EL HOMBRE MATINAL DE MARIÁTEGUI: UN MARXISTA NIETZSCHEANO


Alfonso Ibáñez

Como Nietzsche, y a veces en referencia explícita a él, José Carlos Mariátegui ha experimentado la vida –y la vida del pensamiento- como pasaje y movimiento, un llamado al nomadismo espiritual, una invitación al viaje y a la aventura. He ahí lo que le impedirá siempre instalarse en el confort de las certezas dogmáticas unilaterales”. (Francis Guibal )

Datos biográficos

José Carlos Mariátegui nace en Moquegua, al sur del Perú, el 16 de Julio de 1894. En la infancia sufre una dolencia física que le induce a llevar una vida retraída y más bien contemplativa. A los catorce años entra a trabajar como “alcanza-rejones” en el diario La Prensa de Lima, donde se inicia en el periodismo. Por esa época frecuenta a la bohemia limeña y cultiva varios géneros literarios, pero también se va sensibilizando social y políticamente. Así es como desde El Tiempo y luego La Razón, este último un diario que dirigiera con César Falcón en 1919, se solidariza con las reivindicaciones estudiantiles, obreras y populares del momento. A fines de ese mismo año se ve impulsado a aceptar un exilio encubierto, pasando a realizar un viaje por Europa donde profundiza su formación intelectual. Regresa al Perú, en 1923, como un marxista convencido y con el propósito de contribuir a la gestación del socialismo peruano. Inmediatamente se pone en contacto con sus antiguos compañeros de lucha, entre los que se encontraba Víctor Raúl Haya de la Torre, y dicta una serie de conferencias sobre el proceso de la crisis mundial en la Universidad Popular González Prada.

En 1924 se hace cargo de la revista Claridad y cae gravemente enfermo, teniéndole que amputar una pierna. Pese a ello se entrega de lleno al estudio de la realidad nacional y colabora en diferentes publicaciones. Al año siguiente aparece su primer libro con el título de La escena contemporánea. En 1926 lanza la revista Amauta, cuyo nombre hace honor al maestro de la sabiduría incaica, bajo el lema de “todo lo humano es nuestro”. Desde esa tribuna nacional y continental, en 1928, zanja posiciones con el APRA y funda el Partido Socialista del Perú, afiliado a la III Internacional. Ese mismo año publica sus Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana. No obstante la persecución policial, continúa con su afán de educación ideológica y organización política del proletariado, a través del quincenario Labor y de otras iniciativas culturales. En 1929, culminando todo ese trabajo de convergencias, se constituye la Confederación General de Trabajadores del Perú. Al año siguiente, a los 35 años, fallece el 16 de Abril, dejando una impresionante obra teórica y práctica.

Un preámbulo sobre la “filosofía del martillo”

Al evocar la figura de Nietzsche, en tanto que pensador intempestivo, con frecuencia irrumpe una sospecha y hasta un dilema: ¿La filosofía de Nietzche es liberadora u opresora, es fundamentalmente destructiva o constructiva, está básicamente puesta al servicio de un no o de un sí a la vida? La interrogación permanece abierta y según la respuesta que le demos se juega, muy probablemente, nuestra manera de leer y practicar a Nietzsche. Pues todos recordamos que su nombre aparece asociado a la interpretación nazi y antisemita, que nutrió ideológicamente al totalitarismo político de un Hitler. Sin embargo, esta no es la única manera de entender su mensaje e, incluso, se puede sostener que proviene de un radical malentendido. Esto es lo que hace Georges Morel cuando cita cartas de Nietzsche a su hermana, de 1887 y 1888, donde ya manifestaba su neta oposición a las hojas antisemitas que usaban el nombre de Zaratustra, lamentando que no hubiera estado ahí cuarenta años después[1]. Lo cierto es que a comienzos del siglo XX, el pensamiento nietzscheano alimentó también a la intelectualidad contestataria, y fue bien recibido por anarquistas y socialistas de la época, especialmente en Rusia y Alemania.

Ello no fue muy diferente en América Latina, pues como relata la historiadora cubana Olga Cabrera, en los años veinte era muy frecuente que los intelectuales anarquistas se remitieran a los planteamientos de Nietzsche[2]. Es también el caso, notable, de José Carlos Mariátegui, quien ha sido considerado con razón por Antonio Melis como el primer o más conspicuo marxista de América[3]. Desde posiciones que se podrían ver como antagónicas del pensador alemán, él hace una retoma original de motivos nietzscheanos dentro de su concepción socialista. Al respecto resultan muy sugerentes las apreciaciones que hace Ofelia Schutte, en el trabajo donde se pregunta sobre el “marxismo nietzscheano” de Mariátegui[4]. No cabe duda de que su filiación soreliana es mucho más conocida y discutida, ya que él mismo, aunque supo guardar sus distancias en función de su propia elaboración de filosofía política, se encargó de especificar que “a través de Sorel, el marxismo asimila los elementos y adquisiciones sustanciales de las corrientes filosóficas posteriores a Marx”[5]. Sin embargo, como lo enfatiza Javier Mariátegui, no hay que olvidar que “la presencia de Nietzsche y del pensamiento nietzscheano en su trabajo intelectual está presente a lo largo de la producción intelectual de José Carlos Mariátegui, principalmente en los últimos y más fecundos años de su vida. Pero no sólo se trata de influencia en el pensamiento sino de su propia psicología, transida de lucha, de afirmación, de energía voluntarista”[6]. De ahí que nos parezca pertinente destacar esta relación de profunda afinidad, al momento de abordar la perspectiva de Mariátegui ante la condición humana.

Un hombre nómada

Mariátegui, el Amauta peruano, llamado así desde el lanzamiento de su prestigiosa revista del mismo nombre, fue un extraordinario autodidacta. Educado en y por la pobreza, tuvo que trabajar desde temprana edad en el periodismo, donde se fue formando una personalidad propia al calor de las luchas populares de 1918-1919. Identificado como opositor del régimen de Leguía, se vio obligado a aceptar una beca como “propagandista nacional” en el extranjero. Así es como prosigue su aprendizaje en la escuela de la vida, viajando por diversos países durante su estadía europea. Reside sobre todo en Italia donde, según sus palabras, “desposó una mujer y algunas ideas”. Es que en su experiencia europea fue testigo ocular de la crisis de la civilización industrial capitalista, provocada por la Primera Guerra Mundial, el triunfo de la Revolución de Octubre y el ascenso del movimiento obrero y popular de la postguerra. Así es como decide enrolarse en las filas de los que luchan por la construcción de un mundo nuevo, regresando al Perú, en 1923, como “marxista convicto y confeso”, con la intención de contribuir a la creación del movimiento socialista peruano[7]

Aquí ya nos topamos con un rasgo típico de su temperamento, que lo pone en sintonía vital con el trotamundos que fue Nietzche tanto en lo geográfico como en lo mental. Lejos de cualquier instalación acomodaticia, que para Mariátegui caracteriza a la visión burguesa del mundo, él está siempre en movimiento, como un aventurero lanzado a la búsqueda de lo novedoso y desconocido, incansablemente dispuesto a intentar la creación de nuevos mundos. Motivo por el cual dirá de Chaplin, muy significativamente, que “Charlot es antiburgués por excelencia. Está siempre listo para la aventura, para el cambio, para la partida. Nadie lo concibe en posesión de una libreta de ahorros. Es un pequeño Don Quijote, un juglar de Dios, humorista y andariego”[8]. De ahí también la admiración que sentía por la figura histórica de Cristóbal Colón, el descubridor de nuevas tierras y continentes, y que Nietzsche sin duda compartía. Por ello refiere que piensa en él cada vez que le visita la idea de escribir una apología del aventurero, porque “hay que reivindicar al gran aventurero”. Y en una entrevista que luego aparecerá en La novela y la vida, donde le preguntaron por su afición predilecta, respondió: “Viajar. Soy un hombre orgánicamente nómada, curioso e inquieto”[9]. Pese a lo delicado de su salud, y a que tuvo que permanecer inmovilizado en una silla de ruedas, justo en el momento más intenso y productivo de su vida, nunca perdió su espíritu nómada y su ánimo emprendedor de nuevas aventuras. Pues como decía Nietzsche en Humano, demasiado humano, “aquél que ha llegado, aunque sea solamente en cierta medida, a la libertad de la razón, no puede sentirse en la tierra sino viajero”[10]. Y como manifestó alguna vez nuestro aventurero, “mi emoción en un viaje es la emoción diáfana del alba”.

Pero tal vez lo más impresionante de este hombre libre sea su capacidad de transitar por diversos mundos y establecer relaciones, a veces un tanto insólitas, con tal de que refuercen su concepción revolucionaria de las cosas. Así es como en Europa descubre el mundo caótico del que provenía y se asigna una misión histórica precisa, articulando para ello el socialismo moderno con la tradición andina, el problema mundial con la cuestión nacional y el marxismo con el indigenismo. Si bien se reconoce como un “hombre con un filiación y una fe”, no por ello deja de asimilar, críticamente, la más variadas corrientes y adquisiciones del pensamiento y la cultura contemporáneos. Osvaldo Fernández Díaz observa que si el encuentro consigo mismo sólo puede hacerse por la vía de un encuentro con el otro, “Mariátegui halló en la práctica de la alteridad, la conciencia de su propio ser como voluntad de poderío y extrema agonía”[11]. Por su lado, exagerando un poco, Juan Carlos Valdivia-Cano ha podido expresar que “en rigor, Mariátegui no es un autor, sino un evento, una totalidad abierta sin estructuras determinantes... un ‘punto de indeterminación’ por donde todas las líneas y signos de una época pasan, juegan, palpitan, se fugan, retornan, devienen...”[12]. Es que muy distante de cualquier ortodoxia dogmática, él se dejó influenciar por Marx, Croce o Sorel, por ejemplo, pero también por pensadores como Unamuno, Bergson o Freud. Y, en el caso que nos concierne ahora, por la filosofía de Nietzsche, en su empeño por construir una alternativa independiente que debía surgir de la simbiosis de la antigua tradición comunitaria indígena con lo mejor de cultura occidental actual: el proyecto de un “socialismo indoamericano”.

Una visión combativa de la vida

En el libro donde recopila una serie de artículos bajo el título de El alma matinal y otras estaciones del hombre de hoy, que no llegó a publicar en vida pero dejó listo para la imprenta, Mariátegui se ocupa de la crisis mundial de la civilización capitalista. Ahí se muestra muy atento a la quiebra material que implicaban los problemas socioeconómicos y políticos. Pero señala que la guerra mundial ha fracturado también al Occidente en su mentalidad y en su espíritu, lo cual considera un asunto mucho más grave. Ya que si los políticos o estadistas tal vez encuentren una fórmula para resolver la primera fractura, en su opinión no sucederá así con la segunda. Por ello estima que el conflicto central reside en la oposición de dos concepciones de la vida, una pre-bélica y la otra post-bélica. En los tiempos de paz la humanidad vivía en la “ilusión del progreso”, confiada en los adelantos de la razón y la ciencia. Pero con la violencia de la guerra, las energías románticas del hombre occidental renacieron tempestuosas y prepotentes. Por ello se refiere a la frase de Luis Bello, aprobándola, cuando anota que “conviene corregir a Descartes: combato, luego existo”. Y recordando su experiencia italiana, donde presenció el ascenso del fascismo, cita al mismo Mussolini hablando del filósofo alemán que decía “vive peligrosamente”. Si la vieja burguesía aspira a la normalización y anhela vivir dulce y parlamentariamente, Mariátegui concluye que la normalización sería la vuelta a la vida tranquila y el sepelio de todo heroísmo. A lo cual agrega: “Los revolucionarios, como los fascistas, se proponen por su parte, vivir peligrosamente. En los revolucionarios, como en los fascistas, se advierte análogo impulso romántico, análogo humor quijotesco”[13]. Pues seguramente él se había confrontado con textos inmensamente contundentes del saber alegre como este: “¡Creedme! –el secreto para cosechar la mayor fecundidad y el mayor goce de la existencia es: ¡vivir peligrosamente!”[14].
Mariátegui, entonces, se adhiere a la visión combativa del mundo e inspirándose en La agonía del cristianismo, del maestro de Salamanca, se autodenomina como un “agonista del socialismo”. No sin dejar de aclarar que agonía no es sinónimo de muerte, sino que agoniza el que vive luchando contra la muerte y contra la vida misma. Ello le impulsa a profundizar en la historia de la crisis mundial para lo cual se sirve de La decadencia de Occidente de Spengler, pero tiene muy en cuenta a su vez el diagnóstico de Nietzsche sobre el nihilismo de la cultura occidental. Por ello estima que el racionalismo no ha servido sino para desacreditar a la razón y que la civilización burguesa ha caído en el escepticismo. “Pero el hombre, como la filosofía lo define, es un animal metafísico. No se vive fecundamente sin una concepción metafísica de la vida. El mito mueve al hombre en la historia. Sin un mito la existencia del hombre no tiene ningún sentido histórico. La historia la hacen los hombres poseídos e iluminados por una creencia superior, por una esperanza super-humana; los demás hombres son el coro anónimo del drama”[15]. De modo que remitiéndose a la teoría soreliana de los mitos sociales, aquí aparecen, implícitamente, motivos nietzscheanos ligados a una esperanza sobrehumana y a la afirmación de la vida que, como es de suponerse, busca integrar dentro de su utopía indoamericana.

La más alta esperanza

Es en esta óptica, e interpretando los “signos de los tiempos” convulsionados que le tocó experimentar, que hace la siguiente proposición: “Lo que más neta y claramente diferencia en esta época a la burguesía y al proletariado es el mito. La burguesía no tiene ya mito alguno. Se ha vuelto incrédula, escéptica, nihilista. El mito liberal renacentista, ha envejecido demasiado. El proletariado tiene un mito: la revolución social. Hacia ese mito se mueve con una fe vehemente y activa. La burguesía niega; el proletariado afirma”[16]. Concepción peculiar que no ve en el proletariado a la negatividad dialéctica de la historia, sino más bien a una fuerza afirmativa, con fe activa y creadora. Y al adentrarse en la ilusión de “la lucha final” señala que es, en efecto, la lucha final de una época y de una clase, pero que el mesiánico milenio nunca vendrá porque el hombre llega para partir de nuevo. No puede, sin embargo, prescindir de la creencia de que la nueva jornada es la jornada definitiva, por lo cual cree en sus verdades relativas como si fueran absolutas. Aunque sin mencionar a Nietzsche, escribe que “el escepticismo se contentaba con contrastar la irrealidad de las grandes ilusiones humanas. El relativismo no se conforma con el mismo negativo e infecundo resultado. Empieza por enseñar que la realidad es una ilusión; pero concluye por reconocer que la ilusión es, a su vez, una realidad”. De modo que la ilusión de la lucha final es muy antigua y muy moderna, que reaparece cada cierto tiempo para renovar a los hombres: “Es el motor de todos los progresos. Es la estrella de todos los renacimientos”[17]. Problemática que trae a la memoria enunciados tan elocuentes de la perspectiva nietzscheana como los que aparecen en El libro del filósofo: “El conocimiento al servicio de la vida más perfecta. Es preciso querer incluso la ilusión: en esto consiste lo trágico... Es preciso establecer la proporción: vivimos sólo mediante ilusiones... Las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son...”[18]. Tal vez por ello también Mariátegui reconoce la importancia de la ficción artística y literaria en el conocimiento de la realidad histórico-social. Incluso llega a sostener, provocativamente, que “la historia, en gran proporción, es puro subjetivismo y, en algunos casos, pura poesía”[19].

Mariátegui, en el Perú, también se dedica a deslindar posiciones entre el “alma crepuscular” y el “alma matinal”. A distinguir lo viejo, caduco y moribundo, de lo que está en proceso de germinación y posibilitará la “creación de un Perú nuevo dentro de un mundo nuevo”. Por ello señala Hugo Neira que él “es en la cultura peruana y tal vez latinoamericana, lo que Nietzsche a la conciencia alemana y europea. Es decir, la fuente crítica, la introducción a las grandes cuestiones, ‘a martillazos’. No sólo una doctrina, sino una manera de vivir, una conducta”[20]. Después de este comentario quizás resulte menos sorprendente que, en 1928, al momento de presentar su principal libro, sus Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, ponga como epígrafe en alemán un aforismo de Nietzsche sacado de El viajero y su sombra: “Promesa solemne: -Yo no quiero leer a un autor en quien se advierte que ha querido hacer un libro. Ya no leeré más que aquellos cuyas ideas se conviertan inopinadamente en un libro”[21]. En su famosa “Advertencia” explicita que está lo más lejos posible de la técnica profesoral y del espíritu universitario, pues no es un crítico imparcial y objetivo. Sus juicios se nutren de sus ideales, sentimientos y pasiones, por lo cual retoma el sentido de la expresión nietzscheana: “Mi trabajo se desenvuelve según el querer de Nietzsche que no amaba al autor contraído a la producción intencional, deliberada de un libro, sino a aquel cuyos pensamientos formaban un libro espontánea e inadvertidamente. Muchos proyectos de libro visitan mi vigilia; pero sé por anticipado que sólo realizaré los que un imperioso mandato vital me ordene. Mi pensamiento y mi vida constituyen una sola cosa, un único proceso. Y si algún mérito espero y reclamo que me sea reconocido es el de -también conforme a un principio de Nietzsche- meter toda mi sangre en mis ideas”[22].

La última frase evoca al Zaratustra donde se lee que “de todo lo escrito yo amo sólo aquello que alguien escribe con su sangre. Escribe tú con sangre: y te darás cuenta de que la sangre es espíritu”[23]. Por ello anota Aníbal Quijano que con Nietzsche no es solamente la cuestión de la subjetividad que está en juego en la reflexión mariateguiana: “Se puede sentir la reverberación nietzscheana en la tesitura personal mariateguiana sobre la relación entre ética y conocimiento”[24]. De manera que Mariátegui solicita que se aprecie su texto no sólo con criterios marxistas, lo cual es muy lógico, sino también con criterios nietzscheanos. Pues justamente se trata de ensayos o intentos de aproximación a una realidad inagotable, a través de una búsqueda insaciable, susceptible de ser revisada y continuada incesantemente. Aquí nos encontramos con todo un estilo del hombre, de un talante que le induce a arriesgarse en la comprensión de una experiencia rica y compleja, sin pretensión alguna de construir un sistema o una visión acabada, sino de obtener indicaciones para la acción creadora dentro de un movimiento permanente de autosuperación. Por ello dice Francis Guibal que “para Mariátegui como para Nietzsche, ‘los verdaderos filósofos’ no son estos ‘obreros’ demasiado modestos que se preocupan exclusivamente por analizar ‘lo que es’, sino más bien aquellos que ‘tienden hacia el porvenir manos creadoras..., que mandan y legislan. Dicen: he aquí lo que ha de ser’... Para ellos, conocer es crear, su creación es una legislación, su voluntad de verdad es una voluntad de potencia”[25]. De ahí la importancia que Mariátegui otorga a la imaginación y la fantasía en la construcción de la historia, al punto de declarar que la cuestión de ser más o menos conservador o revolucionario es algo que tiene mucho que ver con tener o no imaginación. A lo cual añade, para que no queden dudas, que “la historia siempre da la razón a los hombres imaginativos”, ya que, según Oscar Wilde, “progresar es realizar utopías”[26].

Un marxismo creador


En efecto, Mariátegui piensa que la capacidad de comprender la historia se identifica con la capacidad de hacerla o crearla, poniendo de relieve la mutua interpenetración de la teoría con la práctica. De modo que su afinidad con Nietzsche no es sólo psicológica, debido a su lucha contra todas las adversidades de la vida, a su espíritu siempre polémico con el fin de mantener su autonomía, o a su esfuerzo constante de autosuperación con el propósito de “realizar su personalidad” o, mejor aún, de “cumplir su destino”. Esta afinidad tiene mucho que ver con su concepción de un marxismo antidogmático, crítico y creador. Combatiendo las lecturas deterministas o positivistas, se acuerda más bien con Croce, en su Defensa del marxismo, para observar que Marx no tenía por qué fundar más que un método de interpretación histórica de la sociedad capitalista actual. A lo cual agrega, muy curiosamente, que “vana es toda tentativa de catalogarla como una simple teoría científica, mientras obre en la historia como evangelio y método de un movimiento de masas... Marx está vivo en la lucha que por la realización del socialismo libran, en el mundo, innumerables muchedumbres, animadas por su doctrina”[27]. De ahí que más que una mera teoría, el marxismo signifique una “buena nueva”, un anuncio liberador al interior del movimiento proletario, dentro del cual incluye al campesinado indígena. Pues como lo subraya él, la religión ha descendido del cielo a la tierra y sus motivos ya no son más divinos sino humanos, sociales y políticos. Es como si la “religión secularizada” abriese la realidad hacia un más allá, a una trascendencia dentro de la inmanencia, con toda su carga emocional explosiva.

En afinidad con Nietzsche, quien poseía una visión poética y mística de la vida, Mariátegui declara que “a medias soy sensual y a medias soy místico”. Por lo cual efectúa una estetización de la política y encuentra en el socialismo a la religión de nuestro tiempo. Rechazando toda posición de un evolucionismo histórico pasivo y resignado, muy del gusto de los reformistas, él subraya que “cada palabra, cada acto del marxismo tiene un acento de fe, de voluntad, de convicción heroica y creadora, cuyo impulso sería absurdo buscar en un mediocre y pasivo sentimiento determinista”[28]. Pues el hombre es siempre el sujeto de la praxis histórica, ya sea como élite o como héroe anónimo de la fábrica o el campo, ya sea como individuo excepcional o como multitud. Así es como se trata de aspirar a una transformación radical e integral de la sociedad, al nacimiento de una nueva civilización. César Germaná refiere que pensaba en la sociedad socialista como aquella donde se constituirían nuevos patrones culturales y orientaciones valorativas, cognoscitivas y motivacionales: “una sociedad con un nuevo sentido de la vida”[29]. Al respecto indica Ofelia Schutte que “para el marxismo nietzscheano, el espíritu revolucionario del marxismo está basado en la liberación inconsciente de la energía creadora, la cual es luego expresada en un compromiso consciente del ideal para una revolución social”[30]. Por ello el Amauta dice que es una incomprensión de la inteligencia burguesa el entretenerse en una crítica racionalista del método y la técnica socialista, porque “la fuerza de los revolucionarios no está en su ciencia; está en su fe, en su pasión, en su voluntad. Es una fuerza religiosa, mística, espiritual”[31]. No en vano él había leído en el Zaratustra que “el que tuvo que crear, ése tuvo siempre también sus sueños proféticos y sus signos estelares -¡y creía en la fe!-“[32]. Esto explicaría además su pequeña polémica con Unamuno, quien había dicho que Marx era un profesor y no un profeta, hasta que logró conseguir una cierta rectificación suya[33].

Una apuesta ético-política

En esta perspectiva de una voluntad creadora en la historia, Mariátegui también se ocupa de la función ética del socialismo que eleva a los trabajadores en lucha, según expresión de Sorel, a una “moral de productores”. Razón por la cual aclara que “los marxistas no creemos que la empresa de crear un nuevo orden social, superior al orden capitalista, incumba a una amorfa masa de parias y de oprimidos, guiada por evangélicos predicadores del bien. La energía revolucionaria del socialismo no se alimenta de la compasión y la envidia. En la lucha de clases, donde residen todos los elementos de lo sublime y heroico de su ascensión, el proletariado debe elevarse a una ‘moral de productores’, muy distante y distinta de la ‘moral de esclavos’, de que oficiosamente se empeñan en proveerlo sus gratuitos profesores de moral, horrorizados de su materialismo”[34]. Aquí la alusión es clara al Nietzsche de la transmutación de los valores, aunque no lo nombre. Sin embargo, se opera una especie de “inversión”, muy sintomática, del planteamiento aristocrático nietzscheano. Pues Mariátegui considera que el proletariado, lejos de cualquier resentimiento reactivo de los espíritus sometidos, es capaz de ser el portador de una verdadera “moral de señores”, actuando libre y creativamente en la historia. Sucede que si en la época capitalista prevalecieron los intereses materiales, en la época socialista sus instituciones se inspirarán en ideales éticos. Añade por ello que “el proletariado no ingresa en la historia políticamente sino como clase social; en el instante en que descubre su misión de edificar, con los elementos allegados por el esfuerzo humano, moral o amoral, justo o injusto, un orden social superior”[35].

De modo que “más allá del bien y del mal”, el proletariado revolucionario busca algo más que la satisfacción de sus necesidades materiales, aspirando a la grandeza de la vida creadora de humanidad. Razón por la cual, si el socialismo no debiera realizarse como orden social, bastaría esta obra formidable de educación y elevación para justificarlo en la historia. Ya que en su opinión, “la biografía de Marx, de Sorel, de Lenin, de mil otros agonistas del socialismo, no tiene nada que envidiar como belleza moral, como plena afirmación del poder del espíritu, a las biografías de los héroes y ascetas que, en el pasado, obraron de acuerdo con una concepción espiritualista o religiosa”[36]. Luego la tarea suprema de la revolución social es la de crear un hombre nuevo, un “hombre matinal”, donde resuenan los ecos de lo que decía Zaratustra: “Yo os enseño el superhombre. El hombre es algo que debe ser superado”[37]. Y esta autosuperación individual y colectiva con vistas al ultrahombre solidario, ha de ocurrir al interior de las mismas condiciones, en el movimiento de su transformación integral, sin calco ni copia, sino como “creación heroica”. Por ello sostiene Mariátegui, en La escena contemporánea, que “la revolución será para los pobres no sólo la conquista del pan, sino también la conquista de la belleza, del arte, del pensamiento y de todas las complacencias del espíritu”[38]. Así es como toda su obra, como su existencia entera, constituyen una “invitación a la vida heroica”, según el título de un libro que no tuvo el tiempo de escribir, en tensión agónica hacia la búsqueda de auroras remotas y misteriosas. “Viajero siempre listo para partir sin nostalgia alguna –señala Guibal-, vigilante alerta jamás cansado para las exploraciones y descubrimientos, enamorado sobre todo en los amaneceres siempre nuevos del mundo”[39].

Bibliografía

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[2] Cabrera, O., Mella: una historia en la política mexicocubana, Universidad de Guadalajara, México, 2002, p.64.
[3] Melis, A., “Mariátegui, el primer marxista de América”, en Aricó, José (Editor), Mariátegui y los orígenes del marxismo latinoamericano, Siglo XXI, México, 1978.
[4] Schutte, O., “Nietzsche, Mariátegui y el socialismo: ¿Un caso de ‘marxismo nietzscheano’ en el Perú?”, en Anuario Mariateguiano, núm. 4, Amauta, Lima, 1992, pp.85-92.
[5] Mariátegui, J.C., Mariátegui Total (en adelante MT), Tomo I, Amauta, Lima, 1994, p.1292.
[6] Mariátegui, J., “Un autodidacto imaginativo”, en el Encuentro Internacional José Carlos Mariátegui y Europa. El otro aspecto del descubrimiento, Amauta, Lima, 1993, p.31.
[7] Véase Ibáñez, A., Mariátegui: revolución y utopía, Tarea, Lima, 1978, pp.26-34.
[8] MT, I, p.515.
[9] MT, I, pp.1392 y 1397.
[10] Nietzsche, F., Humano, demasiado humano, Mexicanos Unidos, México, 1974, núm. 638.
[11] Fernández Díaz, O., Mariátegui o la experiencia del otro, Amauta, Lima, 1994, p.132.
[12] Valdivia-Cano, J.C., Mariátegui: perspectiva de la aventura, Macho Cabrío, Arequipa, 1985, p.59.
[13] MT, I, p.497.
[14] Nietzsche, F., La ciencia jovial, Monte Ávila, Caracas, 1992, núm. 283.
[15] MT, I, p.497.
[16] MT, I, p.499.
[17] MT, I, pp.501 y 500.
[18] Nietzsche, F., El libro del filósofo, Taurus, Madrid, 1974, pp.24, 30 y 91.
[19] MT, I, p.303.
[20] Neira, H., “Los mariateguismos”, en Socialismo y Participación, núm. 23, Lima, 1986, p.55.
[21] Nietzsche, F., El viajero y su sombra, Edad, Madrid, 1999, núm. 121.
[22] MT, I, p.5.
[23] Nietzsche, F., Así habló Zaratustra, Alianza Editorial, Madrid, 1972, p.69.
[24] Quijano, A., “El marxismo en Mariátegui: una propuesta de racionalidad alternativa”, en Sobrevilla, David (Editor), El marxismo de José Carlos Mariátegui, Universidad de Lima-Amauta, Lima, 1995, p.44.
[25] Guibal, F., Vigencia de Mariátegui, Amauta, Lima, 1995, p.148-149.
[26] MT, I, p.505.
[27] MT, I, p.1299.
[28] MT, I, p.1308.
[29] Germaná, C., “Socialismo y democracia en el pensamiento político de José Carlos Mariátegui”, en José Carlos Mariátegui y Europa, op. cit., p.138.
[30] Schutte, O., “Nietzsche, Mariátegui y el socialismo”, op. cit., p.89.
[31] MT, I, p.499.
[32] Nietzsche, F., Así habló Zaratustra, op. cit., p.179.
[33] Véase la carta de Unamuno de noviembre de 1926 y el comentario del Amauta en MT, I, pp.1815 y 1303.
[34] MT, I, p.1308.
[35] MT, I, p.1309.
[36] MT, I, p.1318.
[37] Nietzsche, Así habló Zaratustra, op. cit., p.34.
[38] MT, I, p.992.
[39] Guibal, F., Vigencia de Mariátegui, op. cit., p.168.