El compromiso de la epistemología ante el reto del multiculturalismo: una respuesta pragmatista

Richard Antonio Orozco C


En los países pluriculturales, el diálogo democrático es un perenne desafío, pues existe la posibilidad real de un asimilacionismo en la convivencia intercultural. Por asimilacionismo entendemos una convivencia en la que una cultura se vuelve hegemónica y las otras reservan su participación y presencia solo a espacios privados, debiendo en el espacio público asumir las tradiciones y costumbres de aquella cultura dominante. El asimilacionismo es un real peligro cuando los cánones estéticos, morales y técnico-metodológicos aparecen definidos de manera única y unilateral por la cultura hegemónica. La mayor parte de las veces tal peligro no es evidente; el asimilacionismo puede consolidarse incluso en culturas que defiendan la pluriculturalidad pero que, al reconocer solo un patrón de medida para los ámbitos estético, moral y técnico-metodológico, indirectamente dan cabida a un tipo de paternalismo en la convivencia intercultural.
No se requiere demasiada reflexión para advertir que en los países occidentales el asimilacionismo es la regla y no la excepción. Desde los orígenes de la civilización occidental, se ha defendido la nobleza del canon único. Por el contrario, la pluralidad ha sido presentada siempre como sinónimo de imperfección. No me detendré aquí a discutir la unicidad de los cánones estéticos o morales; mi interés se centra en el canon técnico-metodológico al que hemos llegado a definir con una de las acepciones del concepto de racionalidad.
El concepto de racionalidad ha asumido hasta hoy por lo menos tres significados, que no son sino criterios demarcatorios[1]. En su primera acepción, dicho criterio permite determinar a la raza humana en contraposición a las otras especies vivas del planeta; de esta forma hemos aprendido a definir al ser humano como ‘animal racional’. Aquí la racionalidad parece ser un atributo que los seres humanos poseen y los monos y gatos no. La segunda acepción de racionalidad permite trazar límites entre las personas cuerdas y los dementes. Aquí racionalidad aparece como sinónimo de coherencia entre las creencias, los deseos y las acciones. Decimos que una persona es racional cuando sus acciones están en consonancia con aquello que cree y desea. Si por el contrario actúa en contradicción con sus creencias o sus deseos lo llamamos irracional o loco. La tercera acepción, en mi opinión la más peligrosa, identifica un criterio epistemológico que establece jerarquías entre los métodos y las técnicas que usan los hombres y las mujeres para resolver sus problemas. Si por ejemplo reza a san Isidro para que llegue la lluvia, entonces se le llama irracional; al contrario, si recurre a los informes del servicio meteorológico entonces lo llamamos racional. De esta forma, con el adjetivo ‘racional’ identificamos tanto al agente como a la práctica que se desarrolla bajo el ideal del modelo científico-tecnológico. Evidentemente este criterio epistemológico es el canon técnico-metodológico que lleva consigo el real peligro del asimilacionismo y que enturbia el auténtico diálogo democrático. Cuando establecemos jerarquías entre las diversas formas de resolver sus problemas con las que personas de distintas culturas actúan, cuando definimos algunas prácticas como ‘racionales’ mientras que a otros métodos les restamos reconocimiento; entonces, apoyamos la hegemonía de una cultura sobre otras y damos pie al asimilacionismo.
Para Rorty, el problema no radica en esta última acepción de ‘racionalidad’, a la que más bien califica como neutral, sino en una confusión de esta con un significado de cultura como ‘virtud moral’. Cree Rorty que si por racionalidad entendemos la habilidad de toda especie para adaptarse a su medio ambiente utilizando los estímulos externos en provecho suyo, entonces este concepto es neutral respecto a jerarquías metodológicas. Tanto la abeja como el hombre poseen métodos y técnicas de sobrevivencia y, así, con dicha acepción no habría ningún peligro de establecer criterios demarcatorios. El problema que hemos expuesto; es decir, el menosprecio de algunos métodos o prácticas culturales por parte de una cultura hegemónica que posee e impone el canon técnico-metodológico, se presenta según Rorty porque los miembros de dicha cultura hegemónica creen que sus técnicas de sobrevivencia son más virtuosas que otras ya que les permite ser más cultos o los acerca más hacia la meta ideal de lo que debe ser la raza humana.
Desde mi punto de vista, Rorty está presentando dos tendencias para la misma acepción de racionalidad. En la primera tendencia, digamos pura, no se reconocen jerarquías metodológicas, porque toda habilidad para adaptarse a su medio y sacarle provecho podría ser definida como ‘racional’. Pero entonces, habría que aceptar, como él lo hace, que tal racionalidad “los calamares [la] poseen en mayor medida que las amebas”[2]; lo que significaría ingresar al discutible tema de la racionalidad de los animales. La segunda tendencia para esta misma acepción de racionalidad es la que viene definida como virtud moral. Esta es la que sirve para menospreciar prácticas y métodos culturales por considerarlos no racionales. En mi opinión, solo existe esta segunda tendencia. La primera es problemática y podrían usarla quizá los etólogos, pero el común de la gente, cuando usa racionalidad queriendo decir ‘habilidad para adaptarse y sacarle provecho a su medio’ ya supone una jerarquía metodológica.
No obstante, tal jerarquía solo es posible gracias a un mito epistemológico: la creencia de que un método, el método científico, es capaz de relacionar de forma más perfecta al sujeto con el mundo. En otras palabras, se reconoce un método que sí nos relaciona con la realidad mientras que al mismo tiempo se niega tal confianza a otras prácticas. Relacionar con la realidad supone, pues, esa victoria definitiva sobre el escéptico.
Los pragmatistas desde sus inicios han desarrollado distintos argumentos contra este mito epistemológico. Los dardos se han dirigido preferentemente hacia la idea misma de una realidad última que solo el método científico pueda conocer. Tal idea descansa, según John Dewey, en la defensa de una filosofía contemplativa que no ejerce ninguna influencia importante para la vida concreta de las personas[3]. Esta filosofía contemplativa sostuvo la existencia de una realidad última y así también la preeminencia de un único método capaz de alcanzarla: el método racional. Pero en la vida de los hombres la única forma de satisfacer nuestras necesidades es utilizar las herramientas a nuestro alcance en un contexto determinado. La acción, nuestras necesidades y nuestras posibilidades son las únicas que pueden definir tal método y no ninguna realidad última. Así, los pragmatistas han dejado de hablar de realidades últimas o de trasfondos de la realidad para dedicarse por completo a la única realidad que a todos nos interesa: el mundo concreto en el cual vivimos, trabajamos y descansamos.
Por otro lado, también se han desarrollado argumentos contra el tipo de acción que el método científico reclama para proponerse como superior por sobre otras prácticas humanas. Esta acción que otorga el orgullo a dicha tradición es la representación. Se piensa así que con el método científico se aprehende mejor al mundo porque, a diferencia de otras metodologías, con aquel se puede representar al mundo con exactitud. En ese sentido, es célebre el argumento de Richard Rorty contra tal representacionalismo, ya que este solo se sostiene si definimos a la mente como si fuese un espejo de la naturaleza. Según Rorty, si dejamos de lado nuestro anhelo por la representación exacta y más bien asumimos como preocupación primordial el tipo de mundo que queremos dejarle a nuestros hijos y nietos, entonces habremos ingresado al nuevo paradigma de la epistemología que es el antirepresentacionalismo[4]. Con este nuevo paradigma se desinfla la preeminencia metodológica occidental y la pretensión de la racionalidad de ser criterio demarcatorio entre prácticas culturales.
Otro argumento también célebre es el que Hilary Putnam ha desarrollado contra tal jerarquía metodológica. Aquí el blanco a desenmascarar fue la pretensión de objetividad que los racionalistas han sostenido. Putnam ha ironizado sobre tal objetividad y ha dicho de ella que esta pretende ser el ojo de Dios. Así Putnam ha sostenido la necesidad de plantear fines-en-perspectiva[5] en lugar de defender una realidad trascendentalmente objetiva que se usa como criterio de nobleza metodológica. Los fines-en-perspectiva nacen de la experiencia misma de los hombres y se quedan en ella para enriquecerla.
Todos estos argumentos que he mencionado han sido ya finamente defendidos por sus autores y por distintos pragmatistas a nivel mundial. Aquí quiero agregar dos argumentos más que ayuden a desmitificar el concepto de racionalidad, de manera tal que este ya no pueda servir como criterio de jerarquía metodológica. El primer argumento fue desarrollado antes por el pragmatismo clásico. Según dicho argumento, el concepto de racionalidad descansa en un esquema teórico artificial que se conoce como sujeto-objeto. El pragmatismo clásico propuso a cambio como esquema teórico a la ‘situación’ integral incluyendo así el cúmulo de factores que se entrecruzan en la experiencia concreta del hombre. La epistemología tradicional planteó sus preguntas y las desarrolló a partir de un sujeto enfrentado a un objeto; el pragmatismo en cambio plantea las preguntas ya no desde un sujeto atemporal u objetivo, sino desde la persona con necesidades concretas, con anhelos, ubicado en un tiempo y en un espacio definido. Como Dewey afirmó, tal cambio de perspectiva desenmascara los problemas tradicionales de la filosofía, pues muchos de ellos pierden sentido y se revelan más bien como pseudo-problemas filosóficos. La situación engloba todo lo que conocemos como las circunstancias, pero también los anhelos, las esperanzas, los recuerdos, las emociones, la intencionalidad, etc. Varios de estos factores fueron despreciados por el filósofo racionalista quien buscando certezas y exactitudes, leyendo al mundo en clave matemáticas, prefirió las respuestas que surgen desde el sujeto objetivo, universal y ahistórico alejándose así del hombre concreto que resuelve sus problemas con sus propios métodos aprendidos cultural y contingentemente.
El segundo argumento es más bien desarrollado por variantes contemporáneas del pragmatismo. Según este, la racionalidad, como ha sido planteada, es en verdad ajena a la forma común en que los hombres y mujeres resuelven sus problemas. Siguiendo a William James, debemos entender que “la huella de la serpiente humana se halla en todas las cosas”[6], y donde no la encontremos podemos sospechar de la realidad de tal concepto. Así pues, ambos argumentos me sirven para defender el concepto de racionalidad situada que es una respuesta pragmatista al artificioso concepto de racionalidad con el que se menosprecia prácticas culturales por considerarlas no científicas. Para desarrollar este argumento voy a valerme de un ejemplo. Se trata de una tarea planteada a dos equipos de investigación con paradigmas epistemológicos distintos. Uno de ellos responde a los presupuestos de la racionalidad en clave idealista. Aquella justamente que se usa para establecer jerarquías metodológicas. El otro equipo, en cambio trabaja desde el presupuesto de una racionalidad situada cuya mayor directriz es el hombre concreto mismo. Mi intención es mostrar que la racionalidad, aquella que se plantea como criterio evaluativo, es en sus supuestos ajena al concreto accionar del hombre y la mujer cuando resuelven un problema o se adaptan a su medio. Permítanme, pues, relatarles el ejemplo[7].
Dos equipos de investigación se proponen la tarea de construir un robot capaz de atrapar una pelota lanzada a cierta distancia frente a él. El equipo A, es un grupo de ingenieros partidarios de la optimización, el equipo B, un grupo de ingenieros partidarios de la racionalidad situada. El equipo A programa en su robot las funciones correspondientes a toda clase de parábolas que la pelota podría asumir en el aire. Para seleccionar la parábola justa, equipan al robot con un experto sistema que mida la distancia del robot hasta el punto donde se produjo el lanzamiento de la pelota, así también la velocidad inicial y el ángulo de proyección. El robot estaría capacitado para, con estos datos, determinar la trayectoria de la pelota. Sin embargo, en la práctica, la resistencia del aire no permite que la pelota siga una parábola en su trayecto, por tanto, el robot debe ser capacitado también con finos instrumentos medidores de la velocidad y dirección del viento. Además, teniendo en cuenta que el tipo de golpe que recibe la pelota o el efecto que adquiere la bola es un factor importante a tomar en cuenta, el robot debe estar capacitado para determinar con precisión ese efecto y la potencia del golpe. En resumen, el objetivo de este equipo de ingenieros es dotar a este robot con instrumentos de medición que le transmitan toda la información relevante; así como de programas sofisticados que le permitan inferir el lugar exacto donde se encontrará la pelota en cada momento preciso durante su trayectoria.
El equipo B, en cambio, se propone como objetivo seguir de cerca el comportamiento de las personas en el juego con las pelotas. Sobre la base de este estudio, llega a la conclusión de que el robot no debe moverse en la primera mitad de segundo. En ese corto tiempo, y mediante una microcámara que gire 180° en esa fracción de segundo, el robot debe ser capaz de definir si la pelota viene por delante o por detrás. Luego, el robot avanza rápidamente en dirección de la pelota que permanece enfocada todo el tiempo con su cámara óptica. Le heurística que emplea este robot es controlar su velocidad de manera que el ángulo de visión –el ángulo entre la pelota y el cámara- permanezca más o menos constante. Es una heurística más simple y acotada. No atiende informaciones cuantitativas sobre velocidad del viento, ni potencia, ni efecto de la pelota. Resuelve el problema como lo haría una persona ante la misma dificultad. Tampoco este robot podrá precisar el lugar exacto en que caerá la pelota, su heurística solo le permite solucionar la dificultad planteada en las condiciones dadas.
Como advertí, el ejemplo de los robots nos permite descubrir el trasfondo en los dos modelos de racionalidad. Para el equipo A, el modelo ideal para resolver un problema o vencer una dificultad es la optimización; es decir, contar con todos los datos posibles y trabajar a modo de un ordenador que interprete esos datos y obtenga resultados exactos. Para el equipo B, en cambio, el modelo a seguir es el comportamiento humano, que nunca es óptimo por principio. El hombre y la mujer vencen obstáculos usan heurísticas; es decir, una caja de herramientas que sirven para determinados problemas, en condiciones concretas. Una heurística sirve para resolver un problema en una situación definida y no para cualquier situación. Lo que debemos reconocer es que así actuamos las personas concretas: usamos nuestras propias ‘tácticas’. Algo de eso se expresa cuando decimos que un profesional se hace ‘en el campo’ y no solo en la universidad. Algo de eso también sucede cuando una persona aprende a tocar piano, no lo hace en el papel, adquiere heurísticas determinadas cuando se enfrenta a piano concreto.
Como conclusión me queda la siguiente reflexión: qué distinta sería la convivencia pluricultural si aprendiéramos a valorar más las heurísticas propias de cada cultura. Si dejáramos de usar el concepto de racionalidad como criterio evaluativo y si así evitáramos las jerarquizar los métodos que las personas, en circunstancias distintas, emplean para resolver sus problemas.

[1] Las acepciones que presento para el concepto de ‘racionalidad’ son definidas por mí mismo. Con algunas variantes, sin embargo, pueden revisarse también las propuestas por Richard Rorty en su ensayo “Una visión pragmatista de la racionalidad y la diferencia cultural”, en: Richard Rorty, Pragmatismo y política. Barcelona, Paidós, 1998, pp. 81-103.
[2] Ibíd., p. 81
[3] Cfr. John Dewey, Experiencia y naturaleza. México: FCE, 1948; especialmente el capítulo I “La experiencia y el método filosófico”. También John Dewey, La busca de la certeza. México: FCE, 1952; especialmente el capítulo II “Cómo la filosofía va en busca de lo inmutable”.
[4] Cfr. Richard Rorty, Objetividad, relativismo y verdad. Barcelona: Paidós, 1996.
[5] Cfr. Hilary Putnam, La herencia del pragmatismo. Barcelona: Paidós, 1997.
[6] William James, Pragmatismo.
[7] El ejemplo está tomado de José Miguel Esteban, Variaciones del pragmatismo en la filosofía contemporánea. México: Universidad Autónoma del Estado de Morelos, 2006., pp. 204ss