrid, Anthropos, 2006, 156 pp.
[40] Nos permitimos remitir aquí a René Guénon, Le Règne de la quantité et les signes des temps. Paris, Idées NRF, 1970, pp. 123 y ss.
[41] Cf. Cammilleri, Rino, Los monstruos de la razón. Viaje por los delirios de utopistas y revolucionarios (Prólogo de Vittorio Messori). Madrid, Rialp, 1995 (1993), especialmente pp. 21-35.
[42] Es interesante la postura de Reinhart Koselleck al respecto, quien desde la literatura histórico-política ha logrado rehacer la concepción predominante de la filosofía anterior al giro lingüístico, que se figuraba lo moderno de la modernidad con una imagen del pensamiento histórico que fue gestada, en realidad, como el aparecer efectual de la Revolución (y no al revés). Cf. Koselleck, Reinhart, historia/ Historia. Madrid, Trotta, 2004 (1975), 153 pp.
[43] Cf. Becker, Carl, “Los usos de la posteridad”, en La ciudad de Dios del siglo XVIII. México, FCE, 1943 (1932), pp. 128 y ss.
[44] Cf. Kant, op. cit, pp. 190 y ss.
[45] Wellmer, Albrecht, Finales de partida: La modernidad irreconciliable. Madrid, Cátedra, 1996 (1993), p. 75.
[46] Ibid., p. 76.
[47] En especial en el suficientemente conocido de ambos Dialéctica de la Ilustración. Madrid, Trotta, 2002 (1944/1969).
[48] A modo de ejemplo en Lyotard, Jean-François, La condición posmoderna. Informe sobre el saber. Madrid, Cátedra, 1994 (1979), pp. 114 y ss. Vattimo, Gianni, Ética de la interpretación. Madrid, Paidós, 1992, pp. 124, 136, 139, 197; Vattimo, Gianni, El fin de la modernidad, nihilismo y hermenéutica en la cultura posmoderna. Barcelona, Gedisa, 2000, cap. I. Cf. el texto de Javier Bengoa Ruiz de Azúa, De Heidegger a Habermas. Hermenéutica y fundamentación última en la filosofía contemporánea. Barcelona, Herder, 1997 (1992), pp. 194 y ss.
[49] Cf. Berciano, op. cit. cap. 4.
[50] Cf. El fin de la modernidad, pp. 17 y ss.
[51] Cf. por ejemplo al liberal español Thiebaut, Carlos, Vindicación del ciudadano, un sujeto reflexivo en una sociedad compleja. Barcelona, Paidós, 1998, pp. 273, 278-279.
[52] “Twentieth-century moral philosophers have sometimes appealed to their and our intuitions; but one of the things that we ought to have learned from the history of moral Philosophy is that the introduction of the Word “intuition” by a moral philosopher is always a signal that something has gone badly wrong with an argument. Cf. MacIntyre, Alasdair, After Virtue. Notre Dame, Notre Dame University Press, 1984, p. 69.
[53] Cf. mi Víctor Samuel Rivera, “Vexilla Regis prodeunt Inferni”, en Vattimo et alii (comps.), El Mito del Uno, pp. 339-357, especialmente pp. 340-342.
[54] El carácter predominante del discurso hermenéutico ha llevado a una lamentable canalización del término “hermenéutica”, de tal manera que el público promedio, incluso el enterado en filosofía, hace un uso empobrecido y desarraigado de conceptos hermenéuticos. Esto ya lo ha notado hace tiempo el propio Vattimo, por ejemplo, en Ética de la interpretación, p. 37.
[55] Cf. Bengoa, Javier, op. cit., pp. 92 y ss. Para la hermenéutica filosófica en general cf. Grondin, Jean, Introducción a la hermenéutica filosófica (Prólogo de Hans-Georg Gadamer. Traducción de Ángela Ackermann).Barcelona, Herder, 1999 (1991), especialmente caps. IV y V.
[56] Cf. Holmes, op. cit., pp. 33 y ss; cf. Berlin, Isaiah, La traición de la libertad. Seis enemigos de la libertad humana. México, FCE, 2004 (2002), pp. 170 y ss. Para una introducción equilibrada al pensamiento del Conde Joseph de Maistre cf. Hernando, Eduardo, Pensando peligrosamente. El pensamiento reaccionario y los dilemas de la democracia deliberativa. Lima, PUCP, 2000, pp. 75 y ss. Una biografía reciente de de Maistre la de Claude Boncompain y François Vermale, Joseph de Maistre (Préface de Philipe Barthelet). Paris, Éditions du Félin, 2005, 236 pp.
[57] Suscribimos aquí esta secuencia de Derrida en toda su ambigüedad, que hubiéramos querido fuera la conclusión de nuestro texto para los liberales: “El fin se acerca, ahora ya no hay tiempo de decir la verdad sobre el apocalipsis. Pero qué haces tú, insistiréis aún, con qué fines quieres venir cuando vienes a decirnos, aquí y ahora, vamos, venid, el apocalipsis, esto se ha acabado, te lo digo yo, aquí llega”. Derrida, Jacques, Sobre un tono apocalíptico adoptado recientemente en filosofía. México, 1994 (1983), p. 77.
[58] “Quia in corde suo dicit: Sedeo Regina: Et vidua non sum: Et luctum non videbo. Ideo in una die venient plagae eius, mors et luctus, et fames et igne comburetur: Quia fortis est Deus, qui iudicabit illam”. Apocalipsis, XVIII; 7-9.
[59] Conde Joseph de Maistre, Consideraciones sobre Francia, Barcelona, Tecnos, 1990 (1796), p. 36.
[60] Proverbia IX, 10.
[61] Promete Descartes la noche de los sueños de 1619: “Ante finem Novembris Lauretum petam, idque/ pedes ex Venetiis, si commode & moris id sit; sin minus, saltem quam devotissime ab ullo fieri consuevit”. AT X, p. 217 l.25, p. 218 l. 2.
[62] Cf. Horkheimer y Adorno, op. cit., p. 234.
[63] Apocalipsis, XVIII, 9.

Descartes y el Emperador: La filosofía política de Descartes

Víctor Samuel Rivera (*)

Un Rey en Cosmópolis
Desde que en 1990 se publicara el célebre Cosmópolis, de Stephen Toulmin
[1], es innegable que hay una relación entre la filosofía de René Descartes que conocemos relativa a la epistemología y el hecho fáctico de la Guerra de los Treinta Años. De hecho, si hubiera que señalar una idea clave central en el pensamiento de Descartes, y que es parte de lo que lo hace padre de la modernidad, es la que define el conocimiento como certeza incontrovertible. La certeza no controvertible como un momento esencial de la racionalidad. En este sentido, esa idea clave se opone al disenso, al desacuerdo, a la discusión, temas cuyo tratamiento en las obras del autor conlleva, dado el contexto de fundamentación de la racionalidad en el que se inserta, como diría Alasdair MacIntyre, una noción rival de qué hay que entender por “racional”. Creo que es difícil negar que esta noción está ligada a una familia de conceptos que hacen puente entre lo que era el interés manifiesto de Descartes, fundamentar la racionalidad del conocimiento, frente a su opuesto, algo que está emparentado con lo que hoy entendemos por “racionalidad práctica”, esto es, la racionalidad que es de la esencia de la ética y la política y que históricamente se relaciona con el aristotelismo y la concepción phronética de la racionalidad propia del mundo clásico. Por lo general, la consecuencia que se extrae de esto es que a Descartes no le interesaba mucho la filosofía práctica, o que, si le interesaba, lo era de modo subordinado a un rol fundacional del saber tecnocientífico como, por lo demás, confiesa él mismo en los conocidos textos de la parte VI de su Discurso del Método (1637) y la introducción a sus Principios de la Filosofía (1644). Toulmin piensa sin embargo, no sin razón, de que la obsesión por la certidumbre incontrovertible está relacionada con el contexto cultural de la inestabilidad política y apunta, por consiguiente, una agenda oculta de la modernidad cuyo objetivo es la armonía social bajo criterios que sean más seguros que los que precipitaron a Europa a una guerra que duró desde 1619 hasta 1648, esto es, el lapso completo de la vida útil del filósofo francés, criterios epistémicos, incontrovertibles, antecedentes sospechosos de la verdad “fuerte” que la posmodernidad denuncia hoy como uno de los momentos más opresivos del mundo moderno. Lo que voy a intentar ahora es hacer notar cómo, a pesar de este elemento innegable e incuestionable, la sugerencia de Toulmin de que algo hay en la búsqueda de certeza en Descartes que se relaciona con la Guerra de los Treinta Años es cierta, aunque no como Toulmin pensaba que habría de interpretarse.

No es nada sorprendente que la idea certeza en Descartes se vincule con la noción de que hay un límite racional para los conflictos, al que se añade una capacidad para disolver los disensos en modos no controvertibles, incluso también en esferas aparentemente no filosóficas, como la política internacional o el descontento civil que le interesan a Toulmin, por ejemplo. De hecho, no es difícil documentar que en la obra de Descartes, desde las Reglas de 1629 hasta los Principios, en 1644, la idea de la racionalidad se presenta como una alternativa general a la práctica del disenso. Y es que al parecer, bajo la óptica del contexto dramático de la Guerra de los Treinta Años, la idea del disenso como práctica institucional es asociada con los orígenes de la violencia política, si es que no se ubica ya descaradamente como su causa. En el célebre Prefacio a los Principios Descartes llega a afirmar que, en este sentido, una de las ventajas manifiestas de su filosofía será que “las verdades” propuestas por ésta, dado que son “muy evidentes y ciertas”, “superarán todo motivo de desacuerdo”, disponiendo al género humano al cultivo de “la dulzura de carácter y la concordia”. “Todo lo contrario -agrega- de lo que ocurre con las controversias de la Escuela, que vuelve a quienes las llevan a cabo más puntillosos y pegados a sus propias opiniones, lo que ha resultado la causa más importante de las herejías y las disensiones que tienen hoy al mundo tan ocupado”
[2]. En este punto no es difícil entender que para Descartes la disensión de la “Escuela”, una versión de la racionalidad que la considera al origen mismo de la violencia política y el desorden civil. En mi opinión, el motivo para sospecha tan severa es la idea de que, en realidad, la noción clásica de que la racionalidad es una práctica comunitaria sobre la base de disensos era para Descartes internamente incoherente[3]. Esta incoherencia se superaría separando el desacuerdo de la racionalidad, cuya concepción sería reemplazada por otra en que la idea misma del desacuerdo le fuese extraña y cuya nota característica fuera la certidumbre, para lo cual se apelaría a criterios incontrovertibles de carácter decisorio[4]. Con este razonamiento el resultado es aparentemente aquella lógica de la modernidad que tiende, casi naturalmente, al “pensamiento único”, a una sospechosa unanimidad epistémica como orden del entramado político. Nunca resulta ocioso insistir, como lo hacen Jean François Lyotard[5] o Gianni Vattimo, en que la idea general de certeza que descansa en el proyecto epistémico moderno involucra alguna noción de verdad que, descolocada de las ciencias naturales, transforma la “verdad” de los pueblos en la cadena de la disensión[6]. Aquí está la modernidad por cuya causa, en el lenguaje de Lyotard, hacemos un duelo luego del fin de los metarrelatos.

En lo que sigue intentaré exponer cómo, tras la utopía tecnocientífica y el ideal, aparentemente republicanista y liberal del progreso del conocimiento en un “pensamiento único”, se esconde una clave política que no desestima el disenso, que ve con simpatía las divergencias, que solicita la compasión en los conflictos sobre la base de una escucha hermenéutica de la tradición y una atención reverente hacia el pasado. En Descartes, en ese mismo Descartes que es famoso por su ambición de crear una ciencia que nos haga amos y señores de la naturaleza, hay esperando olvidado un profeta de la fragilidad y un teólogo de la tradición. Es sobre la base de esta hipótesis, que pretende ser también la anamnesis de una esperanza, que revisaré lo que podríamos llamar su “teología política” con la idea de que, tras el duelo de los metarrelatos y la versión de “verdad” epistémica que éstos inexorablemente ligan con lo político, recuperemos en el reconocimiento del origen la verdad como el dejar la procesión de un Otro, cuya contingencia, inexorable, se manifieste como el acontecer de destino de una tradición. Quien frecuente los textos de Descartes no puede evitar reconocer que, si nos atenemos a la noción de “verdad”, hay una teología típicamente cartesiana que hace que su densidad se encuentre en una relación de dependencia con un Otro, un Otro que la garantiza al tiempo que la sostiene en un sentido ontológico y sin la cual es nada. Creo que este razonamiento puede aplicarse a la filosofía política de tal modo que el lugar del Otro es ocupado por la tradición comunitaria. Intentaré demostrar que hay en Descartes una concepción narrativa de la política y lo político, que tras la certeza de la epistemología descansa el trabajo de un cultor de la humanidad débil que, antes que un programa del fundamento de la tecnociencia para el horizonte de verdad de lo político, ha puesto como pilar de la filosofía práctica una teología de la contingencia, la tradición y el destino.

Emancipando a la Princesa
Es posible los sepultureros republicanos de Descartes se basaran para honrarlo en la conocida homologación narrativa que suele hacer de la historia del republicanismo cosmopolita europeo el despliegue de una epopeya emancipatoria en la no hay mayor distinción entre el desarrollo tecnocientífico y una presunta liberación progresiva de la humanidad. En realidad ésta es la interpretación estandarizada del significado de Descartes respecto de la racionalidad práctica
[7]. De hecho, no faltan razones para una homologación como la anotada, que cuenta con el respaldo de los dos textos que Descartes escribió explícitamente para justificar su filosofía frente a la posteridad. Por un lado, tenemos la utopía tecnopolítica expuesta en la parte sexta del Discurso del Método (1637), así como el breve ensayo justificatorio de la filosofía de Descartes que se éste resume en la carta al abate Picot que sirve de prefacio a los Principios de la Filosofía (1644). Ambos textos constituyen claramente alegatos morales de un proyecto general de “filosofía” cuyo directo oponente es la filosofía de los “antiguos” y la “Escuela”, esto es, del conjunto de toda otra filosofía que no sea la suya propia[8]. En este sentido, se trata del proyecto de modernidad que enfoca sus razones bajo la idea de progreso tecnocientífico, y éste con una perspectiva en la que las excelencias propias del hombre (sus bienes específicos como hombre) dependen del primero para lograr su desarrollo. Hasta aquí es innegable que los textos anotados de Descartes son ampliamente alegatos para algún tipo de utopía política basada en la ciencia. Es manifiesta su relación de semejanza con la Nueva Atlántida de Bacon[9], texto que Descartes afirma alguna vez expresamente haber leído[10].

Está fuera de cuestión que la anterior sería una lectura suficiente de la versión cartesiana de la racionalidad práctica si no fuera porque, por desgracia, no coincide en absoluto con la exposición que ofrece el propio autor tanto de su perspectiva política como de su versión de la moral. Creo que es un hecho digno de nota que las opiniones morales de Descartes no cuadren con una utopía política basada en el poder de la tecnociencia, sino más bien se acerquen, de diversa manera, a la filosofía escéptica del humanismo renacentista de Michel de Montaigne o Pierre Charron, cuyas doctrinas, por lo general, rematan en alguna variante de conservatismo. Lo mismo puede decirse del aprecio que parece sentir Descartes por la filosofía de Séneca, cuyo De Vita Beata quiso utilizar de texto moral guía para la Princesa Isabel de Bohemia y que, como característica resaltante, remite a algún tipo de conformismo político
[11]. Por lo demás, tanto el Discurso del Método como las Principios de 1644 contienen sugerencias inequívocamente opuestas a la reforma de las instituciones sociales. Su relación con los utopistas, innovadores, revolucionarios y demás partidarios de la transformación política se reduce en una sola palabra: condena. El propio Discurso anota al respecto, en la misma sección sexta que sirve para justificar la unión entre tecnociencia y emancipación política que “en lo que se refiere a las costumbres podrían encontrarse tantos reformadores como cabezas si se permitiera a otros que no fueran los que Dios ha puesto por soberanos de sus pueblos que emprendiesen la obra de cambiar nada”[12]. Se trata, sin duda, de una aclaración para librarse de interpretar que lo que iba a considerarse un cambio revolucionario en la concepción de la racionalidad epistémica hubiera de considerarse así en lo que a la racionalidad práctica se refiere.

El asunto se complica más cuando echamos una ojeada a lo que tanto el Discurso como los Principios aluden como la concepción moral oficial del filósofo. Es conocida de sobra la moral “provisional” planteada en la tercera parte del primer texto. El autor la considera “provisional” en relación con el proyecto general de modernidad cuya fundamentación está en la sección siguiente. Es obvio deducir de esto que hay o debería haber un proyecto de moral “definitiva” cuya nota principal fuese el “derivarse” (en el sentido cartesiano) del proyecto fundacional de la racionalidad epistémica, esto es, la que sirve de base para la utopía tecnocientífica
[13]. De hecho, aquí no estamos sino confirmando una sugerencia que hacen los propios Principios[14]. Pero es una mera cuestión histórica que esa moral “definitiva” jamás fue redactada, y lo que más se parece a una moral “deducida” del proyecto de fundamentación epistémica no es otra cosa que el Tratado de las Pasiones, una obra tardía en la que se vincula una explicación mecánica del comportamiento emocional con la idea del mejoramiento de la conducta “virtuosa”. “Escribo en cuanto médico”, agrega entonces Descartes, y no como “moralista”[15]. En realidad, las únicas indicaciones sobre racionalidad práctica con que contamos están constituidas por la “moral provisional”, y es relevante, a este respecto, que en una carta a Isabel redactada en el periodo de este Tratado de las Pasiones, se llegue a afirmar que la “moral provisional” del Discurso basta para lograr la vida virtuosa, que es un medio suficiente para lograr los bienes relativos a las prácticas morales y que, por lo tanto, no hay razón suficiente para excusarse de los preceptos de la moral provisional con la expectativa de conseguir en algún momento otra mejor[16]. ¿Deberemos caer en la perplejidad? ¿Deberemos resignarnos a la inconsecuencia o al recurso de una dudosa astucia?[17] Una de mis principales propuestas en este artículo será, en consecuencia, que hay una dimensión en el orden de los argumentos que permite “derivar” la moral provisional del mismo esquema fundacional de racionalidad epistémica aun sin tomar en consideración el elemento mecanicista del “médico” que escribe el Tratado de las Pasiones.

Creo que es interesante recordar aquí que la moral que sigue a la sección segunda del Discurso, forma parte de un entramado narrativo que es un resumen autobiográfico virtualmente plagado de advertencias contra la eventual asociación entre la necesidad de fundamentar el conocimiento (cual es el tema principal) con el concepto de un cambio violento en las instituciones políticas, lo que ahora llamaríamos una “revolución”. Como voy a precisar estas observaciones en la sección siguiente, me voy a limitar aquí a subrayar un par de motivos de reflexión que se desprenden de la sección tercera, la que presenta la “moral provisional”. En primer lugar, ésta consta de cuatro preceptos, al menos el primero de los cuales concierne directamente a lo que ahora llamaríamos “racionalidad práctica”. El primero es una manifiesta adhesión normativa al conjunto de prácticas
y creencias que constituyen una tradición comunitaria cualquiera. Este precepto revela la idea de que, si hay algún horizonte valorativo que justifica y da significado a las acciones morales, éste no es otro que la sustancia ética de una comunidad de tradición. Esto acarrea una doble consecuencia. De un lado, se reconoce una relatividad manifiesta para la idea de una vida virtuosa, que depende en su sentido de “los más sensatos con quienes tuviera que vivir”, lo que significa que los criterios de racionalidad que hacen digna la existencia humana no son en absoluto criterios universales, lo que implica que ideas como la de “validez”, por ejemplo, deben ser desestimadas en la vida práctica. Ante cualquier pretensión universalista, queda como telón de fondo la idea de pertenencia a una tradición contingente, cuya relatividad se confirma tan sólo atendiendo las costumbres de quienes no son “nosotros”. Anota Descartes como ejemplo a los persas y los chinos
[18]. De otro lado, la exposición de los valores morales y la actividad política como sometida a un conjunto de prácticas y valores sustantivos implica la noción de que la vida moral es frágil, y su racionalidad característicamente débil y falible. “Hubiera creído una falta contra el buen sentido” -dice Descartes- si no se tomaba en cuenta “que en el mundo ninguna cosa permanece siempre en el mismo estado”[19], “y de varias opiniones comúnmente admitidas, hay que quedarse con las más moderadas y cómodas”, y esto con el expediente, claro está, de que lo racional es cambiar de opinión siempre que haya motivos para ello. No es de extrañarse que el precepto siguiente no sea más que una alusión a la phrónesis, aquella virtud clásica que exige llevar a cabo las acciones incluso si éstas no tienen otro fundamento que el que, según el primer precepto, hay que recoger de la tradición[20].

Quienes piensen que este texto de 1637 que acabo de analizar no expresa la concepción “definitiva” de Descartes sobre el asunto, a mi entender, se estrella con los textos. En realidad, inquirido una y otra vez por la Princesa Isabel de Bohemia sobre la cuestión de cómo aplicar su filosofía a la vida práctica, redactará para ella que las observaciones sobre ética y política que están contenidas en el Discurso no han caducado. Por el contrario, sostendrá que su concepción de la racionalidad tal y como está contenida en ese texto es la condición para una percepción adecuada de los bienes humanos, que habrá de remitir a valores comunitarios. Muy a diferencia de lo que podría esperarse, advierte que para las cuestiones relativas a ética y política, el punto de partida no es el Ego cogito, ese yo desencarnado socialmente que denuncian hoy los comunitaristas con Michael Sandel o Charles Taylor en la base del liberalismo político, sino un ser humano real cuya naturaleza sólo le permite acceder a los bienes propiamente morales dentro de un contexto comunitario, como agente eficaz cuyos logros sólo son posibles desde dentro de una tradición fuera de la cual los conceptos morales más primarios, como la amistad, la justicia o el amor, son sencillamente inviables. Y Descartes es especialmente incisivo en este punto a lo largo de la correspondencia con Isabel, destacando una y otra vez que ideas como “conocimiento” o “verdad”, tan caras al discurso epistémico, carecen de sentido aplicadas al ámbito práctico. Isabel, que demuestra en esto una gran astucia, remarca el tema, como si ella misma considerara increíble esa clase de afirmaciones de parte de su interlocutor
[21]. Resulta que el inventor del “Ego” sin comunidad, del yo autotransparente de la modernidad, haya sido capaz de sugerir una moral basada en la fragilidad de nuestro destino comunitario, que está claramente descalificado como fuente posible de racionalidad en las primeras páginas de las Meditaciones Metafísicas (1641). El ambiente se ensombrece si recordamos que son las Meditaciones el texto que dio lugar al intercambio epistolar entre ambos. ¿Qué está pasando aquí?

Considero que hay un error de perspectiva de parte de nosotros. Somos nosotros, consumidores posrevolucionarios de la epopeya de la Revolución, quienes estamos esperando que los criterios que definen la racionalidad epistémica del “fundamento” moderno sean los mismos que caracterizan la descripción de la racionalidad práctica, por lo general, una entidad a la que llamamos “el sujeto”, y cuya función en las desconstrucciones modernas del sentido común es anclar las intuiciones del proyecto de la tecnociencia y la Revolución Francesa en un depósito ontológico de certidumbres inconcusas. Cuando pensamos en “el fundamento” en este sentido asociamos, como lo hacen por ejemplo de hecho Sandel o Taylor cuando se refieren a la lógica política de la modernidad ilustrada, un “yo” metafísico cuya descripción se desprende del proceso de duda metódica tal y como éste está expuesto en la primera de las Meditaciones de 1641 o en la cuarta parte del Discurso
[22]. Este “yo” se caracteriza porque es el residuo del proceso de duda metódica, por medio del cual el proceder de la racionalidad se ha independizado de toda vinculación comunitaria y se ha convertido en una instancia autónoma, en algo parecido a un individuo liberal que habría de encontrar todo principio de moralidad en proporción invertida a sus lazos con la tradición. Pero Descartes tenía observaciones con ese “yo” resultante de la duda metódica en las que no han reparado críticos como Sandel o Taylor. Y en esto Descartes es tajante: El “yo” que hay que atender en nuestros razonamientos morales y nuestra valoración política no puede ser el que sirve de fundamento de certeza a la tecnociencia. Es otro “yo”.

Cuando la Princesa Isabel de Bohemia se pregunta cómo puede ser feliz o virtuosa un alma cartesiana trágicamente desprendida de su cuerpo y todo compromiso comunitario, el filósofo le responde aclarándole que los fenómenos relativos a la racionalidad práctica dependen de una noción de identidad individual que es característicamente distinta del “yo” desencarnado de las Meditaciones. Esto ocurre en la Carta del 4 de agosto de 1645, y se reitera en la fechada el 15 de setiembre. En los textos metafísicos, como la parte cuarta del Discurso o las Meditaciones, se trata de demostrar que el cuerpo y el alma del hombre son lógicamente distintos, argumenta el filósofo. Cada una de estas ideas es innata, dice el filósofo, en el sentido de que son dos nociones primitivas cada una de las cuales obedece a lo que llamaríamos nosotros, poswittgensteinianamente, una “gramática” diferente
[23]. Pero, agrega Descartes, también tenemos como noción primitiva la unión del alma y el cuerpo, de tal modo que hay ciertas ideas que sólo podemos explicar asumiendo que el cuerpo y el alma no se distinguen, sino que interactúan armoniosamente y son una sola cosa, esto es, la noción de que el alma y el cuerpo son la misma cosa tiene una gramática propia y, en ese sentido, es una idea “innata”[24], esto es, no deducible de las anteriores. El punto que me interesa relevar aquí es que lo referente a la racionalidad práctica no sigue la lógica del “yo” fundativo de la tecnociencia, sino del “yo” que es lo mismo que su cuerpo. Este es el “yo” al que Descartes le atribuye la capacidad de deliberar, la pertenencia a una comunidad de tradición, el mérito de lograr bienes específicos en prácticas humanas mediadas culturalmente, como la amistad, la lealtad o el heroísmo, cual es el caso en las cartas a Isabel que he aludido, en particular la del 15 de setiembre. En consecuencia, es ese “yo”, finalmente, al que hay que remitir las ideas de reforma política, cambio social, revolución y afines. Aun si no contáramos hasta aquí con más datos sino los señalados, es evidente que parece improbable adjudicarle las características comúnmente atribuidas al yo cartesiano en su rol de “fundamento” de la racionalidad ilustrada. El camino parece dirigirnos, entonces, a disociar la concepción moderna de la racionalidad de la tecnociencia de la racionalidad práctica tal y como Descartes parece indicarnos que la pensó. Según parece, habrá de tener su anclaje en algo más parecido a lo que Sandel o Taylor defienden que a lo que ellos combaten.

Política en el Sacro Imperio
“Las guerras que no han terminado” -dice Descartes en la parte autobiográfica del Discurso del Método- lo llevaron en 1619 al Sacro Imperio Romano Germánico, “país al que había sido atraído por el deseo de conocerlas”. Se alistaría ese invierno al servicio del Archiduque Maximiliano de Baviera, líder de la Liga católica. Acababa entonces de “haber asistido a la coronación del Emperador” Fernando, sucesor electo de Matías, ambos de la casa católica de Habsburgo. La conflagración estallaría poco después, con el alzamiento de los bohemios protestantes contra el Emperador
[25]. Y es en el comienzo de la Guerra de los Treinta Años que el autor del Discurso sitúa la narración más característica de lo que ahora consideramos habría de ser el proyecto moderno de racionalidad. La idea es introducida con dos metáforas de rechazo, una urbanística, otra política, referida a la constitución de los Estados y la imagen del legislador. A la última la llamaremos la metáfora del “legislador prudente”. En ambos casos se afirma que lo racional se vincula a reglas, y que la característica fundante de una regla fiable es que su legitimidad no sea el resultado de un ejercicio acordado por la intervención de varios.

Con el precedente anotado pasemos ahora a examinar la metáfora que nos interesa. De acuerdo a la segunda parte del Discurso los pueblos que tienen una constitución parecen haberla logrado por dos fuentes. Una de ellas es la coexistencia social, donde una serie de conflictos y disensiones han forjado un conjunto de leyes como remedio a los conflictos, estableciendo reglas para dirimirlos o evitarlos. Es claro el contexto que nos permite analogar la legitimidad de las leyes con la narratividad de curso de los conflictos mismos, lo que, dicho sea de pasada, es una forma bastante pesimista de referirse a cualquier modelo de hermenéutica política basado en la tradición. Aparentemente, de esta metáfora habría que concluir que la idea de tradición o la referencia de lo justo a una narrativa no es el tipo de fuente para hablar de lo político en términos de racionalidad. “Los pueblos que han evolucionado desde un estado semisalvaje”, dice Descartes, “han ido elaborando sus leyes en la medida en que se han visto obligados por los crímenes y disputas que entre ellos surgían”
[26]. El dictamen del resultado es semejante al del origen. Los pueblos que han tenido este camino para elaborar su constitución política no están “políticamente tan organizados”, agrega. La desgracia de estos pueblos parece consistir en que su “constitución” tiene su fundamento en el hecho social efectivo de las disensiones y los conflictos. Unos conflictos, debo agregar, muy parecidos a los llevaban en 1619 a Descartes de Holanda al Sacro Imperio. Pero a esta fuente para la constitución de un pueblo había que oponerle un modelo más afortunado, “el de aquellos que, desde el momento en que se han reunido, han observado la constitución realizada por algún prudente legislador”[27]. La metáfora del legislador prudente funciona por el énfasis de que las leyes son elaboradas por “uno solo” y que, por lo tanto, “están ordenadas a un mismo fin”. Desde el punto de vista textual, éste es el desarrollo del encabezado de la misma sección segunda, que “en ocasión de las guerras” “me percaté de que no existe tanta perfección en obras compuestas por muchos elementos y realizadas por muchos maestros como existe cuando han sido ejecutadas por uno solo”[28]. Ahora bien. La metáfora del legislador apunta a lo siguiente. Si la racionalidad de las leyes depende de que sean establecidas por “uno solo” es porque la racionalidad en general viene definida por reglas cuya característica fundamental es negativa. Las reglas son “racionales” si es como si dependieran de uno solo, esto es, si no pueden estar sujetas a desacuerdo alguno posible. No es difícil concluir de esto que, como ya hubiera hecho notar alguna vez Hayek[29], la racionalidad así definida -un evento propio del mundo moderno- se caracterizaría por excluir la disensión. El fruto deseable de este método, sin embargo, sería que el conflicto social, identificado con la disensión, se volvería imposible. Un mundo regido por el “pensamiento único” y, en nombre de la “verdad”, descartaría la disensión y la guerra civil. La “verdad” política, el patrimonio de “uno solo”. Hasta aquí, para el lector poco avieso, Descartes no terminaría siendo otra cosa que un decisionista[30].

No se puede negar que lo anterior admite la interpretación de que “las guerras” aludidas no se hubieran producido si el Sacro Imperio hubiera sido uno de los afortunados pueblos cuya constitución hubiese tenido un solo legislador. Pero para quien ya vea en esto una anticipación racionalista del “pensamiento único”, habrá que recordar que el legislador prudente se parece en el contexto más al Emperador Fernando II que, digamos, al ilegítimo Rey protestante de Bohemia, su rival en la Guerra de los Treinta Años. ¿No cuenta Descartes acaso haber asistido a la coronación del Emperador? ¿No se había alistado acaso por su causa, entre las tropas del Duque de Baviera?
[31] . Descartes, pues, en la guerra, había tomado partido por la tradición. Por desgracia, si seguimos la clásica dicotomía entre racionalidad moderna y horizonte hermenéutico tradicional[32] -que parece desprenderse de la metáfora de rechazo del legislador prudente- los textos de los que partimos parecen ayudarnos a concluir justamente en un sentido contrario al que nos interesa. Para sortear el impasse, habrá de remitirnos a la teoría famosa de las “verdades eternas” en Descartes, creadas de la nada por la voluntad inefable de Dios todopoderoso[33].

Para comenzar, retomemos al legislador prudente. De acuerdo a la metáfora la racionalidad de la política consistiría en algo así como en la decisión de un legislador. Lo “racional” parecería descansar así en la voluntad del decididor, cuyo “fin” habría de reservarse en su real pecho, más o menos como Dios lo hace con los suyos en el entramado teológico que presenta la noción de verdad en la filosofía cartesiana y que, en realidad, juega un rol en su concepción de la racionalidad. Como ha notado Bernard Williams, este rol se ha descuidado bastante en las versiones modernas de la modernidad, que suelen postergar al Dios todopoderoso en beneficio de los relatos de autonomía para el sujeto
[34], a lo que agrego que se trata de un “aseo” narrativo que hace del fundador de la modernidad un predicador de la resignación. A este respecto, no debe escaparnos la articulación teológica de la metáfora política y la idea de la racionalidad como un conjunto de reglas indiscutibles que presenta el propio Discurso[35]. El modelo del prudente legislador está explícitamente asociado al de Dios como el creador de la verdadera religión[36], rol divino cuya densidad ontológica es un Otro inaccesible para el conocimiento. En el caso de las “verdades eternas” Dios resulta ser un decididor epistémico cuyas resoluciones son tan inefables como su voluntad[37]. Aplicado a lo político, sucede que el universo de lo público depende en su legitimidad de una voluntad privada, y es la privacidad de la voluntad del legislador la que realiza la dimensión consensual de la política que, en este sentido, se convierte en la im-posición de la “verdad”. La eventual arbitrariedad del decididor estaría salvada por el carácter indubitable de sus reglas, cuyo resultado sería, además, la paz, la consecuencia política de la certeza epistémica. Es un hecho textual innegable que esta interpretación de Descartes es la más holgada. Y es más. Como un gambito para llegar a donde deseo, voy a abundar en su favor.

En realidad, la metáfora del legislador prudente del Discurso del Método es una alusión más o menos obvia a una teoría teológica que Descartes había comenzado a desarrollar a principios de la década de 1630 y de la cual se conserva la correspondencia con el Padre Marin Mersenne. Se trata de la conocida teoría de las “verdades eternas”
[38]. Según esta teoría, la verdad es objeto de la creación divina, de acuerdo a lo cual la consistencia ontológica de lo verdadero se desplaza, desde el objeto de la verdad, a la voluntad creadora del mundo. Lo que interesa para el caso es que esta teoría, en su versión extrema, significa que, al menos potencialmente, Dios puede modificar la realidad de lo que esas verdades expresan, o incluso hacerlas diferentes de lo que son, cosa de la que se abstiene en función de su naturaleza inmutable. La consecuencia relevante es que se ha divorciado la esencia de la verdad de su dimensión ontológica[39]. Lo más evidente es comprender que esta concepción de la verdad fue diseñada para sustituir a la versión aristotélica de la experiencia de lo verdadero como adecuación al objeto, de tal modo de exiliarlo del entramado general de la verdad[40]. En mi opinión, de lo que se trata aquí es de descualificar lo Otro de la racionalidad en el universo epistémico y proyectar la consistencia ontológica de la certidumbre en una instancia cuyo ámbito de pertenencia se enraíza, no en la voluntad, sino en el carácter de Otro. Si tal fuera el caso, la dimensión ontológica de lo verdadero quedaría fuera del alcance de las reglas de la racionalidad, reduciéndose ésta al ámbito de la obediencia atenta a una voluntad ajena y desconocida[41]. Y es esto lo que nos remite de nuevo al “legislador prudente” de la metáfora del Discurso. La idea central de esta metáfora política consistiría en convertir la obediencia en el patrón de la racionalidad, con lo que la dimensión epistémica de la “verdad” quedaría sometida, ella misma, a la metáfora política, con la curiosa consecuencia de que el orden de la racionalidad práctica sería anterior en el orden de las justificaciones. Esto puede quedar confirmado justamente con un texto relativo a la cuestión de las “verdades eternas” en el que se afirma que Dios las ha creado del mismo modo en que un Rey ha establecido las leyes de su reino[42]. El sabio legislador es responsable de la verdad de lo político como decisión, a la par que a los súbditos les corresponde la obediencia de sus reglas en la confianza al Otro. No está demás decir que la confianza de los súbditos descansa en la voluntad del Rey que, a los efectos de la política, resulta tan incomprensible y obligatoria como la de Dios[43].

Hasta aquí nuestra apuesta parece reducirse a una definición de la racionalidad política que remataría en un argumento decisionista. Está demás decir que si la voluntad del soberano es análoga a la voluntad de Dios respecto de las “verdades eternas”, el disenso ha sido suprimido de la esencia de lo político. La contingencia, un rasgo propio del mundo de lo político, pasaría al rango de ser “políticamente incorrecta”. Pero la metáfora del legislador admite su reingreso por el mismo modelo argumentativo que aparentemente la ha excluido. Así como Dios es Otro respecto de la verdad, y es en ese sentido que la sustenta en su ser, hay un Otro de lo político al que hay que prestar obediencia a través de la ley. Pero el Otro no es el soberano pues éste, a diferencia de Dios, no “crea” lo político en su sustancia. Por el contrario, como vamos a ver, el Otro se revela a través del disenso, aquel del que la verdad de lo político toma su sustancia y que cobra, como una procesión de desacuerdos, la dimensión de horizonte de una tradición narrativa. En efecto. Para comenzar, el propio Discurso plantea la sugerencia de que los legisladores humanos no suelen ser tan confiables como Dios y que las excepciones, como la del legislador de Esparta, no están eximidas de expresar una realidad defectuosa e incompleta
[44]. Pero eso no es todo. Las siguientes dos páginas que suceden a la metáfora y que preceden a la descripción de la racionalidad en términos de un proceder de reglas epistémicas, consisten en un conjunto de advertencias de cómo no debe ser interpretada la sección que acabamos de reseñar.

En efecto. Descartes aborda a la mitad de la página 13 de su Discurso la relación entre racionalidad y tradición. En lugar de hacerlo directamente, se sirve de las metáforas arquitectónicas que preceden y que hasta aquí habíamos omitido. Dice Descartes: “Verdad es que jamás vemos que se derriben todas las casas de una villa con el único propósito de reconstruirlas; sí se conoce que muchas personas ordenan el derribo de sus casas para edificarlas de nuevo y también se sabe que en algunas ocasiones se ven obligadas a ello cuando sus viviendas amenazan ruina y cuando sus cimientos no son firmes”. Y concluye: “Por semejanza con esto me persuadía de que no sería razonable que alguien proyectase reformar un Estado, modificando todo desde sus cimientos, y abatiéndolo para reordenarlo”. La indicación es patente. Se trata de sugerir que es más razonable esperar que los Estados cambien con la contribución colectiva de los privados que por medio de un cambio propuesto por alguien que se atribuyese las cualidades del legislador prudente la propuesta de lo cual, además, se la toma más adelante por “una locura”
[45]. El expediente más simple sería desestimar el resto de las alusiones políticas de esta sección del Discurso y tomarlas por excusas circunstanciales[46], pero el hecho innegable es que éstas ocupan desde la página 14 hasta el primer párrafo de la 18, más o menos ¡la misma extensión que la dedicada a exponer las reglas del proceder racional! Y precedidas además, como vemos, por la palabra “locura”, con lo que eso significa en el lenguaje cartesiano[47]. No tenemos otra opción, entonces, que reconsiderar el alcance de la imagen del Descartes decisionista que hasta ahora hemos esbozado.

Hasta ahora tenemos que Descartes otorga un primado a la metáfora del legislador prudente como modelo de concepción de la racionalidad, de tal modo que se vincula con la teoría teológica de las verdades eternas. La idea central es que las verdades eternas ocupan en el universo epistémico lo que las leyes o la constitución en el político, y que la voluntad del monarca es equivalente a la voluntad inefable del Dios que las ha creado. La verdad de la episteme se refunde en la voluntad que las crea, de tal modo que adquiere su consistencia ontológica en la voluntad divina y pide del conocedor (el “sujeto”) una confianza que la tradición ha trastocado en términos de certeza, tal vez exagerando el propósito original de, simplemente, sustraer la idea de desacuerdo respecto del conocimiento. El asunto es que la verdad termina consistiendo en la confianza en “reglas”, en las cuatro reglas que están en el Discurso a partir de la página 18. La verdad política, a su vez, radica en la confianza en el poder político, que la tiene por fundamento. Pero con esta diferencia, que es fundamental. Mientras en la episteme se trata de circunscribir la verdad en términos de la necesidad de una voluntad inmutable y “eterna”, el titular de la voluntad creadora de las sociedades políticas lidia con la inconsistencia, la debilidad, la fragilidad ontológica de las comunidades, conserva intangible la realidad de los conflictos y disensiones propios de las asociaciones humanas y está en el apuro de darles solución de manera inexorablemente contingente, según se van presentando. Por ello dice Descartes, en referencia a los “pequeños asuntos públicos” (o sea, las disensiones y los conflictos), que están por definición en relación directa con las “imperfecciones” de los Estados. Hay un sentido en que las disensiones constituyen los Estados como un envío en la fragilidad, alojándolos en un horizonte ontológico fracturado por el reclamo y el disenso. Y la referencia, sin duda, con esto de las “imperfecciones”, no es a la constitución comunitaria como reconocimiento de una identidad contingente, sino al acontecer eventual de su procesión, de su conservarse y su cuidado en el tiempo, atestiguada “por la sola diversidad que entre ellos existe (y que) es suficiente para atestiguar que la tienen (la imperfección)”. Esto nos remite, de modo extremadamente curioso, al carácter factual de las comunidades políticas como prioritario en el orden de las razones. Esto significa que, para el orden de lo político, el horizonte de la racionalidad apelaría a un punto de partida que no es diferente del de un neoaristotélico o un comunitarista
[48].

En efecto. Las comunidades no son “imperfectas” por estar mal gobernadas o por ser tan desdichadas de no haber contado con un “legislador prudente”, digamos, Marat o Robespierre. Lo son en realidad como el efecto de su propia imposición como destino, porque la “sola diversidad que existe entre ellas es suficiente” argumento respecto de su imperfección
[49]. Dicho en otros términos, la imperfección de la existencia comunitaria en el relato cartesiano, su fragilidad, su debilidad ontológica, es parte de la definición de lo político en cuanto tal, de tal modo que la identidad de una comunidad política es lo mismo que “imperfección”. En otras palabras. La “imperfección” de la política consiste en el carácter dado del ser de la comunidad como evento, lo que hace que sea inevitable adoptar su ser en términos de una sucesión de disensiones y conflictos, justamente en el primer modelo de constitución al que se aludió en la sección de la página 12, al que se remite la tradición comunitaria como el objeto de una metáfora de rechazo. Y es que la cuestión aquí está no en el carácter perentorio de la obediencia a las leyes, sino en la densidad ontológica de la dimensión política. La constitución debe tomarse como si fuera el resultado de la acción divina de un soberano perfecto, pero el ser de la acción misma se confunde con la tradición de la cual ésta adviene, y que es frágil y contingente. Considero que estamos aquí ante un elemento complementario del decisionismo. La debilidad ontológica de la tradición cumple en el horizonte de lo político el rol de la voluntad de Dios en la teoría de las verdades eternas. Mientras el carácter inmutable de una teología de la verdad basada en la definición de Dios permite el exilio del desacuerdo junto con una ontología del misterio divino, en política una ontología política basada en el carácter contingente e “imperfecto” de la tradición invade los fueros de la legalidad, otorgándole a la constitución un ser falible y transitorio[50]. Un Dios perfecto sostiene la teología de la episteme. Una comunidad conflictiva sostiene la racionalidad práctica.

Insistamos. El rol que Dios juega como refugio ontológico de la verdad más allá de la episteme lo tiene en el ámbito de la política la comunidad, del mismo modo que el rol de las “verdades eternas” como episteme lo cumple en la política la constitución explícita del Estado. Y si la comunidad se entiende como una sucesión de desacuerdos y ajustes de cuentas, entonces las “verdades eternas” de la política tienen su fuente en la contingencia del destino comunitario, que se transforma así en una tradición contingente que tiene incorporada en su presencia destinal todas las disensiones y los conflictos propios de una justificación narrativa. Debo agregar, sin embargo, que hay que añadir un matiz. Demandan, de la manera perentoria propia de la episteme moderna, tanto la confianza hacia el Estado como la obediencia a la ley. Y es que, la argumentación así tomada, significa al menos una cosa: la racionalidad de la política es ajena a la labor constitucional. Ningún súbdito puede hacer el lugar de un legislador. Ningún súbdito puede imaginar o crear una constitución. No hay, pues, aquí, sitio alguno para la idea de “revolución”. Sucede con la fuente de la existencia política o la “constitución”, dice Descartes, “lo mismo que con los caminos reales; serpean entre las montañas y poco a poco llegan a ser tan lisos y a ser tan cómodos a fuerza de ser utilizados que es mucho mejor transitar por ellos que intentar seguir el camino recto, escalando rocas y descendiendo hasta los precipicios”
[51]. Los philosophes, pues, pueden pensar lo que quieran, pero no tienen aquí trabajo. Si alguien puede hacer leyes, éste puede ser sólo y únicamente el Rey, en la medida, claro está, en que sea el depositario de la tradición, que hablará a través de él desde la analogía del incalculable abismo del ser divino.

El relato para alegar en favor de la racionalidad moderna que está en la segunda parte del Discurso no comienza en el invierno holandés de 1619. En realidad comienza más bien en el verano, en que Descartes resolvió asistir a la coronación del Emperador. El invierno siguiente nuestro filósofo estaba en condición de voluntario en las reaccionarias tropas del Duque Maximiliano de Baviera, en una estufa, pensando en los secretos del mundo, tal vez apelando al venturoso auspicio de la Virgen María
[52].

Nostalgia en el invierno
Nosotros, luego de Wittgenstein, luego de la hermenéutica, luego del rescate de la phrónesis y la tradición a fines del siglo pasado, estamos en la tarea de comprender la tradición como uno de los posibles senderos para recuperarnos de la desviada narrativa de identidad cuyo núcleo es la revolución
[53]. Quizá para esto se requiera también recuperar la obsesión moderna por seguir reglas y obedecerlas en las instituciones. Pero para ello habría que hacer de estas reglas algo menos parecido a una “verdad” perentoria y algo más semejante a un monumento vattimiano, algo que entumezca de respeto, que reclame el cuidado como herencia pero, sobre todo, como deuda[54]. La verdad debe pasar de ser una certidumbre política inatacable a ser una relación de compromiso con el destino, que es inatacable porque no nos corresponde. En lugar de un conjunto de normas y leyes, que es lo propio de la racionalidad política moderna, la atención a un silencio atento al fondo contingente del que surgen nuestras urgencias, exigiendo su ser, así, sin violencia alguna, con el derecho inconmensurable de lo incomprensiblemente nuestro, porque perdido en lo hondo de nuestros relatos. Diverso es, pues, esto, de la actitud revolucionaria. De la actitud de quien, cual fue el caso de los philosophes de 1793, por ejemplo, y sienta que hay argumentos que nos envían desde un punto de vista externo al destino para “crear” el destino[55].

A este último respecto, habría que recordar que Descartes trata de modo expreso del tipo moral del político revolucionario de una manera que es filosóficamente más compleja de la forma en que lo hace en la sección del Discurso que hemos tratado aquí y que envía, de manera más sistemática, a la idea de tradición. Lo hace en una carta para la Princesa Isabel cuyo objeto es tratar los criterios para reconocer la conducta virtuosa con respecto a la naturaleza de los bienes, tema en el que recurre la interlocutora insistentemente ante las claudicaciones aparentes del filósofo frente al carácter contingente de la condición humana
[56]. Lo que interesa anotar aquí es cómo la carta se remite, entre otras condiciones, al reconocimiento de la fragilidad de las decisiones, al carácter débil de las certidumbres morales y, por ende, a su inevitable reclusión ontológica en la tradición. Quienes no son capaces de reconocer este carácter en la conducta humana (escribe Descartes) “caen en una presunción impertinente, y pretenden que Dios los considera miembros de su Consejo para compartir con El el gobierno del mundo”. Esto es, sin duda, la raíz moral de la violencia política, “es la razón de infinitas preocupaciones vanas y conflictos”[57]. El reconocimiento de la contingencia ontológica de la decisión política humana, en cambio, conduce a una actitud misericordiosa con la tradición[58], que se eleva en la escucha a los honores de Pallas, cuya actitud misma constituye un monumento a la verdad en su acontecer eventual. La racionalidad práctica está, en ese sentido, bajo la analogía de un envío providencial que es un corolario de las “verdades eternas”, elevada monumentalmente como el cuidado inexcusable de la tradición.

¿Cuál es aquí el mensaje de Descartes? ¿Qué clase de filosofía política podríamos adjudicarle? Sin duda podemos confirmar la sugerencia inicial recogida de Stephen Toulmin de que hay una relación entre la filosofía de Descartes y la Guerra de los Treinta Años. Pero, por desgracia, no es bajo el modelo apuntado por el propio Descartes en la parte VI del Discurso o la introducción de los Principios, sino en una agenda escondida, en efecto, que hace de Descartes no un filósofo, sino un teólogo de la tradición, que hace de la fragilidad de las tradiciones comunitarias humanas un depósito irrenunciable de visión de destino y en el cual, tal vez ya en una Cosmópolis parecida a la de Toulmin, Descartes suspiraría por aquel invierno en que, ignorando que el destino lo interpretaría infielmente, su memoria honraría nostálgica la remota coronación del Emperador.

(*) Víctor Samuel Rivera se graduó en la Pontificia Universidad Católica del Perú donde hizo también sus primeros estudios de posgrado; continuó en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Es miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía desde 1992 y pertenece a la Comisión internacional de Conceptos políticos "Laboratorio conceptual 1750-1850". Ha escrito "Antenor Orrego: Dos ensayos de hermenéutica política" (Lima: IPPCIAL, 2005, 125 pp.) y "Demencia de la modernidad" (Lima: IPPCIAL, 2005, 120 pp.). Es especialista en hermenéutica política, con fuerte influencia de los filósofos Gianni Vattimo y Martin Heidegger. En el año 2000 publicó "Cosmopolitas y soberanistas" (Lima: ICP, 250 pp.), una compilación de prensa comentada acerca de la guerra de Yugoslavia de ese año, con Ricardo Vásquez Kunze.

[1] TOULMIN, Stephen; Cosmópolis, el trasfondo de la modernidad. Barcelona: Península, 2001 (1990).
[2] Principes de la philosophie, Lettre de l’auteur a celui qui a traduit le livre, laquelle peut ici servir de Préface. Cito de acuerdo a la edición de obras completas de ADAM, Charles, y TANNERY, Paul. Paris: Vrin, 1996. Cfr. AT IX-2, p.18 l. 9-16. En éste como en los demás casos de traducción donde no se lo señale, la traducción es mía.
[3] Cfr. Mi Rehabilitación del mundo clásico. En: Yachay, (Revista de la Universidad Católica de Bolivia San Pablo). Cochabamba, 2000, # 17, pp. 31-64.
[4] “Se debe estudiar la lógica. No la de la Escuela, porque ésta no es con propiedad más que una dialéctica... sino la que enseña a conducir bien la propia razón para descubrir las verdades que uno ignora. Y, dado que depende del uso, es bueno ejercitarla durante largo tiempo practicando...”. Cfr. Principes... AT IX-2, pp. 13-15.
[5] Distingamos el “primer François Lyotard”, el de La condición posmoderna y Le Différend, quien asociaba a través de la idea de Terror las contradicciones del republicanismo respecto de los metarrelatos, del segundo, a partir de La posmodernidad explicada a los niños que, luego de la polémica con Jürgen Habermas, claudica en una justificación del republicanismo ante el temor de ser considerado “neoconservador” (¿?). Cfr. La posmodernidad (explicada a los niños). Madrid: Gedisa, 2001 (1986), cap. 2.
[6] En este sentido, afirma Vattimo: “Es como pensamiento de la presencia perentoria del ser -como fundamento último frente al que sólo cabe el silencio y, quizá, la muestra de admiración- como la metafísica es pensamiento violento: el fundamento, si se da con evidencia incontrovertible... es como una autoridad que acalla y se impone sin dar explicaciones”. Cfr. VATTIMO, Gianni; Más allá de la interpretación. Barcelona: Paidós, 1995, p. 72. Respecto de la relación entre ideología científica y el terror político cfr. por ejemplo LYOTARD, Jean François; La condición posmoderna. Madrid: Cátedra, 1994, especialmente cap. 7 y 14.
[7] Cfr. el ensayo de filosofía política cartesiana en KENNINGTON, Richard; René Descartes. En: Leo Strauss y Joseph Cropsey (comp.); Historia de la filosofía política. México: FCE, 2001 (1963).
[8] Cfr. VILLORO, Luis; La idea del ente en la filosofía de Descartes. México: FCE, 1961, cap. 1.
[9] “Bacon promovió la paz civil y enseñó lo que podría llamarse una filosofía política provisional. No empleó el término “moral provisional”, después utilizado por Descartes, pero sí propugnó un mundo moral y político que ciertamente fue pensado para servir a los hombres hasta que llegaran a la isla utópica de la Nueva Atlántida”. WHITE, Howard; Francis Bacon. En: Leo Strauss y Joseph Cropsey, op. cit, p. 355.
[10] Cfr. el prefacio al Tratado de las Pasiones, AT IX, p. 320.
[11] Cfr. la secuencia de cartas de Descartes a Isabel del 21 de julio, 4 de agosto, 18 de agosto, 1 de setiembre y 15 de setiembre de 1645 (AT IV, pp. 251-253, 260-262, 271.278 y 290-296, respectivamente) , escritas a instancias de la Princesa, que solicita, no sin cierta imprudencia, que “para hacerse digna de su amistad se vea obligado a fundar una moral” en la Carta de Isabel a Descartes del 1 de agosto de 1644. Cfr. para el último texto DESCARTES, René; Correspondencia con Isabel de Bohemia y otros textos. Barcelona: Alba Editorial, 1999, p. 57. La traducción está adaptada.
[12] Cfr. AT VI p. 61 l. 6-19. La traducción es mía.
[13] “Deducirse” o “derivarse” son términos ampliamente utilizados por Descartes y que, por su resonancia en el contexto actual, parecieran remitir a una secuencia lógico deductiva. Como es bien sabido, en el francés de la época de Descartes esos términos o afines sólo significaban una relación narrativa de un orden de razones, generalmente del tipo de una explicación argumental o un alegato. Si hay una relación entre la racionalidad práctica y la epistémica, es que se “deduce” una de la otra en un sentido narrativo o justificatorio, no lógico o matemático. Cfr. CLARCKE, Desmond; La filosofía de la ciencia de Descartes. Madrid: Alianza Editorial, 1986, pp. 76 y ss.
[14] Cfr. Principes de la Philosophie AT IX-2 pp. 17 y ss, que es la sección que explica la metáfora de la ciencia como un árbol cuya raíz es la metafísica y uno de cuyos frutos es la moral. Allí se plantea la “moral definitiva” que es el fruto del desarrollo de la ciencia, frente a la moral “provisional” “mientras todavía no se sabe otra mejor”.
[15] Cfr. la respuesta de Descartes a la segunda carta que sirve de prólogo al Tratado de las Pasiones (aparentemente escrita por el libertino Picot), AT IX, p. 326.
[16] “Soy de la opinión de que todo hombre puede alcanzar el contento por sí mismo y sin esperar nada de otra procedencia, sólo con que se atenga a tres cosas, a las que se refieren las tres reglas morales que puse en el Discurso”. Carta a Isabel del 4 de agosto de 1645, AT IV p. 265 l. 6-11.
[17] Cfr. el artículo de GIUSTI, Miguel; Descartes o la prudencia del racionalismo. Compilado en Miguel Giusti; Alas y raíces. Lima: PUC, 2000, pp. 115 y ss.
[18] Cfr. AT VI p. 23 l. 11 y ss.
[19] Cfr. AT VI, p. 24 l. 8 y ss.
[20] Miguel Giusti comparte la peculiar sugerencia de que Descartes, al exponer un modelo phronético del comportamiento práctico, se colocaba a sí mismo como un usuario postradicional de la moral aristotélica. Creo que es más razonable pensar que se trataba de una observación de las insuficiencias de la racionalidad moderna o bien, cual es aquí nuestra línea de trabajo, del diagnóstico de un profeta posmoderno para nuestra anamnesis de Aristóteles. Cfr. GIUSTI, Miguel; op. cit. pp.125 y ss.
[21] Cfr. la correspondencia de la Princesa Isabel a Descartes desde agosto de 1644 y agosto de 1645. Es la insistencia de la Princesa en el problema, y su interés en ver su aplicación práctica en resolver sus problemas nerviosos, la causa a la que debe Descartes haber escrito su Tratado de las Pasiones.
[22] Cfr. SANDEL, Michael; Liberalism and the limits of Justice. Cambridge: Cambridge University Press, 1995 (1982), cap. I. TAYLOR, Charles; Atomism. En: Philosophical Papers. Nueva York: Cambridge University Press, t. 2. Para la genealogía del yo liberal como el “yo” epistémico de Descartes, TAYLOR, Charles; Sources of the Self. Harvard: Harvard University Press, cap. 8.
[23] Cfr. mi La gramática de seres humanos en Descartes. En: Areté (Lima), vol V, N 1-2, 1993, pp. 71-92.
[24] Cfr. la Carta a Isabel del 28 de junio de 1643, AT III, p. 693 l 19 y ss. En el mismo sentido, cfr. las Cuartas Respuestas, AT VII, pp. 228-229, Meditaciones... AT VII, p. 80.
[25] A los muchos relatos del episodio, recomiendo el de HOFFMAN, Abraham; Descartes. Madrid: Revista de Occidente, 1932, p. 32.
[26] A partir de aquí me serviré, con ciertas libertades de estilo, de la traducción de la edición francesa del Discurso de Guillermo Quintás Alonso, aunque, como es oportuno para un artículo académico, continuaré siempre las citas de acuerdo a la edición Adam y Tannery para las notas. Cfr. DESCARTES, René; Discurso del método, Dióptrica, Meteoros y Geometría. Prólogo, traducción y notas de Guillermo Quintás Alonso. Madrid: Alfaguara, 1981 (1637).
[27] Cfr. para las citas originales de Descartes AT VI, p. 12, l. 9-16.
[28] Cfr. AT VI, p. 11 l. 4-17. Una memoria privada de Descartes confirma la referencia, que es biográficamente genuina. Cfr. Cogitationes Privatae, AT X, p. 214, l. 1-3.
[29] Cfr. HAYEK, Friedrich; Individualismo: verdadero y falso. Buenos Aires: Centro de Estudios sobre la libertad, 1968, pp. 24 y ss.
[30] Cfr. COLOMBO, Ariel; Democracias sin fundamento. Buenos Aires: Trama editorial, 2001, pp. 12 y ss.
[31] Anoto. ¡Nunca cuenta, el muy artero, que el año anterior se había coligado con los calvinistas bajo el mando del Príncipe protestante Maurice de Nassau!
[32] Es inaceptable, por lo demás, admitir relatos de lo que es racional bajo la oposición entre racionalidad y tradición, cual es parte esencia de los entramados narrativos modernos. Cfr. mi Racionalidad sin Tradición. En: Estudios de Filosofía. Lima: PUC, 1997, pp. 1-6, también mi Relativismo, racionalidad y comunidad, un alegato. En: Revista Teológica Limense, #3, 1997, pp. 329-344.
[33] Una exposición sencilla puede encontrarse en CHEVALIER, Maurice; Descartes. Paris: Plon, 1957 (1932), pp. 310 y ss. Cfr. RODIS LEWIS, Geneviève; L’Oeuvre de Descartes, Paris: Vrin, 1971, t. I, pp. 125 y ss.
[34] Cfr. WILLIAMS, Bernard; Descartes, the proyect of pure inquiry. London: Penguin Books, 1986 (1978), pp. 162, también pp. 207 y ss.
[35] Cfr. Discurso, AT VI p. 12 l. 16-19.
[36] “Es igualmente cierto que el gobierno de la verdadera religión, cuyas leyes han sido dadas únicamente por Dios, está incomparablemente mejor regulado que cualquier otro”. Discurso, AT VI, p. 12.
[37] Cfr. SCHULZ, Walter; El Dios de la metafísica moderna. México: FCE, 1961 (1957), pp. 59 y ss.
[38] Esta teoría aparece por primera vez en las correspondencia con el Padre Mersenne, notablemente en la Carta a Mersenne del 15 de abril de 1630, AT I p. 145, tema que se prolonga en las cartas fechadas el 6 y el 27 de mayo del mismo año, AT I pp. 149-150, 152.
[39] Aparte de las cartas a Mersenne aludidas arriba, cfr. la Carta a Mesland del 2 de mayo de 1644, AT IV p. 118; Carta al Padre Arnauld del 29 de julio de 1648, AT V pp. 233-234; Cuartas Respuestas, AT VII pp. 431 y ss.
[40] Este es el diagnóstico de Jean-Luc Marion sobre la ontología cartesiana para las Reglas (1629) y que, en mi opinión, expresa la relación ontológica entre contingencia y racionalidad en el conjunto de la obra del filósofo. Cfr. MARION, Jean-Luc; Sur l’ontologie grise de Descartes. Paris: Vrin, 1993, especialmente los numerales 5 y 14.
[41] Este es el tratamiento que podemos obtener, respecto a la teoría de la creación de las verdades eternas, del texto de Marion sobre lao que él llama la “teología blanca” de Descartes. Cfr. MARION, Jean-Luc; Sur la théologie blanche de Descartes, analogie, création des vérités éternelles et fondement. Paris: Presses Universitaires de France, 1991 (1981), especialmente cap. 13, sobre la creación de las “verdades eternas”.
[42] “No tenga usted temor, Padre Mersenne, os lo ruego, de asegurar y de hacer público que es Dios quien ha establecido las leyes de la naturaleza como el Rey lo hace con las leyes de su Reino... Y como juzgamos incomprensible la grandeza de Dios y por eso la estimamos más, igual que un Rey tiene más majestad mientras menos familiar es para sus súbditos, siempre que no se les ocurra que no tienen un Rey”. Cfr. Carta a Mersenne del 15 de abril de 1630, AT I p. 145 l. 13 y ss. La traducción, adaptada, es mía.
[43] Cfr. ibid. p. 146 l. 4 y ss.
[44] “Pero, hablando solamente de los asuntos humanos, pienso que si Esparta fue en otro tiempo muy floreciente no se debió a la bondad de cada una de sus leyes, pues muchas eran verdaderamente extrañas y hasta contrarias a las buenas costumbres, sino a que fueron elaboradas por un solo hombre”. AT VI, p. 12.
[45] “Y si llegara a pensar que hubo la menor razón en este escrito por la que se me pudo suponer partidario de esta locura, estaría muy enojado porque hubiese sido publicado”. AT VI, p. 15 l. 1 y ss.
[46] Que es lo que, de un modo sorprendentemente apurado, hace Gilson en su comentario al Discurso en GILSON, Etienne: Descartes, Discours de la Méthode, texte et commentaire. Paris: Vrin, 1939, p. 174.
[47] Es interesante remitirse a los comentarios sobre los usos de “locura”, cuyo comentario aplica García-Hernández para explicar la idea de demencia como “descalificación” jurídica o ética en calidad de testigo fiable. Cfr. GARCIA-HERNANDEZ, Benjamín; Descartes y Plauto, la concepción dramática del sistema cartesiano. Madrid: Tecnos, 1997, pp. 26 y ss.
[48] Dice en sentido análogo Colombo: “Descartes preparó la teoría del decisionismo al establecer que en la praxis de la vida la virtud de la praxis científica es impracticable, debiéndose acudir a la moral tradicionalmente válida. La tradición no vale en virtud de sus razones sino en virtud de la evidente imposibilidad de prescindir de ella”. Cfr. op. cit. p. 12.
[49] Por si hubiera dudas, aquí el original francés: “Ces grands corps (politiques) sont tres malaisés a relever, étant abbatus... Puis, pour leurs imperfections, s’ils en ont, comme la seule diversité qui est entre eux suffit pour assurer que plusieurs en ont, l’usage les a sans doute fort adoucies”. AT VI, p. 14 l. 10-16.
[50] Afirma Colombo que: “Descartes nos libera de la coacción de tener que ser tan radicales en la praxis como en la teoría, y de tener que suponer que la tradición vale en virtud de su demostrada corrección y no por falta de alternativas reales y actuales”. En el mismo sentido dice de Hobbes que “le ofrece posibilidades a la conciencia disidente”. Cfr. COLOMBO; op. cit., p. 13.
[51] Cfr. Discurso, AT VI, p. 14.
[52] No puedo evitar citar el siguiente chiste de Voltaire, refiriéndose a la Guerra de los Treinta Años: “El jesuita Caussin había aconsejado a Luis XIII poner el reino bajo la protección de la Virgen... Cierto es que la Casa de Austria tenía también a María por protectora; de modo que sin las armas de los suecos y del Duque de Weimar, protestantes, la Santa Virgen hubiera permanecido, aparentemente, muy indecisa”. VOLTAIRE,; Ensayo sobre las costumbres y el espíritu de las naciones. Buenos Aires: Hachette, 1959, p. 1030. Por suerte, Descartes llegó y se fue de la Guerra de los Treinta Años antes de la traición de Richelieu, así que es ajeno al problema.
[53] Añado así una posible vía de escape del duelo de la modernidad que no nos conmine a la aceptación resignada de sus ideas políticas, cual parece ser, por ejemplo, la propuesta de Albrecht Wellmer en su ya clásico de la resignación, Finales de partida: La modernidad irreconciliable. Madrid: Cátedra, 1993. Cfr. la problemática del contexto normativo del fin de la modernidad política en FERRARA, Alessandro; Autenticidad reflexiva, el proyecto de la modernidad después del giro lingüístico. Madrid: Visor, 2002, cap. II.
[54] Extraigo la noción de “deuda” de MacIntyre, en el contexto de su explicación de la fragilidad humana como parte de nuestra herencia ética y nuestro contexto de aprendizaje moral. Cfr. MACINTYRE, Alasdair; Animales racionales y dependientes, por qué los seres humanos necesitamos las virtudes. Barcelona: Paidós, 2001 (1999), cap. 9.
[55] Quienes defienden la Ilustración, como Javier Muguerza, dan por sentado que el fenómeno revolucionario es una cuestión cumplida, frente a la cual habría que actuar como eventuales narradores de su continuidad, sino como abogados de su vigencia. Estos descuidan, sin embargo, el hecho de fondo de que la ilustración y la revolución son como la teoría lo es a la práctica y que, por ende, desde el punto de vista reaccionario, todo síntoma de desvanecimiento de la ilustración es, más bien, un llamado para ponerle fin a la revolución. Creo que éste es todo el asunto. Si la posmodernidad puede ser interpretada como posilustración, entonces hay que preguntarse qué clase de concepción de la política nos toca. Mi opinión es que por lo menos tenemos ya una propuesta negativa: La no revolución. Cfr. MUGUERZA, Javier; Kant y el sueño de la razón. En: THIEBAUT, Carlos (comp.); La herencia ética de la ilustración. Barcelona: Crítica, 1991.
[56] Cfr. las cartas De Isabel a Descartes del 16 de agosto de 1645, otra escrita también en agosto y posterior a la anterior, de la que no se conserva la fecha exacta, así como la del Carta de Isabel a Descartes del 13 de setiembre de 1645, que precede a la respuesta de Descartes aquí incluida. Se encuentran ambas en la Correspondencia con Isabel de Bohemia y otras cartas, traducida por María Teresa Gallego, cuya versión es la que hemos utilizado aquí cuando no hemos hecho la traducción personalmente.
[57] Cfr. Carta a Isabel del 15 de setiembre de 1645, AT IV p. 292, l. 25-29: “...entrant en une présomption impertinente, on veut etre du conseil de Dieu, et prendre avec lui la charge de conduire le monde, ce qui cause une infinité de vaines inquiétudes et facheries”. La traducción es mía.
[58] En este sentido, considero que puede leerse el resto de la Carta a Isabel del 15 de setiembre de 1645 como una hermenéutica de los fines morales en tanto que éstos descansan en una práctica humana que es constitutivamente el proyecto de una tradición. Hay, dice Descartes en esta carta, que “tomar partido” por la fuente de los bienes que calificamos como morales, lo que implica un compromiso con la tradición como destino moral. Cfr. ibid., especialmente p. 295, l. 11-21.